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Full text of "Escritos y discursos del doctor Guillermo Rawson"

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JESÚS MENÉNDEZ 

LIBRERO 
B. DE IRIQOYEN 186 

BUENOS AIRES 



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FROM THE FUND 



FOR A 



PROFESSORSHIP OF 

LATÍN- AMERICAN HISTORY AND 

ECONOMICS 

ESTABLISHED I913 




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ESCRITOS Y DISCURSOS 



DEL DOCTOR 



GUILLERMO RAWSON 



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COLECCIONADOS Y PUBLICADOS 



POR 



ALBERTO B. MARTÍNEZ 

BAJO EL PATROCINIO DE LA 

Comisión Popular Homenaje al Dr. Guillermo Rawson 



TOMO ;P£llMKJftO 



BUENOS AIRES 



Compañía Sud-Americana de Billetes de Banco 

Calle San Martin números 134 y 136 

1891 



S/U'iis-l» 



HARVARD COLLEGE LlBRARY 

MAR 31 1917 

lATlN-AMfcRlCAN 
PROfESSORSHiP foMD 



Comisión Popular Homenaje al doctor Guillermo Rawson 



Tesoreros 



Secretarios. 



r 



Presidente Teniente General Bartolomé Mitre 

Vice-Presidente I o . Doctor José B. Gorostiaga 

Santiago Lloverás 
*>° i » Antonio F. Pinero 

Tomás Santa Coloma 
Beluario Roldan 
Alberto B. Martínez 
Gabriel Cantilo 

Doctor Manuel A. Montes de Oca 
Lucas Ayarragaray 
Samuel Gaché 
Osvaldo M. Pinero 
Manuel T. PodestA 
Eduardo L. Bidau 
José A. Gorostiaga 
José S. Arévalo 
Osvaldo Magnasco 
Eduardo Costa 
Leopoldo Basavilbaso 
Luis V. Várela 
Manuel Gorostiaga 
Mauricio González Catán 
Francisco Ramos Mejía 
Amancio Alcorta 
José A. Ayerza 
Roberto Llover \s 
Eleodoro Lobos 
Adolfo Orma 
Norberto Pinero 
Eduardo Peña 
Enrique del Arca 
Bartolomé Novaro 
Juan José Montes de Oca 
Antonio E. Malaver 
Bernardo de Irigoybn 
Pedro Goyena 
Francisco A. BarroetaveÑa 
José M. Ramos Mejía 
Isaac Larrain 
Enrique S. Quintana 
Antonio Tarnassi 
Ingeniero Carlos M. Morales 
» Emilio Mitre y Vedia 

| Señores Francisco Seeber 
Bernardo Carral 
Eusebio Giménez 
Alejandro Sorondo 
Eduardo B. Legarrbta 
Saturnino de la Precilla 
Juan Girondo 
Teniente General Juan Andrés Gelly y Obes 



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ÍNDICE DEL TOMO PRIMERO 



Pigina 

Introducción por el señor Alberto B. Martínez vii 

Tesis inaugural - Solicitud de los catedráticos pidiendo al rector de la Uni- 
versidad el grado ¿ e d oc ior para el seftor Guillermo Rawson, previa dispen- 
sa de la presentación y sostenimiento de la tesis 9 

Resolución del rector 12 

Discurso del doctor Claudio M. Cuenca 13 

Trabajo del doctor Rawson 19 

Estadística Vital de Buenos Aires— Presentada al congreso médico interna 

cional de Filadeltia, de 1876 39 

Estudio sobre las casas de inquilinato de Buenos Aisbs 107 

Observaciones sobre higiene internacional 181 

CARTAS 

Política internacional— Cartas dirigidas, en 1873, al seftor Plácido S. de Bus 
taminte, A prepósito del tratado de alianza ofensiva y defensiva celebrado 
por el gobierno argentino con las repúblicas del Peni y Bolivia 229 

Política interna— Cartas dirigidas á los señores Eduardo Costa y José M ; 
Estrada, el año 1874, sobre política electoral 251 

Diversa resistencia vital de los sexos- Carta dirigida al seflor Ministro de 
justicia, culto é instrucción pública 279 

Higiene de Valparaíso— Carta dirigida, en 1874, al doctor Javier Villanueva. 293 

La viruela y su profilaxis— Carta dirigida en 1876 al presidente de la Aso- 
ciación Médica Bonaerense 321 

Política y hombres de la América del Norte— Carta dirigida, en 1877, al 
señor Charles Adams 329 

La elección presidencial de Hayes en los Estado* Unidos— Carta dirigida 
desde Nueva York, en 1877, al señor general Mitre 341 

Derecho constitucional— Carta dirgida, en 1877, á un caballero de los Estados 
Unidos 353 

Ferro-carr t l interoceánico— Párrafos de carta dirigida, en 1867, al seflor Agote 368 



VI ESCRITOS Y DISCURFOS DEI. DOCTOR G. RAWSON 

Página 

Bellas artes y ciencias -Carta dirigida desde Roma, en 1878, al doctor San 

tiago Larrosa 369 

Cuestiones demográficas— Carta dirigida, en 1888, al señor Alberto B.Martínez 887 
RawsoÑ y Bertillón Carta dirigida desde París, en 1886, al señor Alberto B. 

Martínez 399 

Impresiones en los Estados Unidos — Carta dirigida desde Nueva York, en 

1876, a una amiga residente en Buenos Aires 407 

Una sesión del senado norte-americano— Carta dirigida desde Nueva York, 

el I o de abril de 1877, al señor doctor José B. Gorostiaga 413 

Al sal r de una prisión Carta dirigida desde San Juan, el 9 de diciembre de 

1853, al señor Damián Hudson 421 



INTRODUCCIÓN 



El año 1844, la ciudad de Buenos Aires y con ella toda la 
República, presentaba un cuadro sombrío y entristecedor. 
La ominosa tiranía que imperaba desde 1830, aumentando 
cada día más el colmo de sus crímenes y humillaciones, 
había llegado al punto en que la Providencia, que vela 
siempre por la suerte de los pueblos, aun cuando algunas 
veces se oculta para ver hasta dónde llega la resistencia y 
la virtud de éstos, interviere para restablecer la paz, la 
libertad y la dignidad humana escarnecidas. Las garantías 
de la propiedad y de la vida, inseparables de toda agrupa- 
ción civilizada, no existían entonces ; como consecuencia de 
esta inseguridad, muchos argentinos se refugiaban en las 
naciones vecinas, donde encontraban un amparo que aquí 
les faltaba; y, para coronamiento de males, los asilos consa- 
grados á la protección de la infancia desvalida, así como los 
pocos lugares dedicados á la enseñanza, se habían clausu- 
rado. Más bien que una agrupación viva y humana, Buenos 
Aires parecía entonces una muda y melancólica necrópolis. 
Todo era oscuridad, silencio y barbarie. 

En medio de situación tan angustiosa, en medio de som- 



VIII ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

bras tan pavorosas, Buenos Aires asistió á un espectáculo 
nuevo en sus anales, espectáculo que iba á proyectar un 
rayo de vivísima luz sobre la oscuridad que todo lo envol- 
vía. No anunciaba, él, la aurora de libertad, tanto tiempo 
esperada; no partía tampoco de ninguna inteligencia supe- 
rior, envejecida en el estudio y en el cultivo de la ciencia: 
no, surgía de la frente iluminada de un modesto discípulo 
de la facultad de ciencias médicas. El joven Guillermo 
Rawson había terminado brillantemente los estudios médi- 
cos que iniciara cediendo á las inclinaciones de su espíritu 
estudioso é investigador, más que á egoístas miras de lucro 
ó de especulación, y la escuela de medicina lo despedía de 
sus aulas con los honores de una fiesta, desde entonces no 
reproducida en los anales universitarios. 

«Desde su ingreso á las aulas, decíanlos profesores de la 
escuela de medicina, llamó la atención de todos la extra- 
ordinaria capacidad intelectual del joven don Guillermo 
Rawson; y sus buenos y sólidos conocimientos en vanos 
ramos de instrucción literaria, su aplicación y rápidos pro- 
gresos en la muy difícil ciencia del hombre, anunciaron 
días de satisfacción y de triunfo para la universidad. Estos 
días han llegado: sus exámenes, y muy particularmente, el 
general v práctico, con que se ha despedido de las aulas, han 
sido brillantísimos.» 

Proponían los profesores, para aponer una corona bien 
merecida de gloria en la frente iluminada de este alumno, 
para lanzar una chispa de noble y generosa ambición dentro 
y fuera de los claustros de la Universidad^ y para dar un 
impulso progresivo á las ciencias y las artes,» que el rector 
hiciese uso del derecho que el reglamento le confiaba, de" 



INTRODUCCIÓN IX 

dar el grado de doctor, sin preceder las pruebas estableci- 
das, á la persona que, á juicio suyo, sea ilustre y eminente 
en alguna facultad. 

No accedió el rector á la solicitud de los profesores, no 
porque desconociese «la moral, aplicación y capacidad dis- 
tinguidas del joven Rawson, las cuales honran á la univer- 
sidad, » sino porque no estaba en sus atribuciones acordar 
lo que se le pedía ; pero, deseando asociarse, por su parte, á 
un acto de tan señalada justicia y estímulo, facultó al profe- 
sor de anatomía para que, en el acto de terminar el joven 
Rawson la lectura de su disertación le dirigiese la palabra, 
« á nombre de la universidad, por el honor que le hace y los 
bienes que promete á su patria. » 

La fiesta en que se acordó el diploma de médico al joven 
Rawson, fué, al decir de los que la presenciaron, tierna y 
conmovedora; y, por rara coincidencia de la suerte, tocó el 
honor de hablar á nombre de la facultad, al doctor Claudio 
M. Cuenca, persona que, según el juicio de los contemporá- 
neos, se hacía notar por una gran austeridad de carácter, 
por una suma parsimonia en las palabras y por una inflexi- 
ble rigidez en el elogio. 

Grande, pues, debió ser la impresión que la inteligencia 
del joven discípulo de la escuela de medicina ejerció sobre 
el espíritu del maestro; excepcionales debieron ser sus mé- 
ritos; relevante su comportamiento en el aula, para que el 
doctor Claudio M. Cuenca tomase sobre sí la misión de des- 
pedirlo, á nombre de la facultad, en términos elogiosos y 
exaltados. 

El discurso del doctor Cuenca, lleno de frases entusiastas, 

á veces hiperbólicas, puede parecer, acaso, mirado friamen- 

ii 



X ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

te, á través de la distancia interpuesta por los años y por 
los acontecimientos, como la obra de una imaginación poé- 
tica, como la manifestación del afecto que había sabido des- 
pertar en el corazón del maestro el inteligente y ejemplar 
discípulo; pero, bien considerado, teniendo en cuenta la 
austeridad de carácter de la persona que discernía los elo- 
gios, y los méritos del joven que tan brillantemente había 
sabido sobresalir entre sus condiscípulos, no puede ser 
mirado sino como una muestra de sincera admiración y de 
profundo reconocimiento. 

« Hay un libro en blanco, doctor Rawson, decía el doctor 
Cuenca, que hace muchos años que espera la pluma ins- 
pirada de un hijo del Plata que escriba en él la primera 
página: este libro, destinado á jugar un día un rol impor- 
tante en los destinos de la república, cuando los hombres de 
vuestra capacidad se hayan ocupado de él, es el libro to- 
davía en blanco de nuestra ciencia médica. Todavía en 
blanco, doctor Rawson ; pero no estará más así, desde que 
hagáis la resolución de llenarlo; y á fe que vos lo podéis 
hacer. » 

Agobiado por tan exaltados elogios que, al par que hon- . 
raban sobremanera su persona, le creaban serias responsa- 
bilidades para el porvenir, el joven Rawson, en presencia 
de un auditorio visiblemente conmovido, delante de su 
propio padre el doctor Aman Rawson, dio principio á la 
lectura de la disertación con que se despedía de sus profeso- 
res y de la facultad. 

En vez de versar ésta sobre alguno de los tantos temas 
en que, para salir ligero del paso, se explayaban los alumnos 
de la Escuela, la disertación del joven Rawson versó sobre 



INTRODUCCIÓN XI 

uno de los problemas más oscuros de las ciencias biológicas 
y médicas: sobre las leyes de la herencia. 

«¿Por qué del hombre nace el hombre? ¿Por qué las 
águilas feroces, como dice Horacio, no engendran la paloma 
inocente? ¿ Por qué la planta que vejeta es hija siempre de 
otra semejante?» preguntaba, al principio de su tesis, el 
joven Rawson ; y, para mostrar que se daba cuenta de la 
gravedad é importancia de la materia cuyo estudio aborda- 
ba, decía : « He aquí uno de los grandes problemas de la 
naturaleza, cuya solución íntimamente ligada á los miste- 
rios de la vida, jamás se aclarará del todo á nuestra inteli- 
gencia; pero que, por lo mismo, estimula fuertemente los 
deseos de nuestra curiosidad. » 

Bajo tan brillantes auspicios, alentado por tan excepcio- 
nales, al par que pesados honores, ingresó al cuerpo médico 
argentino el doctor Guillermo Rawson, en el que, según el 
juicio de su panegirista, estaba destinado á escribir la pági- 
na en blanco de la medicina nacional. 

Apenas recibió el diploma que lo habilitaba para entre- 
garse á sus tareas profesionales, el doctor Rawson se apre- 
suró á regresar á la ciudad de San Juan, en la que había 
visto por primera vez la luz el día 25 de Junio de 1821, te- 
niendo por padres á la señora María Jacinta Rojo y al 
doctor Aman Rawson, médico norte-americano que desde 
1818 se había establecido en esa ciudad. Gozaba, además, el 
jov 7 en doctor Rawson en su ciudad natal, según la opinión 
de un hombre que debía, más tarde, distanciarse de él, en 
las corrientes de la política, <de una reputación superior á 
sus aflos, por sus talentos precoces, y las recomendaciones 
de sus profesores, á cuyas envidiables dotes se unía un 



XII ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

acendrado patriotismo y una energía y nobleza de carácter 
que atemperaban la moderación de su conducta y la unción 
de sus palabras. » o> El amor á la familia y al suelo natal, 
así como las simpatías de que gozaba en el medio social, 
fueron, pues, sin duda, las que determinaron la traslación 
del joven Rawson. 

Lo que era la ciudad de San Juan por aquellos años, es 
fácil sospecharlo, conociendo la ciudad actual ; transportán- 
dose, con los ojos de la imaginación, cuarenta años atrás, y 
teniendo presente la situación general del país. Ciudad co- 
locada á doscientas leguas de la capital, ligada á esta por 
comunicaciones tardías y peligrosas, San Juan no podía 
presentar sino los modestos progresos materiales de una 
población mediterránea. En cuanto á su faz moral é inte- 
lectual, aun cuando San Juan ha formado siempre un hon- 
roso contraste, en este sentido, con las demás provincias 
del interior, ella no era muy satisfactoria. 

Por lo que toca á su faz política, no era más envidia- 
ble que la moral y la material. San Juan vivía oprimida 
bajo el despotismo de Nazareo Benavidez, caudillo que, aun 
cuando de índole mansa, comparado con Rosas y con ios 
demás que asolaban la República, había suprimido todas las 
libertades, haciendo imperar solo los caprichos de su vo- 
luntad absoluta y omnímoda. 

« La mayor parte de los hombres decentes se habían reti- 
rado á sus viñas y fincas, dice un contemporáneo. No había 
periódicos propios ni extraños, fuera de La Gaceta, que, de 



1) Véase: San Juan y sus hombres, por D. F¿ Sarmiento. 



tNTAODUCClÓN XÍII 

tarde en tarde, venía á traer al gobierno su idea y su tono 
acerca de la Santa Causa. Los únicos puntos de reunión 
eran las tertulias á que Benavídez concurría ; las ruedas de 
gallos y las carreras, á que nunca faltaba. La certidumbre 
de la impotencia y la conciencia del terror habían concluido 
por arraigar la costumbre de no pensar ni querer más allá 
de los estrechos límites de una existencia poco menos que 
animal. Aquéllo no era abyección ni abandono ; era la vida 
social sin alma ni pensamiento ; el aislamiento, el silencio y 
el marasmo de un pueblo. 

«La parte política, principalmente, en cuanto á las perso- 
nas, siempre se resintió muy saludablemente del carácter 
bondadoso, manso y dúctil de Benavídez. Sin embargo de 
Rosas y del terror de los jefes de línea y sus sugestiones, la 
provincia no fué ensangrentada como otras y sirvió de refu- 
gio en muchos casos. Había paz ó tranquilidad, muy seme- 
jante á la de la muerte, es cierto, pero no era enteramente 
la muerte. El gobierno de Benavídez consistía en no gober- 
nar y su política en tolerar y comadrear con todos. » tt) 

En medio de situación oficial tan escarnecida, al mis- 
mo tiempo que tan humanitaria, comparada con las que 
reinaban en los demás pueblos de la República, ingresó el 
doctor Rawson, acompañado de algunos elementos sanos, á 
la legislatura provincial, en la que debía, muy pronto, des- 
empeñar un papel espectable y de alta resonancia cívica. 

La vida política estaba entonces por completo muerta en 
todo el país y particularmente en las provincias del interior. 



(1) El doctor Rawson ante la tiranía, por Tadeo Rojo. 



XlV ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RA\tfS0tf 

Las elecciones no eran ni grotescas parodias de comicios 
libres, como han sido en algunos estados después. Las 
urnas electorales no arrojaban ni siquiera los nombres que 
depositaban en ellas las autoridades superiores, sino los que, 
consultando su comodidad, tenía á bien introducir el mo- 
desto portero de la legislatura. 

Refiere el señor Rojo, actor en una de estas escenas, que, 
pasando un día por la plaza principal de la ciudad de San 
Juan, acompañado del doctor Rawson y de don Wenceslao 
Espinóla, llamóle particularmente la atención encontrar 
abierto el balcón de la casa donde se reunía la legislatura. 
Arrastrado por la curiosidad, resolvió imponerse por sí 
mismo de lo que pasaba ; llegó hasta el patio; y se encontró, 
con gran sorpresa, delante de este edificante espectáculo: el 
portero de la legislatura conservaba en su mano algunas de 
las listas que habían sido distribuidas á los jueces de cuar- 
tel, para que practicasen la elección ; y, al mismo tiempo, se 
quejaba de las molestias que algunos de los candidatos le 
ocasionarían para citarlos en su domicilio. 

El señor Rojo y los señores nombrados, concibieron en- 
tonces el travieso proyecto de formar una legislatura que 
consultase las comodidades del portero, pero que, al mismo 
tiempo, diese representación á hombres sanos y bien inten- 
cionados de la provincia. 

La acción que el doctor Rawson desplegó en la legislatu- 
ra de San Juan, fué la que con todo derecho podía esperarse 
de sus relevantes condiciones morales é intelectuales. Au- 
nando sus esfuerzos á los de los patriotas que habían ingre- 
sado al cuerpo legislativo mediante la buena voluntad del 
portero, el diputado Rawson se convirtió en un astuto 



INTRODUCCIÓN XV 

derooledor del régimen imperante. El poder de Benavídez, 
estaba sólidamente arraigado ; y, para minarlo, era preciso 
proceder con tino, por medio de rodeos, como se cerca -A la 
fiera que se pretende aprisionar. 

Rawson y sus colaboradores, sabían que no hay despotis- 
mo, por arraigado y estable que parezca, que resista á la luz 
de la educación primaria; porque ella tiene la virtud de 
disipar las sombras de la ignorancia y de las preocupaciones 
en que todos los tiranos fundan su poder ; y uno de sus pri- 
meros esfuerzos tendió á hacer sancionar por la legislatura 
una ley destinada á difundir en las masas populares los be- 
neficios de la instrucción. 

Inspirados por idénticos móviles, dictan otra ley para 
establecer municipalidades rurales, sabiendo que es el régi- 
men municipal, como lo ha dicho un pensador, la escuela 
primaria de la libertad. 

Con estas y otras adelantadas iniciativas, que conmovían 
profundamente la opinión de la provincia, trataban los pa- 
triotas de San Juan de derrocar el ignominioso gobierno de 
Benavídez. «La legislatura, dice el seflor Rojo, A quien 
véome en el caso de citar á menudo por haber sido actor 
en todos estos sucesos, se convirtió desde entonces en una 
constante fragua de opinión, que muy pronto se hizo un 
núcleo de incesante actividad y desde la que se ejercía 
una influencia cada día más extensa y eficaz sobre las prin- 
cipales clases de la sociedad. 

« El aspecto moral del pueblo cambiaba con igual rapidez: 
la gente volvía á la ciudad, los hombres se veían, se cono- 
cían y se entusiasmaban por algo velado todavía en los 
horizontes. Se empezaba á pensar y se quería ya, con toda 



XVI ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR Q. RAWSON 

•» 

la fuerza del deseo y de la necesidad, una nueva existencia, 
aunque nadie se la definía. » w 

Entregados se hallaban los hombres de San Juan á traba- 
jos tan patriotas y. simpáticos, cuando un acontecimiento 
inesperado vino á quebrar sus planes y á ponerlos en el 
caso de definir virilmente su conducta, colocándolos frente á 
frente del despótico gobierno de Benavídez. 

Próximo á estallar estaba el movimiento libertador enca- 
bezado por el general Urquiza, que debía echar por tierra la 
ignominiosa tiranía de veinte aflos, cuando, en 1851, Rosas 
trasmitió á sus tenientes la idea de que lo nombrasen jefe 
supremo de la Confederación, armándolo con la suma del 
poder público nacional, á fin de encontrarse en mejor situa- 
ción para repeler la invasión del «loco traidor Urquiza,» 
según rezaba la frase de la época. 

El gobernador Benavídez se apresuró á acatar la con- 
signa federal, que no admitía muchas vacilaciones en la 
obediencia debida al jefe supremo; y envió, con ese motivo, 
á la legislatura, un largo mensaje, rebosando de fino amor y 
respeto para la causa federal, en el que concluía pidiendo 
para Rosas la investidura de jefe supremo de la Confedera- 
ción ; y, además, que se le acordase la suma del poder públi- 
co nacional y el ejercicio de su suprema autoridad. &) 

La noticia de esta comunicación circuló rápidamente por 
la reducida población urbana de San Juan, impresionando 
desagradablemente á todos los espíritus, y, en particular, á 



(1) El doctor Rawson ante ¡a tiranía, por Tadeo Rojo. Aflo 1878. 

C2) Este mensaje, a«í como la resolución .de la legislatura, se hallan trans 
criptos en el tomo 27, página 131. año 1851, de El Archivo Americano, redactado 
por don Pedro de Angelis. 



INTRODUCCIÓN xvii 

ios patriotas empeñados en la obra de la redención. Mayo- 
res fueron las angustias patrióticas, cuando se supo que la 
legislatura había sido citada con urgencia para ocuparse 
del asunto, y, sobre todo, cuando empezó á circular el 
rumor, sordo al principio, ruidoso después, de que había un 
miembro del cuerpo legislativo que se atrevía, no solo á 
negar su voto á tal pretensión, sino, lo que era más inaudi- 
to, á acompañar esta negativa con una enérgica pro 
testa. 

La anunciada sesión en que la legislatura de San Juan 
debía ocuparse de este asunto, tuvo lugar, al fin, en medio 
de preparativos propios para infundir la alarma en corazo 
nes vulgares, pero no en patriotas dispuestos á sacrificar la 
vida por su patria. El acceso á la sala en que se reunía la 
legislatura, era difícil y peligroso. «E! representante, dice el 
señor Rojo, tenía que franquear un zaguán lóbrego, donde 
se paseaba un centinela; tenía que subir una aportillada 
escala, á cuyo término había otro centinela ; tenía que cru- 
zar un ancho patio, donde paseaban ó se tenían con sus 
grillos los presos del cuartel ; y, en el recinto mismo de la 
sesión, tenía que encontrarse con los vivos de un sargento 
mayor de secretario y á su espalda una buena comisión de 
jefes y oficiales, entre los cuales no faltarían el Pichón-de- 
burro, verdugo de las señoras de Mendoza, y quien sabe si 
no estaba el buen federal negro chagaray.» Sin embargo, 
esto no fué un obstáculo para que llegara hasta la sala y 
tomara asiento en ella, el diputado Rawson, quien iba á des- 
cargar sobre la tiranía los rayos de su elocuencia patriótica 
y viril. 

En medio de un silencio solemne y pavoroso, solo turba- 



XVllI ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR Ó. RAWSON 

do, de vez en cuando, por el ruido que producían los sables 
de los soldados de Benavídez al chocar sobre el pavimento, 
el temerario orador comenzó una de sus más magistrales 
arengas, en 1h que pedía á los representantes, primero, y 
exigíales, después, en nombre de los santos y permanentes 
intereses de la patria, en nombre de la dignidad humana 
escarnecida , que no acordasen al tirano Rosas el título de 
jefe supremo de la Confederación, ni mucho menos que se 
le concediese la suma del poder público que pedía. 

Grande fué el efecto que la audición de este discurso, del 
cual no se ha conservado, desgraciadamente, copia alguna, 
sino el recuerdo que de él tienen algunos contemporáneos, 
produjo en el ánimo de los asistentes á la célebre sesión. 
«No estuve en la sesión, dice el señor Rojo, pero volvía 
tiempo de encontrar al pueblo todo palpitando todavía de la 
emoción causada por la conducta de Rawson, único repre- 
sentante que había alzado la voz para oponerse á la conti- 
nuación del ominoso mandato. Era de oir los elogios de 
Rawson, no ya en boca de los amigos y ciudadanos , sino de 
los mismos federales, de los militares, de los asociados en la 
mashorca. » 

La asamblea legislativa de San Juan escuchaba con reco- 
gimiento, en cierta parte con sorpresa, por los vocablos 
nuevos que oía, el patriótico discurso del diputado Rawson; 
pero sin dejarse conmover á punto de que olvidase por un 
momento los imperiosos deberes de sumisión que tenía con- 
traídos con Benavídez; y, llegado el instante de proceder á 
la votación, se apresuró á sancionar el proyecto ; disponien- 
do, en„re otras cosas, por el artículo 4 o , que la ley fuese fir- 
mada por todos los representantes de la provincia. 



INTRODUCCIÓN XIX 

Obligado por este mandato de la mayoría, el doctor Raw- 
son, que había hecho una oposición tan enérgica y temera- 
ria al asunto, puso su firma al lado de la de sus colegas, 
creyendo que,«por el hecho de haber manifestado pública- 
mente su pensamiento, salvaba su responsabilidad ante sus 
conciudadanos y ante la historia. 

No ha sucedido, desgraciadamente, así ; y más de una vez 
se ha visto aparecer, en medio de lac agitaciones de las 
luchas políticas que nada respetan, lanzado, á veces, por 
personas caracterizadas, anónimo, otras, el cargo, dirigido 
contra el doctor Rawson, de haber contribuido á acordar la 
suma del poder público; arrojado con el fin de aminorar la 
alta influencia moral de que este eminente argentino se ha 
hallado revestido. Pero, los antecedentes del hecho, que 
dejo fielmente relatados, muestran hasta qué punto ha sido 
injusta esta acusación ; y vienen, una vez más, á consolidar 
en su verdadero pedestal la personalidad política y moral 
del doctor Rawson. 

Si esto no fuese bastante, si hubiese todavía empeño en 
oscurecer la verdad de los hechos, iluminada por los ante- 
cedentes referidos, bastaría conocer el inmenso júbilo con 
que el doctor Rawson recibió y trasmitió á sus conciudada- 
nos la feliz noticia de la desaparición del régimen que por 
espacio de veinte años había sido la vergüenza y el escarnio 
del pueblo argentino, para comprender que el hombre que 
se expresaba en términos tan eutusiastas y tan patrióticos, 
no pudo nunca, sino obligado por la mayoría, poner su 
firma á un proyecto que importaba la negación de sus prin- 
cipios morales y políticos. 

El 28 de febrero de 1852, según un testigo presencial, el 



XX ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

escribano de gobierno dio lectura, en la ciudad de San Juan, 
al decreto de reconocimiento del jefe vencedor del tirano 
Rosas en los campos de Caseros. En ese mismo momento, 
se presentó en el ángulo sud-oeste de la plaza hoy 25 de 
mayo, el doctor Rawson, caballero en un magnífico corcel 
castaño oscuro ; y, después de conocer la fausta nueva, do- 
minado por un indescriptible entusiasmo, del que participa- 
ban todos los presentes, tiró al aire dos ó tres puñados de 
cuatro bolivianos, y dio principio á una exaltada y patrió- 
tica peroración, de la cual algunos oyentes que aún sobre- 
viven han conservado en la memoria ciertos párrafos, que 
voy á reproducir, no por el mérito literario ú oratorio de 
que se hallen revestidos, sino para mostrar cuan grande fué 
el júbilo patriótico del eminente argentino al saber que 
había caído desplomado el corrompido edificio de la ti- 
ranía. 

«El ronco estampido del cañón que el día 3 de febrero 
hizo vibrar el corazón de millares de argentinos, con el 
combate que á su vista se ejecutaba en los campos de Case- 
ros, contra la tiranía ominosa de veinte años, decía el doc- 
tor Rawson, ha dado por resultado la brillante epopeya que 
vive y vivirá siempre en el corazón de todos los amantes de 
la libertad de los pueblos argentinos. » 

« El reconocimiento que acaba de hacerse por los poderes 
públicos del triunfo de los libres contra el tirano en los 
campos de Caseros, es un acontecimiento de trascendental 
importancia para el pueblo argentino, por cuya razón ha de 
fructificar como las plantas lozanas cuando se arraigan en 
el corazón del suelo propio. » 

« El triunfo de Caseros es un verdadero acontecimiento 



INTRODUCCIÓN XXI 

que sigue al de Chacabuco y Maypú, en su importancia 
moral y material, para los hombres patriotas y de corazón 
noble y generoso. Y si los que han tenido en suerte la gloria 
de tomar parte activa en la epopeya de Caseros, siguen ins- 
pirándose en la noble tarea del complemento de la obra 
principiada el 3 de febrero, el engrandecimiento de los pue- 
blos libres del sud será un hecho semejante á aquellas 
riquezas acumuladas por una generación en monumentos y 
conquistas, que constituyen un patrimonio, que el pasado 
lega y trasmite á la posteridad. » 

«Solo de esta manera, viviendo siempre animados de esa 
noble y generosa emulación, pueden éstos ocupar un lugar 
distinguido en la alta sociedad de las naciones libres, por- 
que de otra m'anera las tumbas de los mártires, cuya sangre 
ha servido para fecundar la tierra en que debía germinar la 
libertad, se conmoverían toda vez que viesen á sus suceso- 
res degenerados. Porque los pueblos son libres, en cuanto 
son morales ; y porque nada enaltece más que la satisfac- 
ción del deber cumplido. » 

« Si somos los herederos de Belgrano y San Martín y tan- 
tos otros mártires de la libertad sud-americana y de sus 
glorias, debemos ser también los fieles ejecutores de sus 
obras ; porque la sangre generosamente derramada en los 
campos de Caseros sería completamente estéril. » u> 

En términos tan exaltados y tan patriotas, saludó el doc- 
tor Rawson al sol que se levantó en Caseros, y la época de 
progreso y de libertad, tanto tiempo esperada, que en el 



(1) Carta del señor Víctor Rodríguez al autor de esta Introducción. 



XXII ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

pensamiento de todos los argentinos él estaba destinado á 
iluminar. 

Pero, como no acontece en los pueblos recuperar la liber- 
tad con la misma facilidad con que se ha perdido, sucedió 
en la República que muchas de las provincias siguieron 
gobernadas por los oscuros tiranuelos que las habían opri- 
mido durante la época de la tiranía. San Juan se halló en 
ese caso. El déspota Benavidez reinó por algunos años más, 
haciendo imperar su voluntad ignorante y absoluta. Entre 
los actos de despotismo que ejerció en este periodo de su 
gobierno, se señala la arbitraria prisión del doctor Rawson, 
á quien encerró, en 1853, en la cárcel de San Clemente, ase- 
guráiidolo con una arroba de hierro en las piernas. 

Pasemos por alto las torturas morales sufridas por el doc- 
tor Rawson en la prisión, torturas de que él habla sin vano 
alarde, mostrando que se encontraba virilmente preparado 
de antemano para arrostrar todas las fatales consecuencias 
de sus actos y lleguemos á ese período triste de la historia 
nacional, que se conoce con el nombre de « período de la 
Confederación. » 

Después de derribada en los campos de Caseros la tiranía 
que por espacio de veinte años había oprimido el país; 
cuando se contaba con que el patriotismo de todos los argen- 
tinos se mostrase unido para fundar una situación política 
que asegurase la libertad, impulsase el progreso, permitiese 
el renacimiento de las industrias y el comercio, llamase á 
todos los hombres del mundo para que vinieran á habitar en 
el suelo argentino, y cicatrizase, en fin, las heridas que en 
tan largo tiempo de opresión y de barbarie había recibido el 
paí<, por motivos que no hay para qué recordar, se encon- 



INTRODUCCIÓN XXIII 

tro un dia dividida la familia argentina, formándose, en 
la ciudad del Paraná, un gobierno constituido por tre- 
ce provincias , llamado de la Confederación , y en la 
ciudad de Buenos Aires otro, representado por esta pro- 
vincia. 

Rawson,que en medio de todas las vicisitudes de su larga 
vida pública, se ha mostrado eminentemente argentino ; 
Rawson, que no ha concebido nunca la nacionalidad funda- 
da sobre la división de la patria común ; Rawson, que ha 
tenido siempre palabras severas para condenar las ideas 
localistas de algunas secciones territoriales ; él, que, como 
se ha dicho, ha llevado sus principios nacionalistas hasta el 
extremo de ser provinciano en Buenos Aires y porteño en 
las provincias, sintióse cruelmente herido, en lo más íntimo 
de su patriotismo puro y desinteresado, por esta separación; 
y es de ver en qué términos sinceros y angustiosos predica- 
ba sin descanso la unión y la paz de los hermanos dividi- 
dos, y con qué penosa consagración se dedicaba á difundir 
estas ideas! 

« Supongo, decía en 1853, en carta privada, supongo que 
en Mendoza estarán muy contentos con la gloria de formar 
la vanguardia en la gran República de las 13, que va á 
levantarse en la faz de la tierra ! 

«Por mi parte, agregaba, le aseguro que estoy muy des- 
consolado con el nuevo programa. El aislamiento de Bue- 
nos Aires es nuestra ruina. Con una constitución escrita y 
encomendada á caudillos ineptos y despóticos, con un con- 
greso fanático y que respeta más los rotos laureles de su 
héroe que la alta responsabilidad del porvenir, con la inmo- 
ralidad que nos devora, con la miseria horrible que nos 



XXIV. ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

consume, con la ceguedad de los hombres y de los pueblos, 
¿qué podemos esperar sino ruinas y desastres?» d> 

Más adelante, agregaba, en diversas ocasiones, refirién- 
dose á la misma separación de Buenos Aires 3' de las pro- 
vincias: «Consuela ver la marcha de Buenos Aires. Allí 
hay un pedazo de tierra libre. Que Dios les conserve esc 
tesoro, comprado con su sangre. » « De un extremo á otro 
de la República la mazhorca se mueve y espía la ocasión: 
gracias sean dadas á Dios, porque siquiera hay un pedazo 
de tierra argentina donde el árbol de la libertad, regado con 
la sangre de los mártires, se levantará sobre las miserias de 
los hombres.» & « Todo lo que sea alentar el ánimo de hom- 
bres y pueblos para que esperen y trabajen por la recons- 
trucción de la república, me merece aplausos calurosos.» ( 3 > 
« Perdida la moral, el respeto por las leyes eternas de la 
justicia y de la razón, los gobiernos tienen que sucumbir 
tarde ó temprano, arrastrando á veces á los pueblos en su 
catástrofe.» o «Es necesario, pues, que El Constitucional 
empiece á hablar alto y sinceramente sobre el asunto. Que 
pinte con vivísimos colores la urgencia de un arreglo defi- 
nitivo con Buenos Aires y la necesidad de acallar las malas 
inspiraciones del amor propio y las susceptibilidades de 
provincia. Haga mucho ruido con la paz. Hable de ella 
como de un triunfo de las sanas ideas. Hable de los enemi- 
gos del orden público sin recelo. » < 5 > 



(1) Carla inédita dirigida a su amigo el señor Damián Hudson redactor de un 
periódico que se publicaba en Mendoza. 

(2) Id del Setiembre '22 de 1853. 

(3) Id. del Octubre 10 de 1855. 

(4) Id. del Setiembre 26 de 1855. 

(5) Id. del 4 de enero de 1855. 



INTRODUCCIÓN JCXV 

A fines del año 1854, el doctor Rawson fué elegido para 
representar la provincia de San Juan en el Congreso del 
Paraná. Se le ofrecía, pues, una brillante oportunidad para 
exponer, en teatro más vasto, sus ideas de reconstitución 
de la nacionalidad desgarrada. Pero, diversas inquietudes 
lo asaltan. « Me ha trabajado mucho, dice á su amigo y con- 
fidente, la necesidad de resolver la conducta nue he de 
seguir en cuanto á mi diputación, y, después de mucha deli- 
beración, he decidido no ir al congreso. El asunto de San 
Juan, tan inicuamente tratado, me aleja de la esperanza de 
trabajar con éxito. Ya que los poderosos han emprendido 
un camino desacertado, no quiero yo concurrir con mi pre- 
sencia á una política que repruebo, cuando el conocimiento 
de los elementos de ambas cámaras no me permite abrigar 
la esperanza de rectificarla. Como el musulmán, me entrego 
á mi destino y me cubro la cara con el manto para no ver 
ni oir. » (» 

Los amigos de Rawson, los que conocían sus patrióticos 
anhelos por ver cuanto antes unida la familia argentina, 
consiguen llevar al ánimo de aquél el convencimiento de 
que debe concurrir al congreso, y aquí da principio la vida 
parlamentaria activa del doctor Rawson, en la que debía 
descollar en un puesto eminente, por la elocuencia de su 
palabra, por los adelantados principios que sostiene y por la 
legítima influencia que justamente supo despertar. 

En la primera sesión preparatoria del 10 de mayo de 1856, 
de la cámara de diputados del Paraná, se aprobó el diploma 



(1) Carta privada dirigida al mismo sefior Damián Hudson, con fecha 11 de abril 
de 1855. 



IV 



XXVI ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

de diputado por San Juan, presentado por Rawson. Pocos 
días después, fué nombrado vicepresidente de la cámara, y 
desde entonces comenzó á tomar una participación activa y 
descollante en las deliberaciones legislativas. 

Como miembro de la comisión de negocios constituciona- 
les, á que pertenecía, Rawson se hizo notar en el examen 
de las constituciones de provincia, las que, por una disposi- 
ción de la antigua constitución nacional, debían ser someti- 
das á la revisión del congreso, sin cuyo requisito no podían 
entrar á regir. Los luminosos informes de Rawson, mostra- 
ron cuan sólida era su preparación y cuan sanos los princi- 
pios que profesaba en materia de derecho constitucional. 
Por desgracia, de todos estos discursos solo se ha conserva- 
do pálidos extractos, porque en aquellos tiempos no existían 
buenos taquígrafos en el parlamento. 

Pero, cuando particularmente sobresalió la personalidad 
política, constitucional y económica del doctor Rawson, 
adquiriendo todas las proporciones de una figura nacional, 
fué al discutirse el célebre proyecto conocido por de « dere- 
chos diferenciales, » formulado expresamente en odio de 
Buenos Aires, para abatir el organismo económico de esta 
provincia, separada entonces de las 13 que formaban la 
Confederación, y para obligarla, por medio de la miseria y 
de la ruina, á ingresar en la unión. 

Proponían los señores que buscaban la unión nacional 
por medios tan extraviados, nada menos que se prohibiese 
la importación de mercaderías de ultramar, que no viniesen 
directamente de cabos afuera á los puertos de la Confedera- 
ción, es decir, que se clausurase la aduana de Buenos Aires, 
que era la principal fuente de recursos de esta provincia; y 



INTRODUCCIÓN XXVÍI 

Rawson, que buscaba por medio de la conciliación, de la 
concordia, del olvido de las disidencias pasadas, por el res- 
peto mutuo de todas las provincias, la reconstitución de la 
familia argentina, que era el gran anhelo de su alma, sin- 
tióse profundamente herido en lo más íntimo de sus senti- 
mientos nacionalistas; y, abordando francamente la cues- 
tión, en un discurso magistral, tal vez la nota más alta 
de elocuencia que haya resonado en aquella asamblea, se 
apresuró á demostrar que el proyecto contrariaba los prin- 
cipios liberales de la constitución, hería gravemente los 
intereses económicos de la Confederación y pecaba por 
impolítico, dada la situación especial de la República. Y, 
concretando su pensamiento en una frase enérgica y con- 
tundente, concluía diciendo: «Tan profundas son mis con- 
vicciones en este sentido, que si quisiera abrir una brecha 
sangrienta á las hermosas instituciones que nos rigen, yo 
votaría por esa ley ; si conspirara contra la prosperidad de 
la industria y del comercio; contra la riqueza y bienestar 
de estos pueblos nacientes, yo votaría por esa ley; y si 
tuviera la dañina intención de mutilar á mi patria, profundi- 
zando el abismo que nos separa de Buenos Aires, también, 
señores, yo votaría por esa ley » 

Sobresaliente también fué la participación de Rawson en 
los célebres debates á que dio lugar en la cámara de dipu- 
tados de la Confederación, primero la admisión al seno de 
ésta, del señor Alfredo du Graty, electo diputado suplente 
por Tucumán, y, más tarde, la expulsión de este mismo 
diputado, cuando, después de haberse sentado mucho tiem- 
po en la cámara, llegó á conocimiento de algunos colegas 
que no era ciudadano argentino, y pidieron su expulsión, 



/ 



XXV ni ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

Rawson, entonces, alzándose sobre las pasiones políticas del 
momento, expresó elocuentes ideas de simpatía y de atrac- 
ción del elemento extranjero, pidiendo que él fuese llamado 
á tomar una participación, activa pero moderadora, en 
nuestras luchas políticas ; idea que posteriormente ha sido 
preconizada por hombres eminentes del país. 

La situación política fundada en el Paraná, se derrumbó, 
como se sabe, después de la batalla de Pavón, librada entre 
fuerzas de Buenos Aires y fuerzas de la Confederación, el 
día 17 de setiembre de 1861 ; y Rawson, que no concebía la 
unión nacional sin la reincorporación de esta provincia, se 
apresuró á establecerse en Buenos Aires, á cuya ciudad 
llamó, en un momento solemne, en un brindis pronunciado 
en el Paraná, el cerebro y el corazón de la República. 

Los partidos políticos en que estaba dividida la opinión 
de esta provincia, que conocían las relevantes condiciones 
intelectuales de Rawson, y, sobre todo, la decidida simpatía 
con que siempre la había mirado, ofrecieron á Rawson 
un asiento en la cámara de senadores de la legislatura, 
asiento que él aceptó y en cuyo puesto tuvo ocasión de 
prestar nuevos señalados servicios á la causa nacional y 
al fomento de los intereses morales y materiales de esa sec- 
ción tan importante de la República. 

Entre los discursos pronunciados por Rawson en el sena- 
do de Buenos Aires, merece citarse como el más importante 
el motivado por la discusión del proyecto que autorizaba al 
poder ejecutivo de la provincia para invitar á los pueblos 
de la República á reunirse en congreso, de acuerdo con la 
constitución nacional reformada. En el curso de la discu- 
sión de este proyecto, algunos senadores, llevando demasía- 



Introducción ixix 

do lejos sus ideas localistas, propusieron, con verdadera 
imprudencia, que se estipulase expresamente en la ley que 
en ningún caso podrían establecerse las autoridades nacio- 
nales en Buenos Aires. Esta proposición afectó honda- 
mente los sentimientos nacionalistas del doctor Rawson ; y 
en un elocuente discurso demostró, apoyado en el texto de 
la constitución argentina, en el ejemplo de la historia legis- 
lativa de la gran República del Norte, y en nuestras propias 
conveniencias políticas, que podía aceptarse, sin menoscabo 
de los principios constitucionales, la subsistencia, por tiempo 
limitado, de las autoridades nacionales y provinciales en un 
mismo territorio, anuí. ciando desde ya la fórmula de la co- 
existencia, que poco tiempo después había de sostener y 
hacer triunfar en el congreso de la nación. 

Corta fué la permanencia del doctor Rawson en la legis- 
latura de Buenos Aires, en la que, sin embargo, alcanzó á 
dejar marcado su paso por ideas nacionalistas y fecundas 
iniciativas; porque cinco meses después, fué designado por 
la legislatura de San Juan para que representase á su pro- 
vincia natal en la cámara de senadores del congreso na- 
cional. 

Apenas reunidos en Buenos Aires, en 1862, los hombres 
que, después de muchos años de separación, venían manda- 
dos por todos los pueblos de la República para constituir el 
soberano congreso y sellar la unión definitiva de la familia 
nacional, se presentó á su consideración la eterna cuestión 
de cuál debía ser el punto que se elegiría para residencia 
permanente de las autorid-ides nacionales; cuestión que 
desde los albores de nuestra organización nacional venía 
agitando las deliberaciones de las asambleas legislativas 3* 



XXX ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCtOR G. RAWSON 

constituyentes, preocupando la atención de todos los hom- 
bres públicos y siendo causa de inmenso malestar y de no 
pocos trastornos ; y la cual debía ser, por fin, resuelta, des- 
pués de sangrientos combates, en 1880. 

No se ha hecho todavía la historia de las vicisitudes por- 
que ha atravesado en la República la cuestión de la capital 
definitiva, hasta llegar á su final solución ; pero, cuando ella 
se escriba por alguna inteligencia superior, se verá cuan 
grandes han sido las vacilaciones, los errores y los extra- 
víos á que ha dado lugar. El memorable congreso de 
1825 se preocupó seriamente de este problema, durante la 
no menos memorable presidencia de Rivadavia, y por ley 
del 6 de marzo de 1826 propuso la completa federalización 
de toda la provincia de Buenos Aires. La caída de Rivada- 
via y la disolución del Congreso dejaron sin cumplir esta 
ley. La constitución nacional de 1853 declaró igualmente á 
Buenos Aires capital permanente de la nación; pero los 
sucesos que se desarrollaron y la separación que vino des- 
pués, impidieron que tuviese cumplimiento. En 1862 el go- 
bierno provisorio quiso federalizar todo el territorio de la 
provincia de Buenos Aires; pero esta ley no fué aceptada 
por la legislatura, y quedó sin efecto. 

En estas sesiones, los señores Valentín Alsina, Salvador 
M. del Carril, Rufino de Elizalde y José M. Cullen propusie- 
ron que se eligiese un nuevo punto para capital, en el que 
en el término de cinco años debían establecerse las autori- 
dades nacionales, residiendo, entre tanto, en Buenos Aires. 
De estos señores, los doctores Valentín Alsina, Salvador M. 
del Carril y Rufino de Elizalde, habían prestigiado en la 
primera sesión la idea de que se declarase capital el territo- 



INTRODUCCIÓN XXXÍ 

rio de San Nicolás. El doctor Vélez Sarsfield pedía que se 
federalizase el pueblo de San Fernando. En 1863 se san- 
cionó por el congreso una ley que declaraba que las autori- 
des nacionales residirían en Buenos Aires sin jurisdicción, 
conjuntamente con las autoridades provinciales, fórmula 
que ha regido hasta 1880 ; en cuyo lapso de tiempo no han 
faltado proposiciones y aún sanciones legislativas para lle- 
var la capital, ya á la ciudad del Rosario, como lo resolvió 
una ley de 1870, felizmente vetada por el poder ejecutivo, 
ya á un territorio desierto situado sobre el río Paraná, como 
lo pedía Rawson en 1870. 

Rawson, que acababa de emitir ideas patrióticas y nacio- 
nalistas sobre esta cuestión, al tratarse incidentalmente en 
el senado de Buenos Aires , abordó la que se suscitaba en el 
congreso nacional, con alguna vacilación ó repugnancia, 
porque, encontrándose en divergencia con el proyecto que 
proponía la federalización temporal de Buenos Aires, no 
deseaba que su actitud fuese interpretada « como un estorbo 
al suave movimiento de esta máquina que debe conducir- 
nos al término de los deseos de toda mi vida, á la organiza- 
ción nacional, sobre la base de la libertad y de la unión. » 
Pero, obligado á manifestarse, por la circunstancia de for- 
mar parte de la comisión, lo hizo en términos francos, ele- 
vados y patrióticos, pronunciando, con este motivo, uno de 
sus más memorables discursos. 

Para Rawson, la federalización de una provincia, cual- 
quiera que elJa fuese, contrariaba, no solo el espíritu, sino 
la letra del código fundamental; y, después de un minucioso 
examen del texto constitucional ; y después de traer en su 
apoyo los antecedentes de la gran república del norte, pro- 



JtftXli ESCRITOS t DISCURSOS DEL DOCTOR G. RA^SOrf 

puso, en su deseo de resolver las dificultades del presente, . 
la fórmula de la coexistencia de las autoridades nacionales 
y provinciales, por tiempo limitado, en el mismo territorio ; 
fórmula que ya había enunciado en la legislatura de Buenos 
Aires, y que al fin triunfó y quedó subsistente hasta 1880. 

El año de 1862 se recibió del mando supremo la 
administración nacional presidida por el señor general 
Mitre, quien había derrotado en Pavón las fuerzas del go- 
bierno de la Confederación. Vasta era la tarea confiada á 
esta administración. Desde luego, la primordial, consistía 
en consolidar, por medio de una política prudente y patrió- 
tica, la unión de todos los pueblos de la república, para que, 
unidos y fuertes, se consagrasen á la obra de la reconstruc- 
ción nacional. Después, era de vital necesidad tratar de 
desarrollar el organismo económico del país, agobiado por 
la larga opresión de la tiranía, primero, y por la separación 
y la guerra civil, después. Forzoso era también no descui- 
dar los intereses morales é intelectuales de las grandes 
masas humanas de la República, carentes, en sus tres cuar- 
tas partes, de las nociones educacionales más sencillas. No 
era posible olvidar tampoco que el país, desgarrado por 
treinta afios de luchas intestinas, había descuidado por com- 
pleto su progreso material, y que carecía en absoluto de 
caminos, puertos, ferrocarriles, telégrafos y correos. Toca- 
ba, pues, á la administración que se inauguraba, la ímproba 
tarea de crearlo todo, porque la República, después de casi 
cincuenta años de vida independiente, carecía de institucio- 
nes y de medios materiales de progreso. 

El presidente Mitre comprendió, desde el primer momen- 
to, la responsabilidad de la empresa que se le confiaba, y 



INTRODUCCIÓN XXXÍÍ1 

aceptándola con una entereza y claridad de vistas que harán 
siempre su mayor gloria, buscó, para que le ayudase en la 
tarea de recoger de entre el polvo ennegrecido de nues- 
tras largas luchas civiles los pedazos ensangrentados del 
organismo nacional, con los que debía fundar una nación 
grande y vigorosa, á los hombres más eminentes del país, 
tales como Vélez Sarsfield, Elizalde, Costa y Gclly y Obes, 
y, entre éstos, al doctor Guillermo Rawson,á quien confió la 
cartera del interior. 

La permanencia del doctor Rawson al frente del ministe- 
rio del interior, es uno de los períodos más fecundos y glo- 
riosos de la activa existencia de este eminente patriota; y 
refleja un merecido honor sobre la administración de que 
formó parte. Las memorias administrativas en que infor- 
maba á los representantes del país sobre los trabajos efec- 
tuado? en cada año, son una honrosa comprobación de la 
incansable laboriosidad y vasta preparación del ministro 
Rawson, y pueden ser consultadas en todo tiempo con pro- 
vecho por los futuros administradores. 

Admira, leyendo con detención esas memorias, la claridad 
de vistas y el juicio certero con que un ministro de la repú- 
blica abordaba, en los principios de la organización nacional, 
arduas cuestiones económicas, administrativas ó constitu- 
cionales, que, como la de la inmigración espontánea, la de 
la intervención del gobierno general en los estados, la de 
las garantías á los ferrocarriles, han sido resueltas, en una 
época muy posterior, de una manera equivocada, siendo 
causa de graves perjuicios económicos ó de profundas per- 
turbaciones en el régimen de las instituciones. 

La formación de caminos destinados á unir los pueblos de 



iXXlV ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSOtf 

la República, fué una de las grandes preocupaciones del 
ministro Rawson. A este efecto, decía con mucha elocuen- 
cia en la memoria de 1863 : « Puede decirse sin exageración 
que en la República Argentina no hay caminos, si no se da 
ese nombre á las huellas profundas y sinuosas formadas, no 
por el arte, sino por el ir y venir de las gentes al través de 
vastas llanuras, por en medio de los bosques ó por las cum- 
bres de las colinas y montañas. En esta inmensa extensión 
de territorio se encuentran catorce ó diez y seis ciudades 
separadas unas de otras por centenares de leguas, sin que 
jamás la mano del hombre se haya empleado en preparar 
las vías que deben servir á la comunicación entre esas esca- 
sas poblaciones. Y si la civilización, la riqueza y la frater- 
nidad de los pueblos están en razón directa de la facilidad y 
rapidez con que se comunican, mucho debe ser el atraso, la 
pobreza y la mutua indiferencia de las provincias argenti- 
nas separadas entre sí por largas distancias y por obstácu- 
los naturales que apenas se ha intentado superar. » 

La construcción de ferrocarriles , de que tanto necesita el 
país, ocupó también preferentemente la atención del minis- 
tro Rawson. A él, le cupo el honor de firmar el contrato con 
el empresario Weelwright, tan justamente alabado por Alber- 
di, para la construcción del ferrocarril del Rosario á Cór- 
doba, una de las primeras vías férreas construidas en el 
país; y de allanar los serios obstáculos que en diversas oca- 
siones se opusieron á la terminación de esta línea, que tan 
incalculables beneficios económicos y nacionales ha produ- 
cido. Inició también la construcción de los ferrocarriles del 
Este y Primer Entrerriano, destinados á impulsar el pro- 
greso del litoral de la República. 



INTRODUCCIÓN XXXV 

El fomento de la inmigración europea, fué también otro 
de los puntos á cuya dilucidación consagró sus esfuerzos el 
ministro Rawson. En circular dirigida á los gobiernos de 
provincia, les decía que « uno de los medios que más positi- 
vamente han de contribuir al desarrollo de la riqueza de 
nuestros pueblos y al mantenimiento de la tranquilidad y 
progreso de nuestras ciudades, está en el aumento de pobla- 
ción, estimulado por la perspectiva halagüeña de resultados 
positivos que ofrecen nuestros vastos territorios, vírgenes 
todavía de toda explotación». Estudiaba los sistemas de 
inmigración artificial y espontánea, y se decidía terminan- 
temente por éste, « porque el sistema de colonización artificial 
y el que consiste en el pago anticipado por el gobierno de 
una parte ó del todo de los pasajes contratados, son expe- 
dientes onerosísimos é insostenibles, cuya eficacia está mal 
acreditada por la experiencia y que solo pueden emplearse 
en circunstancias excepcionales». 

Y, particularizando más á la República estas observaciones 
agregaba: «La benignidad del clima, la feracidad extraordi- 
naria del suelo, el caráter hospitalario de los habitantes y 
las condiciones favorabilísimas que nuestras leyes hacen al 
extranjero en la República, son otros tantos atractivos que 
nos aseguran una corriente de inmigración constante, mien- 
tras reine el orden y la tranquilidad entre nosotros y florez- 
can, por consiguiente, las artes de la paz, tan simpática para 
el extranjero laborioso.» w 

Comprendiendo cuánta influencia ejerce sobre la población 
extranjera, la adquisición de tierra apta para ser cultivada 



(1) Memoria de 1863, página xxxu de introducción. 



Xxxvi EsCfcrros y mscuksos del doctor g. raWsok 

inmediatamente por el colono, proponía para su país el 
sistema que tan espléndidos resultados ha dado en los Esta- 
dos Unidos y en la Australia, es decir, «medir la tierra, 
repartirla en lotes convenientes, puestos al alcance de las 
más modestas fortunas y aún al de la pobreza inteligente é 
industriosa, por un sistema de cómoda enajenación ; pero 
medir la tierra, sobre todo, para presentarla á los pobladores 
exactamente deslindada como el más eficaz estímulo para 
su adquisición y cultura Parece, en efecto, que la razón y 
la experiencia están de acuerdo para probar que nada 
mueve tanto á los inmigrantes al anhelo de hacerse propie- 
tarios, como esos rastros indelebles que van dejando la 
-autoridad y la ciencia, en forma de líneas agrométrícas y de 
jalones.» (*) 

Llevando á la práctica sus ideas de colonización, el minis- 
tro Rawson cooperó decididamente al establecimiento de 
una colonia en la Patagonia, sobre la margen del río Chubut, 
propuesta por una sociedad del país de Gales ; colonia que, 
después de haber luchado con algunas dificultades, puestas 
por el abandono en que la ha tenido el gobierno, es hoy una 
próspera población de más de 6.000 habitantes, con un 
cómodo puerto sobre el río Chubut, y con un ferrocarril de 
75 kilómetros de extensión, que une la población Trelew, 
en el centro de la colonia, con el puerto Madryn, en el Golfo 
Nuevo; obras ambas realizadas con los recursos de los co- 
lonos. 

El fomento de los territorios nacionales, la fijación de los 
límites de las provincias, el cultivo del algodón, el estable- 
cí) Memoria de 1863, pag. xxxm de introducción. 



INTRODUCCIÓN XXXVII 

cimiento del sistema métrico decimal, la construcción de 
puentes y telégrafos, el desarrollo del servicio postal, el 
levantamiento del primer censo nacional, la fundación de 
una oficina de estadística de la república, fueron otras tan- 
tas materias de preferente atención del ministro Rawson. 
Pero, desgraciadamente, no todas sus progresistas iniciati- 
vas, pudieron ser llevadas á la práctica, porque la guerra 
con el tirano del Paraguay, que estalló en 1865, y las rebe- 
liones que tuvieron lugar en las provincias, absorbieron una 
gran parte de los recursos del tesoro, y aplazaron para más 
tarde la realización de esas mejoras. 

Notable sobremanera fué, entre los actos del ministro 
Rawson, la discusión que éste sostuvo, en 1863, con el emi- 
nente publicista, seflor Domingo F. Sarmiento, á propósito 
de las facultades de los gobernadores de provincia para 
declarar en estado de sitio el territorio de su respectivo 
estado. El señor Sarmiento, cuyas ideas autoritarias y un 
tanto extrañas en materia de derecho constitucional son bien 
conocidas, sostenía, como gobernador de San Juan, el dere- 
cho que creía le asistía para declarar el estado de sitio en su 
provincia. Al efecto, creía apoyarse en el texto del código 
fundamental argentino y en el de la gran República del Norte. 

Rawson, interpretando con mayor felicidad aquellos ante- 
cedentes, reivindicaba para el congreso nacional, y en el 
receso de éste para el poder ejecutivo, la facultad de sus- 
pender el ejercicio de las garantías constitucionales. La 
transcripción de este memorable debate, hecha en honor de 
los ilustrados polemistas, permitirá juzgar á las nuevas 
generaciones de la justicia con que los contemporáneos 
acordaron el triunfo al doctor Rawson, 



XXXVHI ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

Pero, no es esta sino una parte de la labor ministerial del 
doctor Rawson, porque otra, muy importante, ha quedado 
esparcida en las páginas de los diarios de sesiones del 
parlamento. La tarea que tocó á la administración de que 
este ilustre argentino formó parte, era de verdadera recons- 
titución de la República, y por eso, las funciones legislativas 
fueron tan activas como las ejecutivas. Los miembros del 
gobierno tenían que dividir su tiempo entre unas y otras. 

Los discursos que Rawson pronunció en el parlamento 
fueron muchos y muy notables, llamando particularmente 
la atención el relativo á la subsistencia de los derechos de 
exportación. 

El doctor Rawson no acompañó, como se sabe, á su amigo 
de toda la vida, al señor general Mitre, hasta el fin de su 
administración, por razones que en su tiempo no se hicieron 
públicas, pero que él tuvo la bondad de referirme en una 
época muy posterior. Como es de notoriedad, el señor doc- 
tor Rufino de Elizalde, ministro de relaciones exteriores en 
la administración Mitre, fué proclamado candidato para 
suceder á éste en el gobierno, en contraposición de la can- 
didatura del ^eñor Sarmiento, que había de triunfar después. 
Rawson, que desde su juventud mantenía una estrecha 
intimidad con el doctor Elizalde, pero que no anteponía sus 
consideraciones personales á los que él consideraba sus 
principios republicanos, consideró incompatibles las funcio- 
nes ministeriales con el rol de candidato, y, por más violento 
que le fuese separarse de sus amigos, se presentó un día al 
presidente exponiéndole estas objeciones y sometiéndole 
esta disyuntiva: ó el doctor Elizalde, candidato, abandona el 
ministerio, ó yo tengo el sentimiento de dejar el mío El 



INTRODUCCIÓN XXXIX 

presidente Mitre, el único que hasta ahora ha presentado el 
dignificante ejemplo de una elección libre, sin coacción 
oficial, trató de calmar los escrúpulos democráticos de su 
ministro, exhibiéndole pruebas escritas de su imparcialidad 
y haciéndole patrióticas declaraciones sobre su desinterés 
en la contienda electoral, que el tiempo no ha hecho sino 
confirmar. Pero, el doctor Elizalde no abandonó el minis- 
terio, y el doctor Rawson, fiel á sus principios, se apresuró 
á dejar el suyo. 

Pocos días después de abandonar el ministerio del interior , 
el doctor Rawson, tuvo lugar un episodio que debe figurar 
en esta pálida biografía de su vida, porque es una nueva y 
elocuente prueba de la solidez de sus principios republica- 
nos y de la austeridad washingtoniana con que los obser- 
vaba. 

El doctor Adolfo Alsina, prestigioso caudillo electoral y 
jefe del partido que en la provincia de Buenos Aires había 
levantado la bandera autonomista, cuando se pretendió 
federalizar aquélla, solicitó del doctor Rawson, por medio de 
su amigo el doctor Manuel A. Montes de Oca, una entrevista 
política. En el curso de ésta manifestóle francamente el doctor 
Alsina, que contaba con determinados elementos oficiales, en 
diversas provincias, para hacerlo proclamar candidato á la 
presidencia de la República y hacerlo triunfar en las elec- 
ciones; y le pedía que aceptase la designación de su candi- 
datura. El doctor Rawson profundamente conmovido por 
esta proposición, que él reputaba una profanación de los 
principios republicanos que había profesado toda su vida, se 
levantó de su asiento, y con voz grave y solemne replicó 
á su interpelante:— «Doctor Alsina: Si yo aceptase una 



XL ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

designación hecha en semejantes condiciones, iré caería 
muerto al prestar juramento sobre los santos evangelios.» 

Un hombre que profesaba tan austeros principios republi- 
canos, un parlamentarista tan distinguido, un orador tan 
descollante , no podía quedar en la inacción en un país que 
tanta necesidad tiene de hombres de esta talla ; y, por más 
injustas y olvidadizas que en ciertos momentos sean las 
democracias, la de San Juan no lo fué tanto como para ol- 
vidar á su hijo predilecto. En 1870, Rawson fué elegido 
diputado al congreso de la nación , en cuyo cuerpo perma- 
neció hasta 1873. 

La labor del doctor Rawson durante este nuevo periodo 
de su vida pública, es incansable é ilustrada; y basta leer 
sus numerosos y elocuentes discursos para comprender 
con qué adaptabilidad, que verdaderamente asombra, se de- 
dica al estudio de los más variados y trascendentales temas, 
á los cuales siempre ilustra con su inteligencia superior é 
ilumina con su arrebatadora elocuencia. La organización de 
la contaduría nacional, la del crédito público, los derechos 
de los extranjeros para adquirir , conservar y trasmitir bie- 
nes raíces, el derecho de las cámaras para pedir directa- 
mente informes á cualquier repartición, el fomento de la in * 
migración, el de la agricultura, la protección á las biblio- 
tecas populares, el establecimiento de capital definitiva, que 
él trata por tercera vez , pidiendo para asiento de las auto- 
ridades nacionales un territorio desierto, á fin de que 
aquéllas se encuentren libres de todo espíritu localista, 
como Sarmiento pedía en Argirópolts, por la misma razón, 
la isla de Martín García; son temas que el diputado Rawson 
aborda de una manera magistral, concienzuda y elocuente. 



INTRODUCCIÓN 



XLI 



Pero, no quedaba reducida á esta la actividad parlamen- 
taria del doctor Rawson. Precisamente en el mismo periodo 
formado por los años 1870 á 1873 , le tocó desempeñar un 
papel culminante en otro cuerpo parlamentario de célebre 
recuerdo. En el primero de aquellos años, se reunió en 
Buenos Aires una convención constituyente encargada de 
reformar la antigua constitución, cuya subsistencia formaba 
desventajoso contraste con los principios de derecho 
constitucional y legislativo incorporados á los códigos 
fundamentales de las naciones modernas. Después de la 
memorable asamblea de 1825, no se había visto en la Repú- 
blica otra en que se encontrase reunido mayor número de 
hombres eminentes, por su ciencia, por su inteligencia y por 
sus servicios. Allí estaban los viejos patricios que habían 
luchado sin tregua, durante veinte años, contra la tiranía, y 
reunido después, en el arca santa de la constitución, los 
miembros dispersos de la familia nacional; astros que des- 
pués de haber descrito una órbita inmensa en el cielo de la 
patria argentina, iluminando con su luz intelectual á muchas 
generaciones, se hallaban todavía en la plenitud de su brillo. 
Allí aparecían por primera vez, con los destellos de una 
luz que debía aumentar con el tiempo, inteligencias brillan- 
tes destinadas á figurar con honor en los parlamentos, en la 
magistratura ó en el profesorado , dando días de gloria á la 
patria. 

Rawson ocupó un puesto distinguido en esta asamblea; y 
desde el primey momento se hizo notar por las trascenden- 
tales reformas que propuso, las cuales dieron lugar á las 
discusiones más animadas é ilustradas de ese cuerpo. 

Desde luego, sostuvo que, siendo el pueblo el depositario 

7* 



XLH ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

de todo poder político, debía ser consultado sobre el re- 
chazo ó adopción del proyecto de constitución, al revés de 
lo que pretendían otros cuando querían que se consultase 
á los representantes. 

Se proponía el doctor Rawson con esta reforma, según lo 
explicó más tarde w, «ser fiel á los principios constitucio- 
nales que rigen al mundo republicano, y, al mismo tiempo, 
iniciar al pueblo, con ocasión tan solemne, en el ejercicio de 
sus verdaderos derechos. Cada uno de los convencionales 
se hubiera constituido en instructor para buscar al pueblo, 
dentro y fuera de la ciudad, agruparlo, explicarle detenida- 
mente el alcance de la nueva ley, interesarlo, y apasionarlo 
en cosa que es tan suya é inducirlo á dar su aprobación ó á 
negarla deliberadamente al proyecto de constitución.» 

lista reforma, que tan trascendentales resultados prác- 
ticos se proponía alcanzar, á juicio de su autor, no fué acep- 
tada en la convención; y el doctor Rawson, refiriéndose á 
este rechazo, decía en el mismo documento á que he alu- 
dido : «Por más que los hombres prácticos Jiegaran la posi- 
bilidad de este movimiento, yo afirmo que hubiera podido 
verificarse y repito ahora que hubiera debido hacerse para 
que la constitución fuera recibida como cosa propia por los 
iní eresados en su cumplimiento, y no cayera, como ha suce- 
dido, en medio de un océano de ignorancia y de profunda 
indiferencia. Una gran mayoría, compuesta de viejos y de 
avenes, maestros en el secreto de las elecciones populares, 
condenaron con su negativa mis opiniones, y se perdió esa 



(1) Véase la carta dirigida el 20 de febrero de 1874 al señor J. M. Estrada, inserta 
en la pagina 253 del 1" tomo, 



INTRODUCCIÓN XLIII 

oportunidad de fundar en la práctica el gobierno republi- 
cano, que no está en las costumbres, ni en las leyes, sino en 
la educación del pueblo que se gobierna » 

Celoso defensor de los derechos de la prensa para denun- 
ciar los malos actos de los funcionarios públicos, propuso 
también el doctor Rawson que en los juicios á que diere 
lugar el ejercicio de la libertad de la palabra y de la prensa, 
el jurado admitiera la prueba como descargo «siempre que se 
tratase de la conducta oficial de los empleados ó de la capa- 
cidad política de personas públicas ó de la denuncia de 
hechos cuyo conocimiento interesa á la comunidad.» 

Fundando este artículo , dijo el doctor Rawson : « Sería 
inútil que se proclamara la libertad de la prensa, si una vez 
que ésta tuviera el coraje de denunciar un hecho público 
que afecte la fama de una persona, pero que al hacerlo se 
pone en guardia á la sociedad contra los peligros y daños 
que el carácter de la persona de quien se trate pudiera aca- 
rrearle, pueda ser la prensa acusada, y el tribunal que hu- 
biera de entender dijera que no ha lugar á recibir la prueba 
porque este hecho es injurioso.» 

Pero, cuando sobre todo descolló la personalidad parla- 
mentaria del doctor Rawson, lanzando las notas más altas 
de elocuencia que se hayan escuchado en la célebre asam- 
blea, fué cuando, después del magistral é inolvidable discur- 
so de Eugenio Cambaceres, se puso en discusión la vieja 
cuestión de la separación de la iglesia y el estado, en la que 
los viejos y afamados oradores y los jóvenes que empeza- 
ban á seducir con el brillo y fuego de su elocuencia, se apre- 
suraron á tomar una participación activa. 

Yo era muy joven cuando estos memorables debates te- 



XLIV ESCRITOS T DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

nían lugar; pero, sin poder discernir el alcance y la impor- 
tancia de los argumentos que se hacían, asistía á ellos, 
seducido por el brillo exterior de los discursos que se pro- 
nunciaban. Nunca olvidaré la desconocida impresión que 
en mi espíritu produjo la palabra entusiasta y caluro- 
sa de Cambaceres, cuando después de un discurso arrebata- 
dor, interrumpido á cada periodo por las aclamaciones del 
auditorio, pidió que se borrase del código constitucional el 
artículo que manda á la provincia sostener el culto católico, 
apostólico, romano. Ninguno de los muchos auditores que 
tuvieron la fortuna de escuchar este discurso, se imaginó, 
sin duda, que el ardoroso joven que se iniciaba de manera 
tan magistral, estaba destinado á tener una vida tan fugaz! 
Tampoco olvidaré la penosa impresión que produjo en mi 
espíritu la inoportuna intervención que en este debate tomó 
el seflor Juan María Gutiérrez, tan eminente é inolvidable 
escritor, como desgraciado orador. Pero, cuando verdade- 
ramente mi alma se sintió presa de un indescriptible entu- 
siasmo que hasta entonces no había conocido, fué cuando, 
en medio de un silencio general, un anciano, alto, de rostro 
plácido, de mirada simpática y de palabra atrayente, dio 
principio á una encantadora alocución para demostrar que 
la iglesia no necesitaba de los favores del estado; y cuando 
mi entusiasmo rayó en los límites del delirio, fué cuando 
ese mismo anciano pintó, con colores que solo se encuen- 
tran en su paleta, la vida de sacrificio y de austeridad del sa- 
cerdote católico 

«Yo he presenciado, dijo, por razón de mi profesión, lo 
que ha sucedido en la epidemia pasada; y quiero aprove- 
char este momento para tributar un homenaje de justicia. 



INTRODUCCIÓN XLV 

Yo recuerdo en los últimos meses en que eran mayores los 
estragos de aquel cruel azote, la soledad que se hacía en to- 
das partes de la ciudad. Yo he visto abandonado el hijo por 
el padre; he visto á la esposa abandonar al esposo; he visto 
al hermano moribundo abandonado por el hermano; y esto 
está en la naturaleza humana. Pero he visto también, seño- 
res, en altas horas de la noche, en medio de aquella pavo- 
rosa soledad, á un hombre vestido de negro, caminando por 
aquellas desiertas calles. Era el sacerdote, que iba á llevar 
la última palabra de consuelo al moribundo. Sesenta y siete 
sacerdotes cayeron en aquella terrible lucha; y declaro que 
este es un alto honor para el clero católico de Buenos Aires, 
y agrego que es una prueba de que no necesita ese culto del 
apoyo miserable que pensamos darle con el artículo que se 
propone.» <D 

El anciano que se expresaba en términos tan elocuentes, 
era el doctor Guillermo Rawson; y su discurso, del cual so- 
lo se ha conservado los pocos párrafos que he transcripto, 
como ha sucedido con todos los que pronunció en ese cuer- 
po, fué, sin duda, uno de los más notables que escuchó la 
convención de la provincia. 

No fué ésta la única intervención que en cuestiones rela- 
cionadas con el culto ó con la profesión de fe religiosa, tomó 
el doctor Rawson, porque en la misma convención propuso 
en otro momento, que se declarase en la constitución que 
«en ningún caso la profesión de fé religiosa será causa de 
inhabilidad política para el desempeño de los empleos ó fun- 
ciones públicas de la provincia.» 



(1) Véase Debates de la Convención Constituyente de Buenos Aires de 1870-73 t 
Tomo I, p*g. 714. 



XLVI ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

Estas iniciativas que el doctor Rawson llevó 'A seno de la 
Convención de 1870, no nacían, como pudiera creerlo quien 
lo juzgase sin otro antecedente, de un espíritu destituido de 
principios religiosos y aun católicos: nacían, por el contra- 
rio, de un hombre que mantenía en toda su pureza los sen- 
timientos cristianos que había respirado en el hogar pater- 
no. Pero, es que el doctor Rawson, espíritu bien equilibra- 
do, no se dejó nunca arrebatar por ningún fanatismo, y mu- 
cho menos por el religioso; y de ahí que, al propio tiempo 
que trataba de reducir, dentro de sus justos límites, el poder 
de la iglesia, alzase la voz para defender á ésta cuando la 
viese atacada, como lo hizo en el senado de la nación des- 
pués del bárbaro asalto al templo del Salvador, llevado á 
cabo el 28 de febrero de 1874; y que deplorase siempre la 
falta de fe religiosa que se nota en los hábitos de una gran 
parte del pueblo argentino. 

Propuso el doctor Rawson en la convención otra reforma 
de trascendencia. Buscando siempre interesar al pueblo en 
la gestión de sus asuntos políticos, para que no continuase 
ese ausentismo que tan funestos resultados ha producido, 
pidió que se localizase la representación de la provincia, es 
decir, que cada diputado ó senador estuviese radicado en el 
pueblo ó partido en que fuese elegido, á fin de que en la le- 
gislatura pudiese ser el eco de las verdaderas necesidades 
locales. 

«Tampoco pasó esa reforma, decía más tarde el doctor 
Rawson; y se perdió otra oportunidad de resucitar al pue- 
blo con el estímulo de sus intereses y de sus directas res- 
ponsabilidades. Desde entonces, agregó, pensé con razón 
que mi influencia sería insignificante en el estudio de la 



INTRODUCCIÓN XLVIÍ 

constitución: otras ideas habían prevalecido y yo me retiré 
creyendo que las declaraciones de principios, las garantías 
y las limitaciones de la nueva constitución, continuarían 
vagando en el vacío por la ausencia de un pueblo que no 
reformaba su constitución sino que recibía una carta sin la 
esperanza de ser representado por sus pares, y sin el co- 
rrectivo, al menos, de los gobiernos municipales que no pue- 
den existir sino como una sombra allí donde el pueblo ca- 
rece de educación política y vive en perpetua delega- 
ción.» w 

Poco tiempo después de haberse separado de la conven- 
ción de Buenos Aires, el doctor Rawson fué llamado para 
crear en la escuela de medicina la cátedra de higiene públi- 
ca; y aquí se nos presenta por primera vez una nueva faz 
de la existencia de este hombre eminente, cuya inteligen- 
cia presentaba, como el brillante, diversas y luminosas fa- 
cetas. 

El estudio de la higiene pública no había nunca sido in- 
corporado á los programas de la Facultad de medicina, ó, 
si lo fué, figuró como apéndice de otra materia; y la Facul- 
tad, al designar al doctor Rawson para inaugurarlo, verificó 
un acertado nombramiento, porque, además de la compe- 
tencia especial que aquél poseía, reunía simpáticas calida- 
des personales y oratorias, propias para despertar en el 
espíritu de sus discípulos una verdadera pasión por este 
estudio. 

El doctor Rawson se presentó por primera vez, en 1874, 
á sus discípulos; y en el discurso inaugural en que les mos- 



(1) Véase tomo I, página 266, de esta obra. 



Xlviíi escritos Y DISCURSOS DEL DOCTOR g. RAWSOtf 

traba los grandes frutos que cosechaban los pueblos con 
la aplicación de las leyes de la higiene, les manifestaba, 
modestamente, que iba á estudiar higiene con ellos, llaman- 
do á esta ciencia «la verdadera medicina del porvenir.» 

El programa al cual el doctor Rawson circunscribió la 
enseñanza de la higiene, era vasto y completo, y abarcaba 
los últimos adelantos de esta ciencia. Estudiando primero 
los modificadores atmosféricos, que tanta influencia ejercen 
sobre la salud de las poblaciones, hablaba de los elementos 
esenciales y no esenciales de la atmósfera, seguía con la 
circulación de las capas aéreas, con los climas, con los bos- 
ques, haciendo resaltar con patriótico afán las grandes mo- 
dificaciones meteorológicas que pueden producir en un cli- 
ma como el de la República, tan expuesto á secas que ante- 
ceden ó preceden á grandes inundaciones; se detenía con 
verdadera pasión en el estudio de nuestros fenómenos de- 
mográficos, deduciendo de ellos interesantísimas enseñan- 
zas, hasta entonces desconocidas; hablaba de las reglas hi- 
giénicas á consultar para el establecimiento de ciudades; 
analizaba los diversos servicios higiénicos de las mismas, 
tales como aguas corrientes, cloacas, hospitales, cemente- 
rios; y terminaba con el estudio de las endemias y de las 
epidemias. 

Todos estos capítulos de estudio, tratados con abundan- 
tísima ciencia, notable erudición y encantadora elocuencia, 
constituían un curso completo de higiene pública, tan com- 
pleto como el que pudiera hacerse en cualquiera facultad 
europea; y si el doctor Rawson, no ha dejado, como alguna 
vez se le ha reprochado, un texto para el aprendizaje de es- 
ta ciencia, en cuya empresa estaba empeñado cuando lo 



INTRODUCCIÓN XUX 

soi prendió la muerte, ha legado, en cambio, ásu patria, va- 
rias generaciones de higienistas que se han convertido en 
propagadores de sus lecciones, con provecho para el bie- 
nestar de sus semejantes y para el progreso de su patria 

Pero, mientras el doctor Rawson se dedicaba con ahinco, 
con sus «hijos en el espíritu», como llamaba á sus discípu- 
los, al estudio de trascendentales cuestiones de higiene pú- 
blica, encontraba todavía tiempo, en su activa existencia, 
para ejercer altas funciones públicas en el senado de la na- 
ción, á cuyo cuerpo fué llevado de nuevo, en 1874, por la 
legislatura de San Juan, y en el que permaneció hasta fines 
de 1876. 

Este período parlamentario, último en que debían escu- 
charse en el congreso argentino los acentos inspirados y 
patrióticos de la palabra de Rawson, fué no menos brillan- 
te que los anteriores. El orador que había flajelado con su 
elocuencia en la legislatura de San Juan el despotismo de 
Benavídez; que había predicado la unión nacional en el 
congreso del Paraná, y que había ocupado un puesto pro 
mínente en posteriores congresos estaba todavía en todo el 
apogeo de sus fuerzas intelectuales y físicas. Nuevas y bri- 
llantes oportunidades se le iban á presentar para exhibirse 
como el primer orador contemporáneo de su patria. 

Uno de los últimos actos del presidente Sarmiento fué 
dirigido á dotar á esta ciudad de un paseo ó parque al noro- 
este de ella, en el mismo sitio donde el tirano Rosas había 
establecido su residencia de verano, y donde actualmente 
se halla formado el hermoso Parque 3 de febrero, que es el 
primer sitio de desahogo y de recreo de esta metrópoli. 

El senador Rawson se a presuróá manifestar que no conocía 

VII 



t ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSOlí 

á Palermo, por la aversión que le causaba el recuerdo de la 
tiranía, y agregaba que pedía á Dios todos los días que con- 
servase en su pecho, hasta el último suspiro, este santo ho- 
rror de la tiranía, de sus símbolos y de sus tradiciones; pero 
que por razones higiénicas, y, principalmente, por razones 
constitucionales, porque veía en peligro la autonomía de los 
estados, absorbidos por el poder central, estaba decidida- 
mente en contra del proyecto. 

La actitud que el doctor Rawson observó en esta cues- 
tión, ha sido mirada, algunos años después, cuando se ha visto 
formado el Parque y embellecida por la vegetación y la 
ornamentación esa región de la ciudad, antes abandonada, 
como un sensible error de su parte; pero no se tiene encuen- 
ta que la oposición que él hacía á ese paseo, provenía, más 
que de razones de higiene, sobre las cuales cedía, de arrai- 
gados principios constitucionales; y, sobre todo, no se piensa 
que muchos de los patrióticos recelos del doctor Rawson se 
han, desgraciadamente, realizado. 

En efecto, esa fuerza centrífuga que el doctor Rawson pe- 
día para los estados federales, á los que comparaba con los 
planetas girando al rededor de un sol, el gobierno general, 
esa fuerza centrífuga necesaria para que se mantenga el equili- 
brio en el sistema planetario, como en el sistema federal, ha 
ido disminuyendo rápidamente desde entonces en nuestro 
país; y si no ha llegado todavía el caso temido por el doctor 
Rawson, en que, perdida la gravedad, por la desaparición 
de la masa, los planetas, es decir, los estados federales, son 
atraídos hacia el sol, el poder central, é incendiados por él, 
muy poco falta para que este desastre tenga lugar. Y todo, 
por la repetida intervención del gobierno nacional en el 



Introducción lí 

orden interno de las provincias, á fin de llevarles obras y 
recursos. 

Influían también en el espíritu de Rawson poderosas ra- 
zones de higiene para oponerse á que se formase un paseo 
en los suburbios de la ciudad. Él estudiaba la deficiente 
planta de ésta, condenada á desarrollarse en calles estre- 
chas, con pocos espacios aereatorios; investigaba la direc- 
ción en que se verificaba el crecimiento de la población; y 
deducía de estos hechos que era más premioso y vital for- 
mar squares en el corazón de la ciudad, á fin de modificar 
la imperfecta planta del fundador, antes que ir á crear par- 
ques en puntos lejanos de ella. 

No triunfaron en el congreso estas ideas de Rawson; y el 
hecho de que se vea hoy al Parque 3 de Febrero perfecta- 
mente formado, con espaciosas y bien plantadas avenidas y 
concurrido diariamente por numerosos y elegantes equipa- 
jes de la primera sociedad bonaerense, ha dado margen á 
algunas personas para presentar esta oposición como uno 
de los más sensibles errores padecidos por el doctor Raw- 
son en su larga vida pública. Pero, es necesario, antes de 
dar este fallo, penetrarse bien de las razones que decidieron 
la actitud del eminente arador. 

Memorable, bajo todos conceptos, fué la discusión sostenida 
entre el doctor Rawson y el señor Sarmiento, en el senado 
de la nación, en julio de 1875, al discutirse un proyecto que 
concedía amnistía general á todos los que hubieran tomado 
parte en la revolución de setiembre de 1874. Sarmiento, que 
acababa de dejar la presidencia de la República, en la que 
había recibido el fuego incesante de la oposición de Raw- 
son, se encontró, al fin, frente á frente con su temido rival. 



LII ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

De diverso temperamento: nervioso, batallador, el. primero; 
tranquilo, mesurado, el segundo; obedeciendo á escuelas 
políticas distintas, partidario de la fuerza, el uno; amigo de 
la persuación, el otro; separaUps, ambos, desde piuy tem- 
pranearen las corrientjes de la política, el encuentro de estos 
dos atletas del pensamiento argentino en la arena parla- 
mentaria, nQ podía sino ofrecer el más alto interés. La ora- 
toria 45 Sarmiento era apagada, difusa, casi pesada, como 
que .por lo general leía sus discursos, pero estaba matizada en 
ciertos momentos por anécdotas ó referencias personales, 
que despertaban el interés, y, á veces, la hilaridad en el 
auditorio; mientras que la de Rawson era espontánea, atra- 
yente, armoniosa, al empezar, como fuente que se des- 
liza entre flores, y crecía gradualmente, á medida que el 
entusiasmo iba calentando la palabra, hasta ser grave, so- 
lemne, cuando el orador hacía vibrar las cuerdas del patrio- 
tismo nacional. Sarmiento, consecuente con su escuela polí- 
tica, pedía una amnistía limitada, con restricciones; mientras 
que Rawson solicitaba una amplia, generosa, que echase un 
tupido velo sobre las disensiones pasadas. Fué ésta, al decir 
de un distinguido orador argentino, «una memorable batalla 
parlamentaria, que duró varios días, y que, como la de 
Clay con Webster, en el parlamento británico, ha podido ser 
llamada la batalla de gigantes. Trajeron al debate, agrega, 
todas las cuestiones que podían conmover las pasiones de 
los partidos de la época: hombres y acontecimientos, ten- 
dencias y principios políticos, abusos imputados y contesta- 
dos, vicios electorales, actos de fuerza, revoluciones. La ma- 
yoría de la cámara y los partidos, y el país entero, escucha- 
ron aquel debate en silencio respetuoso, recogiendo con el 



INTRODUCCIÓN Lili 

oido atento las grandes voces que salían de la tribuna libre 
del senado.» < l > 

El señor Sarmiento analizaba en su discurso escrito, la 
situación general del país; veía el espíritu público inquieto 
por los avances del poder, que había arrojado del congreso 
á los verdaderos representantes, é impuesto, después, por 
medio de la violencia oficial, á un presidente; y, extraviado 
por los síntomas que observaba, sin profundizar las cau- 
sas, decía: «Vamos mal.» Rawson, penetrando más profun- 
damente en el fondo de los sucesos; dándose cuenta de las 
causas generadoras del mal, declaraba, con acento conmo- 
vido y patriótico, que la situación era grave, solemne; y, 
contestando al señor Sarmiento, decía: «En el discurso que 
leía ayer el señor senador por San Juan repitió varias veces: 
«vamos mal», como juicio formado por él en otras cuestio- 
nes. Estoy de acuerdo con él, perfectamente de acuerdo; 
pero con esta diferencia, y es que yo digo: vamos peor! Y 
cada día que pasa, cada hora que vemos deslizarse delante 
de nuestros ojos, cada paso que damos hacia el porvenir, 
me parece ver en todo, á medida que avanzamos, caracte- 
rizarse mejor, de una manera más evidente, los peligros de 
la situación». 

«Si, señor; agregaba. Preguntemos á cada uno lo que 
piensa; al comerciante pacífico y honrado, al padre de fami- 
lia, á la madre que mira á sus hijos comprometerse en el 
éxito de las batallas inciertas y oscuras: á cada ciudadano; 
al extranjero, á todos los que constituyen esta sociedad; 



(1) Discurso del ex-senador del Valle, pronunciado en la sesión del senado na 
cional del 28 de junio de 1890. 



V 



LIV ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

preguntémosles qué piensan todos de la situación y todos 
responderán: la situación es muy mala; corremos grandes 
peligros. Miremos en derredor del horizonte y por todas 
partes veremos la oscuridad, cuando más un relámpago, 
pero cuya luz, en lugar de rer una señal de bonanza, es un 
síntoma de alarma para todos.» 

Después de exordio tan magistral, entró Rawson á hablar 
á «los fuertes y álos débiles, á los poderosos y á los vencidos, 
á los revolucionarios y á los vencedores, á los perseguido- 
res y á los perseguidos, á los anarquistas y á los montone- 
ros; á todos, porque todos están interesados, como partes 
elementales de esta sociedad, cuyo destino tanto nos inte- 
resa, en la conservación de la paz,» inculcando á todos la 
necesidad de suprimir los movimientos armados, de perse- 
verar en las prácticas democráticas y de esperar con forta- 
j^ leza el triunfo de los principios, condiciones sin las que 

nunca llegaremos á tenei un pueblo verdaderamente edu- 
cado y apto para el complicado gobierno que nos hemos 
dado. 

Profunda sensación causaron en toda la república estos 
discursos de Rawson. Hacía mucho tiempo que no se oían 
en el parlamento acentos tan puros, austeros y patriotas. 
Rawson podía expresarse en esos términos porque había 
consagrado una vida sin mancha al servicio de su patria y 
de sus conciudadanos. Las palabras, sobre todo, con que ce- 
rró sus discursos y con las que se despidió para siempre de 
la vida pública, fueron elocuentes y conmovedoras. Repi- 
tiendo el final de una alocución pronunciada en el congreso 
norte-americano por el senador Carlos Schurz, dijo: «No 
puedo cerrar los ojos á la evidencia, de que la generación 



INTRODUCCIÓN LV 

que ha crecido y llegado á la política activa en los últimos 
años y que representa más de la tercera parte de nuestros 
electores, se ha acostumbrado demasiado á presenciar la 
audaz ostentación de abrogaciones arbitrarias de autoridad; 
y que se han formado hábitos que amenazan destruir todo 
cuanto es caro al sentimiento patriótico. Conociendo esto, 
he estado por muchos años en este recinto, alzando mi voz 
en favor de los principios del gobierno constitucional, pues- 
tos en peligro, y he procurado preveniros contra los avan- 
ces del poder irresponsable; y con toda la ansiedad de mi 
corazón, en esta oportunidad que quizás sea la última que 
se me presente en este foro, os dirijo mi clamor una vez más 
para que volváis atrás, antes que sea demasiado tarde. En 
nombre de la herencia de paz y de libertad que debéis legar 
á vuestros hijos; en nombre de ese orgullo con que, como 
americanos, levantáis la cabeza entre las naciones de la tie- 
rra, no juguéis con la constitución de nuestro país, no com- 
prometáis lo que constituye la gloria más pura del nombre 
americano. Que los representantes del pueblo no desfallez- 
can cuando las libertades públicas están amenazadas.» 

Hizo bien Rawson en elegir estas preciosas palabras para 
despedirse de la vida pública. Difícilmente pudo encontrar 
otras más apropiadas para expresar su pensamiento. Du- 
rante muchos años había levantado su voz elocuente en los 
parlamentos para predicar la paz, la unión, el culto de los 
principios y la práctica honrada de la constitución; y cuan- 
do podía esperar que sus ideas hubiesen germinado en el 
corazón de sus conciudadanos, se alejaba con el alma llena 
de profundas inquietudes por la suerte política del país, con 
el triste desencanto de ver olvidados los ideales por los que 



LVI ESCRITOS T DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

tanto había bregado, y con la honda tortura de contemplar 
á su patria abatida por la solución de difíciles problemas. 

Después de estos memorables discursos, Rawson abando- 
nó su asiento en el senado de la nación, y se trasladó á los 
Estados Unidos, país por cuyas instituciones, como lo repe • 
tía á menudo, tenía una gran veneración, á punto de mani- 
festar una vez en el parlamento que la constitución norte- 
americana parecía la obra de una inspiración divina; y por 
cuyos progresos materiales sentía también una verdadera 
admiración. Influían también en el espíritu de Rawson, pa- 
ra determinar su predilección por la gran república del nor- 
te, cariñosos recuerdos y vínculos de familia . Hijo de un 
ciudadano norte-americano, no es extraño que Rawson, cu- 
yo culto por su padre había sido austero, quisiese conocer 
aquella tierra, que para él reunía tantos encantos. A fines 
de 1875 se trasladó, pues, á Europa, para pasar de ahí á los 
Estados Unidos. 

Llegado á este país, se puso en relación con los hombres 
más eminentes en la política, en la ciencia y en la literatura, 
cuyas obras había estudiado para extraer doctrinas á fin de 
presentarlas en el parlamento, ó cuya vida pública había 
seguido con incesante interés. Bien pronto le llegó la opor- 
tunidad de desempeñar un papel espectable. 

En 1876 se reunió en la ciudad de Filadelfia un congreso 
de medicina, al que concurrieron las primeras figuras mé- 
dicas de la América del Norte y del mundo entero, y cuyas 
sesiones son mencionadas con respeto por las importantes 
y vitales cuestionas que en ellas se ventilaron. Rawson for- 
mó parte de esta asamblea; y ocupó una de las sesiones de 
ella, con la lectura de una interesante memoria sobre la Es- 



INTRODUCCIÓN LVH 

tadística Vital de la ciudad de Buenos Aires, estudio el 
más completo que hasta entonces se había escrito sobre la 
demografía de esta ciudad. Rawson, que había inaugurado 
en la escuela de medicina este género de estudios, incor po • 
rándolos á su cátedra de higiene, demostró, en su trabajo 
leído en Filadelfia, que podía figurar con todo derecho en- 
tre los primeros demógrafos contemporáneos; y así se lo 
demostró, dos años después, el célebre congreso de estadís- 
tica reunido en 1878 en París, al colocarlo en la presidencia 
al lado del eminente Bertillon. 

Después de esta separación, Rawson regresó á Buenos 
Aires, á principios de 1879, destituido de funciones oficiales. 
Su amor por el estudio y por la ciencia que había cultivado 
con predilección, lo llevó de nuevo á la cátedra de higiene, 
que era para él «el refugio de sus recuerdos, lo más querido 
que le quedaba de su carrera y de su vida,» y en la que iba 
á proseguir, con sus «hijos en la inteligencia y en el cora- 
zón,» el estudio de la ciencia que asegura la salud de los 
grandes organismos sociales. 

Las lecciones que en este nuevo curso dictó el doctor 
Rawson, fueron en extremo útiles é interesantes. El viaje 
que acababa de realizar lo había puesto en situación de es- 
tudiar de cerca los progresos sanitarios llevados á cabo por 
las naciones más adelantadas, por los pueblos que, según su 
expresión, habían luchado, armados con las poderosas ar- 
mas de la higiene, con la muerte, y la habían vencido; y se 
dedicó con anheloso afán á sembrar en el espíritu de sus 
discípulos el conocimiento de esos progresos, á fin de que, 
fructificando en ellos, pudiesen extenderse más tarde á las 
clases dirigentes de la sociedad y producir sus benéficos 

VIII 



LVIII ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

efectos. Desgraciadamente, de todas estas lecciones no que- 
da sino el recuerdo, porque la muerte sorprendió al maes- 
tro cuando se proponía fijarlas sobre el papel. 

Vivía así el Dr. Rawson entregado á sus estudios favoritos, 
libre su espíritu de las preocupaciones de la política activa, 
cuando el partido político á que había pertenecido toda su 
vida, pero al cual no había acompañado en todos sus actos, 
cuando él creía que éstos contrariaban sus inalterables prin- 
cipios republicanos, se apresuró á proclamarlo candidato 
para ocupar un asiento en el congreso. Rawson, que veía 
con pena aproximarse la lucha electoral asumiendo formas 
violentas; él, que veía olvidados los principios de respeto 
mutuo, de parte de las autoridades y del pueblo, que había 
profesado siempre, y que, sobre todo, preveía el triste de- 
senlace que estos sucesos tendrían muy pronto, se apresuró 
también á declinar su candidatura, escribiendo, con este 
motivo, un documento lleno de enseñanzas cívicas y cuyas 
patrióticas lecciones debían consultar, en sus horas de ofus- 
cación ó de enervamiento, los partidos indisciplinados y 
precipitados de la República, que, sin fuerzas para perseve- 
rar en la lucha pacífica de los comicios, prefieren lanzarse á 
menudo por el oscuro sendera de las revoluciones; y los 
hombres revestidos de autoridad que, olvidando el sagrado 
cumplimiento de sus deberes constitucionales, suelen alzar- 
se con los derechos y las libertades del pueblo. 

Después de comunicar al presidente del partido naciona- 
lista, que había recibido la nota en que se le ofrecía su can- 
didatura, decía Rawson: «Yo me hubiera apresurado, señor, 
á contestar inmediatamente aquella nota, aceptando con el 
más profundo agradecimiento la honra que se me dispensa; 



INTRODUCCIÓN LIX 

y si el voto del pueblo hubiera confirmado mi candidatura, 
habría ocurrido sin demora á mi puesto de diputado para 
contribuir con mis débiles esfuerzos y con mi voto al desem- 
peño de mi cargo. Pero, siendo el programa la expresión 
del sentimiento público en un momento dado, he debido de- 
tenerme para considerarlo del punto de vista de mis profun- 
das convicciones políticas de todos los tiempos y de las ne- 
cesidades prominentes y las solemnes exigencias de la situa- 
ción actual de la República. Un programa de un origen como 
el de éste, y á propósito de una elección popular, es casi una 
ley moral para los que van á ser elegidos bajo sus auspicios; 
y yo me sentí en el deber de estudiarlo con detenimiento 
por temor de que algo faltara en él délo que yo reputo esen- 
cialísimo á la verdad y la consolidación de nuestras institu- 
ciones y algo estuviera consignado en contradicción con 
mis convicciones y con mis públicas manifestaciones de to- 
dos los tiempos.» 

«Voy á permitirme, seflor vice-presidente, expresar á us- 
ted, con verdadero pesar, que, después de una madura de- 
liberación, he decidido no aceptar la candidatura con que 
la convención me ha favorecido; y como esta negativa no 
nace de que me falte la noble ambición de corresponder al 
favor con que se me distingue, ni de que pretenda- esquivar 
las responsabilidades del mandato, necesito exponer, aunque 
sea muy brevemente, las razones de conciencia que me es- 
fuerzan á tomar esta actitud.» 

Entrando luego á exponer las razones que lo hacían de- 
clinar el alto honor de ocupar un asiento en el congreso de 
su patria, decía el doctor Rawson: 

«Yo creí siempre, seflor, y una larga experiencia me lo 



LX ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

ha confirmado dolorosamente, que el mayor obstáculo para 
la aclimatación en nuestro país de las instituciones republi- 
canas, era la práctica de las candidaturas oficialts. Dado 
nuestro organismo social, dada la insuficiente preparación 
del pueblo para el ejercicio de los derechos políticos, la can- 
didatura oficial importa prácticamente la supresión de toda 
libertad política en la inmensa mayoría de los que están lla- 
mados á decidir con su voto en los comicios las cuestiones 
que han de resolverse en la legislación y en el gobierno.» 

«Una candidatura oficial prevalece siempre entre nosotros 
porque las autoridades en cuyo provecho y beneficio se ha 
formado, usan de todos sus resortes administrativos, de toda 
la violencia que les permite su posición y en último caso de 
todos los artificios y los fraudes que quedarán impunes por- 
que su juicio se dirime entre los mismos cómplices intere- 
sados en la impunidad. Esta complicidad se ramifica y se 
extiende á. medida del egoísmo y de la corrupción que ella 
fomenta; poco á poco el sentido moral va obliterándose en 
los usurpadores y en sus víctimas, en los primeros dilatando 
el campo de sus impuras ambiciones y en los segundos tra- 
yendo el desaliento para toda lucha, desde que saben, por 
una experiencia no desmentida, que para el presidente, para 
el gobernador ó para los ministros electores y para sus pro- 
sélitos, serán los triunfos seguros y las ventajas consiguien- 
tes, mientras que para ellos asoma la perspectiva de una 
derrota cierta y de brutales persecuciones en su persona, 
en su propiedad, en su familia, según la categoría social á 
que pertenezca. La educación republicana no puede hacerse 
mientras subsistan estas prácticas. Al contrario, la hemos 
visto degradarse más y más cada día, hasta llegar, por pasos 



INTRODUCCIÓN LXI 

contados, en ese camino funesto, al colmo de los escándalos 
que la convención denuncia en su programa.» 

Profundizando más en el examen de las causas generado- 
ras de nuestros males políticos, el doctor Rawson agregaba: 

«He seguido, señor vice-presidente, con penosa solicitud, 
la marcha de nuestra educación política desde muchos años, 
y he llegado al convencimiento inconmovible deque la causa 
generatriz de nuestros males y de los mayores que pueden 
todavía afligirnos y deshonrarnos como pueblo, es esta in- 
tromisión inicua de la ambición, ó tal vez del sórdido egoísmo 
de los hombres constituidos en altos puestos, en las funciones 
del gobierno propio del pueblo». 

«Siendo ésta, no solo una opinión en mí, sino una pasión 
ferviente que no tengo reparo en declarar, parecíame que la 
primera palabra de un programa político debía ser la conde- 
nación tremenda de las candidaturas oficiales como crimen 
de lesa justicia, de lesa moral y de lesa verdad; y esta omisión, 
tratándose de declaraciones á que yo debo someterme, es 
uno de los motivos que me han decidido á rehusar la acep- 
tación de la candidatura, principalmente hoy, cuando estamos 
en presencia de un candidato presidencial salido del minis- 
terio de la guerra con todos sus pertrechos militares para 
hacerse valer, y con el apoyo indudable del presidente de la 
república, y cuando el otro candidato, cuya honorabilidad 
personal respeto en alto grado, es el gobernador de la misma 
provincia de Buenos Aires». 

No era ésta la única razón que determinaba en el espíritu 
de Rawson el rechazo de la candidatura que le ofrecía su 
partido. « En la segunda declaración del programa hay un 
concepto que me ha llamado la atención, decía. La conven- 



LJtÜ ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RATfrSOtt 

ción de delegados declara que la provincia de Buenos Aires 
está dispuesta á defender el sufragio popular y que, si no 
puede conseguirlo por el voto, está decidida á pelear para 
conseguirlo ». 

< Si estos términos, agregaba, implican la resolución de una 
resistencia armada, como parece deducir se de su tenor, y si, 
como es natural, esa actitud envuelve la perspectiva de una 
guerra civil con todas sus funestas consecuencias, me tomo 
la libertad de agregar éste como otro motivo que explique 
mi renuncia de la candidatura». 

«No pretendo criticar el programa en esta parte, ni el 
sentimiento popular que él representa; pero mi convicción 
radical es que la guerra en general es una calamidad para 
todos los pueblos y una ruina moral para las repúblicas, 
muy especialmente para la nuestra, donde tanto se necesita 
del imperio de la ley para hacer efectivos, no solo los dere- 
chos políticos, sino los derechos comunes de sus habitantes, 
vulnerados siempre por la violencia desmedida de las armas, 
cualquiera que sea su justificación». 

Obedeciendo á móviles tan patrióticos, el doctor Rawson 
renunció á la oportunidad que se le ofrecía de volver á 
aparecer en la vida pública, y se encerró en su hogar á con- 
templar con pena los sucesos que se desarrollaban, muchos 
de los cuales él los había previsto, desde mucho tiempo atrás, 
con su vista de águila. La intromisión, cada día más desver- 
gonzada, del poder oficial en los actos electorales, así como 
la descomposición de los partidos personales, eran otios 
tantos motivos de zozobras para su espíritu austero. Alejado 
de la política activa, quedaba sin tribuna desde donde hacer 
oir á sus conciudadanos su inspirada palabra; pero en las 



INTRODUCCIÓN LJOIt 

conversaciones y en las correspondencias privadas, no elu- 
día la condenación de lo que él consideraba prácticas fu- 
nestas. 

«Muy triste estoy, me escribía en 1886, con el aspecto 
ingrato que presenta nuestra patria en sus luchas políticas 
actuales. Cada día se siente más la degradación moral en 
que vamos cayendo y que viene acentuándose en proporcio- 
nes alarmantes. No sé á donde iremos á parar; pero si sé 
que cada administración va dejando en pos de sí una masa 
de corrupción que infecta como escuela la masa social. El 
único consuelo personal que me queda en esta vida que se 
acerca á su término, es que nunca he perdido la oportunidad 
de juzgar y condenar con todas mis fuerzas esa perversión 
funesta del sentido moral. » (*> 

En otra carta, fechada en el mismo año. me decía: «La 
agitación política en la República me impresiona dolorosa- 
mente, no por el hecho en sí mismo, pues que la lucha elec- 
toral es un fenómeno normal y un deber en todo pueblo li- 
bre, sino por las formas violentas que asume y que pueden 
llegar á extremos deplorables. Todo sería tolerable y aún 
provechoso para la educación republicana, como una gim- 
sia saludable, si no se percibiera el favor oficial con todas 
sus audacias, por una parte, y el desconcierto de los parti- 
dos personales, por otra. Ojalá que mis zozobras sean infun- 
dadas.» (2) 

En 1884, el congreso argentino, por espontánea iniciativa 
de sus miembros, votó un retiro para el venerable patriota 



(1) Carta fechada en París el 3 de febrero de 1886. 

(2) Carta fechada en Varis el 4 de enero de 1886. 



LXIV ESCRITOS T DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

que había consagrado una larga vida al servicio de su pa- 
tria y de la ciencia; y este acto, que para otra persona hu*- 
biese sido causa de justos regocijos, fué para el doctor 
Rawson fuente de incesantes torturas, porque no se creía 
digno del honor que le dispensaban su conciudadanos; y, 
si al fin se decidió á aceptarlo, fué con el compromiso de 
consagrar el resto de las fuerzas que le quedaban, á la con- 
fección de una obra sobre higiene que legaría á su patria 

Respondiendo á este propósito, escribió su Estudio sobre 
las Casas de Inquilinato de Buenos Aires, en el que trata 
uno de los más serios problemas sociológicos higiénicos y 
económicos de esta ciudad; sus Observaciones sobre Hi- 
giene Internacional; y reunía antecedentes y experiencias 
para dilucidar la oscura cuestión de la mayor mortalidad 
masculina comparada con la femenina. 

El doctor Rawson se ha destacado gloriosamente de en 
tre sus contemporáneos, porque ha tenido esa calidad prin- 
cipalísima con la cual, según un eminente pensador francés, 
un hombre domina á su siglo: la sinceridad, el arranque 
impersonal, la ausencia de amor propio, creando un es 
tado del alma en que no se hace, en que no se dice, en que 
no se escribe lo que se quiere, sino que se hace, se dice ó 
se escribe lo que dicta un genio colocado fuera de la per- 
sona. 

Puede decirse de él lo que él mismo dijo respecto de otro 
argentino ilustre: «Amaba la libertad con entusiasmo; pero 
nunca pudo comprender que la libertad, que la consagra- 
ción de los principios, que la prosperidad de la patria, que 
era el objeto de su culto, podrían afianzarse entre nosotros 
sino en la base inconmovible de la unión nacional. El doc- 



INTRODUCCIÓN LXV 

tor era esencialmente argentino, y subordinó sus actos 
en todas las ocasiones á la nobilísima aspiración de 
consolidar la unión indivisible del pueblo argentino, cada 
una de cuyas fracciones, sin distinción geográfica, era un 
pedazo de su corazón.» d) 

Hombre de principios, el doctor Rawson ha predicado 
siempre que no se puede fundar nada estable, duradero y 
próspero, sino respetando sinceramente la constitución y 
las leyes. Miembro de un partido político, ha tenido el cora- 
je de romper con la llamada «disciplina de partido,» cuan- 
do los actos de éste no estaban de acuerdo con los princi- 
pios de su credo republicano. Hijo de una democracia in- 
constante, indisciplinada, y revoltosa, ha predicado con 
tesón la perseverancia en las prácticas electorales, la tran- 
quilidad y la pureza en lo¡> actos que de ellas emanan. 
Miembro de una joven nación sud-americana, con grandes 
elementos de riqueza latentes en su seno, pero con muy po 
eos incorporados al movimiento de los valores y del inter- 
cambio internacional, ha pedido, como primera condición 
para que éstos puedan desarrollarse, el mantenimiento de 
una paz sincera y constante con los pueblos vecinos. Minis- 
tro de un gobierno que tenía por misión recoger los despo- 
jos ensangrentados del organismo nacional para formar con 
ellos una nación estable y próspera, se dedicó con empeño á 
atraer la población extranjera, á fomentar la colonización, la 
construcción de ferrocarriles, de caminos, de puertos, de te- 
légrafos y otras obras de utilidad nacional. 

Otros podrán brillar en las páginas de la historia patria 



(1) Discurso de Rawson sobre Marcos Paz. 



LXVI ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

con destellos más vivos, por la heroicidad de las accio- 
nes que les cupo en gloria realizar y por las obras durade- 
ras que han podido legar; pero ninguno lo podrá so- 
brepasar por el amor con que ha amado á su puebio, por 
la sinceridad con que ha observado los principios y por el 
desinterés con que ha servido á sus conciudadanos. 

No ha tenido el genio militar de San Martin para dejar 
como herencia á su patria la independencia de media Améri- 
ca; el genio jurídico de Vélez Sarsfield para legarle un mo- 
numento como el Código Civil; el sorprendente talento y 
erudición histórica de Mitre para levantar las sólidas colum- 
nas de la historia nacional; ni el teatro y medios de investiga- 
ción necesarios para llenar la cpágina en blanco de la medi- 
cina nacional,» pero ha dejado muchas iniciativas de progre- 
so, muchas obras de fecunda utilidad, y sanas enseñanzas de 
austeridad republicana, que algún día han de formar escue- 
la y han de hacer inolvidable su memoria. 

Buenos Aires, diciembre 30 de 1890. 

Alberto B. Martínez. 



^" 



TESIS INAUGURAL 



DISERTACIÓN 



PARA OBTENER 



EL GRADO DE DOCTOR EN MEDICINA 

DB LA 

UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES 

POR 

G. RAWSON 



Disertación y documentos referentes al grado de Doctor en Medicina, que obtu- 
vo en la Universidad de Buenos Aires el Sr. D. Guillermo Rawson. 



SEÑORES EXAMINADORAS 



PRESIDENTE 
Dr. D. Paulino Gari, Rector y Cancelario de la Universidad. 

CATEDRÁTICOS 

Dr. D. Mastín García, Catedrático de Nosografía y Clínica Médica. 
• > Teodoro Álvarez, Catedrático de Nosog: afía y Clínic ■ Quirúrgica. 

> » Juan Jost Fontana, Catedrático de Higiene, Patología General y Fármaco 

logia. 

> > Claudio Mamerto Cuenca, Catedrático de Anatomía y Fisiología. 

PADRINO DE CÁTEDRA 
Dr. D. Martín García. 

PADRINO DE GRADO 
Dr. D. Claudio M. Cuenca. 

REPLICANTES 
D. Benito Barcena.— D. Luís Gómez. 



VIVA LA CONFEDERACIÓN ARGENTINA 

¡ MUERAN LOS SALVAJES UNITARIOS ! 

Los Catedráticos del Departamento de Medicina. 

Buenos Aires, Setiembre 17 de 1844. Ano 35 
de la Libertad, 29 de la Independencia, y 
15 de la Confederación Argentina. 

Al señor Rector y Cancelario de la Universidad: 

Encargados por V. S. y el Superior Gobierno de dirigir 
un ramo importante de las Ciencias Naturales hacia los san- 
tos fines á que la patria y la civilización los encaminan, 
profesamos la más grande veneración á los talentos distin- 
guidos que las honran. Proponer á V. S. premios que recom- 
pensen la aplicación de altas capacidades que nos pertene- 
cen, creemos que es á la vez premiar el mérito y la aplica- 
ción, alentar á todos, hacer justicia á la superioridad de 
nuestros talentos patrios, y dar, por fin, esplendor y perso- 
nalidad á nuestra inteligencia. Honrar los talentos extraor- 
dinarios de uno de nosotros, es honrarnos nosotros mismos; 
honrar la Universidad, la patria, la civilización. Poniendo, 
como á V. S. lo vamos á suplicar, una corona bien merecida 
de gloria en la frente iluminada de uno de nuestros alumnos, 
lanzamos una chispa de noble y generosa ambición dentro 
y fuera de los claustros de la Universidad, y damos un im- 



ib ESCRITOS Y DÍSCÜRSOS DEL DOCTOR G. RaWsON 

pulso progresivo á las ciencias y las artes. Alguno ha de ser, 
seflor, el segundo nombre famoso que continúe la nómina 
de nuestras capacidades gerárquicas, porque es preciso, 
señor, que nosotros, como todos los pueblos, las tengamos; 
y el del alumno que motiva esta solicitud, no cede en digni- 
dad y dimensiones á ningún otro nombre que se pueda 
proponer. 

Desde su ingreso á las escuelas de Medicina, llamó la 
atención de los infrascritos, la extraordinaria capacidad 
inteligente del joven D. Guillermo Rawson; y sus buenos y 
sólidos conocimientos en varios ramos de instrucción lite- 
raria, su aplicación y rápidos progresos en la muy difícil 
ciencia del hombre, anunciaron días de satisfacción y triunfo 
para la Universidad. Estos días han llegado: sus exámenes, 
y muy particularmente el general y práctico con que se ha 
despedido de las aulas, han sido brillantísimos, á punto que 
han inspirado á los infrascritos la idea de esta solicitud. El 
Departamento de Medicina, señor, está muy lejos de pen- 
sar, que la gracia que de V. S. solicita para su alumno, sea 
un premio acordado á la superioridad del talento. No, se- 
ñor; el talento no merece premio por sí mismo, por no supo- 
ner virtud, ni cooperación alguna por parte del que lo posee. 
Premiar el talento, por ser claro y brillante, no sería más 
que premiar una obra completa de la naturaleza, es decir, 
premiar á la naturaleza y no la virtud y la laboriosidad de 
un hombre. 

Nuestra mente es muy distinta. No queremos ni debemos 
premiar un talento; pero sí premiar su oportuna y fecunda 
aplicación á las ciencias médicas, es decir, sus rápidos y 
prematuros progresos en ellas, su laboriosidad, su inagota- 



TESIS INAUGURAL II 



ble y purísima ciencia, en una palabra, su vasta y copiosa 
erudición. 

El artículo 13 del Superior Decreto de 21 de Junio de 1827, 
inviste á la Universidad del derecho de dar el grado de 
Doctor, sin preceder las pruebas establecidas por el regla- 
mento, á la persona que, á juicio suyo, sea ilustre y eminente 
en alguna facultad. Los Catedráticos del Departamento de 
Medicina creen en su conciencia, que el recomendable 
alumno don Guillermo Rawson, está en el caso de que habla 
el artículo del citado decreto, respecto á la Facultad de Me- 
dicina, y que es sobradamente digno, por su erudición y por 
el honor que á nuestras escuelas hace, de que la Universi- 
dad le honre á su vez, confiriéndole un grado de Doctor, 
previa la singular y honorífica dispensa de la presentación 
y sostenimiento de la tesis, única prueba que le falta rendir 
para ser condecorado con el bonete y anillo de Doctor. 

Por lo tanto, los infrascritos no han trepidado en dirigirse 
al seflor Rector y Cancelario, solicitando de su benignidad, 
que si, como ellos, lo creyese digno de tal honor, se sirva 
señalar día y hora en que la Universidad dispense al refe- 
rido alumno don Guillermo Rawson, la singular y especia- 
l/sima honra de conferirle el grado de Doctor en Medicina, 
por creerle en el caso del artículo 13 del Superior Decreto 
del 21 de Junio de 1827. 

Claudio M. Cuenca— Teodoro Alvares— 
Juan J. Fontana— -Martín García. 



12 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 



Buenos Aires, Setiembre 28 de 1844. 

Sin embargo de que el Rector está persuadido de la mo- 
ral, aplicación y capacidad distinguidas que ha acreditado 
el joven don Guillermo Rawson durante el curso de sus es- 
tudios médicos, que verdaderamente honran á la Univer- 
sidad, no estando, por una parte, en sus atribuciones hacer 
la dispensa que se solicita por los Catedráticos del Depar- 
tamento de Medicina, en la precedente representación; y 
deseando, por otra } premiar, de la manera que le es permi- 
tido, el relevante mérito de dicho joven f se autor isa al Ca- 
tedrático de Anatomía, para que } concluido que haya aquél, 
el examen de disertación, que pedirá en la forma corres- 
pondiente, obtenido la competente aprobación sobre él, y 
recibido el grado de Doctor en Medicina, le dirija la pala- 
bra á nombre de la Universidad, por el honor que la hace, 
y los bienes que promete á su Patria. Al efecto instruyase 
de esta resolución á los Catedráticos del Departamento de 
Medicina, y al joven don Guillermo Rawson. 

Dr. Paulino Gari, 

Rector y Cancelario. 

José María Reybaud } 

Secretario. 



En el mismo día se hiso saber á los Catedráticos del De- 
partamento de Medicina y al joven don Guillermo Rawson, 
y lo firmaron. 

Reybaud. 



TESIS INAUGURAL 1 J 

A virtud de la anterior resolución, el Catedrático de Anatomía, Dr. D. Claudio 
A. Cuenca, pronunció el siguiente— 



DISCURSO 

Lo acabáis de oir, doctor Rawson. No soy yo el que os 
habla: hablaros yo sólo, sería dejar un vacío en los deseos 
de los que os rodean. Yo soy uno, y vuestros admiradores 
son cuantos os conocen. A vos es preciso que todos os ha- 
blen, que todos os feliciten, porque todos también quisieran 
tener parte en vuestro triunfo. Son, pues, vuestros compa- 
ñeros, vuestros maestros, es el Rector, es la Universidad, 
quiénes han puesto la palabra en mis labios; es de ellos de 
quiénes he recibido el encargo, bien grato para mí, de felici- 
taros en su nombre, por el honor que á nuestras escuelas 
hacéis; suya es la idea, suyo también el pensamiento de esta 
felicitación, y yo no soy en este momento más que la expre- 
sión de sus deseos. 

En efecto, hoy es un día excepcional, de parabienes y 
regocijo, para la Universidad, y sois vos el justo, el laudable 
motivo de esta festividad. Vuestro pasaje por los salones 
de sus aulas ha dejado en pos de sí una huella luminosa de 
triunfos y sucesos brillantes, que con sorprendente facilidad 
habéis alcanzado sobre las ciencias y las artes; triunfos y 
sucesos brillantes que han inspirado la idea de la excepción 
que se os hace. Así es que al despediros hoy de nosotros, 
creemos recibir el adiós agradecido de la mejor hechu- 
ra de nuestras escuelas, y miramos en vos el mejor y más 
poderoso argumento de nuestras doctrinas, ó de la superio- 
ridad de nuestras capacidades. 

Al poner sobre vuestra frente privilegiada el bonete de 



14 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

doctor, que tan justamente habéis alcanzado, la Universidad 
ha ceflido la suya con una corona de gloria, y vos la habéis 
regalado el mejor y más frondoso de sus laureles. 

Dos coronas inmarcesibles se distribuyen hoy, doctor 
Rawson; la que vuestro genio y erudición ha tejido para la 
Universidad, y la de gloria, de felicitaciones que ella os 
retorna á la faz de Buenos Aires, de sus talentos, de sus 
hombres distinguidos. Esta recompensa única, la primera 
que da á un cursante de sus aulas, es un premio altamente 
honroso y extraordinario que tributa, no á la eminencia y 
claridad de vuestro talento, como tal vez pudiera creerse, 
sino á la feliz y oportuna aplicación de ese talento á las 
ciencias y á las artes; porque vos, doctor Rawson, conven- 
dréis conmigo, que el talento por sí mismo no es acreedor 
al premio. La Universidad, pues, al dirigiros la palabra en 
el día solemne de vuestra instalación en el doctorado, al 
mismo tiempo que os acompaña en vuestra satisfacción y 
regocijo, os felicita alta y sinceramente por el honor que 
vuestro aprovechamiento la hace; felicita á vuestro padre, 
á Buenos Aires, á la República toda por los días de triunfo 
y gloria que vuestro genio le prepara. No es este paso hijo 
de un entusiasmo del momento, no una oficiosidad gratuita, 
es una debida justicia; no es una ofrenda perecedera, una 
flor fragante deshojada sobre la frente de un hombre en una 
hora feliz de su vida, es un obelisco perennal de tan larga 
duración como los archivos que lo han de contener; es un 
signo histórico que señalará para siempre un gran aconte- 
cimiento nacional— -la aparición de un astro sobre nuestro 
horizonte; porque, perdóneme vuestra modestia, vos sois una 
estrella brillante que nace para la República. 



TfctS INAUGURAL I¿ 

Los hombres como vos, doctor Rawson, son una sonrisa 
del cielo, una dádiva preciosa, un impulso de perfección y 
mejora, impreso por la mano de Dios en la carrera progresiva 
del género humano. Vosotros sois la verificación positiva 
de la perfección total que sueña la fantasía. Venidos de 
tiempo en tiempo como los cometas, lleváis como ellos, en 
pos de vosotros, las miradas absortas del mundo entero que 
ilumináis. Colocados entre la humanidad y su Creador, en- 
tre la obscuridad y la luz, entre la tierra y el cielo, estáis 
organizados para comprender y revelar los secretos de la 
vida y la muerte, la ciencia de los siglos, de la humanidad, 
de Dios, para comprenderlo y explicarlo todo, para guias y 
bienhechores de los pueblos y "naciones; vosotros sois, por 
fin, la lluvia de gracia para el mundo profano. 

Muchos y muy bellos porvenires han bajado en diferentes 
épocas las gradas de esta cátedra; pero otro más brillante, 
más lleno de esperanza que el vuestro, nunca. Precedido del 
prestigio que á vuestros condiscípulos y comprofesores ins- 
piráis, celebrado por la fama, dueño de la opinión, felicitado 
por la Universidad, tenéis abierta delante de vos la más 
linda carrera que se ha ofrecido hasta hoy á ningún talento 
nacional. Vuestro porvenir, vuestra gloria, vuestra misión 
literaria son excepcionales como vuestra capacidad; mar- 
chan á otro templo, ciñen otra corona, trazan otro programa 
qué el que estamos acostumbrados á ver. Los dogmas here- 
dados, las verdades manifiestas, los principios recibidos de 
la ciencia del hombre, ya os pertenecen. Los misterios ahora, 
las leyes ocultas, los impulsos secretos de la organización y 
la vida, por lo mismo que se escapan á la penetración de los 
más, son el objeto á que tienden las grandes capacidades, 



í6 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSOK 

son también una empresa y un triunfo digno de vos. Para las 
cabezas gerárquicas, como la vuestra, las han reservado los 
arcanos de la ciencia. Yo sé bien que no volvereis la frente 
delante de ninguna dificultad; al contrario, espero que la 
levantéis algún día radiante de gloria sobre los trofeos y 
conquistas con que ensanchareis el dominio de la ciencia, 
y sobre los abismos de obscuridad y dudas, que la claridad 
de vuestro talento hubiese regado. 

Reducir vuestra misión científica á la órbita común en que 
se desenvuelven los talentos ordinarios, es tan difícil como 
encerrar el Océano en uno de sus golfos. A los talentos como 
el vuestro no se les puede poner coto, ni trazar círculo de 
acción, porque todos los límites les son estrechos, y reduci- 
das todas las órbitas. Es preciso abandonarlos á sí mismos 
para que campeen con toda la celeridad de que son capaces. 
Así es que vos necesitáis un espacio mayor é ilimitado, para 
desenvolver y dar movimiento á vuestras facultades. Nece- 
sitáis empresas grandes que acometer, tinieblas que iluminar, 
secretos misterios que descubrir; algo, en fin, proporcionado 
á la magnitud de vuestra inteligencia. No iréis muy lejos á 
encontrarlos ; porque al dar los primeros pasos en vuestra 
carrera tropezareis con cuestas escabrosas que ascender, con 
bajíos impenetrables que sondear, con dificultades superio- 
res que vencer. Hay, entre otras, una que debe llamar desde 
temprano vuestra atención, ya por ser fecunda en gloria para 
el que la acometa, ya por pertenecer á la vez á la ciencia y 
á la patria. 

Hay un libro en blanco, doctor Rawson, que hace muchos 
años que espera la pluma inspirada de un hijo del Plata que 
escriba en él la primera página: este libro, destinado á jugar 



TESIS INAUGURAL 1 7 



un día un rol importante en los destinos de la República, 
cuando los hombres de vuestra capacidad se hayan ocupado 
de él, es el libro todavía en blanco de nuestra ciencia médica. 
Todavía en blanco, doctor Rawson, pero no estará más así, 
desde que hagáis la resolución de llenarlo; y á f e que vos lo 
podéis hacer. Hé ahí una empresa gigantesca, colosal, digna 
de vos y para que parecéis destinado. Acometedla, doctor 
Rawson, escribid la carátula y un pensamiento en pos de 
ella, que en pos del vuestro también alguna otra cabeza pri- 
vilegiada continuará la obra. Acometedla, que tal vez, ins- 
pirado con vuestro ejemplo, se levante de los bancos de este 
salón algún talento distinguido, que animado con vuestros 
sucesos, aspire á la gloria de imitaros; alguno que quiera 
tener el orgullo de poner su nombre al lado del vuestro, y 
que, aunque grande por sí mismo, quiera serlo todavía 
más, cubriéndose con vuestra gloria, y eternizarse en la me- 
moria de los hombres, como Pérdicas al lado de Alejandro; 
acometedla, por fin, que cuando hayáis escrito la primera 
página, ya estará colocada también la primera piedra de la 
pirámide en que se ha de inscribir el nombre del hijo ventu- 
roso del Plata, que rindiese tan valioso servicio á la Re- 
pública. 



■>-«-< 



Fortes creantur fortibus et bonis 

nec imbellen feroces 

Progenerant aquiloe columba ni. 

Horat. 

Cum ncmpé geni tur a ab ómnibus corporis 
par tt bus procedat, á sanis sana, d mor- 
bosis morbosa. 

(Hippocr. de morbo sacro.) 



Señores: 

¿Por qué del hombre nace el hombre? ¿Por qué las águilas 
feroces, como dice Horacio, no engendran la paloma inocente? 
¿Por qué la planta que vejeta es hija siempre de otra seme- 
jante?... He aquí uno de los grandes poblemas de la natu- 
raleza, cuya solución íntimamente ligada á los misterios de 
la vida, jamás se aclarará del todo á nuestra inteligencia; 
pero que por lo mismo estimula fuertemente los deseos de 
nuestra curiosidad. Os confieso que he meditado mucho 
sobre este interesante fenómeno, y que en la dificultad de 
elegir un punto para formar la tesis que debéis juzgar en 
este dia, no he podido resistirme á la ambición de ofreceros 
un pensamiento sobre materia tan espinosa y elevada. Ex- 
cusado es recomendar á vuestra benignidad é indulgencia 
este pequeño trabajo, hijo todo del imperio de las circuns- 
tancias; porque sabéis muy bien que no es fácil tarea para 



22 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

cipio de vida y el cuerpo que él vivifica: los unos creen que 
la vida existe porque el cuerpo tiene una estructura deter- 
minada, y que todo cambio sobrevenido en las exhibiciones 
vitales presupone una mudanza real en las condiciones 
estructurales de la sustancia; los otros sostienen, al contrario, 
que los órganos no son más que los instrumentos de una 
potencia efectiva, que si bien requiere para manifestarse 
cierta especie de colocación molecular, no por eso está tan 
ligada á esas precisas condiciones, que no pueda modifi- 
carse sin ellas, y aun permanecer idéntica, á pesar de las 
alteraciones materiales que en ellas hubieren sobrevenido. 
No me es posible ventilar detalladamente tan interesante 
controversia; pero ya la he tenido conmigo mismo, y he 
abrazado, como más racional, la opinión vitalista, por con- 
formarse mejor que la otra al espíritu de los hechos. I o . Por- 
que no se puede determinar en la escala de los cuerpos 
vivos cuál es la primera condición material de su vida, pues 
en el hombre mismo, la más complicada de las obras de la 
creación, no hay un órgano ni aparato cuya deficiencia no 
pueda coexistir con la vida. 2.° Porque en muchos casos la 
vida puede modificarse, y aun extinguirse sin cambio api e- 
ciable en las diversas estructuras. 3.° Porque todos los fenó- 
menos vitales, tanto en el estado de salud, como en el de 
enfermedad, están dirigidos por una fuerza conservatriz, 
inteligente, y todos tienen su objeto saludable. 4.° Porque si 
la vida se alterase á par de las alteraciones materiales, 
jamás un tejido recobraría sus condiciones normales, una 
vez perdidas éstas por el hecho de una lesión orgánica. 5.° Y 
en fin, para no molestaros con una enumeración prolon- 
gada, porque sin esa fuerza, eminentemente activa y pode- 



TESIS INAUGURAL 23 

rosa, no puede concebirse la evolución embriogénica; no se 
puede comprender cómo de una molécula líquida, informe, 
resulte un ser completo como el hombre. 

Sentado, pues, el principio que la fuerza vital obra hasta 
cierto punto independientemente de los órganos, se deduce 
de ahí una consecuencia inmediata: que ella es la inteligen- 
cia de las funciones, y como dice M. Lordat, es el artista 
en su taller. Claro es, que la vida no se presenta del mismo 
modo en todos los cuerpos: un insecto vive, pero no como 
el elefante; el musgo rastrero tiene vida, pero muy diferen- 
te de la elevada encina. Ahora bien, esta diferencia es pri- 
mitiva en la vida misma, y la diferencia orgánica de los 
seres es su resultado. Explicaré más este concepto, que va 
á servirme de base para mis raciocinios sobre la heredad. 

Creo que la idea ó necesidad de una función preexiste al 
órgano que debe ejercerla, y que el organismo trabaja por 
un instinto ciego en la elaboración del aparato adecuado á 
las necesidades de su modo de ser. Digo, á su modo de ser, 
y entiendo por esta expresión la clase de vida, si me es per- 
mitido decirlo así, que posee el germen del nuevo organis- 
mo, determinada ella á su vez por la naturaleza vital del 
cuerpo de que procede. Si se examinan, por ejemplo, las 
semillas de dos plantas de familias diversas en la misma 
especie botánica, se encontrará una semejanza completa en 
sus formas, en su composición química, etc.; y, sin embargo, 
una y otra son el germen de manifestaciones vitales muy 
diferentes; porque las dos poseen en distinto modo la pro- 
piedad vital. La una producirá un fruto grato al paladar, 
cuando el fruto de la otra puede ser absolutamente desagra- 
dable; la una tendrá una elevación de muchas varas, y la 



24 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G- RAWSON 

otra se alzará apenas sobre el nivel de la tierra. Por consi- 
guiente, la evolución del organismo, no es más que el desa- 
rrollo de una idea primordial, contenida en el modo de ser 
del germen, y este modo depende de la naturaleza de la 
sustancia de la cual el germen tiene su origen. 

A esta altura quise llegar para comenzar la parte prácti- 
ca de mi tarea, porque colocados en este punto de vista, se 
facilita sobremanera la explicación de todos los fenómenos 
relativos á la heredad. Quizá me ha extraviado el vuelo de 
la imaginación, sobre todo no teniendo habilidad para de- 
senvolver una verdad obscura, que bulle dentro de mí hace 
mucho tiempo, que forma uno de mis dogmas en la ciencia, 
pero que no me es posible exponer con claridad. Entretanto, 
sea esta confesión un motivo que me propicie vuestro jui- 
cio, porque en nuestra edad, sin los consejos de la experien- 
cia, sin el apoyo del saber, difícil es no dejarse arrastrar de 
las inspiraciones seductoras de una fantasía virgen y fo- 
gosa. 

Desde luego, se entiende bien por qué se propagan las 
especies; porque, encerrando el germen en idea el misma 
número y género de funciones que el tronco de donde sale, 
esta idea en su desenvolvimiento debe dar por resultado el 
mismo género y número de órganos. Pero lo que más inte- 
resa y mayores dificultades ofrece, es la explicación de 
la trasmisión de peculiaridades individuales. En ella va- 
mos á entrar, comenzando por el estado fisiológico, y ha- 
ciendo después una revista analítica de las enfermedades, 
que deben ser, y son, en efecto, hereditarias. 

El padre de la medicina, sefiores, ese hombre inmenso, 
que con tanta claridad sabía leer el gran libro de la natura- 



TESIS INAUGURAL 2$ 

leza, para quien las verdades más obstrusas eran una simple 
intuición de su genio, había señalado ya la verdadera causa 
de la comunicación hereditaria: «porque el germen, dice, 
procede de todas las partes del cuerpo,» y en esta síntesis 
comprensiva expresa más que cuanto ha podido decirse 
después de 22 siglos de ciencia. Verdaderamente el germen 
procede de todo el organismo, porque, como él mismo lo 
dice en otra parte, «todo conspira en el cuerpo humane 
hacia un fin único.» Por manera que ese germen lleva con- 
sigo, además de las grandes ideas de imitación específica, 
modificaciones individuales, que van á retratarse en el nue- 
vo ser, á menos de circunstancias accidentales, que desvíen 
la dirección de los instintos. Todo órgano va á ser la copia 
de un órgano igual en el individuo que engendra, y va á 
copiarse con los mismos rasgos que en éste lo caracterizan. 
Los temperamentos, las idiosincrasias, las excelencias fun- 
cionales de cualquier aparato, todo entra en el modelo, to- 
do entrará también en el retrato. Tan cierto es esto, que las 
facultades inteligentes y morales no están exentas de la ley. 
Y os ruego me permitáis detenerme en éstas, como en un 
ejemplo espectable de la comunicación vital fisiológica. 

Yo creo, señores, que el cerebro es el órgano material 
del pensamiento, que las diversas facultades del espíritu es- 
tán representadas cada una por una porción dada de la ma- 
sa encefálica, y que cuanto mayor volumen tenga esa parte 
del encéfalo, tanto más activa será su función, tanto más 
descollará el que la posee por la eminencia positiva de tal 
propensión ó capacidad. Creo, por consiguiente, que la fre- 
nología es una ciencia cierta en sus principios fundamenta- 
les, aunque muy incompleta en sus detalles. Supongamos,. 

4 



20 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

3>ues, que los padres de un niño se hagan notar por su bene- 
volencia; esta inclinación celestial tiene sin duda en ellos 
un órgano, una parte del cerebro por asiento; y este órga- 
no, estudiado en relación con los otros, presentará una 
magnitud considerable; en tal caso, ese desarrollo parcial 
va á reproducirse! en el hijo, así como se reproducen las 
facciones, el color, la estatura, etc. Este es un hecho sensi- 
ble, una ley de pocas excepciones, si se considera de indivi- 
duo á individuo; pero donde más evidente aparece, es en el 
estudio de las familias y de las razas. Voy á transcribir un 
pensamiento de Voltaire acerca de la materia, porque ex- 
presa muy bien la idea que nos ocupa. «La organización fí- 
sica, dice, hablando de Catón, transmite el mismo carácter 
de padre á hijo al través de las generaciones y de los siglos. 
Los Apios fueron siempre orgullosos é inflexibles, los Cato- 
nes siempre severos. Toda la familia de los Guisas fueron 

atrevidos, astutos, facciosos, etc » «Esta continuidad. 

prosigue, esta serie de seres semejantes se observa todavía 
más en los animales; y si se cuidara tanto de perpetuar la 
pureza de las razas humanas, como cuidan algunas nacio- 
nes de evitar la mezcla de sus crias de caballos y perros, la 
genealogía estaría siempre escrita en el rostro, y manifesta- 
da en las costumbres.» 

El estado accidental de los órganos cerebrales influye 
también para hacer aparecer en la progenie, de un modo 
permanente, la cualidad determinada primero por una esti- 
mulación del momento, ó si se quiere, artificial en el encé- 
falo de los padres. Esta comunicación, como la otra, tiene 
lugar en tres períodos distintos, aunque no con igual efica- 
cia: I o , al tiempo mismo de empezar la existencia orgánica 



TESIS INAUGURAL 2J 

del germen— 2°, durante todo el tiempo de la gestación, y 
3 o , algunas veces en la época misma de la lactancia, porque 
en estos tres periodos hay correlación vital entre los padres y 
el hijo, por el acto generador, por la comunicación sanguí- 
nea que sirve á la nutrición del feto, y en fin, porque duran- 
te la lactancia, la nutrición se hace todavía á expensas de un 
líquido vivo procedente de la madre. Numerosos son los 
ejemplos para demostrar la verdad de este aserto. Un res- 
petable profesor del país, cuyos talentos eminentes son bien 
conocidos, me refirió la historia de un caso adecuado, para 
comprobar la influencia del estado moral en las cualidades 
de la progenie. Es un niño que vive en Buenos Aires, que 
recién ha empezado á cursar la enseñanza primaria, y ya es 
notable por su afición á las matemáticas, y la facilidad con 
que resuelve imaginariamente problemas intrincados. Ave- 
riguó cuales eran las circunstancias de sus padres en el 
tiempo que tuvieron este hijo, y supo que siete años há, época 
en que fué concebido, su padre estaba preocupado y caviloso 
por un negocio de importancia que tenía entre manos, cal- 
culando en todos los instantes las ventajas ó desventajas de 
una compra que se proponía hacer. En la biografía de todos 
los hombres grandes se lee siempre alguna anécdota remar- 
cable acontecida á sus progenitores. Leticia Ramolini lleva- 
ba en su seno al futuro emperador de la Francia, el con- 
quistador moderno, cuando acompañaba á su esposo Carlos 
Bonaparte en las gloriosas luchas de su patria. 

Un hecho hay, sobre todo, señores, que tiende á probar la 
influencia necesaria de ese estado mental accidental, y es la 
perfectibilidad de las razas, la mejora ó retroceso de las so- 
ciedades. 



28 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

Tomemos por punto de partida dos matrimonios, cuyas 
circunstancias intelectuales sean las mismas; pero coloqué- 
moslos en diferente posición. El uno, en medio de una so- 
ciedad bulliciosa y activa, donde cultive sus talentos lo 
mejor posible, y saque de ellos todo el fruto de que sean ca- 
paces; el otro, por el contrario, abandonémoslo en un de- 
sierto, ó en medio de un pueblo salvaje y feroz, en que sus 
potencias estén perennemente condenadas á la más comple- 
ta inacción. ¿No es verdad que los descendientes de estas 
dos familias estarán ya separados por profundas diferencias 
morales? Y ¿no es cierto también que con el progreso de los 
tiempos estas diferencias se irán señalando más y más? Esta 
es la verdad. El africano y el europeo, tan diferentes por 
su color como por su inteligencia, tienen un mismo origen. 
Pero á los primeros sucedió que el clima abrasador en don- 
de habitan les convidaba al reposo total de sus facultades, 
de donde resultó una lenta pero eficaz degeneración de su 
raza, hasta llegar al estado de miseria en que hoy se nos 
presenta, casi confundidos con los irracionales, por lo mez- 
quino y material de sus instintos. El europeo, por el contra- 
rio, se vio rodeado de necesidades á que era forzoso satis- 
facer con la industria y el trabajo, y de entonces data esa 
mejora hoy tan rápida, gracias á los regalos de la civiliza- 
ción. Compárese la cabeza de ese sabio maquinista que se 
eleva en un globo á conquistar el imperio de los cielos, des- 
pués de haber subyugado los mares, con la de ese negro in- 
culto, indolente, que pasa los días y las noches sin más ocu- 
pación que la de conciliarse á duras penas el sueño; y se 
verá como se encumbra la dilatada frente del uno, mientras 
que el otro presenta una superficie casi horizontal por frente, 



TESIS INAUGURAL 2g 

y un promontorio en la parte posterior de la cabeza, indicio 
cierto de su brutalidad. Escúcheseles hablar, y no se podrá 
menos de admirar que estos dos hombres sean hermanos! 
Hé aquí, pues, los efectos del estado accidental de ocio en 
que vive la inteligencia de aquellos pueblos salvajes, pues 
comunicándose á los descendientes en su mayor entorpeci- 
miento posible, el cerebro va embotándose de generación 
en generación, como si un peso enorme le aplastara poco 
á poco. Lo que prueba la realidad de este descenso efectivo 
en las capacidades inteligentes, es que los mismos hombres 
pueden subir gradualmente al nivel de los pueblos más cul- 
tos, si se cuida de poner en ejercicio sostenido su espíritu. 
Los ingleses tienen en el Indostán, establecimientos de edu- 
cación para los africanos que después de puestos en libertad 
quieren quedarse fuera de su país; y en las dos solas gene- 
raciones que se han reproducido después de tan benéfica 
institución, se nota ya, según me han asegurado, un adelanto 
considerable en su capacidad comprehensiva. 

Voy á decir ahora dos palabras sobre las enfermedades 
hereditarias en general, y sobre algunas de ellas en parti- 
cular. 

Por la enfermedad propiamente dicha, el cuerpo, señores, 
está en una reacción especial, el órgano enfermo y los de- 
más, por consiguiente, sufren de un trabajo anormal; de suerte 
que el modo de vida del organismo enfermo es desacos- 
tumbrado, extraño al equilibrio fisiológico de los órganos, y 
si, como hemos probado hace un instante, la generación es 
la continuación de la vida del ser generador criado á su 
imagen y semejanza, no podemos menos de prever que las 
enfermedades fisiológicas, se trasmiten de padre á hijo: 



30 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

A sanis sana, á morbosis morbosa. Efectivamente, no hay 
una sola de las infinitas dolencias que afligen al hombre, que 
no se encuentre reproducida hereditariamente. Pero hay 
algunas en especial, que rara vez se producen sin que S€ 
pueda referir su causa primera á la existencia de la misma 
enfermedad en los ascendientes de la persona afecta. Tales 
son la gota, las escrófulas, la tisis y otras. Prescindo aquí 
de las que se han llamado congénitas, porque nacen con el 
individuo mismo, y se desarrollan ostensiblemente desde el 
primer instante de su vida: las que yo llamo hereditarias, 
con la mayoría de los nosologistas, son aquéllas cuya exis- 
tencia ligada á la trasmisión descendente, no se hace sen- 
tir sino un tiempo considerable después del nacimiento. 

Discurriendo sobre una de ellas, puede aplicarse á las 
otras los mismos raciocinios: esta será la tisis. 

¿En qué consiste la predisposición á la tisis? Por lo que 
tiene de común con las otras predisposiciones, diríamos, 
según lo establecido, que el individuo tísico que engendra, 
produce un germen, cuya idea de desarrollo se resiente de la 
afección del organismo de donde emana. 

Pero, si se trata de encontrar el aparato ú órgano destina- 
do á llevar á efecto la idea viciosa, se halla mayor dificul- 
tad de responder. Todo depende del modo de concebir la 
naturaleza de la afección tuberculosa. Para los que piensan, 
según Broussais, que la tisis es el resultado de una irritación 
crónica y sostenida en el parénquima pulmonar, la predis- 
posición consiste en cierta mala forma de la caja toráxica, 
impidiendo, durante la respiración, la perfecta expansión de 
los pulmones, engendra lentamente la irritación buscada, 
que para ellos lo explica todo. Los que creen que hay una 



TESIS INAUGURAL 3 1 

sustancia especial, un virus tuberculoso sui generis, que de- 
positado por imbibición en el aparato respiratorio y otros 
órganos produce la tisis, sostienen que este virus existe de- 
un modo latente en la economía, para deponerse y hacer- 
estragos luego que se presente cierto número de circunstan- 
cias favorables. Otros opinan, en fin, como el Dr. Grave, que 
la escrófula y los tubérculos son enfermedades idénticas; que,, 
por consiguiente, la disposición á la tisis consiste en la pose- 
sión de un organismo deteriorado, de una elaboración im- 
perfecta de la sangre, y de una viciación consecutiva de los 
sólidos del cuerpo vivo. Determinar cual de las tres teorías 
acerca de esta terrible enfermedad, es más justa ó más se 
aproxima á la verdad, sería el resultado de una discusión 
prolongada á que no me es posible tocar por no extenderme 
demasiado. Sin embargo, me parece que la opinión de mon- 
sieur Grave es más exacta; porque verdaderamente, tanto en 
la tisis hereditaria como en la accidental, hay siempre una 
época precedente de emaciación, de flojedad, etc., fenóme- 
nos todos que anuncian una viciación general anterior á to- 
da lesión local. La constitución escrofulosa es, en el concep- 
to de este práctico distinguido, una caquexia, cuya razón 
puede estar en la disposición primera del sujeto, ó en el pa- 
decimiento ó modificación particular del organismo, por 
manera que la escrófula, lo mismo que la tisis, es por lo ge- 
neral hereditaria, pero algunas veces espontánea. Dada, 
pues, la trasmisión del hábito escrofuloso, no hay duda que, 
llegando la época en que se hace dominante el aparato de 
la respiración, se depositarán allí, de preferencia á todo otro 
tejido, esas masas informes que en la primera edad suelen 
aparecer en el aparato glandular de los predispuestos á con- 



32 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

traer la tisis. Hay otra razón para que la tuberculización co- 
mience y sea más abundante en los pulmones que en todo 
otro órgano parenquimatoso, y es que ésta es la única vis- 
cera de la economía por donde pasa, en un tiempo dado, toda 
la cantidad de sangre circulante, la cual lleva consigo en el 
estado escrofuloso, cierto excedente de albumen viciado ó 
crudo, que debe ser separado del torrente circulatorio, sin 
poder asimilarse á ninguno de los tejidos de la economía. 
Después del pulmón, son el hígado, el bazo, el mesenterio, 
los que se hacen el sitio preferente de la deposición de los 
tubérculos, y su relativa susceptibilidad es proporcional á la 
cantidad de sangre que por ellos pase. 

Por lo que respecta á la escrófula hereditaria, diré tam- 
bién que su trasmisión no se hace por un virus particular 
y específico, como algunos lo han supuesto, sino porque los 
individuos generadores se encuentran, ya sea habitual ó ac- 
cidentalmente, en un estado de depresión nutritiva. Así es 
que, además de esas enfermedades que alteran profunda- 
mente la constitución, como la sífilis terciaria, hay mil cir- 
cunstancias desgraciadas que colocan á los padres en la 
precisión de procrear hijos apocados y flojos de constitu- 
ción, dispuestos por lo mismo á las enfermedades de que ha- 
blamos. Los hijos de la vejez, por ejemplo, los que proceden 
de aquellos organismos debilitados por los placeres, ó por 
otra causa cualquiera, están expuestos á sufrir las conse- 
cuencias de la imprevisión de sus padres. Cuando vemos á 
un joven, en lo más bello de la edad, agobiado ya por la 
fuerza letal de un veneno oculto que lleva en sus entrañas, 
vemos su rostro pálido, macilento, siempre inclinado hacia 
la tierra, como si buscase el sitio que ha de servirle de se- 



■ 

T¿SIS INAUGURAL 33 

pultura, estamos ciertos que sus padres le regalaron con la 
vida una causa próxima de muerte, ya sea que ellos la tu- 
vieran á su vez de sus antecesores, sea que sus excesos la 
hubieren producido, sea, en fin, que un cúmulo de circuns- 
tancias dolorosas, como la miseria, el hambre, la opresión, 
hubieren contribuido á tan funestas consecuencias. 

w 

Si es fácil encontrar en las enfermedades de familia el ori- 
gen de la mayor parte de las que padecen los individuos, no 
lo es tanto en la generalidad de los casos poner un remedio 
á semejantes males. No obstante, forzoso es confesar, que si 
hubiera más cordura y previsión en las familias, se evita- 
rían una multitud de dolencias. No por esto quiero atribuir 
todas las afecciones hereditarias á los errores de los padres, 
sino también á sus desgracias. No todos tienen la dicha de 
poseer constituciones robustas, vigorosas y sanas, es cierto; 
pero si esos hombres enfermizos pensaran algo más en los 
hijos futuros, algo menos en los goces presentes, no tendrían 
la pena de ver los seres á cuya felicidad se consagran, lle- 
var una existencia miserable, vivir únicamente para el 
dolor. 

Los medios que pueden emplearse para impedir ó mode- 
rar la trasmisión hereditaria, son relativos á la clase de en- 
fermedad trasmisible, y se aplican con fruto antes del tiem- 
po de la generación, mientras que el feto está formándose 
en el seno de la madre, y finalmente desde el nacimiento 
hasta la época probable en que la enfermedad debe comen- 
zar sus estragos. 

Tomando, por ejemplo, también la afección tuberculosa, 

los padres, digámoslo así, deben prepararse para engendrar 

por los medios higiénicos y aún terapéuticos indicados para 

5 



¿4 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSOlí 

la curación de la tisis, siempre que haya motivo de temer su 
comunicación: después de la concepción, la madre cuidará 
también de robustecer su constitución por el ejercicio, el ai- 
re de los campos, etc., y en fin, desde el momento que el nifto 
vea la luz, debe colocársele en tal situación que propenda á 
neutralizar una predisposición, cuyos efectos deben recelar- 
se tarde ó temprano, si no se ha trabajado con tino por evi- 
tarlos. Esto no es una teoría sin aplicación, seftores. Sabéis 
muy bien que muchos matrimonios han mejorado grande- 
mente la condición de sus frutos, cambiando de modo de 
vida en cualquiera de los tres períodos influyentes en la 
suerte física de estos hijos. Mr. Grave, á quien cito siempre 
con placer, refiere el hecho de una familia en que la tisis era 
hereditaria. Seis hijos habían muerto tísicos en la misma 
casa, á pesar de cuantas precauciones de abrigo y comodi- 
dad se les procuraban; el séptimo, último de la familia, mos- 
traba ya en su semblante que muy pronto seguiría la suerte 
de sus hermanos, cuando el médico logró persuadir á los pa- 
dres que abandonaran la hermosa casa que habitaban y fue- 
sen á vivir al campo, donde debían seguir un plan higiénico 
señalado por él. Desde aquel momento todo mudó de aspec- 
to. El nifto robusteció rápidamente, los padres consiguieron 
también tomar vigor, y tres hijos más que tuvieron, viven 
hoy sanos, lamentando todos que consejos tan saludables no 
se hubieran seguido mucho tiempo antes. 

Debo terminar aquí mi trabajo, demasiado largo ya, para 
su mérito; sumamente estrecho si se atiende al vivo interés 
de la materia. Siento en el alma que las circunstancias ur- 
gentes en que ha sido formado, no me hayan dejado el con- 
suelo de hacer cuanto pudiese por vosotros y por mí mismo. 



TESIS INAUGURAL 3¿ 

Pero así, tan defectuosa como es mi obra, os ruego, señores 
la aceptéis como un pobre homenage de mi gratitud; con la 
sincera protesta de que jamás se apartarán de mi recuerdo 
los desvelos vuestros en obsequio mío, y las bondades que 
me habéis prodigado. 



-2y-&r 



ESTADÍSTICA VITAL 



DE LA 



CIUDAD DE BUENOS AIRES 



(TRABAJO PRESENTADO 
AL CONGRESO MÉDICO INTERNACIONAL DE F1LADELFIA 

REUNIDO EN 1 876) 



ESTADÍSTICA VITAL DE BUENOS AIRES 



Una breve reseña de la estadística vital de Buenos Aires 
puede quizá despertar algún interés en el Congreso Médico 
Internacional, próximo á reunirse en Filadelfia, no sólo por- 
que añade un dato más á los que cada día se acumulan co- 
mo elementos de la ciencia sanitaria, sino porque presenta 
circunstancias peculiares á aquella misma Provincia Ar- 
gentina. 

Buenos Aires, próxima á Río Janeiro, la ciudad más popu- 
losa de Sud- América, ha crecido con suma rapidez, habien- 
do triplicado su población en los últimos veinticinco aftos, 
debido en gran parte á la poderosa corriente de inmigración 
de las costas europeas. 

Situada á los 35° de latitud Sud, con un clima más que be- 
nigno, está exenta de los extremps de temperatura tan co- 
munes en otras localidades, y si no fuera por las influencias 
modificadoras qne se ejercen sobre sus condiciones sanita- 
rias por el aumento de población y por las circunstancias 
que siempre acompañan á ese aumento — cuando no son con- 
trarrestadas por la estricta observancia de los consejos de la 



40 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

ciencia—sería una ciudad tan saludable como su nombre 
parece indicarlo. 

Pero la mortalidad de Buenos Aires alcanza proporciones 
de ningún modo satisfactorias, y las epidemias recientes, 
sobre todo la fiebre amarilla de 1871, muestran que hay mu- 
cho que hacer para que la ciudad pueda recobrar la salubri- 
dad que razonablemente debe esperarse de su situación y 
de su suelo, como también de los vientos predominantes y 
otras condiciones climatéricas con que ha sido favorecida 
por la naturaleza. 

Las epidemias son advertencias para la humanidad— ad- 
vertencias tremendas como sus visitas, y Buenos Aires ha 
aprendido en sus últimos sufrimientos la lección deseada. 
Ahora se prosiguen diversas obras, bajo y sobre la superfi- 
cie, para la mejora sanitaria de la ciudad, por medio de un 
sistema de drenaje y desinfección subterránea que costará 
veinte millones de pesos fuertes (ya se han gastado ocho 
millones) y que una vez concluidas, serán de las más efica- 
ces del mundo. 

Además, la población de la ciudad está compuesta en 
gran parte de elementos extranjeros incorporados á ella de 
un modo permanente y que tienden á su constante engran- 
decimiento. A este respecto, Buenos Aires tiene una evi- 
dente analogía con muchas ciudades de los Estados Unidos, 
y como éstas, presenta una serie de fenómenos peculiares 
á este género de evoluciones sociales, como lo revela su 
estadística vital. En el curso de este trabajo trataré de se- 
ñalar estas analogías. 



ESTADÍSTICA VITAL DE BUENOS AIRES 4 1 



POBLACIÓN DE BUENOS AIRES 

Es necesario, antes de todo, determinar la población de 
Buenos Aires y sus elementos constitutivos, lo que sin em- 
bargo es difícil señalar con toda exactitud, por el largo in- 
tervalo que media entre los censos y el rápido aumento del 
número de habitantes. La forma del desarrollo de las ciu- 
dades del nuevo mundo es por lo general tan irregular que 
para medir sus adelantos no es bastante determinar sólo la 
diferencia entre el número de nacimientos y el de lefun- 
ciones. El aumento que resulta de ese tardío procedimien- 
to es insignificante si se le compara con el que proviene de 
la inmigración y de la atracción irresistible que los centros 
populosos ejercen en todo tiempo sobre los pueblos vecinos. 
Este género de atracción, por causas peculiares á la Repú- 
blica Argentina, es más poderoso en Buenos Aires que en 
las otras ciudades americanas de igual crecimiento. En 
1871, por ejemplo, el número de víctimas causadas por la 
desastrosa epidemia de fiebre amarilla, excedió al de naci- 
mientos en el mismo año en 13 206; pero el equilibrio de la 
población fué más que restablecido por la entrada de inmi- 
grantes de Europa y de las provincias y repúblicas circun- 
vecinas. 

Comparando el número total de nacimientos durante el 
quinquenio de 1858-72 con el número total de defunciones 
en el mismo período, incluyendo por supuesto, las víctimas 
del cólera de 1867 y 1868 y las de la fiebre amarilla de 1874, 
observamos en la población un aumento de 1 778. Luegoj 

6 



42 ESCRITOS Y DISCURSOS DE^ DOCTOR G. RAWSON 

si Buenos Aires hubiera estado sólo sujeta á esta progre- 
sión vegetativa para su crecimiento, su población habría 
disminuido en vez de aumentar. Entre tanto, los estragos 
de tan horrible mortalidad fueron más que compensados por 
la inmigración y la atracción, y el notable adelanto de la 
ciudad siguió su carrera sin interrupción aparente. 

El progreso se hace más y más visible desde 1852. A 
falta de datos oficiales, apenas es posible determinar la po- 
blación de Buenos Aires en ese año, que fué marcado por un 
acontecimiento político de importancia trascendental. La 
caída de la dictadura que había oprimido y despoblado la 
Nación por espacio de veinte años; numerosos emigrados 
que volvían á su patria después de una larga proscripción; 
el establecimiento de la libertad política y civil; la apertura 
de los ríos navegables para los buques de todas las naciones; 
el descubrimiento de riquezas susceptibles de ser desarro- 
lladas ventajosamente en la República Argentina por la ma- 
no del hombre; y las facilidades ofrecidas por el gobierno y 
por el pueblo á los extranjeros que desearan fijar allí su re- 
sidencia, produjeron una corriente de inmigración europea 
que continuó sin interrupción por algunos aflos. Desde 
que empezó á sentirse la afluencia de extranjeros es evi- 
dente el rápido crecimiento de la población y fué por 
ese tiempo que su mayor aumento tuvo lugar. Sin em- 
bargo, no se levantó censo alguno de la ciudad hasta 1855 
y el segundo sólo se efectuó en 1869, cuando se formó 
el censo general de la República. Según los términos de 
la constitución, este censo general debe hacerse cada diez 
aflos. 

Estos dos censos son, pues, los únicos datos fijos, en que 



estadística vital de buenos aires 43 

puedo fundar mis cálculos; los que se refieren á otros años 
tienen que ser por consiguiente sólo aproximados. 

En el censo de 1855 la población total de la ciudad fué 
fijada en 91 548, y en el censo general de 1869 en 177787. 
Luego el término medio de aumento durante el período que 
abrazan estos dos extremos, sería de 4,8, suponiendo siempre 
que la progresión haya sido uniforme. Ahora, aplicando el 
mismo sistema de cálculos á los años anteriores, es decir, 
arrancando de 1852 y alcanzando hasta 1875, la población de 
Buenos Aires sería tal como lo indica el siguiente cuadro 
en los años que en él se expresan: 

1852, por cálculo 76 000 habitantes 

1856, según el censo - 91548 » 

1869, » * 177 787 » 

1875, por cálculo 230 000 » 

Recorriendo el precedente cálculo de aumento de la pobla- 
ción, parece que se presentan dos objeciones que debo tratar 
de explicar. Estas son: primero, la epidemia de 1871, que pa- 
recería haber detenido el progreso numérico de la población, 
y segundo, el decrecimiento visible de esa población en los 
últimos dos años, 1874 y 1875. 

Buenos Aires es, no sólo el principal puerto, sino tam- 
bién que, en razón de su posición, es el centro natural de to- 
do el movimiento de la República. Es el punto de desem- 
barque para los inmigrantes que llegan y el de reembarque 
para los que se vuelven á Europa. Los pasajeros que vie- 
nen de Montevideo, sean inmigrantes ó nó, bajan también en 
Buenos Aires y allí vuelven á embarcarse á su regreso. Allí, 
por último, es el punto de reunión de todos los buques que 
navegan en l^s corrientes tributarias del Río de la Plata. 



44 



ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 



Luego, el movimiento de pasajeros durante el afto puede 
ser determinado en todo tiempo con facilidad, y establecerse 
con exactitud el balance de crédito ó débito de Buenos Ai- 
res, comparando las entradas con las salidas. Las comuni- 
caciones por tierra son sumamente limitadas, y reducidas 
á los distritos rurales de Buenos Aires y á las provin- 
cias vecinas. Generalmente se admite que más de las dos 
terceras partes de los inmigrantes á la República, cual- 
quiera que sea su procedencia, se quedan en la ciudad de 
Buenos Aires y el resto se distribuye en las comarcas cir- 
cunvecinas. 

El siguiente cuadro muestra el movimiento de pasajeros 
en el puerto de Buenos Aires entre los años de 1864 á 1872: 



AÑOS 


Entradas 


Salidas 


Balance 
remanente 


1864 


20 307 


16 745 


3562 


1865 


30 556 


24 434 


6122 


1866 


40132 


20 658 


19 474 


1867 


42 729 


21154 


21575 


1868 


56 354 


25 342 


31012 


1869 


73 045 


29990 


43 055 


1870 


81166 


33 450 


47 716 


1871 


49 741 


28 468 


21273 


1872 


70 991 


36 756 


34 235 



Como se vé, en 1870, que sigue inmediatamente al censo 

general, el balance en favor de la población alcanzó á la 
más alta cifra hasta entonces conocida, en cuanto concierne 
á la entrada y salida de pasajeros. Ese afto fué uno de 
los más propicios para la ciudad. Inmediatamente des- 
pués de terminarse la guerra del Paraguay, se hizo una vasta 
acumulación de capitales; se abrieron facilidades al crédito; 
se ofrecieron estímulos á los que deseaban establecer nuevas 



ÉfctADISTlCA VITAL b£ BUENOS AlkES 4¿ 

empresas industríales y se emprendieron obras públicas de 
importancia, como las líneas de ferrocarriles urbanos; y el 
resultado de todas estas circunstancias favorables, fué la 
atracción y el establecimiento permanente en Buenos Aires 
de un gran número de personas procedentes del extranjero 
y de las demás provincias de la República. La afluencia de 
extranjeros entonces alcanzó á las dos terceras partes del 
balance de 47716 mencionado en el cuadro, es decir, más de 
30000 habitantes nuevos, lo que equivale á tres y un cuarto 
veces la proporción general del crecimiento. 

Ese aumento tan excesivo de personas en un tiempo en 
que la ciudad no estaba convenientemente preparada para 
recibirlos ó darles su necesario acomodo, dio lugar á una 
acumulación incompatible con la salud general, y contribu- 
yó sin duda al terrible desarrollo de la epidemia de 1871, 
que arrebató más de 12 000 extranjeros. 

La fiebre amarilla hizo sus estragos en medio de una ciu- 
dad de sobrada población. Pero á pesar de la gran morta- 
lidad, quedó siempre con un sobrante para el año siguiente, 
un número de habitantes mayor del que se habría obtenido 
por el cálculo, adoptando la proporción anual del creci- 
miento, y al que se le hubiera agregado los inmigrantes que 
se establecieron en la ciudad, en 1871. Estas observaciones 
pueden servir para contestar á la primera objeción antes 
mencionada. 

Respecto á la segunda, me bastará exponer que en 1872 
empezó á crecer la corriente de inmigración y el número de 
extranjeros entrados, dio un balance de 34 235; y que en 1873 
la inmigración alcanzó la más alta cifra jamás obtenida en 
Sud- América, arrojando un balance mucho más favorable 



46 ESCRITOS Y DISCURSO* DEL DOCTOR G. RAWSOlí 

que el del año precedente, aunque siento sobremanera no 
tener á mano las relaciones oficiales que confirman esta 
exposición. 

En 1874 y 1875, por causas locales de fácil explicación, y 
otras de carácter general que han producido, y aún mantie- 
nen tan graves perturbaciones en los círculos comerciales 
é industriales del mundo, la inmigración á Buenos Aires ha 
disminuido considerablemente, aumentando proporcional- 
mente la emigración. Sin embargo, no ha habido hasta 
ahora ejemplo, ni en los peores tiempos, de que las salidas 
hayan excedido ni aún igualado á las entradas; aunque pe- 
queño, siempre resulta un balance á favor de las últimas. 

Tomando ahora en consideración la excesiva acumulación 
ocurrida en los dos años que inmediatamente precedieron 
á la crisis, debe aplicarse á 1874 y 1875 el mismo raciocinio 
que aplicamos á 1871, con la favorable diferencia para los 
primeros de que en ellos no se produjo una catástrofe como 
la epidemia que ejerciese su influencia depresiva sobre la 
población. 

Luego, como sería perfectamente justificable la adopción 
aquí de la proporción anual que nos sirvió para apreciar el 
número de habitantes en los primeros períodos, podemos 
sin exageración fijar en 230000 la población de Buenos Aires 
en 1875. 

Esta población está esparcida sobre una área de 1 620 hec- 
táreas (ó 6 millas cuadradas más ó menos) ó sea un término 
medio de 70 metros cuadrados (=83 2/3 yardas cuadradas) 
para cada individuo. 

Por cierto que la distribución no es siempre uniforme. 
Hay algunos distritos más densamente poblados que otros 



ESTADÍSTICA VITAL DÉ BUENOS AIRES 47 

y las casas de huéspedes, aunque diseminadas en todos los 
distritos, son por sí mismas centros de acumulación perni- 
ciosos para el bienestar físico y moral de la' comunidad. Las 
calles son angostas en su mayor parte y las plazas públicas 
son pocas y de reducidas dimensiones. En los últimos años 
se ha introducido un vasto sistema de tramways con una 
extensión de 70 millas, por medio de cuyas facilidades para 
el tránsito se proporciona á los habitantes cierto grado de 
expansión. Debe observarse aquí que, con excepción de 
Filadelfia, Buenos Aires tiene, en relación á su población, 
una extensión mayor de ferrocarriles de sangre que cual- 
quiera otra ciudad del mundo. 

Por este ligero bosquejo del rápido desarrollo de la pobla- 
ción de Buenos Aires, puede presumirse que está compuesta 
en su mayor parte de elementos extranjeros. En efecto, el 
censo de 1869 muestra que en ese año casi la mitad del nú- 
mero total de habitantes eran extranjeros : 

Población total - 177 787 

Argentinos 89 666 

Extranjeros 1 88121 

177 787 

Indudablemente la proporción de extranjeros ha crecido 
hasta cierto punto desde ese año, y á falta de datos precisos, 
calculo que su número excedía al de los hijos del país como 
sigue: 

Población total 230 000 

Argentinos 106 000 

Extranjeros 125 000 

230 000 

Pero, á fin de dar una idea de esta extraña mezcla y dar 
principio al estudio de la estadística vital £obre bases más 
sólidas, trascribiré en seguida una página del libro del censo 
de 1869 con los detalles y particularidades á que podamos 
tener ocasión de referirnos : 



48 



ESCRtTOS V DÍSCÚRSOS DEL DÓCTOk Q. RA\VSON 



Población de la ciudad de Buenos Aires en 1869, 

SEGÚN NACIONALIDAD, SEXO Y EDAD 



EDADES 



3 

O 

¡2 









T 



Argentinos 



EDADES 



«5 

5 



•o 



s 



£ 



Brasileros 



De á 1 aflo. 



2 
6 
11 
16 
21 
31 
41 
51 
61 
71 
81 
91 



5 años. 

10 » . 

15 • . 

20 » . 

30 » . 

40 » ., 

50 » ., 

60 » ., 

70 » ., 

80 » .. 

90 » .. 

100 » ., 



101 arriba. 
Se ignora 



Totales 



3704 


3565 


6 672 


7136 


7 070 


7668 


5566 


6858 


3022 


5 811 


4 262 


8 240 


2909 


5543 


2043 


3 712 


1343 


2089 


612 


987 


223 


425 


43 


110 


10 


29 


3 


2 


2 


— 


37 486, 


52 175 



7269 

13 806 

14 738 
12 426 

8833 

12 502 

8 452 

5 755 

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39 

5 

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10 
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30 
40 
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4 » 61 
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26 


41 


25 


57 


24 


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183 


37 


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23 


77 


15 


47 


2 


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2 


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1 

4 

13 

30 

32 

23 

21 

14 

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2 



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717 



2 

9 

22 

76 

128 

88 

72 

35 

14 

5 

4 

1 



456 



KStADISTiCA VITAL DE BUENOS AIRES 



4$ 



Población de la ciudad de Buenos Aires en 1869, según 
nacionalidad, sexo y edad — (continuación) 




Norte-Americanos 



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94 

49 

14 

3 

1 



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25 

129 

221 

325 

449 

770 

361 

225 

142 

56 

25 

7 

2 

1 



2738 



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8 

13 

23 

60 

259 

139 

64 

23 

11 
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279 

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1773 

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2 á 5 años.. 



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11 
16 
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31 
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91 



10 
15 
20 
30 
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50 
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80 
90 
100 



101 arriba. 



— Se ignora. 



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Totales. 



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117 


33 


78 


11 


32 


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12 


10 


8 


3 


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437 


156 



3 

26 

80 

93 

81 

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89 

39 

22 

6 

4 



593 



2 

7 

15 

13 

13 

9 

6 

2 



68 



5ó 



ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 



Población de la ciudad de Buenos Aires en 1869, según 
nacionalidad, sexo y edad — (continuación) 



EDADES 



Sí 
O 

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Otros puntos de América 



EDADES 



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16 
21 
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41 
51 
61 
71 
81 
91 



10 
15 
20 
30 
40 
50 
60 
70 
80 
90 
100 



1 
3 
4 

15 
13 
5 
4 
1 
1 



101 arriba. 
Se ignora 



Totales. 



47 



2 

1 
9 

4 

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Austríacos 



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17 

27 

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160 

79 

28 

19 

4 



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4 

7 

48 

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120 

45 

14 

9 



Belgas 



33 



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2 

6 
11 
16 
21 
31 
41 
51 
61 
71 
81 
91 



á 1 ano... 

5 anos. 

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30 

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60 
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101 arriba 
Se ignora 



1 



Totales. 



3 

4 

4 

38 

39 

17 



5 



2 
8 
16 
14 
4 
2 



3 

38 

56 

59 

160 

735 

591 

251 

81 

52 

9 

1 



2039 



3 

3 

6 

12 

54 

53 

21 

i 

4 



116 



47 S 163 



ESTADÍSTICA VITAL DE BUENOS AIRES 



5" 



Población de la ciudad de Buenos Aires en 1869, según 
nacionalidad, sexo y edad — ( continuación ) 



EDADES 



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2 




Españoles 



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6 
11 
16 
21 
31 
41 
51 
61 
71 
81 
91 



10 
15 
20 
30 
40 
50 
60 
70 
80 
90 
100 



101 arriba. 
Se ignora 



Totales. 



15 

87 

151 

471 

1604 

3 706 

2 478 

1237 

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59 

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1 



10 486 



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305 
496 
1035 
718 
410 
179 

76 

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4 



3 512 



31 

177 

309 

776 

2100 

4 741 

3196 

1647 

675 

243 

84 

16 

•2 

1 




Ingleses 



De 



101 arriba. 
Se ignora 



13 998 



Franceses 



De á 1 año... 
2 • 5 años. 



6 
11 
16 
21 
31 
41 
51 
61 
81 
81 
91 



10 
15 
20 
30 
40 
50 
60 
70 
80 
90 
100 



101 arriba. 
Se ignora 



Totales. 



26 

97 

168 

302 

919 

2 810 

2229 

1320 

490 

193 

60 

9 



8 625 



12 

109 

172 

242 

585 

1524 

1051 

671 

251 

113 

27 

6 



14 



4777 



38 

206 

StO 

544 

1 504 

4334 

3 280 

1991 

741 

306 

87 

15 

o 
14 

13 402 




o 

6 
11 
16 
21 
31 
41 
51 
61 
71 
81 
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1 año... 
5 años. 
10 
15 
20 
30 
40 
50 
60 
70 
80 
90 
100 



• • ••• 



9 

28 

45 

71 

192 

809 

453 

257 

101 

64 

23 

1 



2 


11 


20 


48 


46 


91 


67 


13S 


132 


324 


368 


1177 


166 


619 


125 


382 


59 


160 


31 


95 


7 


30 


3 


4 



Totales. 



2054 , 1027 



Italianos 



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6 
11 
16 
21 
31 
41 
51 
61 
71 
81 
91 



a 1 año. 



5 años. 
10 
15 
20 
30 
40 
50 
60 
70 
80 
90 
100 



101 arriba. 
Se. ignora... 



Totales. 



82 


75 


559 


324 


954 


818 


1881 


1026 


2 67C 


1629 


9 490 


4063 


7 428 


2 612 


2 852 


1387 


iai3 


636 


458 


230 


127 


56 


29 


15 


4 


2 


1 


— 





1 


28 883 


13 074 



3 061 



157 

1083 

1772 

2 907 

4 299 

13 553 

10 040 

5239 

1979 

688 

183 

44 

6 

1 

6 

41957 



52 



ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 



Población de la ciudad de Buenos Aires en 1869, según 
nacionalidad, sexo y edad — (continuación) 



EDADES 



o 

¡2 






Portugueses 



De A 1 año... 
2 á 5 años, 



6 
11 
16 
21 
31 
41 
51 
61 
71 
81 
91 



10 
15 
20 
30 
40 
50 
60 
70 
80 
90 
100 



101 arriba. 
Se ignora 



Totales. 



1 
9 

5 

6 

39 

274 

141 

105 

80 

38 

14 

5 

1 



711 



Suizos 



De 



6 
11 
16 
21 
31 
41 
51 
61 
71 
81 
91 



Se ignora 










11 


10 1 




20 


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112 


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262 


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33 


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13 


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6 


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1 








Totales 


1030 



1 

4 

3 

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20 

11 

10 

7 

3 

3 

1 



67 



5 

11 

13 

23 

60 

114 

72 

36 

12 
o 



350 



8 

es 



2 
o 

9 

9 

43 

294 

152 

115 

87 

41 

17 

5 
o 



EDADES 






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Otros puntos de Europa 



De a laño... 
» 5 aflos. 



778 



6 
11 
16 
21 
31 
41 
51 
61 
71 
81 
91 



10 
15 
20 
30 
40 
50 
60 
70 
80 
90 
100 



2 


2 


2 


7 


6 


5 


29 


7 


190 


38 


567 


161 


298 


62 


146 


26 


16 


29 


13 


6 


9 


4 



101 arriba. 
— |Se ignora 






Totales. 



2 
2 

33 



1315 



7 

22 

33 

58 

172 

530 

334 

154 

45 

15 

8 

1 



1380 



Africanos 



De ¡\ laño... 
» 5 años. 



6 
11 
16 
21 
31 
41 
51 
61 
71 
81 
91 



10 
15 
20 
30 
40 
50 
60 
70 
80 
90 
100 



101 arriba. 
Se ignora... . 



347 






Totales. 



— 


1 





1 


4 


— 


4 


3 


9 


5 


48 


13 


34 


14 


39 


24 


40 


39 


27 


45 


31 


40 


20 


24 


2 


7 


3 


3 


263 


219 



4 

9 

11 

36 

228 

728 

360 

172 

45 

19 

13 



o 
33 

1662 



1 

3 

4 

7 

14 

61 

48 

63 

79 

72 

71 

44 

9 

6 



482 



ESTADÍSTICA VITAL DE BUENOS AIRES 



53 



Población de la ciudad de Buenos Aires en 1869, según 
nacionalidad, sexo y edad —(conclusión) 




Asiáticos 



► 2 « 


► 5 años 


_ 


► 6 « 


► 10 > 







► 11 « 


► 15 > 







► 16 . 


► 20 « 




2 


► 21 < 


> 30 > 


• ■ • 4 • 


3 


» 31 1 


► 40 > 




2 


► 41 > 


► 50 . 




3 


» 51 « 


- 60 




1 


» 61 « 


> 70 > 




1 


► 71 > 


► 80 i 




— 


• 81 « 


» 90 « 




— 


» 91 1 


► 100 > 




— 


» 101 arriba... 






e ignor 












Totales 


12 



2 
1 
1 
3 
1 



Sin clasificación 



De á 

2 

5 
11 
16 
21 
31 
41 
51 
61 
71 
81 
91 
101 
Se ignora 





— 


10 > 


— 


15 > 


2 


20 * 


8 


30 » 


6 


40 » 


4 


50 » 


— 


60 » 


— 


70 • 


— 


80 * 


— 


90 » 


— 4 


100 » 

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— 


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1 








21 



2 



2 

3 
2 
5 
2 
2 
3 
1 



21 



3 

8 
6 
4 



25 



NACIONALIDAD 



«0 

¡2 



3 


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* 


O 


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V 


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as 


Ki 



RESUMEN 



Argentinos 

Bolivianos 

Brasileros 

Chilenos 

Norte Americanos .. 

Uruguayos 

Paraguayos 

Peruanos 

Otros puntos de Amé 
rica 

Austríacos 

Alemanes 

Belgas 

Espartóles 

Franceses 

Ingleses 

Italianos 

Portugueses 

Suizos 

Otros puntos de Eu- 
ropa 

Africanos 

Asiáticos 

Sin clasificación 



Totales. 



37 486 

60 

455 

312 

526 

3249 

437 

43 

47 

499 

1461 

116 

10 486 

8 625 

2054 

28 883 

711 

1030 

1315 

263 

12 

21 



98 091 



52 175 

27 

262 

144 

77 

2738 

156 

25 

38 

43 

578 

47 

3 512 

4777 

1027 

13 074 

67 

350 

347 

219 

9 

4 



89 661 

87 

717 

456 

603 

5987 

593 

68 

85 

542 

2039 

163 

13 998 

13 402 

3 081 

41957 

778 

1380 

1662 

482 

21 

25 



79 696 



177 787 




54 ESCRTTOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

Desde luego llama la atención la relación numérica de los 
elementos predominantes en las respectivas poblaciones del 
país y extranjera. Debe tenerse presente que entre los inmi- 
grantes á Buenos Aires el elemento masculino es mucho ma- 
yor que el femenino, y esto, por razones tan obvias como 
naturales. Los primeros inmigrantes son siempre hombres 
robustos, en la plenitud de su vida; y sólo después que una 
larga experiencia ha traído la certidumbre de felices resul- 
tados, es que las mujeres y las familias se deciden á parti- 
cipar la fortuna de los padres y hermanos que abandonan 
su país natal. En los Estados Unidos la inmigración ha asu- 
mido un carácter permanente y estable producido por los 
experimentos satisfactorios de más de medio siglo, ni puede 
asombrarnos que los inmigrantes lleguen á las costas de la 
Unión en un estado de casi completa organización de fami- 
lia, ó á lo menos que un 45 por ciento de ellas sean mujeres 
de todas las edades. Y es un hecho digno de mención que la 
distribución de las mujeres inmigrantes se haga en el país, 
según el censo de 1870, en relación directa con la edad de 
los Estados. En Maine, Nueva York y Massachusetts, por 
ejemplo, la población extranjera femenina, es igual y á ve- 
ces mayor que la masculina; mientras que en los Estados 
nuevos y Territorios el número de mujeres en la población 
extranjera es relativamente menor que el de varones, con la 
única excepción del Territorio de Utach, donde, por razones 
de todos conocidas, sucede lo contrario. 

La población de Buenos Aires en 1869 comprendía: 

Varones de todas las edades y nacionalidades 98 091 

Mujeres id. id 79 696 

177 787 



ESTADÍSTICA VITAL DE BUENOS AIRES ¿5 

La fracción Argentina de la población, de todas edades, 
comprendía en el mismo año: varones, 37486; mujeres, 
52 175; ó sea un exceso de 14689 mujeres. 

La fracción extranjera de todas edades y nacionalidades 
era: varones, 60605; mujeres, 27521; ó sea un exceso de 
33 084 varones, lo que no sólo compensa la deficiencia de 
hombres en la población argentina, sino que produce un ex- 
ceso de 18395 varones en el número total de habitantes. 

Con relación á la edad, tenemos que el número de niños 
menores de cinco años, era de 23367, de los cuales 2 290 eran 
nacidos en el extranjero. En Nueva York, el número de ni- 
ños de esa edad, tan interesante para el estudio de la esta- 
dística vital, es igual á 11,8 por ciento de la población total, 
mientras que en Buenos Aires sólo constituye un 13,1 por 
ciento. En la edad de cinco á quince años, la proporción de 
los niños nacidos en el extranjero aumenta gradualmente, 
lo que también se observa en Nueva York, como lo demues- 
tra el informe de los comisarios de inmigración de 1875, en 
el que los niños no mayores de doce años representan 21 por 
ciento sobre los 84000 inmigrantes que arribaron á este 
puerto en ese año. 

En el período comprendido entre los dieciseis y los se- 
senta años, es donde más se marca la superioridad numéri- 
ca de la población extranjera en Buenos Aires, y el mismo 
fenómeno se observa en Nueva York, aunque no con la ex- 
traña proporción que lo caracteriza en aquella ciudad. En 
esta época de la vida es que se alcanza el pleno desarrollo 
físico y moral, plenitud de poder para el trabajo, para la 
reproducción y aún para la resistencia orgánica contra las 
influencias permanentes que amenazan la salud y la exis- 



56 



ESCRITOS Y DÍSCÜRSOS DEL DOCfOR G. RAWSÓN 



tencia. Bajo este triple punto de vista la población extranje- 
ra, es, ciertamente, superior, doquiera se presenta, como en 
Buenos Aires, una mayoría tan visible de individuos en la 
edad del vigor y de la fuerza. 



MATRIMONIOS 



El siguiente cuadro muestra el número de matrimonios 
celebrados en cada uno de los siete años de 1867 A 1873. He 
tenido cuidado de comparar en cada año su número con la 
población calculando la proporción establecida de aumento, 
á fin de determinar el tanto por ciento de personas casadas 
en cada año: 



AÑOS 



Matrimonios 



Número de 
personas casa- 
das por cada 
1000 



1867. 

1868. 

1869. 

1870. 

1871. 

1872 

1873. 



1 530 
1703 
1858 
1916 
1896 
2193 

2 291 



Término medio de personas ca 
sadas por cada 1000 durante 
siete anos 



19,0 
20,2 
20,9 
20,5 
19,4 
21,4 
21,3 



20,39 



De este cuadro resulta que el número de matrimonios au- 
mentaba gradualmente, excepto en el año 1871, en que hubo 
una disminución de 20 con relación al año precedente, debi- 
do á la perturbación causada por la gran epidemia. En los 
años siguientes, el aumento es otra vez visible, como io es 
el de población. Igualmente debe observarse que la propor- 



ESTADÍSTICA VITAL DÉ BU&NO& AIRES 



5? 



ción por mil varió muy poco, y puede calcularse en 20, 
cuando el término medio por los siete años era de 20,39. 

Las cifras estadísticas adquieren suma importancia cuando 
se las compara con otras de la misma naturaleza. En este 
punto, como en otros de esta resefta, prefiero hacer la com- 
paración con la ciudad de Nueva York, no sólo porque tengo 
fácil acceso á los documentos oficiales referentes á la esta- 
dística vital de esta populosa ciudad, sino también en razón 
de cierta analogía que creo encontrarle con Buenos Aires, 
en la materia á que ahora dedico mi atención. 

En el siguiente cuadro se encontrará el número de matri- 
monios en Nueva York en cada uno de los mismos siete 
años, según los datos que arroja la memoria publicada por 
el comité sanitario y que he debido á la cortesía del doctor 
Nagle. Debo añadir que al computar el tanto por 1 000 de 
personas que se han casado, he estimado la población antes 
y después del censo de 1870, conforme á la proporción de 
crecimiento— esto es, 2,1 por ciento— adoptado por las auto- 
ridades oficiales: 



A» OS 


Matrimonios 


Número de 
personas casa- 
das por cada 
1000 


1867 


7144 


16,14 


1868 

1869 


6926 
8695 


15,33 
18,44 
14,71 


1870 


7985 
8 646 
9006 
8887 


1871 


18,07 


1872 


18,52 


1873 


17,72 










16,99 



Esta proporción anual puede considerarse baja para Nue- 
va York, mucho más cuando el Jefe del Registro General 



8 



48 



ESCRITOS V DÍSCÚRSOS DEL DÓCTOk G. RA\VSON 



Población de la ciudad de Buenos Aires en 1869, 

SEGÚN NACIONALIDAD, SEXO Y EDAD 





EDADES 


Varones 


3 

1 


• 


EDADES 


g 


«o 

•0 


Totales 




1 




1 






1 


1 


Argei 


ítíno 


S 




Brasileros 






3704 


3565 


7269 


De á lado 


3 


1 


4 




» 2 i 




6 672 


7136 


13 808 


» 2 1 




15 


26 


41 




» 6 


» 10 » 


1 7 070 

1 


7668 


14 738 


» 6 


» 10 




32 


25 


57 




» 11 


» 15 » 


5568 


6858 


12 426 


» 11 


> 15 




34 


24 


58 




» 16 


» 20 » 


3022 


5 811 


8833 


» 16 


» 20 




54 


46 


100 




> 21 


> 30 » 


4 262 


8 240 


12 502 


» 21 


» 30 




• 123 


60 


183 




» 31 


» 40 » 


2909 


5543 


8 452 


» 31 


» 40 




93 


37 


130 




» 41 


» 50 » 


2043 


3 712 


5 755 


» 41 


► 50 . 




54 


23 


77 




» 51 


► 60 • . 


1343 


2 089 


3 432 


» 51 


» 60 




32 


15 


47 




» 61 


• 70 * 


612 


987 


1599 


» 61 


► 70 




13 


2 


15 




» 71 1 


► 80 » 


223 


425 


648 


» 71 > 


» 80 




2 


— 


2 




» 81 < 


► 90 » 


43 


110 


153 


» 81 


► 90 




— 


3 


3 




► 91 « 


► 100 » 


10 


29 


39 


» 91 1 


► 100 




— 


— 


— 




► 101 ai 




3 
2 


2 


5 
2 


» 101 arriba.. 




— 


— 


w» 


Se ignor 


a 


Se ignor 


a 












37 486 


52 175 


89 661 


Tota 




455 


262 


717 


Bolivi 


ianos 


\ 




Chile 


ínos 








— 


^_ 


— 


De á 1 afto 


- 


— 


— 




► 2 » 




— 


1 


1 


, 2 » 




1 


1 


2 




► 6 « 


> 10 » 


— 


2 


2 


» 6 « 


10 « 




5 


4 


9 




> 11 ' 


► 15 » 


1 


1 


2 


» 11 1 


► 15 ■ 




9 


13 


22 




► 16 * 


20 » 


9 


3 


12 


» 16 « 


► 20 ■ 




46 


30 


76 




. 21 * 


30 » 


26 


13 


39 


» 21 « 


> 30 . 




96 


32 


128 




► 31 » 


40 » 


11 


2 


13 


» 31 * 


40 » 




65 


23 


88 




41 » 


50 » | 


4 


— 


4 


» 41 » 


50 • 




51 


21 


72 




51 » 


60 » 


8 


— 


8 


» 51 ' 


60 > 




21 


14 


35 




61 » 


70 • 


1 


3 


4 


» 61 • 


70 » 




11 


3 


14 




71 » 


80 » ! 


— 


2 


2 


» 71 » 


80 • 




4 


1 


5 




81 » 


90 » 


— 


— 


— 


» 81 • 


90 • 




2 


2 


4 




91 » 


100 » ! 


— 


— 


— 


* 91 » 


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— 


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1 


— 


1 


Se ífrnofL 


A 














Totales. .. . 


60 


27 


87 


Total 




312 


144 


456 



KStADISTiCA VITAL DE BUENOS AIRES 



49 



Población de la ciudad de Buenos Aires en 1869, según 
nacionalidad, sexo y edad — ( continuación) 



EDADES 



S 
O 

V. 

2 



«o 

•o 



Norte-Americanos 



De A 1 año. 



2 
6 
11 
16 
21 
31 
41 
51 
61 
71 
81 
91 



5 años. 
10 
15 
20 
30 
40 
50 
60 
70 
80 
90 
100 



7 

15 

47 

239 

128 

57 

21 

8 
o 



1 ! 



101 arriba. 
Se ignora 



Totales 526 



6 

6 

8 

13 

20 

11 

7 

2 

3 



i 



77 



Uruguayos 



De á 1 año. 



2 
6 
11 
16 
21 
31 
41 
51 
61 
71 
81 
91 



5 años. 
10 
15 
20 
30 
40 
50 
60 
70 
80 
90 
100 



101 arriba. 
Sf ignora 



Totales. 



48 

150 

266 

414 

620 

1003 

423 

164 

94 

49 

14 

3 

1 



3249 



25 

129 

221 

325 

449 

770 

361 

225 

142 

56 

25 

7 

2 

1 



'2738 



$ 

«» 



s 



1 

8 

13 

23 

60 

259 

139 

64 

23 

11 
o 



EDADIiS 



<0 

s 

5 



«i 

•O 



Paraguayos 



De á 1 año... 
2 a 5 aftos. 



603 



73 

279 

487 

739 

1069 

1773 

784 

389 

236 

105 

39 

10 

2 

2 



5987 



6 
11 
16 
21 
31 
41 
51 
61 
71 
81 
9t 



10 
15 
20 
30 
40 
50 
60 
70 
80 
90 
100 



101 arriba. 
Se ignora 



Totales. 



1. 

15 

43 

66 

64 

117 

78 

32 

12 

3 

4 



Peruanos 



De 

o 

6 
11 
16 
21 
31 
41 
51 
61 
71 
81 
91 



a 1 año.... 
á 5 años.. 
10 



15 

20 

30 

40 

50 

60 

70 

80 

90 

100 

101 arriba. 

Se ignora 






Totales. 



2 
11 
37 
25 
17 
33 
11 

7 
10 

3 



437 156 



43 



«o 



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1 


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2 


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4 


3 


13 




7 


6 


4 


9 


7 


2 


3 


3 


o 


— 




_ 



25 



3 
26 

80 

93 

81 

1"«0 

89 

39 

22 

6 

4 



593 



2 

7 

15 

13 

13 

9 

6 

2 



68 



56 



ESCRITOS V DISCURSOS DEL frOCTOR G. RAWSON 



Población de la ciudad de Buenos Aires en 1869, según 
nacionalidad, sexo y edad — (continuación) 




Otros puntos de América 



De A ! año... 
2 » 5 años 



6 
11 
16 
21 
31 
41 
51 
61 
71 
81 
91 



101 arriba. 
Se ignor: 



10 
15 
20 
30 
40 
50 
60 
70 
80 
90 
100 



1 
3 
4 

15 
13 
5 
4 
1 
1 



Totales. 



47 



2 
1 
2 
4 

15 
7 
2 
2 
1 



38 



Austríacos 



De 



S 



£ 


1 lafio 


2 




6 » 


10 * 


11 « 


► 15 » 


16 « 


> 20 • 


21 « 


- 30 > 


31 * 


> 40 » 


41 ' 


50 > 


51 » 


> 60 » 


61 » 


70 » 


71 « 


80 » 


81 > 


► 90 » 


91 > 


100 » 


101 ai 


riba 


¡ffnor 


a 


Totales 



3 

3 

46 

241 

109 

44 

11 

7 
o 



33 



499 



2 

1 

4 
2 

17 
11 

1 ! 

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2 
2 

5 
8 
30 
20 
7 
6 
2 

1 
2 



85 



o 

4 
7 

48 

258 

120 

45 

14 

9 

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43 



33 



512 



Alemanes 



De á laño... 
2 » 5 años. 
10 » . 



6 

11 » 15 » 

16 » 20 » 

21 • 30 » 

31 • 40 » 

41 » 50 » 

51 • 60 » 

61 » 70 » 

71 » 80 » 

81 > 90 » 

91 »100 » 

101 arriba 

Se ignora..... 



Totales i 1461 



2 


1 


21 


17 


29 


27 


27 


32 


88 


72 


5% 


139 


431 


160 


175 


79 


53 


28 


33 


19 


5 


4 


1 


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461 


578 



Belgas 



De 
2 

6 
11 
16 
21 
31 
41 
51 
61 
71 
81 
91 



1 año... 

5 años. 

10 » . 

15 > . 

20 » . 

30 » . 

40 » . 

50 * . 

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70 » . 

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101 arriba 
Se ignora 



Totales. 



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3 

4 

4 

38 

39 

17 



5 



4 



116 



8 

16 

14 

4 

2 



47 



3 

38 

56 

59 

160 

735 

591 

25t 

81 

52 

9 

1 



2039 



3 

3 

6 

12 

51 

53 

21 

7 

4 



163 



ESTADÍSTICA VITAL DE BUENOS AIRES 



51 



Población de la ciudad de Buenos Aires en 1869, según 
nacionalidad, sexo y edad — ( continuación ) 




Españoles 



De A laño... 
» 5 años. 



6 
11 
16 
21 
31 
41 
51 
61 
71 
81 
91 



10 
15 
20 
30 
40 
50 
60 
70 
80 
90 
100 



101 arriba. 
Se ignora 



Totales. 



15 

87 

151 

471 

1604 

3 706 

2 478 

1237 

496 

167 

59 

12 
o 

1 

10 486 



16' 


31 


90, 


177 


158 


309 


305 


776 


4% 


2 100 


1035 


4 741 


718 


31% 


410 


1647 


179 


675 


76 


243 


2- 


84 


4 


16 


— 




___ 


1 



3 512 



Ingleses 



De 

o 

6 
11 
16 
21 
31 
41 
51 
61 
71 
81 
91 



á 



Se ignora. 



13 998 



Franceses 



De á 1 año. 



9 
6 
11 
16 
21 
31 
41 
51 
61 
81 
81 
91 



5 años. 
10 
15 
20 
30 
40 
50 
60 
70 
80 
90 
100 



101 arriba. 
Se ignora 



Totales. 



26 

97 

168 

302 

919 

2 810 

2229 

1320 

490 

193 

60 

9 



8 625 



12 

109 

172 

242 

585 

1524 

1051 

671 

251 

113 

27 

6 



14 



4777 



38 

206 

340 

544 

1504 

4334 

3 280 

1991 

741 

306 

87 

15 

2 
14 

13 402 



1 año... 
5 años. 
10 
15 
20 
30 
40 
50 
60 
70 
80 
90 
100 



101 arriba.. 



• • ■ ■ • 



• • • • •••••• 



Totales. 



9 i 





11 


28 


20 


48 


45 


46 


91 


71 


67 


13S 


192 


132 


324 


809 


368 


1177 


453 


166 


619 


257 


125 


382 


101 


59 


160 


64 


31 


95 


23 


7 


30 


1 


3 


4 



2 054 ; 1 027 



Italianos 



De a laño. 



6 
11 
16 
21 
31 
41 
51 
61 
71 
81 
91 



5 años. 
10 
15 
20 
30 
40 
50 
60 
70 
80 
90 
100 



101 arriba. 
Se ignora.,. 



Totales. 



82 

559 

954 

1881 

2 67C 

9 490 

7 428 

2 852 

1343 

458 

127 

29 

4 

1 

5 

28 883 



75 
524 



3 081 



157 
1083 



818 1 772 
1026 i 2 907 
1 629 4 299 



4063 

2 612 

1387 

636 

230 

56 

15 

2 



13 074 



13 553 

10 040 

5239 

1979 

688 

183 

44 

6 

1 

6 

41957 



52 



ESCRITOS Y DISCURSOS DEÍ. DOCTOR G. RAWSON 



Población de la ciudad de Buenos Aires en 1869, según 
nacionalidad, sexo y edad — (continuación) 



EDADES 



fe 

O 

5 



es 

k 
•o 

Sí 



Portugueses 



De 
2 

6 
11 
16 
21 
31 
41 
51 
61 
71 
81 
91 



a 1 año... 
á 5 años. 

10 » . 

15 » . 

20 » . 

30 » . 

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80 » 

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100 » . 



101 arriba. 
Se ignora 



Totales. 



1 
o 

5 

6 

39 

274 

141 

105 

80 

33 

14 

5 

1 



711 



Suizos 



De 



6 
11 
16 
21 
31 
41 
51 
61 
71 
81 
91 



a 1 año. 



5 años. 

10 » . 

15 » . 

20 > . 

30 • , 

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60 » . 

70 * 

80 » , 

90 » . 

100 ► , 



101 arriba. 
Se ignora 



Totales. 



1 

4 
3 
4 

20 

11 

10 

7 

3 

3 

1 



67 






e 



2 

o 

9 

9 

43 

294 

152 

115 

87 

41 

17 

5 
o 



EDADES 



fe 

S 

O 

S 






2 



fi 



Otros puntos de Europa 



De á laño... 
* 5 aflos. 



778 



6 
11 
16 
21 
31 
41 
51 
61 
71 
81 
91 



10 
15 
20 
30 
40 
50 
60 
70 
80 
90 
100 



101 arriba. 
— ISe ignora 



2 





2 


7 


6 


5 


29 


7 


190 


38 


567 


161 


298 


62 


146 


26 


16 


29 


13 


6 


9 


4 



Totales. 



o i 

2 ¡ - 
33 - 



1315 



347 



zus 

2 


5 


7 


11 


11 


22 


20 


13 


33 


35 


23 


58 


112 


60 


172 


417 


114 


530 


262 


72 


334 


118 


36 


154 


33 


12 


45 


13 





15 


6 


O 


8 


1 


«— 


1 


— 







1030 


350 


1380 



Africanos 



De 
2 

6 
11 
16 
21 
31 
41 
51 
61 
71 
81 
91 



i\ laño... 
5 años. 
10 
15 
20 
30 
40 
50 
60 
70 
80 
90 
100 



101 arriba. 
Se ignora... . 



Totales. 



4 
4 
9 

48 
34 
39 
40 
27 
31 
20 
2 
3 



263 



1 
1 

3 

5 

13 

14 

24 

39 

45 

40 

24 

7 

3 



219 



4 
9 

11 

36 

228 

728 

360 

172 

45 

19 

13 

2 
o 

33 



1662 



1 

3 

4 

7 

14 

61 

48 

63 

79 

72 

71 

44 

9 

6 



482 






ESTADÍSTICA VITAL DE BUENOS AIRES 



53 



Población de la ciudad de Buenos Aires en 1869, según 
nacionalidad, sexo y edad —(conclusión) 



EDADES 




Asiáticos 



» 2 « 




» 6 . 


» 10 » 


► 11 1 


► 15 » 


• 16 < 


► 20 • 


» 21 . 


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• 31 « 


► 40 » 


• 41 « 


► 50 » 


► 51 • 


» 60 » 


» 61 « 


► 70 » 


► 71 . 


► 80 > 


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• 100 » 


> 101 ai 


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Totales 



2 
3 
2 
3 
1 
1 



12 



2 
1 
1 
3 
1 



Sin clasificación 



De á laflo... 
° » 5 aflos. 



5 
11 
16 
21 
31 
41 
51 
61 
71 
81 
91 



10 » 

15 . 

20 » 

30 » 

40 » 

50 » 

60 > 

70 • 

80 » 

90 » 

100 > 



101 arriba. 
Se ignora 



Totales. 



8 
6 
4 



— << — 



1 1 — 



21 



2 

3 
2 
5 
2 
2 
3 
1 



21 



3 
8 
6 
4 



25 



NACIONALIDAD 



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RESUMEN 



Argentinos 

Bolivianos 

Brasileros 

Chilenos 

Norte -Americanos .. 

Uruguayos 

Paraguayos 

Peruanos 

Otros puntos de Amé 
rica 

Austríacos 

Alemanes 

Belgas 

Españoles 

Franceses 

Ingleses 

Italianos 

Portugueses 

Suizos 

Otros puntos de Eu- 
ropa 

Africanos 

Asiáticos 

Sin clasificación 



Totales. 



37 486 52 175 



60 
455 
312 
526 
3249 
437 

43 

47 

499 

1461 

116 

10 486 

8 625 

2054 

28 883 

711 

1030 

1315 

263 

12 

21 



98 091 



27 
262 
144 

77 

2 738 
156 

25 

38 

43 

578 

47 

3 512 
4777 
1027 

13 074 

67 

350 

347 

219 

9 

4 



79 6% 



89 661 

87 

717 

456 

603 

5987 

593 

68 

85 

542 

2039 

163 

13 998 

13 402 

3 061 

41957 

778 

1380 

1662 

482 

21 

25 



177 787 



64 



ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 



niños nacidos de padres americanos y los nacidos de padres 
extranjeros : 



NACIMIENTOS 



AÑOS 


Padres 
americanos 


Padres 
extranjeros 


Proporción 


1869 

1870 

1871 


2 457 
2553 

2 631 

3 721 
3 827 


9060 

9282 

14144 

14 829 

15 353 


1 A 3,7 
1 á 3,6 
1 á 3,8 
1 A 3,9 
1 á 4,0 


1872 


1873 





En Nueva York el exceso de los hijos de padres extranje- 
ros con relación á los de padres americanos es todavía más 
notable, pues que ha alcanzado en 1873 á la proporción de 4 
á 1 . Esta extraordinaria proporción es mucho más excesiva 
que la del número de matrimonios según las nacionalidades, 
y hace presumir que la fecundidad de estas diferentes cla- 
ses de personas está subordinada á otras causas, como lo 
prueban los dos hechos siguientes : 

I o Que el predominio de los varones sobre las mujeres es 
mayor en los hijos de extranjeros que en los hijos de padres 
americanos. 2 o Que según la curiosa observación contenida 
en los[ cuadros estadísticos que ha publicado el comité sani- 
tario de Nueva York de 1870 á 1873, entre las madres ame- 
ricanas cuyos hijos se habían registrado en esos aflos — 



35 hablan tenido 12 hijos cada una 



17 


* 13 » 


9 


» 14 


5 


15 


2 


» 16 


1 


» 18 



69 



estadística vital de buenos aires 



Y entre las madres extranjeras se contaban : 



215 con 12 hijos 



65 



119 ' 


13 » 


57 1 


14 


17 1 


15 


12 « 


16 


11 < 


17 


4 * 


> 18 


1 > 


19 



436 



lo que dá un total de 436 madres extranjeras fecundas, y 
sólo 69 americanas, presentándose la fecundidad de éstas en 
un grado muy inferior al de aquellas. 



MORTALIDAD 



Hemos llegado ahora á la parte más penosa de mi revista. 

Respecto á las condiciones sanitarias de Buenos Aires, 
debo exponer los hechos con toda la claridad y exactitud 
con que me es posible comprenderlos, no sólo porque la 
ciencia debe posesionarse de toda la verdad, sino también 
porque la verdad ha de servir como un estimulante eficaz 
los laudables esfuerzos que se hicieren ahora en el sentido 
de poner un remedio á los peligros que amenazan la salud 
pública en aquella ciudad. 

Las memorias anuales de la estadística vital de Buenos 
Aires sólo se han publicado durante los últimos aftos, y eso 
con tanto retardo, que cuando llegaban á manos de las pocas 
personas que las consultaban, habían perdido ya mucho de 
su interés. En su mayor parte, el público ignora el número 

de defunciones que han ocurrido en el alio, y menos conoce 

9 



66 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR O. RAWSON 

la proporción que existe entre la mortalidad y la población, 
de tal modo que aún prevalece la creencia de que la ciudad 
es muy sana. De cuando en cuando aparecían como epidé- 
micas la viruela, la escarlatina ó sarampión haciendo gran 
número de víctimas ; pero esas visitas eran miradas como 
parasismos temporales de la muerte y que con su desapari- 
ción darían lugar á la vuelta de la salud con todo su cortejo de 
bendiciones. En 1858, una fiebre amarilla de carácter epidé- 
mico, reducida á los estrechos límites de un sólo barrio de 
la ciudad, hizo de tres á cuatrocientas víctimas. Como la 
misma enfermedad se había presentado el aflo anterior en 
la vecina ciudad de Montevideo en proporciones alarmantes, 
su aparición en Buenos Aires produjo una profunda impre- 
sión de terror, y fué causa de que un gran número de sus 
habitantes huyeran hacia los distritos rurales ; pero como la 
epidemia había sido de corta duración y sus efectos en al- 
guna manera limitados, se creyó que las condiciones sanita- 
rias de la ciudad eran tan perfectas que impedirían el des- 
arrollo de tan horrible mal, y se levantó una queja general 
contra los encargados de la cuarentena por falta de vigilan- 
cia, permitiendo la introducción de tan exótica enfermedad. 
Apesar de los frecuentes ataques de la viruela y la escar- 
latina, de la fiebre tifoidea y de la mortalidad causada por 
el tetanus infantum (vulgarmente llamado «mal de los siete 
días»); y de otras enfermedades comunes en los níftos, pre- 
valeció aún en el espíritu del pueblo la idea de la salubridad 
de la ciudad. 

En 1867, el cólera asiático hizo su primera aparición, y 
volvió al año siguiente, extendiéndose sus estragos á la 
campaña inmediata y aún á la mayor parte de las provin- 



estadística vital de buenos aires 67 

cias del interior. Mucho mayor hubiera sido sin duda la 
alarma en Buenos Aires, si se hubiese dado una publicidad 
periódica á los efectos desastrosos de las lecciones de la 
naturaleza, que en ningún caso permite que sus leyes sean 
impunemente violadas. Digo que hubiera sido mucho mayor 
la alarma, porque entonces el pueblo habría tenido conoci- 
miento de que el número de muertos había alcanzado á 8 029, 
ó sea el 49,9 por mil de la población total en 1867 y al 38,9 
p ;r mil en 1868. Tal como era, sin embargo, el mal produjo 
algunos buenos resultados, se emprendieron obras para pro- 
veer de aguas corrientes á la ciudad, y la limpieza de las 
calles y otros detalles sanitarios, comprendidos en la esfera 
de la policía municipal, se hicieron con más regularidad y 
eficacia. 

El año 1869 fué peculiarmente favorable para determinar 
las verdaderas condiciones sanitarias de la ciudad, no ha- 
biendo entonces epidemia en Buenos Aires, y siendo la salud 
general, según todas las apariencias, perfectamente satis- 
factoria. En ese año precisamente se levantó el censo de la 
población, y esa fué la oportunidad indicada para estudiar 
la verdadera naturaleza de la ciudad como centro habitable, 
y examinar el estado de su cuenta corriente entre la vida y 
la muerte, teniendo siempre presente que después que des- 
aparecen las grandes epidemias, la proporción de la morta- 
lidad disminuye de una manera notable. 

Si entonces se hubiese hecho y publicado una relación de 
la estadística vital, habría mostrado una mortalidad de 5 982 
en el último afio ó sea 33 %o sobre los habitantes que acaba- 
ban de ser contados, y se habría demostrado que con esa 
proporción usual, Buenos Aires no podría pretender ventaja 



68 ^ ESCRITOS T DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

alguna sobre las demás ciudades civilizadas, en las que— 
aún incluyendo las más populosas de Europa y América— 
el término medio de defunciones es mucho mayor con muy 
pocas y marcadas excepciones. Entonces se habría eviden- 
ciado la existencia de causas permanentes, cuya remoción 
era indispensable para mejorar la salud pública. Se habría 
descubierto también que esas causas tendían á aumentar la 
fuerza de las epidemias y que era necesario algo más que 
la mera defensa de la ciudad contra la invasión del flajelo, 
( aún cuando, lo que rara vez sucede, esa defensa fuese efi- 
caz) cual es, la purificación de la ciudad misma, para hacer 
que fuera sana en todo tiempo y para disminuir la virulen- 
cia de la enfermedad en el caso de una visita extraor- 
dinaria. 

En 1870, la paz y tranquilidad reinaban sin disputa en la 
ciudad, la salud general parecía buena, los inmigrantes 
afluían en número hasta allí sin precedentes, el trabajo era 
abundante y bien remunerado, el capital se obtenía fácil- 
mente y el comercio y la industria presentaban más activi- 
dad que nunca. Buenos Aires era todo contento, y miraba 
con evidente satisfacción sus visibles progresos, y el pue- 
blo olvidó la posibilidad de otra epidemia, suponiendo que 
los vigilantes centinelas serían bastantes para impedir su 
entrada á la ciudad. La verdad es que en ese año la pro- 
porción de la mortalidad fué un 1,5 por 1000 más baja que 
la del afio anterior, aunque todavía muy superior á la de 
otras ciudades cuya comparación con Buenos Aires era 
permitida. 

Esta situación continuó sin alteración hasta los primeros 
días de 1871 en que se constataron algunos casos de fiebre 



\ 



estadística Vital dé buenos aires 69 

amarilla en el extremo Sud de la ciudad. ¿Cómo había entra- 
do el enemigo y quién era culpable por su negligencia? La 
investigación era inútil; la fiebre amarilla, la terrible fiebre 
amarilla estaba en todo su rigor, y los espantados habitantes 
sólo se ocupaban de pensar con ansiedad cual podría ser 
la intensidad y cual la extensión que esta visita alcanzaría. 

Todos, familias é individuos, los que podían hacerlo, aban- 
donaron la ciudad buscando un refugio contra la muerte 
que se les presentaba á la vista. Entre tanto, el flajelo se 
extendía con rapidez ; y, á medida que se extendía, ganaba 
en intensidad. Alcanzó el máximum de su intensidad en 
Abril y desde entonces fué decayendo gradualmente hasta 
fines de Mayo ó principios de Junio, en que ocurrieron los 
últimos casos. La epidemia había dominado toda la ciudad. 
Sus estragos fueron espantosos; 106,5 de cada 1000 habitan- 
tes murieron ese afio, incluyendo en la población, como 
60 000 personas que se salvaron huyendo á los distritos ru- 
rales. Semejante mortalidad estaba más allá de toda supo- 
sición: uno sobre cada nueve habitantes es una proporción 
que no tiene precedentes en los países civilizados en el si- 
glo XIX; ni es posible describir los sentimientos de angus- 
tia y de terror que se apoderaron de los que sobrevivieron. 

Se tuvo entonces la dolorosa evidencia de que las condi- 
ciones higiénicas de Buenos Aires eran en extremo desfavo- 
rables y que era asunto de la mayor urgencia investigar y 
remover las causas del mal, cualesquiera que fuesen los sa- 
crificios que esto costase. Bajo las sugestiones y consejos 
de la ciencia y la experiencia se dio principio desde luego á 
las obras de salubrificación, á cuya terminación habremos 
adquirido esa salubridad tan deseada, que es siempre la re- 



*JO ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAfrSOfcí 

compensa de los esfuerzos que el hombre hace para asegu- 
rarla. La lección fué muy severa. 

Sólo en los últimos aftos es que se han experimentado, aún 
en Europa misma, los benéficos resultados de las ciencias 
sanitarias. Saber que muchas enfermedades son curables, 
en cuanto sus causas determinantes son conocidas y pueden 
ser suprimidas, es el primer paso y cae bajo el dominio de 
la ciencia. La voluntad y los medios necesarios para la re- 
moción de esas causas, corresponde al pueblo suplirlos por 
medio de su organización municipal ó política. El mundo 
ha tardado mucho en conocerse á sí mismo á este respecto 
y anda despacio todavía en alcanzar las últimas consecuen- 
cias. No debe, pues, causar admiración que Buenos Aires 
haya sido tan ignorante y aún más negligente que ignorante 
de los intereses de la salud pública. 

Su desenvolvimiento tan rápido hace presumir que sus 
evoluciones sociológicas quizá participen de cierto carácter 
tumultuoso. Por una parte, las agitaciones políticas propias 
á asumir á veces formas convulsivas; la íntima satisfacción 
de sus propios adelantos, por la otra, con más los estímulos 
desarrollados en una sociedad activa y progresista y la com- 
pleta concentración del poder individual y colectivo, en 
prosecución de los fines más materiales y tangibles de la 
energía humana, eran otras tantas influencias que tendían 
á apartar y que en realidad han apartado la atención de los 
hombres, de aquellos intereses más radicales y durables, si 
se quiere, pero menos perentorios que los primeros, porque 
la generalidad no alcanza á medir su importancia y porque 
se necesita á veces una catástrofe para llamar sobre ellos la 
atención pública. 



estadística vital de buenos aires 71 

Aun cuando las reflexiones precedentes no forman estric- 
tamente parte del objeto principal de esta revista, guardan 
con ellas una relación tan estrecha, que no podría eliminar- 
las, habiéndome sido sugeridas en el curso de mis investi- 
gaciones estadísticas. Me parece también propio mencionar 
aquí las principales causas del aumento en la mortalidad, 
aunque ellas no difieren en manera alguna de las que con- 
tribuyen á aumentar el número de defunciones en todas 
aquellas ciudades donde se observan imperfectamente las 
leyes de la higiene. 

En Buenos Aires, como en todas las ciudades españolas, 
las calles son angostas, y presentan, junto con las pocas y 
reducidas plazas públicas, una área de no considerable ex- 
tensión. Debe recordarse que la proporción del área mu- 
nicipal para cada habitante, como antes dije— 70 metros— es 
un término medio, habiendo muchas partes de la ciudad 
muy poco pobladas, y del mismo modo debe tenerse presen 
te que en la mayor parte de las casas se dedica un espacio 
considerable para grandes patios. A medida que la pobla- 
ción aumenta, estas ventajas relativas van disminuyendo, y 
no está lejano el día en que ellas desaparezcan, á menos que 
una prudente previsión provea el ensanche de las plazas, 
convirtiéndolas en parques saludables y haciendo de algu- 
nas calles, vastas y espaciosas avenidas. 

En el curso de los últimos veinticuatro aftos se ha ree- 
dificado cerca de las dos terceras partes de la ciudad, pero 
no se ha hecho tentativa alguna para aprovechar esa opor- 
tunidad, adoptando un sistema metódico de ensanche, reser- 
vándose esto sólo para las nuevas calles de los suburbios. 

Se cometió un grave error usando las basuras de la ciu- 



y 2 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR O. RAWSOK 

dad para llenar y nivelar algunas calles, que fueron inmedia- 
tamente empedradas. La basura así empleada era una masa 
heterogénea, principalmente formada con deshechos de las 
casas, es decir, con materias animales y vegetales, unidas á 
polvo y otros elementos, comprendiéndose en ellos las ba- 
suras de las casas y calles. Semejante sedimento, desti- 
nado á ser descompuesto por la fermentación pútrida, daba 
lugar á la generación de gases mefíticos, que se escapaban 
por las capas porosas de la superficie y que, mezclándose 
con el aire que iba á ser respirado por los habitantes, consti- 
tuía una fuente inagotable de veneno para la atmósfera. En 
efecto, se ha observado que los que viven en los barrios 
aquí referidos, han sido los que relativamente han sufrido 
durante las epidemias, y que algunas fracciones de esos dis- 
tritos rara vez están exentas de las fiebres tifoideas, espe- 
cialmente en las estaciones de la primavera y el verano. 

El agua que se empleaba antes en Buenos Aires, tanto 
para beber como para los diversos servicios domésticos, 
provenía de tres fuentes: la rica agua de lluvia conservada 
en algibe ó sistemas impermeables, y el resto de la pobla- 
ción tomaba el agua de pozo y el agua del río, que se ven- 
día por las calles y por lo general extraída de las costas del 
Río de la Plata más próximas á la ciudad y ciertamente 
contaminadas por la población fluvial del puerto, y por las 
materias animales líquidas procedente de los mataderos es- 
tablecidos en las riberas del Riachuelo, como á dos millas 
al Sud del centro de la ciudad. A excepción del agua de al- 
gibe, en su mayor parte buena, el agua que más se usaba 
era necesariamente mala, como puede presumirse por la na- 
turaleza de las fuentes de donde procedía. Desde 1868 se 



estadística vital dk buenos aires 73 

han dado pasos para proveer ala ciudad con aguas corrientes 
extraídas de puntos más convenientes del río, hacia el Norte 
de la ciudad, pero la provisión así obtenida es sumamente 
limitada y la fuente de donde se extrae no está exenta de toda 
«objeción. Las grandes obras que están ahora en vía de ejecu- 
ción traerán sin duda una mejora radical á este respecto. 
El sistema de letrinas era verdaderamente primitivo. Los 
receptáculos de las materias excrementicias eran pozos co- 
munes profundizados casi siempre bajo el nivel de las aguas 
subterráneas. En el suelo eminentemente poroso en aquella 
región, se mantenía por muchos años un depósito de mate- 
ria putrefacta, disuelta cada día por el agua subterránea, 
cuyo nivel sube y baja alternativamente como seis pies se- 
gún que la estación sea seca ó húmeda. Luego, la marcha 
de la absorción era rápida y no sólo los gases producidos 
por la fermentación, sino también los líquidos en que esta- 
ban disolviéndose las materias orgánicas, impregnaban el 
suelo, viciaban el agua de los pozos y arrojaban sobre la su- 
perficie emanaciones mefíticas incompatibles con la buena 
salud del pueblo que respiraba una atmósfera así envenena- 
darEn 1868 se estableció un nuevo sistema de letrinas im- 
permeables ; pero aún no es bastante general su aplicación 
y desde 1871 se ha puesto en práctica el plan de vaciar y 
limpiar las letrinas por medio de un mecanismo neumático 
semejante al que con tanto éxito se aplica en Francia. Las 
•obras de cloacas y desagües que ahora se prosiguen con 
tanta actividad, están destinadas á remover radicalmente 
esta infección, que, como la experiencia lo ha demostrado, 
4es una de las más poderosas causas de enfermedad y de 
muerte. 

10 



74 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

Antes de cerrar esta pesada enumeración, debo añadir que 
existían otros dos focos más de infección en Buenos Aires. 
Uno de estos era un inmenso depósito de residuos compues- 
tos de materias animales y vegetales, acumuladas como á 
tres millas al Sud Oeste del centro de la ciudad y de donde los 
gases nocivos eran arrastrados hacia la población por las 
corrientes atmosféricas, y principalmente por el viento lla- 
mado el pampero, que corre en esa dirección desde las 
pampas y que en el país es considerado como el más sa~ 
ludable. 

A dos millas al Sud del centro de la ciudad corre el Ria- 
chuelo, que desemboca en el Río de la Plata. Allí es donde 
se efectúa con preferencia la carga y descarga del cabotaje, 
y en las orillas del Riachuelo han estado establecidos por 
muchos aflos los mataderos y graserias, que representan las 
dos industrias principales de la provincia, y en los que se be- 
neficiaba cada año como medio millón de animales vacunos 
y más de dos millones de ovejas y yeguas, preparándose 
para el comercio una parte de sus desperdicios. Todas las 
materias líquidas y gran parte de los residuos sólidos proce- 
dentes de esos establecimientos, eran arrojadas al Riachue- 
lo. Es fácil imaginarse la masa de infección así reunida y la 
contaminación consiguiente de las aguas por la fermenta- 
ción de las materias orgánicas de donde se desprendían ga- 
ses mortíferos que corrompían el aire que iba á ser inmedia- 
tamente respirado por los habitantes de la ciudad. Eran tan 
grandes los intereses vinculados á esta antigua y lucrativa 
industria, que era permitida por nuestros legisladores en la 
forma descrita, que á pesar de las repetidas advertencias y 
objeciones que ofrecía, fué necesario todo el terror y la de- 



ESTADÍSTICA VITAL DE BUENOS AIRES 75 

solación de 1871 para traer su repentina supresión. Muchos 
propietarios sufrieron materialmente, sin duda, con esta me- 
dida; pero los resultados benéficos para la salud pública fue- 
ron incalculables. La disminución de la fiebre tifoidea desde 
la remoción de los saladeros, etc., es una prueba evidente 
del acierto que presidió á esa resolución. 

¿ Puede, acaso, sorprendernos que bajo tantas circunstan- 
cias desfavorables, la mortalidad ha3 r a subido tanto en Bue- 
nos Aires? Si el pueblo hubiese conocido el número de de- 
funciones ocurridas en cada año y la relación entre ese 
número y el de habitantes, hubiera visto que, en los aflos de 
t854 á 72, la proporción de muertos era no menos de 31 por 
1000, sin contar las grandes epidemias; habría comprendido 
que la intensidad del cólera y de la fiebre amarilla, que diez- 
maron sus filas, tenía íntima conexión con causas locales, 
calculadas para favorecer el desarrollo de las enfermedades 
contagiosas, é investigando la naturaleza de esas causas, las 
habría encontrado donde mismo las han hallado todas las 
sociedades modernas, y, como éstas, habría emprendido con 
energía su pronta remoción. Así se habrían evitado muchos 
males, y pérdidas de mayor tiempo y fuerza que el gasto que 
se hacía. No hay duda de que si la salud pública fuera inte- 
ligente y constantemente cuidada ( y en este sentido se apro- 
vecharan las lecciones de la experiencia) la proporción de 
mortalidad descendería en pocos años al nivel de Londres, 
la metrópoli del mundo, como se la llama á causa de sus gi- 
gantescas proporciones. 

El clima de Londres no es mejor que el de Buenos Aires, 
ni las aguas del Lea ó del Támesis son comparables con 
las suaves y cristalinas corrientes del Paraná y el Uruguay 



7& 



ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 



que se unen para formar el Plata; ni el alimento usado en 
Inglaterra es más saludable ó nutritivo que el que se usa en 
la ciudad Platina; ni el suelo de aquella es más extenso ó 
más fértil que el que ésta puede ofrecer á las generaciones 
presentes y futuras. Si en las tentativas para mejorar 
nuestra propia condición, procedemos con la misma deter- 
minación inteligente que ha tenido la Inglaterra y que le ha 
asegurado el respeto y la admiración de todos, acabaremos 
por conquistar como ella, la disminución de la mortalidad 
media en sus grandes ciudades, desde 50 por 1000, hacia el 
fin del siglo pasado, á 22 por 1000 que es la proporción que 
corresponde á los últimos años. 

Veamos ahora lo que nos dice la estadística en su severo 
lenguaje. Tomando una serie de catorce aflos, de 1861 á 
1875, excluyendo á 1874, sobre el cual no tengo datos exac- 
tos, pero incluyendo á 1867 y 1868 con su gran epidemia de 
cólera, y 1871 con su fiebre amarilla, encontramos que el 
término medio de mortalidad anual es de 38,9 por 1000. Si 
eliminamos los aflos de epidemia, la proporción anual de los 
once restantes será de 31,3. Pero prefiero presentar estos 
datos en forma de tabla para darle mayor claridad, y á fin 
de que pueda ser fácilmente observada la mortalidad máxi- 
ma y mínima en esos aflos. 



AÑOS 


Población 
calculada 


Mortalidad 


Tanto por 
1000 


1861 


121280 


3 410 


28,1 


1862 


127101 


4 313 


33,8 


1863 


133 200 


4539 


34.0 


1864 


139 593 


4378 


31,3 


1865 


146 292 


5 857(*) 


40,0 


1866 


153 313 


5111 


33.3 



(*) Principio de la guerra del Paraguay. 



estadística vital de buenos aires 



77 



AÑOS 



Proporción 
calculada 



Mortalidad 



Tanto por 
1000 



1867 


160 671 


8029 


49,9 


1868 


168 382 


6564 


38,9 


1869 


177 787 


5 982 


33,6 


1870 


186 320 


5886 


31,5 


1871 


195 262 


20 748 


106,2 


1872 


204 634 


5 671 


27,7 


1873 


214 453 


5 891 


27,4 


1875 i 230 000 


6 741 


29,3 


Proporción anual 


38,9 


Eliminando los aflos de epidemia 


31,3 



En el cuadro precedente están incluidos tres aflos de te- 
rribles epidemias. Es fuera de duda que aunque la impor- 
tación de enfermedades contagiosas es casi siempre acci- 
dental, el radio á que se extienden y la intensidad con que 
se presentan deben ser siempre imputables á las condiciones 
sanitarias de la población, cargándose á la misma cuenta el 
aumento de la mortalidad. Si el año de 1865 figura en el 
cuadro con una proporción de 40 por 1000, se debe esto al 
hecho de que los soldados heridos en las primeras batallas 
de la guerra del Paraguay, libradas en territorio argentino 
invadido por el enemigo, fueron trasportados á Buenos Ai- 
res y aumentaron considerablemente el número de defun- 
ciones ocurridas en la ciudad. Las muertes ocasionadas por 
la guerra deben también aparecer en las estadísticas vitales: 
son pérdidas de vida, y, á decir verdad, la causa de que ema« 
nan es de las que más fácilmente pueden evitarse. 

Con estas observaciones, es fácil apreciar el término medio 
anual en el período que hemos escogido. Si eliminamos los 
aflos epidémicos y el primero de la guerra del Paraguay, la 
proporción anual délos 10 aflos restantes será de 31 por 1000. 



78 



ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 



Veamos cual es el estado de las cosas en Nueva York du- 
rante el mismo período. Como se observará en el cuadro 
adjunto, he adoptado las cifras de los censos de 1860 y 1870, 
y computado la población de los años intermedios y de 1861, 
aplicando la proporción anual de aumento correspondiente 
á 1,5 %. Para los subsiguientes á 1871, por razones ya expre- 
sadas en este trabajo, he adoptado el tanto anual de aumen- 
to admitido por el Comité Sanitario. El censo del Estado de 
1865 ha sido siempre considerado como muy bajo, y así debe 
ser en efecto, porque comparando la población tal como re- 
sulta de ese censo, con la mortalidad decadaafio, la propor- 
ción anual sería de 35,4, lo que es inadmisible, porque no 
guarda proporción con la establecida en los años anteriores 
y posteriores. 



AffOS 



Población Defunciones 



Tanto por 1000. 



Tanto por 
1000 



1861 


825 873 


24 525 ! 


28,4 


1862 


838 260 


23 150 ¡ 


27,6 


1863 


850 833 


26 617 


31,2 


1864 


863 625 


25 792 


29,9 


1865 


876 579 


25 767 


29,3 


1866 


889 726 


26 815 


30,1 


1867 


903 071 


23159 


25,6 


1868 


916 641 


24 889 


27,1 


1869 


930 3$7 


25167 


27,0 


1870 


942 282 


27 175 


28,8 


1871 


962 079 


26 976 


28,0 


1872 


982 282 


32 647 


33,2 


1873 


1002 909 


29 084 


28,9 


1874 


1023 969 


28 727 


28,0 


1875 


1045 467 


30 709 


29,3 



28,8 



Comparando los dos cuadros, sólo he observado que la 
mortalidad media para 1872 y 1873 en Buenos Aires, es me- 



estadística vital de buenos aires 



79 



nor que la de los mismos años y 1874 en Nueva York ; mien- 
tras que en 1875 es justamente la misma en ambas ciudades; 
que en la mortalidad de Buenos Aires están incluidos los ni- 
ños que nacen muertos, pero no lo están en la de Nueva 
York, de acuerdo con la costumbre establecida en los Esta- 
dos Unidos é Inglaterra ; y finalmente, que del número total 
de defunciones que figuran el año 1875, en el cuadro de Bue- 
nos Aires, 1041 fueron causadas por la viruela. 



CUADRO COMPARATIVO DE LA MORTALIDAD EN CIUDADES EUROPEAS 

Y AMERICANAS EN EL AÑO 1 873 



Ciudades 



Proporción 



Nueva- York 

Filadelfia 

Chicago 

Boston 

Cincinati 

Buffalo 

San Luis 

Nueva Orleans 

Cleveland 

Londres 

Liverpool 

Edimburgo 

Paris 

Burdeos 

Berlín 

Viena 

Valparaíso 

Buenos Aires .. 



28,9 
19,6 
23,8 
28.4 
22,8 
13,7 
19,4 
37,5 
19,2 
22,8 
25,8 
21,9 
23,0 
26,7 
27,8 
35,2 
50,0 
27,4 



La estadística de mortalidad se toma en Buenos Aires con 
recomendable exactitud numérica; pero esto sólo no es sufi- 
ciente cuando esa estadística tiene que formar parte de la 
estadística general, en cuyos cuadros se necesita una clasi- 
ficación metódica y científica. En Buenos Aires, esa clasi- 



8d escritos y discursos del doctor g. rawson 

cación es defectuosa. Las defunciones se registran de 
acuerdo con los certificados médicos, en los que se expresa 
la causa de la muerte; pero el diagnóstico no se somete al 
criterio de ninguna autoridad competente, ni se observan 
reglas fijas para la preparación de los cuadros. Los emplea- 
dos municipales á su turno, pero con tanto retardo que hace 
imposible toda revisión ó conexión eficaz, copian en orden 
alfabético las enfermedades mencionadas en los certificados 
facultativos; de suerte que la estadística así formada deja 
mucho que desear bajo el punto de vista científico. 

Sería muy conveniente establecer un sistema uniforme de 
clasificación para todos los países, facilitando así las venta- 
jas que resultaría de los estudios estadísticos comparados. 
La clasificación propuesta por el Dr. Farr y aprobada por el 
Congreso Estadístico Internacional de París en 1855, es la 
que generalmente se sigue en los Estados Unidos é Inglate- 
rra; pero no ha sido adoptada en Francia y muchas otras 
naciones, ni su observancia es uniforme aún en los Estados 
Unidos. En los informes del Comité Sanitario de Chicago, 
que tengo á la vista, encuentro las enfermedades enumera- 
das por orden alfabético, sin relación alguna á su carácter 
especial. 

La publicación de la estadística completa de Buenos Ai- 
res no tendría, por lo demás, interés práctico alguno, y así, 
tomaré el último de la serie de informes que tengo en mi po- 
der — el de 1875 — y transcribiré aquello que sea más nece- 
sario. 

De las 6 751 defunciones registradas en ese año, las causas 
predominantes fueron: 



estadística vital de buenos aires 8r 

Viruela 1 041 

Tisis 858 

Tetanus infantum 445 

Fiebre tifoidea 140 

Meningitis 355 

Pneumonía 382 

Afecciones orgánicas déla circulación 389 

Difteria 101 

Diarrea 296 

LA MORTALIDAD SEGÚN LOS SEXOS FUE LA SIGUIENTE 

Varones 3 841 

Mujeres 2 889 

Sin especificación 21 

Total 6 75t * 



* 



SEGÚN LA EDAD 

Hasta 5 años (incluyendo 189 nacidos muertos) 3 521 

Hasta 100 anos 3072 

Sin especificación 158* 

Total 6 751 

SEGÚN LAS NACIONALIDADES 

Argentinos 5 102 

Extranjeros 1 649 

Total 6 751 

La viruela aparece por 15,4 por 100 de la mortalidad def 
año. Pocas ciudades presentan tan alta cifra; y esta es pre- 
cisamente la enfermedad cuyos estragos pueden ser preve- 
nidos con más eficacia. Si la vacunación se hiciera obliga- 
toria en todos los casos y por todos los medios, y se tomara 
cuidado para asegurar la eficacia del virus por la renova- 
ción frecuente, las muertes de viruela podrían ser disminui- 
das á la décima parte del número que figura en el cuadro, 
particularmente cuando las condiciones higiénicas de la ciu- 
dad hayan mejorado con las obras de salubrificación que 
ahora se prosiguen. La aparición de la viruela no es un ac- 
cidente, desde hace mucho tiempo, sino un hecho ordinario,- 

n 



32 



ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAW50N 



la extensión de sus estragos es variable, pero la enferme- 
dad no desaparece por completo, como lo prueba el siguien- 
te cuadro: 



En 1869 los casos de viruela fueron 




183 


» 1870 * » » 




195 


» 1871 » » » 




1 656 


> 1872 » » » 




836 


» 1873 » » 




76 


» 1874 » » » 




525 


» 1875 » 




1 041 










4 512 



resultando un término medio anual de 644 durante los refe- 
ridos siete años. 

Tales cifras no necesitan ser comentadas, ni aún compa- 
radas con las de las ciudades ó territorios americanos ó 
europeos. 

El segundo dato de importancia es el de 838 defunciones 
de consunción pulmonar, que representan un 12,7 de la mor- 
talidad total. 

La mortalidad causada por la tisis ha aumentado sensible- 
mente en seis años, como se verá en el siguiente cuadro: 



AÑOS 


Casos de tisis 


Tanto 

por ciento de la 

mortalidad 

total 


1869 


370 


6,1 


1870 


274 


4,6 


1871 


495 


2,4 (*} 


1872 


597 


10,5 


1873 


755 


12,8 


1875 


858 


12,7 



El aumento progresivo de la tuberculosis en un tiempo en 
que las enfermedades zimóticas tienden á disminuir en nú- 
mero con la sola excepción de la viruela que obedece á cau- 

(*) Aflo de la gran epidemia de fiebre amarilla. 



estadística vital de buenos aires 83 

sas específicas, sólo puede ser explicada por un aumento de 
humedad en el sub-suelo de la ciudad, en combinación con 
las demás causas de insalubridad ya mencionadas y que 
hasta ahora no han sido sino ligeramente modificadas. El 
doctor Buchanan, observando los efectos délas obras de dre- 
naje en veinte y cinco ciudades de Inglaterra, informaba 
que en todas ellas la mortalidad general ha disminuido, en 
particular la causada por la fiebre tifoidea y la diarrea; pero 
en aquellas que habían sido provistas de grandes desagües, 
sin dárseles un sistema eficaz de drenaje sub-solar, ni la 
consunción pulmonar, ni las afecciones catarrales habían 
disminuido. El efecto inmediato del drenaje subterráneo es 
secar el suelo permitiendo que el aire penetre y ocupe el 
lugar del agua al través de la capa de tierra seca, aceleran- 
do así la oxigenación de las sustancias infectas que estaban 
en solución y poniendo el suelo en condiciones saludables. 
Además, este procedimiento secante ejerce una poderosa 
influencia sobre las capas atmosféricas inmediatamente con- 
tiguas al suelo y que forman el aire respirado por los habi- 
tantes. Se ha observado como regla invariable de fácil ex- 
plicación por las leyes físicas, que las nieblas desaparecen ó 
disminuyen de un modo notable en las ciudades ú otras par- 
tes doquiera que la tierra ha sido secada por el drenaje. 
De los dos hechos precedentes debe deducirse que el au- 
mento de tuberculosos corresponde al aumento de la hume- 
dad sub-solar, unida á otras influencias depresivas, y que si 
deseamos poner límite á esta grave enfermedad, en la que 
lo que más debe temerse es el carácter hereditario, es nece- 
sario que forme parte de las obras que se prosiguen ahora, un 
.sistema más completo de drenaje sub-solar, no sólo para 



84 



ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 



prevenir la invasión de nuevas masas de agua, sino para 
secar las que ahora contienen tierra, y remover así la infec- 
ción actual. 

Buenos Aires no es, por cierto, la ciudad que ofrece la 
mayor mortalidad de consunción pulmonar. Esta enferme- 
dad ha sido siempre proporcionalmente más destructiva en 
Nueva York. La estadística de cincuenta y cinco años de- 
muestra que antes de 1853, esa enfermedad figuraba por 16 á 
21 por 100 de la mortalidad total; y que desde entonces acá ha 
disminuido su rigor, como puede verse en el siguiente cuadro,, 
correlativo al que antes hemos hecho para Buenos Aires: 



AÑOS 


Casos de tisis 


Tanto 

por ciento de la 

mortalidad 

total 


1869 


3864 


13,37 


1870 


4030 


14,82 


1871 


4186 


15,52 


1872 


4 274 


13,09 


1873 


4 1SI 


14,21 


1874 


4034 


14,04 


1875 


4 172 


18,78 



Ni es Nueva York la ciudad menos favorecida á este res- 
pecto, en los Estados Unidos ó Europa. 



Ciudades 



Tanto por 
ciento de muer- 
tes de tisis 



Boston 

Filadelfia 

Por ti and, Me 

Cincinati , 

Cleveland .... 

Chicago 

San Luis 

Baltimore .... 

Londres 

París 

Roma 

Ñapóles 



15,17 

14.28 

25,03 

11.64 

7,76 

6.68 

8,78 

14,55 

11,70 

18,90 

11,00 

15,24 



estadística vital de buenos aires 85 

Siguiendo el orden de importancia numérica en la lista de 
causas de mortalidad, viene en seguida el tetanus infantum 
6 trismus nascentüim, cuyo número de víctimas fué de 445 
en el año referido, ó sea 6,5 por 100 de la mortalidad total. La 
predisposición peculiar del suelo de Buenos Aires para deter- 
minar tan considerable número de casos de tetanus infan- 
tum y llamado allí «el mal de los siete días», y en Inglaterra 
«el mal de los nueve días», es una circunstancia que merece 
una investigación científica y experimental. Esta especie de 
tétano es considerado como traumático y procedente de la 
sección del cordón umbilical ; puede producirse durante el 
proceso de la cicatrización. Que esta no es la única causa 
determinante, lo prueba la existencia de la enfermedad con 
carácter endémico en la ciudad y provincia de Buenos Ai- 
res, y en las otras provincias del litoral, en cierto grado. Que 
ella depende de la impureza de la atmósfera que nos rodea 
y del asiduo cuidado que se dedique á los niños recién naci- 
dos, está demostrado por su desaparición casi total entre las 
familias que viven cómodamente, en casas limpias y bien 
ventiladas; mientras que los principales estragos de esta 
afección se producen entre los pobres, principalmente en las 
casas atestadas de gentes que no saben como ó son incapa- 
paces de dar á sus niños los cuidados que requiere su tier- 
na edad. 

Por lo demás, la mortalidad de tetanus infantum ha ido 
dismuyendo durante algunos años, debido á las mejores con- 
diciones de la policía higiénica general, porque no tengo 
duda alguna sobre la existencia de elementos zimóticos en 
la producción de esta enfermedad. 



86 



ESCRITOS Y DISCURSOS CEL DOCTOR O. RAWSON 



AÑOS 


Casos 

de tetanus 

infantum 


Tanto 

por ciento de ¡a 

mortalidad 

general 


1869 


630 


10,5 


1870 


689 


11,7 


1871 


470 


2,2 <•) 


1872 


558 


9,8 


1873 


620 


10,5 


1875 


445 


6,5 



No es posible establecer comparación con otras ciudades, 
por cuanto el tétano de los recién nacidos, ó no se menciona 
en sus memorias estadísticas, ó solo figura en ellas en una 
pequeñísima proporción sobre la mortalidad total. Deba 
citar, sin embargo, una excepción : la ciudad de la Habana, 
en donde, de las 8390 defunciones ocurridas en 1845,388 fue- 
ron causadas por tetanus infantum, representando 4,6 por 
100 de toda la mortalidad. 

En 1875 la fiebre tifoidea está representada por 128 defun- 
ciones. En 1869 el número de víctimas de esta enfermedad 
fué de 600; pero ha ido decreciendo gradualmente desde la 
supresión de los saladeros en 1871, y la quema de las basu- 
ras en 1872 y 1873. Esta, como las demás causas zimóticas,. 
está subordinada á la infección del suelo y del aire y conti- 
nuará en razón inversa al adelanto de las obras de salubri- 
ficación, que están ahora en vía de ejecución. 

No debo dedicar observaciones especiales á las demás cau- 
sas mortíferas enumeradas en el cuadro, en parte, porque son 
enfermedades comunes y además porque las mejoras sanita- 
rias están llamadas á ejercer sobre ellas cierta influencia Des- 
pués de un breve examen de la mortalidad de nifios en Bue- 
nos Aires, procederé á considerar la relación en que las di- 



(*) Afto de la fiebre amarilla. 



estadística vital de buenos aires 



st 



versas nacionalidades se presentan ante la ley de la muerte- 
El número de nifios menores de cinco años que murieron 
en 1875, fué de 3521, incluyendo los que murieron al nacer,, 
ó sea 52,1 de la mortalidad total en los doce meses. Más de 
la mitad de las defunciones en Buenos Aires es de niños 
hasta la edad de cinco años, proporción en extremo alar- 
mante y afligente, tanto más cuanto que parece aumentar- 
cada año, como lo expresa el siguiente cuadro : 



AÑOS 


Numero 

de de/unciones 

entre 

los niños 


Tanto 

por ciento de la 

mortalidad 

total 


1869 


2534 


42,2 


1870 


2690 


45,7 


1871 


3 591 


17,3 


1872 


2 649 


45,7 


1873 


2 891 


49 r 


1875 


3 521 


52,1 



Comparemos este cuadro con el siguiente de Nueva York 
por el mismo número de años : 



AÑOS 


Defunciones 
de niños 


Tanto 

por ciento de la 

mortalidad 

total 


1870 


12 971 


48,0 


1871 


18 333 


49,0 


1872 


16188 


49,5 


1873 


14 182 


48,7 


1874 


13 956 


48,9 


1875 


14 839 


48,3 



De la comparación resultaría que la mortalidad relativa 
de los niños es mayor en Nueva York que en Buenos Aires. 
Pero en ambas ciudades es mucho mayor que en aquellas 
localidades cuyas condiciones higiénicas son más favora- 
bles á la salud general; mientras que, do quiera que las' con- 
diciones generales son menos favorables, la mortalidad de 
niños representa una proporción más alta todavía. 



88 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

Donde un adulto en la plenitud de su desarrollo, puede 
desafiar impunemente las influencias mórbidas, un tierno ni- 
ño sucumbirá á esas mismas influencias. El mefitismo de las 
ciudades, resultante de la acumulación, la circulación im- 
perfecta del aire, la falta de luz y los gases que, desprendién- 
dose de la materia orgánica descompuesta, se esparcen en la 
atmósfera, amenazan la salud de lodos; sin embargo, la ma- 
yor parte de los adultos soportan, gracias al completo des- 
arrollo de sus fuerzas y á la resistencia de su organismo 
habituado ya á esas adversas circunstancias. 

Pero el niño recién arrancado del seno materno, ignoran- 
te de los hechos y circunstancias en que ha nacido y vive, 
no acostumbrado á la lucha, respirando ese aire impuro de 
veintiséis á treinta veces por minuto, con sus membra- 
nas en extremo permeables y el rápido proceso de asimila- 
ción requerido por el desarrollo progresivo de sus órganos; 
en una palabra, débil, inerte é indefenso contra el aire vene- 
noso á que está expuesto, sin conocimiento del peligro y aún 
incapaz de servirse de su mecanismo locomotivo para evi- 
tar ese peligro, guiado por el instinto, el niño desfallece y 
cae postrado por la enfermedad y la muerte. Y todo esto, sin 
tomar en cuenta los funestos efectos de la trasmisión here- 
ditaria, que hace esas organizaciones incompatibles con la 
vida, envenenadas como lo están antes de nacer por las in- 
fecciones virulentas que de antemano condenan á una exis- 
tencia miserable al ser que las recibe, con la sangre de sus 
progenitores. 

Estas sencillas reflexiones inspiradas por el sentido co- 
mún, sirven para confirmar el hecho incontestable de que, 
bajo cualesquiera condiciones higiénicas, aún de las más sa- 



estadística vital de buenos aires 89 

tisfactorias, la vida está rodeada de los mayores peligros en 
su principio, y las muertes son más numerosas durante ese 
período que en cualquier otro con que se le compare ; pero 
^stas observaciones sirven al mismo tiempo para evidenciar 
•otro fenómeno generalmente menos conocido, cual es, que, 
en proporción al desarrollo de las influencias venenosas en 
una comunidad, no solo aumentará la mortalidad total, sino 
que la mortalidad relativa de los niños crecerá mucho más 
todavía. Este hecho constante, probado por la estadística y 
nunca contradicho por la experiencia, nos lleva á la conclu- 
sión de que la proporción de la mortalidad de los niños con la 
mortalidad general, puede tomarse en cada comunidad como 
un seguro necrometro humano, y que de allí puede dedu- 
cirse la condición sanitaria de esa comunidad aún sin un co- 
nocimiento absoluto de la población en un momento dado. 
Suponiendo, por ejemplo, que Nueva York consiguiese 
disminuir su mortalidad de 29,3 por 1000 que tenía en 1875, 
á la tasa de Londres, de 21 por 1000 (lo que me parece fácil 
obtener en pocos años, si se aplican resueltamente los reme- 
dios que la ciencia aconseja), la mortalidad total sería de 
2\ 954 en vez de 30 709, y la de niños, que alcanzaba á 14 839, 
no solo se reduciría en proporción al total á 10 604, sino que 
€l tanto por ciento en vez de 48,3 sería de 40, como en mu- 
chas ciudades sanas, y las defunciones no pasarían de 8781, 
salvándose así cada año más de seis mil niños sacrificados 
Ahora por las fatales circunstancias que rodean su nacimien- 
to tan próximo á la muerte. Y si el mismo cálculo se aplica 
á Buenos Aires, la mortalidad en 1875 habría sido de 4 830 en 
lugar de 6 751 y la de niños solo habría llegado á 1 932, eco- 
nomizándose en consecuencia las vidas de 1 589 niños. 

12 



9o 



ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 



La estadística vital de Buenos Aires muestra que de 6 75 f 
que murieron en aquella ciudad en 1875, 5 102 fueron argen- 
tinos, ó sea 75,5 por 100 del número total de defunciones. 

Con excepción de 1871, en que el número de extranjeros 
muertos fué mucho mayor que el de argentinos, estos figu- 
ran en los informes oficiales por 70 ó 75 por ciento. Es cier- 
to que la referida excepción está explicada por el hecho de 
que 60 000 personas, casi exclusivamente argentinas, huye- 
ron y se refugiaron en la campaña, mientras que los extran- 
jeros trabajadores permanecieron, en su mayor parte, con 
su6 familias en la ciudad infestada, sufriendo los efectos del 
flajelo. 

Para mayor claridad formulo el adjunto cuadro en el que 
se consigna la mortalidad entre argentinos y extranjeros, y 
el tanto por ciento de aquellos con relación á la mortalidad 
total de la ciudad durante un período de seis años : 



AÑOS 


Argentinos 


Extranjeros 


Tanto 

por ciento \de 

argentinos 

muertos 


1869 


4203 


1770 


70,2 


1870 


4587 


1299 


77,9 


1871 


8062 


12 666 


38,9 


1872 


4 121 


1550 


72,6 


1873 


4 319 


1572 


73,3 


1875 


5102 


1649 


75,5 



Si examinamos las cifras correspondientes á 1869, que tie- 
nen la ventaja de su exactitud, por ser tomadas de los libros 
del censq, teniendo presente que los elementos extranjeros 
y del país eran casi iguales (89 661 argentinos y 88 128 extran- 
jeros), observaremos que la mortalidad del último era de 
49,9 por 1000 y la del primero erade 20,1.— Y si consideramos 



estadística vital de buenos aires gi 

que la proporción del elemento extranjero sobre el argenti- 
no ha aumentado de afio en año, se percibirá desde luego la 
notable desigualdad que existe en las proporciones relati- 
vas de mortalidad. 

La gravedad de tan alarmante estado de cosas, como se 
desprende de la estadística, se atenúa un tanto por el hecho 
de que entre el número de argentinos muertos, está incluida 
la mortalidad total de niños hasta la edad de cinco años. 
Deduciendo ésta de las cifras del mismo aflo 1869, que, como 
se ha visto, es el menos desfavorable para los argentinos, y 
contando como adultos (en cuanto se refiere á las probabi- 
lidades de vida) á todos los individuos mayores de cinco 
años, tendremos: 

Argentinos 4 203 

Niños -» 2 534 

1669 
Extranjeros 1 779 

es decir, un pequeño exceso de mortalidad en los extranje- 
ros adultos. Sin embargo, debe observarse que de los 23367 
niños (menores de cinco años) que dá el censo, 2 290 eran 
nacidos fuera de la república. La porción de este número 
en los niños que murieron ese año y que fueron natural- 
mente registrados según sus respectivas nacionalidades, 
forma parte de los 1 979 extranjeros que arrojan los informes 
oficiales, y por consiguiente, no puede ser deducida del to- 
tal de los niños argentinos muertos.. Si el 98 por 100 de la 
población infantil, hasta cinco años, está formada por los 
niños extranjeros, es justo suponer que á lo menos 9 por 100 
de la mortalidad infantil pertenecía á esa categoría, en cuyo 
caso el resultado aproximado sería: 



92 



ESCRITOS Y« DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 



Total de niflos muertos 2 534 

Nueve por ciento de niños extranjeros 228 

Número de niflos argentinos 2 306 

lo que, deducido de la mortalidad total argentina, arroja, en 
vez de 1 669, un remanente de 1 897, número aún mucho ma- 
yor que el de defunciones entre los extranjeros. 

Antes de seguir adelante con los tristes detalles que sugie- 
ren los precedentes resultados, comparemos éstos con los 
del correspondiente cuadro de Nueva York, en esta forma; 



MORTALIDAD 



AÑOS 


Americanos 


Extranjeros 


Tanto 

por ciento de 

americanos 


1868 


16 805 


8084 


67,5 


1870 


17 471 


9 714 


64,2 


1871 


17 470 


9566 


64¡7 


1872 


21 446 


11199 


65,6 


1873 


19 135 


9 949 


65,7 



Tomando el afto del censo en que la población se compo- 
nía de 523 178 americanos y 419 094 extranjeros, la mortali- 
dad entre aquellos era de 33,3 por 1000. Si deducimos tam- 
bién los niños, por la misma razón que lo hicimos respecto 
de Buenos Aires, el balance de la mortalidad adulta está, en 
favor de la población nativa, en la proporción de 4671 de- 
funciones de adultos americanos y 9 714 extranjeros, toman- 
do por adultos, como en todos mis cálculos, á todos los ha- 
bitantes mayores de cinco años. 

Es necesario hacer aquí dos observaciones concernientes 
á estos resultados comparativos, el primero, con respecto á 
la diferencia de edades entre Buenos Aires y Nueva York, 
de donde resulta que los habitantes menores de cinco años 



estadística vital de buenos aires 93 

constituyen en la primera ciudad 13,1 por 100 de la pobla- 
ción total, como puede verse en los libros del censo, mien- 
tras que en la segunda solo representan 11,8 por 100, y por 
consiguiente, la masa de los habitantes en que la muerte 
encuentra más abundante presa, es relativamente mayor en 
Buenos Aires. La segunda está contenida en las siguientes 
palabras del Dr. Elisha Harris, encargado de la estadística 
vital del Comité Sanitario de Nueva York: «Notamos tam- 
bién que más de la mitad de la población total de más de 
cinco años es extranjera y que las familias cuyos jefes son 
de origen extranjero constituyen la principal porción de los 
habitantes de conventillos, como lo muestran los encarga- 
dos del censo en diferentes barrios...» Tan vigorosos como 
son la mayor parte de los extranjeros residentes, la pro- 
porción de mortalidad en sus niños es excesiva. Estas ob- 
servaciones demuestran que entre los extranjeros mayores 
de cinco años, que viven bajo circunstancias tan depresivas, 
como también entre sus tiernos hijos, la mortalidad debe ser 
mucho mayor que entre la población nativa, que goza de 
otras ventajas. 

Hay en todo esto algo más radical y serio que simples 
números. A fin de atenuar las consecuencias de la estadís- 
tica vital se aduce siempre el argumento de la mortalidad 
en los niños y se deduce su número del de defunciones de 
hijos del país, probándose de este modo que, pasando de los 
cinco años, la energía vital para resistir la enfermedad y la 
muerte no es mayor en los extranjeros que en los hijos del 
país. No quiero discutir este punto, sobre el cual podría 
decirse mucho en vista de las lecciones de la historia y de 
las ciencias biológicas; pero algo debo decir respecto al ele- 



94 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

mentó con que se pretende saldar el balance que resulta 
contra la población nativa. Considerado en su relación al 
mecanismo social, el niño no es seguramente un poder, sino 
una resistencia, no una fuerza, sino una carga; y de 
acuerdo con esta teoría incompleta y sofística, la muerte de 
un niño importaría una pérdida solo para el corazón de los 
que lo lloran y de ningún modo para la capacidad productora 
de la sociedad, especialmente si es reemplazado por un vigo- 
roso adulto, cualquiera que sea su procedencia. Semejante 
doctrina condenada por nuestros sentimientos naturales, por 
la justicia y la noble filantropía, está también en oposición 
con los dictados de la sana razón y de la estadística. Social- 
mente, el niño es el vínculo moral y la esperanza de la fa- 
milia; políticamente, es el ciudadano del porvenir. El ciu- 
dadano que ha nacido y ha crecido en la patria de sus pa- 
dres, no solo asimila los materiales de su organismo en el 
continuo proceso de rápida renovación, sino que toma en 
esa atmósfera los elementos constitutivos de su disposición; 
y así, por la educación progresiva, por la contemplación de 
las vicisitudes y de las luchas de la humanidad, y por un 
amor innato á todo lo que le pertenece, él viene aseria más 
segura garantía para la firmeza de las instituciones bajo cu- 
ya influencia y en cuyo molde ha sido formado. Entonces, 
es un deber para todas las sociedades bien constituidas 
prestar su preferente atención á los niños en vista del doble 
interés ya enunciado, y aunque más no fuese con el objeto 
de conservar el mayor número posible para los conflictos de 
la vida colectiva. 

Ya sea que la mortalidad de argentinos en Buenos Aires 
y la de americanos en Nueva York aumente ó disminuya 



estadística vital de buenos aires 95 

-sus actuales proporciones, sería difícil determinar cuánto 
se debilitarán las respectivas nacionalidades como poder re- 
gulador de la sociedad y en qué grado irá marcándose poco 
á poco esa pérdida de influencia en las costumbres del pueblo 
y en la integridad de sus instituciones. En mi opinión, este 
peligro no es imaginario ni remoto, y después del largo estu- 
dio que á este asunto he dedicado, el único medio que puedo 
descubrir para contrarrestarlo es la enérgica mejora de las 
^condiciones sanitarias de los estados, pueblos y ciudades; la 
reducción de la mortalidad á su más baja expresión posible 
(18 por 1000 por ejemplo); y el perfeccionamiento de los sis- 
temas de educación, popular, moral y física. De lo que ya 
hemos visto sobre la susceptibilidad de las influencias favo- 
rables ó adversas en la infancia, si la mortalidad disminuyese, 
los más beneficiados con esto serán los niflos, mientras que 
la sociedad, conservando un mayor número de ellos, asegu- 
rará las ventajas orgánicas que he mencionado. 

La estadística también hace oir su voz en esa cuestión. 
La ciudad de Nueva York, durante los siete años que termi- 
nan en 1873, ha tenido una proporción anual de defunciones 
•de 29 por 1000, mientras que la de nacimientos en ese perío- 
do ha sido muy baja. Tomando las cifras tal como están en 
«el registro, el número de muertes y de nacimientos fué co- 
mo sigue : 

Defunciones durante siete años 189 885 

Nacimientos » * » 119 226 

Diferencia contra la población 70 159 

Lo que equivale á una pérdida de más de 10 000 por año. 
De suerte que si esas pérdidas no fueren compensadas y 
«aún excedidas por la inmigración, la población iría decre- 



96 ESCRITOS Y DISCURSOS E>EL DOCTOR G. RAWSON 

ciendo gradualmente. Debo recordar aquí que, según Ios- 
informes oficiales, el registro de nacimiento es tan defec- 
tuoso, que autoriza la creencia deque él no contiene más que 
75 por 100 del número verdadero. Aún aceptando esta su- 
gestión hipotética, y suponiendo que no haya habido omi- 
siones en los registros de la mortalidad, tendríamos : 

Defunciones .. 189 385 

Nacimientos 158 968 



30 417 

lo que aún da una pérdida considerable para la población. 
Y,áfin de aprovecharnos de estas cifras, supongamos reduci- 
da la mortalidad de Nueva York á 21 por 1000; en cuyo caso- 
tendríamos los siguientes resultados: 

Defunciones 140 692 

Nacimientos 158 968 



18 276 

que dá un balance de 18 276 en favor de la población, en Vez 
de una pérdida real, como se ha sostenido; y esto sin tomar 
en cuenta el hecho positivo basado en la experiencia de que 
el número de nacimientos aumenta con la mejora délas condi- 
ciones sanitarias de la ciudad. Respecto á los niftos debe re- 
cordarse también que su mortalidad decrece mucho más rápi- 
damente que la de los adultos con el adelanto considerable de 
las condiciones de la ciudad; así que si del número hipotéti- 
co de defunciones— 140692—40 por 100 fuesen niños, la mor- 
talidad de estos habría sido de 56 276 en lugar de 93 677 que- 
murieron en los siete años, obteniéndose una economía en el. 
curso de pocos años de 37 401 vidas infantiles ú otros tantos 
ciudadanos ó madres de familia. 
Durante los mismos siete años Buenos Aires tuvo 51 20» 



estadística vital de buenos aires 97 

nacimientos y 58 771 defunciones, incluyendo las tres epide- 
mias ( 1867, 1868 y 1871 ) ó sea una pérdida de 7 564 habitan- 
tes. Reduciendo la proporción anual á 21 por 1000, la morta- 
lidad habría sido de 27 455 en los siete años, y la diferencia 
en favor de la población de 23752. No estoy examinando 
quimeras, sino realidades ; la vida y la muerte están regis- 
tradas en las estadísticas oficiales, y las mejoras que consi- 
dero posibles están grabadas en monumentos imperecederos, 
bajo la forma de obras sanitarias en aquellas comunidades 
americanas y europeas que han luchado gloriosamente con 
la muerte y la han vencido. 

Donde está la muerte está la enfermedad. Se ha admitido 
generalmente, y hasta cierto punto probado por la estadística, 
que en una ciudad ó pueblo la proporción aproximada es de 
dos personas enfermas en el año por cada defunción anual. 
Luego, para determinar el número de días de enfermedad, 
sufridas por el conjunto de la población, se multiplica el fac- 
tor permanente de 730 (365 por 2) por el número de muertos 
en el año : de modo que cuando la mortalidad es considera- 
ble el número de personas enfermas es también considera- 
ble en igual proporción, lo que es perfectamente razonable, 
por cuanto la enfermedad y la muerte proceden de las mis- 
mas causas en una localidad dada, y éstas obran sobre todos 
y cada uno de los habitantes. En 1874 la mortalidad fué de 
30709; y si, como se ha admitido, cada día del año había dos 
personas enfermas por cada defunción, el número anterior 
se multiplicaría por 730, y el producto =22 417 570 sería el 
número de días de enfermedad sufridas por la población co- 
lectiva, lo que equivale á 21,4 días por cada habitante. 

Un día de enfermedad significa un día de labor perdido 

13 



9$ ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G RAWSON 

para los que están en edad de trabajar y producir. El núme- 
ro de éstos se computa fácilmente sabiendo que, según el 
•censo de 1870, había en la ciudad 350 556 personas diversa- 
mente empleadas, es decir 37,1 por ciento de la población 
total; y, aplicando esta proporción á la población de 1875, 
'encontramos una masa de 387 769 trabajadores, cada uno de 
los cuales perdió 21,4 días de trabajo en el curso del año, y 
todos colectivamente 8298566 

Como la remuneración del trabajo varía considerablemen- 
te, según la naturaleza de la ocupación y la capacidad del 
individuo, no es fácil adoptar una medida uniforme; así es 
que tomaré la razón más baja que, según los comisarios de 
inmigración, ha prevalecido en 1875 para las personas que 
trabajan por día, á saber de pesos fuertes 1 á pesos fuertes 
1,50, prefiriendo la primera, á fin de evitar toda apariencia 
•de exageración. El valor del trabajo perdido ascendería, á 
razón de pesos fuertes 1 por día, á pesos fuertes 8 298 566. 

Los gastos ocasionados por la enfermedad son comunes á 
toda la población, y según el cálculo anterior el número de 
«días de enfermedad en la población colectiva fué de 22 417 570. 
El monto aproximado de esos gastos puede determinarse con 
los datos suministrados por los hospitales, según los cuales 
•cada enfermo cuesta como pesos fuertes 2 por día. 

Ahora, reduciendo esos gastos á la mitad ( es decir, á pe- 
sos fuertes 1 ¡en lugar de pesos fuertes 2) é incluyendo en 
«ellos los de asistencia profesional, medicinas, régimen y ali- 
mentos, para los habitantes de todas las clases, el costo total 
sería de pesos fuertes 22 417 570, igual ai número de días de 
enfermedad. 

No presentaré en forma pecuniaria la influencia depresi- 



estadística vital de buenos aires 99 

va que las causas mórbidas ejercen sobre la capacidad físi- 
ca y moral de esos individuos, que por razón de su energía 
vital, pueden resistir los efectos de esas causas y preservar 
su salud. Eliminar y vencer un agente patológico, importa 
una pérdida de fuerza orgánica en el proceso vital, y otro 
tanto menos de fuerzas en las aptitudes físicas y morales 
aplicadas á la producción: Mens sana in corpore sano. Es 
bastante mencionar esta última rama del asunto, no siendo 
posible estimar su valor pecuniario. 

Los que mueren durante la edad de trabajo tienen un va- 
lor independiente como capital irrevocablemente perdido. 
No solo se pierden aquí los días de enfermedad ó los días 
del año, sino que desaparece el instrumento efectivo de 
producción para el futuro. En los Estados Unidos se con- 
sidera que un inmigrante adulto representa un capital de 
pesos fuertes 1000 incorporado á la riqueza nacional: de mo- 
do que los 8 580 más ó menos que murieron en 1875, en la 
ciudad de Nueva York, representan un total de pesos fuer- 
tes 8580000. 

Con estos antecedentes, cada una de las cifras que he cal- 
culado cuidadosamente según datos, ya oficiales, ya de re- 
conocida autoridad científica, las pérdidas en la cuenta de la 
salud pública en 1875, pueden ser asentadas respecto de la 
ciudad de Nueva York del modo siguiente : 

Trabajo perdido 8 298 566 

Pérdidas— gastos de las enfermedades... 22 417 590 
Pérdidas— vidas de adultos 8 580 000 



39 2% 156 

Estas pérdidas no pueden evitarse, pero pueden ser dis- 
minuidas considerablemente. Si la mortalidad hubiera 
sido de 21 por 1000 en vez de 29 por 1000, cada uno de los 



IDO ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

ítems de la cuenta se habría reducido en la misma propor- 
ción; el total sería de pesos fuertes 28 432 216, y tendríamos 
una economía de pesos fuertes 10 838 840. 

Ese dinero salvado sería igual al interés de un capital de 
pesos fuertes 150 000 000 al 7 por ciento. Y pregúntese al distin- 
guido doctor Chandler, Presidente del Comité Sanitario, ó á 
los más instruidos y experimentados ingenieros sanitarios 
de este país ó de Europa, si ese capital ó la mitad de él, in- 
teligentemente invertido en mejoras sanitarias para la ciu- 
dad de Nueva York, no sería suficiente para colocar á esta 
ciudad al nivel de Londres en cuanto á salubridad. Estoy 
tan cierto que la respuesta será afirmativa, como lo estoy 
de que nunca hubo dinero empleado en una especulación 
más lucrativa. 

En cuanto á las causas del mal y su remedio, hay un libro 
que contiene su explicación y que vale toda una biblioteca. 
Los informes del Comité Sanitario enumeran esas causas, 
acompañándolas cada año de elocuentes sugestiones de re- 
medios, apoyados en la autoridad de la ciencia y del estudio. 
Si la lectura de ese libro se hiciera popular, y las influencias 
que hacen de esta metrópoli imperial una ciudad malsana á 
los ojos de las leyes de la higiene, el pueblo sabría entonces 
las mortíferas condiciones en que vive la mitad de la pobla- 
ción y como pueden ser ellas materialmente mejoradas; cuáles 
son los defectos actuales del sistema de drenaje y desagües, 
y el peligro de que esos defectos aumenten, para mayor de- 
trimento de la salud pública; se descubrirían las relaciones 
de los fenómenos meteorológicos con la mortalidad ; y para 
cada una de esas influencias se encontraría cierto remedio, 
sugerido por la experiencia, propia y extraña, ó los medios de 



estadística vital de buenos aires ioi 

-atenuar esas influencias, como que no dependen inmediata- 
mente de la mano del hombre. Los informes del Comité Sani- 
tario puestos en acción, con las amplificaciones requeridas 
por el desarrollo sucesivo, serían suficientes para reducir la 
mortalidad de Nueva York, en el espacio de cinco años, de 29 
por 1000 á 21 por 1000, y asegurar así todos los beneficios fí- 
sicos y morales, que serían la consecuencia de tal triunfo. 
Está en el interés de todos, pobres y ricos, naturales y ex- 
tranjeros, ayudar á la realización de mejoras sanitarias, por 
ser éstas perentoriamente urgentes para el presente y nece- 
sarias para las generaciones venideras. Y debe recordarse 
que el costo de su ejecución aumenta por cada día de retar- 
do. Uno de esos movimientos omnipotentes de opinión que 
en un pueblo vigoroso son generalmente seguidos de resul- 
tados prodigiosos, nos llevará á la inmediata y completa so- 
lución del gran problema. No es este un asunto que solo 
concierne á Buenos Aires en aquella apartada región de 
América, ó á Nueva York en esta parte del continente : es 
un punto que afecta los intereses de todas las nacionalida- 
des, Nueva York en 1790 tenía 33 000 habitantes; 80 años 
más tarde, con un millón de almas, es la tercera ciudad del 
mundo cristiano y está en camino de llegar á ser la primera 
al fin del segundo centenario de los Estados Unidos. Fila- 
delfia compite con Berlín y Viena; sobre las márgenes del 
Mississipi se levanta San Luis, otra ciudad que monopoliza- 
ría la admiración de todos los que la contemplan, si no fue- 
ra que á orillas del lago Michigan levanta su cabeza orgu- 
Uosa ante la mirada atónita de propios y extraños, Chicago, 
la flamante ciudad que ahora contiene medio millón de seres 
humanos. ¿Qué será con el curso del tiempo, de estos grandes 



102 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

centros de civilización y de muchos otros que aún no tienen 
nombre? El problema de su destino está en sus propias manos 
y la ciencia sanitaria sería el faro luminoso que debiera 
guiar sus pasos en la senda del porvenir. 

La tendencia á la centralización con sus ventajas é incon- 
venientes, es inherente á la naturaleza humana y no puede 
ser controlada. En 1860 había en los Estados Unidos 18 por 
100 de la población total en ciudades de 8,000 y más habitan- 
tes, y en 1875 la población total de ciudades de 8 000 y mas 
habitantes ascendía á 10 116000, ó sea 24 por 100 del conjun- 
to, estimándose éste en cuarenta y dos millones. Y esto 
además de los intereses agricultores que tienden á diseminar 
la población sobre todo el territorio; además de los ríos y 
lagos, canales y ferrocarriles, cuya extensión total alcanza- 
ría á dar tres veces la vuelta al globo terrestre; además de 
todas esas facilidades que en todas partes traen las necesi- 
dades del mercado para la conducción rápida y barata de las 
personas y de los productos industriales. 

En la República Argentina está aún más marcada que en los 
Estados Unidos esta fuerza instintiva de centralización, y esto 
por razones económicas y geográficas que fácilmente se perci- 
ben. El crecimiento de las ciudades del litoral es proporcio- 
nalmente más rápido que el de los pueblos del in terior; y en 
particular la de Buenos Aires donde la aglomeración está tam- 
bién fuera de comparación con la que se observa en el país. 

Esteno es lugar conveniente para inquirirlas consecuencias 
sociales y políticas de esa desigualdad natural; pero al tratar 
de la vida de las ciudades y de la estadística de Buenos Ai- 
res, debe aplicarse á la última las consideraciones que sugie- 
ran esa clase de agrupamiento;— en cuanto á las causas de 



estadística vital de buenos aires 105 

excesiva mortalidad de Buenos Aires, ya han sido breve- 
mente enumeradas, como también las costosas obras que es- 
tán en vía de ejecución á fin de removerlas. 

Por lo demás, en la cuestión sanitaria de las ciudades, cual- 
quiera que sea su población, no solo corresponde á éstas, en 
cuanto se extienda su capacidad, sino á todos y cada uno de 
los habitantes, asumir la responsabilidad del peligro actual 
y su futura agravación : todos tienen que tomar parte en la 
lucha continua en defensa de la vida; el pueblo todo, en sus 
variadas manifestaciones; municipalidades, legislaturas y 
congresos. No sé si el ilustre Cobden y Sir Robert Peel eran 
ó no muy versados en materia de higiene pública, pero sí sé 
que la liberal legislación comercial que ellos establecieron 
en Inglaterra ha servido para mejorar la condición de los 
pobres en esa nación, haciendo menos pesada su existencia 
en razón del bajo precio de los artículos alimenticios y ha 
contribuido eficazmente á disminuir el número de muertes 
y de las enfermedades causadas por la necesidad. 

Al cerrar esta precipitada reseña, creo de mi deber discul- 
parme ante el Congreso Médico por la libertad que me he 
tomado de hacer comparaciones con el movimiento vital de 
Nueva York, sin estar para ello autorizado por una larga, 
observación personal. Por una parte, diría que los argenti- 
nos siempre miran hacia esta parte del mundo como ejem- 
plo y estímulo, y por la otra, que he notado tales analogías 
antropológicas entre lo que he visto durante mi corta resi- 
dencia en Nueva York y lo que ha sido objeto de mis estu- 
dios en Buenos Aires, que no he podido resistir al deseo de 
establecer algunas comparaciones, aún á riesgo de arribar á 
conclusiones defectuosas ó inexactas. 



ESTUDIO 



SOBRE 



US CASAS DE INQUILINATO 



DE BUENOS AIRES 



! 



CASAS OE INQUILINATO 



Entre los problemas sociológicos y económicos que se 
relacionan estrechamente con la Higiene Pública, pocos 
hay que puedan compararse en importancia con el que se 
refiere á las habitaciones de los trabajadores y de los po- 
bres, no solo del punto de vista filantrópico, por lo que con- 
cierne á los necesitados, sino del de los intereses de la co- 
munidad, en cuanto se relacionan con la salud y con la 
vida. 

Acomodados holgadamente en nuestros domicilios, cuan- 
do vemos desfilar ante nosotros á los representantes de la 
escasez y de la miseria, nos parece que cumplimos un deber 
moral y religioso ayudando á esos infelices con una limos- 
na; y nuestra conciencia queda tranquila después de haber 
puesto el óbolo de la caridad en la mano temblorosa del an- 
ciano, de la madre desvalida ó del niño pálido, débil y en- 
fermizo que se nos acercan. 

Pero sigámoslos, aunque sea con el pensamiento, hasta la 
desolada mansión que los alberga; entremos con ellos á ese 
recinto oscuro, estrecho, húmedo é infecto donde pasan sus 
horas, donde viven, donde duermen, donde sufren los do- 



i. 



I08 ESCRITOS T DISCURSOS DEL DOCTOR O. RAWSON 

lores de la enfermedad y donde los alcanza la muerte pre- 
matura; y entonces nos sentiremos conmovidos hasta lo más 
profundo del alma, no solo por la compasión intensísima 
que ese espectáculo despierta, sino por el horror de seme- 
jantecondición. 

De aquellas fétidas pocilgas, cuyo aire jamás se renueva 
y en cuyo ambiente se cultivan los gérmenes de las más 
terribles enfermedades, salen esas emanaciones, se incorpo- 
ran á la atmósfera circunvecina y son conducidas por ella 
tal vez hasta los lujosos palacios de los ricos. 

Un día, uno de los seres queridos del hogar, un hijo, que 
es un ángel á quien rodeamos de cuidados y de caricias, se 
despierta ardiendo con la fiebre y con el sufrimiento de 
una grave dolencia. El corazón de la madre se llena de an- 
siedad y de amargura; búscase sin demora al médico expe- 
rimentado que acude presuroso aliado del enfermo; y aquél 
declara que se trata de una fiebre eruptiva, de un tifus, de 
una difteria ó de alguna otra de esas enfermedades zimóti- 
cas que son el terror de cuantos las conocen. El tratamien- 
to científico se inicia; el tierno enfermo sigue luchando con 
la muerte en aquella mansión antes dichosa, y convertida 
ahora en un centro de aflicción; el niño salva, en fin, ó su- 
cumbe bajo el peso del mal que lo aqueja. 

¿De dónde ha venido esa cruel enfermedad? La casa es 
limpia, espaciosa, bien ventilada y con luz suficiente según 
las prescripciones de la higiene. El alimento es escogido y 
su uso ha sido cuidadosamente dirigido. Nada se descubre 
para explicar cómo ese organismo, sano y vigoroso hasta la 
víspera, sufriera de improviso una transformación de esta 
naturaleza. El enfermo ha sanado quizá, y damos gracias 



m 
t 



l 



CASAS DE INQUILINATO IO9 

al cielo y al médico por esta feliz terminación; ó ha muerto 
dejando para siempre en el alma de la familia el duelo y el 
vacío; pero no investigamos el origen del mal; las cosas 
quedan en las mismas condiciones anteriores y los peligros 
persisten para los demás. 

Acordémonos entonces de aquel cuadro de horror que 
hemos contemplado un momento en la casa del pobre. Pen- 
semos en aquella acumulación de centenares de personas, 
de todas edades y condiciones, amontonadas en el recinto 
malsano de sus habitaciones; recordemos que allí se de- 
senvuelven y se reproducen por millares, bajo aquellas mor- 
tíferas influencias, los gérmenes eficaces para producir las 
infecciones, y que ese aire envenenado se escapa lenta- 
mente con su carga de muerte, se difunde en las calles, pe- 
netra sin ser visto en las casas, aun en las mejor dispues- 
tas; y que aquel niño querido, en medio de su infantil ale- 
gría y aun bajo las caricias de sus padres, ha respirado 
acaso una porción pequeña de aquel aire viajero que va 
llevando á todas partes el germen de la muerte. 

Este cuadro, que parece una fantasía, es, sin embargo, la 
fiel traducción de los hechos como los estudia la ciencia y 
los confirma la experiencia. Y si esto es así, la sociedad en- 
tera, los ricos y los poderosos, lo mismo que los pobres y 
desgraciados, están solidariamente interesados en suprimir 
con todas sus fuerzas esos focos de infección, que desde las 
profundidades de la miseria envían tal vez la muerte para 
castigar la indiferencia de los que viven en la opulencia de 
las capas sociales superiores. 

No pretendemos sugerir remedios para la supresión del 
pauperismo. Es un hecho á que está condenada la sociedad 



IIO ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

por causas que la ciencia económica consigna; pero, dado 
el hecho en cualquiera de sus formas, es, no solo un dere- 
cho, sino un deber imperioso el buscar los medios para ate- 
nuar los efectos deletéreos de esa calamidad social. No 
basta acudir con la limosna para socorrer individualmente 
la miseria; no basta construir hospitales y asilos de po- 
bres y mendigos; no basta acudir con los millones para sub- 
venir á estos infortunios accidentales en aquella clase de- 
primida de la sociedad. Es necesario ir más allá; es preciso 
buscar al pobre en su alojamiento y mejorar las condicio- 
nes higiénicas de su hogar, levantando así su vigor físico y 
moral, sin deprimir su carácter y el de su familia humillán- 
dolos con la limosna. 

Cuando hablamos del pobre en este extremo de miseria, 
lo presentamos en el límite de su decadencia; pero, para 
llegar á esta profunda desdicha, ha debido seguir un cami- 
no descendente desde el nivel modesto del trabajador que 
tiene que ganar su vida con el sudor de su rostro; é importa 
notar en cuanto ha influido el lugar malsano que habita 
para conducirlo á tan lastimosa condición. 

Ese obrero, gozando todavía de la plenitud de su fuerza, 
se alberga con su familia en alguna *de esas casas de inqui- 
linato, y ocupa en ella, con el grupo que lo rodea, uno de 
esos recintos húmedos y oscuros que se cuentan por milla- 
res en las casas que llevan aquel nombre. El trabajador, 
después de haber gastado la energía de sus músculos en la 
tarea de cada día, vuelve al seno de su hogar buscando el 
descanso de la noche. ¿Qué sueño profundo y reparador le 
' será posible bajo aquellas condiciones insanas? Cada inspi- 
ración de ese infeliz lleva á sus pulmones, á su sangre, á su 



CASAS DE INQUILINATO 1 1 1 

cerebro y á todos sus órganos el veneno latente suspendido 
en el aire impuro que lo rodea; y en vez del reposo sufre 
las influencias perniciosas derivadas de esa causa, que de- 
bilita los procesos orgánicos de su nutrición y de su vida. 
Al día siguiente ese padre de familia se levanta repugnan- 
do el trabajo por la postración ocasionada en el reposo im- 
perfecto de la noche y por ese envenenamiento lento á que 
ha sido sometido por tantas horas. Siente que necesita vol- 
ver á sus tareas; pero siente también que su cerebro y sus 
músculos no están habilitados para hacerles frente: y por 
instinto acaso, ó por la experiencia de otros, comprende 
que necesita estimular artificialmente los resortes de su vi- 
gor postrado, recurriendo probablemente con ese fin al uso 
de los estimulantes alcohólicos. El primer efecto es el de 
una excitación pasajera, bajo cuyo influjo el obrero puede 
volver á sus ocupaciones; pero este efecto es transitorio é 
incompleto; y sucede á menudo, por las mismas causas de 
un día, que se hace necesario en el siguiente y en los suce- 
sivos, el uso del alcohol en cantidades crecientes por lo co- 
mún; y este infeliz trabajador, honrado, deseoso de cumplir 
con sus obligaciones para consigo mismo, para con su fa- 
milia y para con la sooiedad á que está incorporado, va de- 
gradándose física y moralmente por la habitud contraída, 
hasta que termina después de algunos años de lucha en uno 
de esos extremos miserables, en el delirium tretnens, en el 
hospital y en la muerte. 

La esposa sufre en la misma proporción los inconvenien- 
tes de aquella vida. Débil é incapaz de subvenir por sí mis- 
ma á las necesidades que pesan sobre su responsabilidad 
para sí y para sus niños, se arrastra poco á poco en esa lu- 



112 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

cha dolorosa, busca y halla trabajo fuera del hogar, y vuel- 
ve en la noche para encontrar quizá á sus hijos desolados, 
nerviosos, tal vez enfermos y convulsos; todo ello porque 
esas criaturas no tuvieron en el día aire puro y sano que 
respirar, ni recibieron sino en limitados momentos la luz 
del sol vivificante que todos necesitan. 

Hé aquí la verdad de un hecho que puede comprobarse á 
cada instante. Y cuando se piensa que no son unidades li- 
mitadas en número las que sufren en esta forma y con tal 
intensidad, sino que se cuentan por millares y por docenas 
de millares, aun en ciudades que empiezan á desenvolverse 
como la nuestra, es preciso mirar al porvenir y contemplar 
como un peligro gravísimo que puede hacerse sentir hasta 
las raíces de la sociedad, la masa creciente de esos seres 
infortunados* que viven para sufrir y que no alcanzan más 
descanso que el de la muerte. 



Conviene conocer las cifras por las cuales está represen- 
tada esta que nosotros llamamos una calamidad pública, y 
la progresión en que esas cifras se desenvuelven en la 
ciudad de Buenos Aires. 

En el afto 1880, según la estadística prolija levantada por 
la Municipalidad, el número de casas de inquilinato era de 
1 770; las habitaciones contenidas en ellas eran 24 023, y el 
número de habitantes alojados era 51 915. 

Esta cifra es muy considerable, seguramente, en cuanto 
al número de inquilinos, pero falta estudiar el progreso en 
que su número se ha desarrollado en lo sucesivo. 

En 1883, según la estadística derivada de la misma fuente 



CASAS DB INQUILINATO 



"3 



oficial, teníamos 1868 casas de inquilinato con 25 645 habi- 
taciones que estaban ocupadas por 64 126 habitantes. 

El aumento de las casas en los tres años fué de 5.5 % } el 
de las habitaciones contenidas fué de 6.7 %\ mientras que su 
población se acrecentó en ese mismo tiempo á razón de 
23.5*. 

Es alarmante sobremanera este rápido crecimiento de la 
población de los inquilinatos; y siguiendo la misma progre- 
sión esos factores presentarán sucesivamente las cifras 
siguientes que importa consignar: 



Años 


Casas 


Habitacio- 
nes 


Habitantes 


Para cada ha- 
bitación 


1880 


1770 


24 023 


51915 


2, 1 


1883 


1866 


25 645 


64 156 


2, 5 


1886 


1970 


27 363 


79 233 


2, 8 


1889 


2078 


29 1% 


97 852 


3, 3 


1892 


2192 


31152 


120 847 


3. 8 



De suerte que dentro de ocho afios, el número de habi- 
tantes en las casas de inquilinato será de 120 847 y las habi- 
taciones que ocuparán serán solo 31 152; y para cada uno de 
esos cuartos que ahora consideramos estrechos y malsanos, 
habrá de tres á cuatro habitantes, entre los cuales figurarán 
hombres y mujeres, adultos y niños de ambos sexos, mez- 
clados todos en grupos informes, cuya vida tiene que pro- 
ducir una degradación física con todos sus dolores y sus 
tormentos, y una escuela de corrupción y de inmoralidad. 

No debe olvidarse al mismo tiempo una circunstancia que 
agrava ahora y agravará más en lo sucesivo tan triste situa- 
ción, y es que algunas habitaciones están ocupadas tan solo 
por una ó dos personas; que algunas familias más favore- 

15 



114 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

cidas ocupan tres ó cuatro piezas cada una; de manera que 
el resto de la población de aquellas casas está agrupada en 
mucho mayor número para cada pieza; y que esta acumu- 
lación, como hemos tenido oportunidad de verlo muchas 
veces, llega hasta colmar en su totalidad la superficie hábil 
del cuarto, principalmente durante la noche. 

Basta tomar en consideración la forma en que se desa- 
rrolla la población en países nuevos, como lo demuestra la 
estadística de Buenos Aires. Una corriente de inmigración, 
compuesta en su mayor parte de trabajadores pobres, viene 
á instalarse aquí. Pasan algunos á las Provincias, llamados 
por las industrias que allí se desenvuelven; pero gran parte 
quedan en esta ciudad, no solo por evitarse viajes y proble- 
mas de dudosa solución, sino porque en realidad las indus- 
trias urbanas se desenvuelven aquí con actividad, recla- 
mando un número de trabajadores cada vez mayor, y ofre- 
ciéndoles una remuneración satisfactoria. 

¿Dónde se alojan estos recién venidos? No hay casas espe- 
rándolos para albergarlos; el número de las que existen en 
el municipio es escaso ya para la población actual, puesto 
que, para los trescientos mil habitantes que la ciudad tenía 
probablemente en 1882, solo había 22 500 casas, lo que da 
catorce habitantes para cada una. 

En 1883 se han construido 706 casas, lo que es un aumento 
de tres por ciento sobre las del año precedente, mientras 
que la población se calcula aumentada en un cuatro por 
ciento, por lo menos. 

No hay, pues, holgura para el alojamiento de los que 
llegan; y éstos, como es natural, y como se verifica en todas 
partes donde este fenómeno inmigratorio tiene lugar, van á 



CASAS DE INQUILINATO II5 

buscar las casas baratas, los cuartos estrechos porque son 
baratos, y donde la acumulación de los inquilinos permite á 
los propietarios cobrar con ventaja un bajo alquiler relativo. 

El resultado es que los habitantes de las casas de inqui- 
linato se acrecientan con suma rapidez, como puede esti- 
marse comparando las cifras de 1880 con las de 1883, y así 
puede calcularse también con aproximada exactitud cual 
ha de ser esa población dentro de un término cualquiera 
señalado. 

Lo que importa notar con insistencia es el hecho de la 
degradación física y moral á que esos habitantes están so- 
metidos en las condiciones de su albergue; y lo que conviene 
hacer constar por inspecciones repetidas, sobre todo en las 
horas de la noche, es que con semejante acumulación hay 
que admirar que las enfermedades y las muertes originadas 
en esa atmósfera infecta, no sean diez veces más numerosas 
que lo que son en realidad. Una familia vigorosa y sana, 
con padres honrados y laboriosos, una vez reducida á ese 
género de vida, tiene que sufrir una depresión física y moral 
que inhabilita á los fuertes para el trabajo y á los niños des- 
graciados para gozar de la salud necesaria en la evolución 
progresiva de la edad. 

La ciudad de Buenos Aires tiene una mortalidad actual- 
mente reducida, si se la compara con la de diez ó quince 
años atrás. Dado el acrecentamiento de la población, y cal- 
culada según ella la mortalidad de los últimos años, se 
puede aceptar que ha habido en algunos de ellos una eco- 
nomía de dos ó tres mil vidas cada año. Las mejoras sani- 
tarias que se han realizado sucesivamente, aunque dejan 
tanto que desear todavía, han sido considerables bajo ciertos 



Il6 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

aspectos, de modo que la mortalidad anual se ha rebajado 
á veintitrés ó veinticuatro por mil, mientras que en los años 
que precedieron á la fiebre amarilla, y en los que la subsi- 
guieron inmediatamente, de cada mil habitantes morían 
treinta y tres á treinta y cuatro. 

Solo podemos hacer cálculos en estas cuestiones de tan 
vital importancia: nos falta el dato precioso del censo que 
no se ha levantado en oportunidad, á pesar de las claras 
prescripciones de la Constitución Nacional, y de las conve- 
niencias que los pueblos civilizados encuentran en la enu- 
meración frecuente y exacta de su población. Nos vemos 
obligados, pues, á hacer computaciones aproximadas sobre 
este punto. 

En el año 1883 la población total de Buenos Aires ha sido 
probablemente de 310 000 habitantes. El número de defun- 
ciones alcanzó á 8510, inclusa la enorme cantidad de 1505 
muertos de la viruela; y ese total representaría el veinti- 
séis por mil de la población calculada. Si se sustraen las 
defunciones por viruela, que han podido reducirse á una 
mínima expresión mediante una vacunación y revacunación 
severamente impuesta, la mortalidad quedaría reducida á 
un veinte y tres por mil. 

Y bien; los que hayan tenido oportunidad de observar la 
vida que se pasa en esas habitaciones malsanas que veni- 
mos estudiando, los que hayan seguido con interés el proceso 
de afocamiento de las enfermedades infecciosas y epidémicas, 
podrán comprender que de la alta cifra de defunciones, 2200 
á lo menos, proceden de las casas de inquilinato, lo que 
daría, sobre los 64 156 habitantes que ellas tenían, una mor- 
talidad de treinta y cuatro por mil. Y si se considera que de 



CASAS DE INQÜILINAtO II? 

los 1 500 muertos de viruela, más de mil han ocurrido en 
aquellas acumulaciones, se puede apreciar la influencia 
perniciosísima que esas casas ejercen, no solo por el sufri- 
miento de sus moradores, tan dignos de compasión, sino 
por la difusión de las enfermedades infecciosas, y la mayor 
gravedad que ellas asumen en aquellos focos horribles de 
donde se trasmiten al resto de la población. 

Corregir este defecto y evitar su funesta agravación en lo 
sucesivo, es, pues, de un interés primordial, exigente y pe- 
rentorio, para la sociedad, y un deber imperioso para las 
autoridades competentes. A ese fin deben concurrir todos 
cuantos sean capaces de estimar el mal y que en cualquiera 
forma puedan contribuir á este gran designio. Tal es el as- 
pecto más interesante que la cuestión de las casas de inqui- 
linato presenta, y á él vamos á dedicar particularmente 
nuestra atención. 

Inútil es decir que no es esta una cuestión nueva en el 
mundo civilizado. En todas partes se sienten los inconve- 
nientes de estas aglomeraciones humanas y de las pésimas 
condiciones de los edificios donde se albergan los obreros 
pobres; pero en los últimos veinticinco afios el interés 
del problema ha venido haciéndose más y más palpitante, 
sobre todo en las ciudades populosas. Es notorio que la In- 
glaterra se ha puesto al frente de este movimiento de repa- 
ración; que el Parlamento se ha ocupado muchas veces del 
asunto y ha legislado con previsión sobre la materia; que 
hay una comisión parlamentaria permanente que recoje 
cada año, por investigaciones prolijas, datos preciosos de 
los progresos administrativos realizados bajo la influencia 
de las leyes especiales existentes, y que presenta al Parla- 



II& ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSOK 

mentó sus informes anuales, poniendo de manifiesto los 
hechos que se han producido y que pueden todavía deri- 
varse de la legislación existente, y sugiriendo las modifica- 
ciones legislativas que serían conducentes para dar mayor 
eficacia y energía á las mejoras progresivas. 

No solo la legislación interviene, sino que la sociedad en- 
tera está comovida y trae por diversos medios una coope- 
ración importante á la acción de las autoridades. 

Hay muchas sociedades filantrópicas que se ocupan de la 
construcción de casas para los trabajadores, empleando 
cuantiosos capitales en ese objeto, asociando al espíritu 
filantrópico que las guía, el aspecto comercial, en cuanto es 
compatible con su principal designio. Un interés de 5 °/ es 
el término medio de la ganancia líquida de esas sociedades, 
y ese interés basta para la atracción del capital, permite al 
mismo tiempo realizar grandes mejoras en los edificios y 
un límite en su alquiler que los haga accesibles á los obreros 
para quienes están destinados. 

Hay, además, muchas compañías peculiares en su género 
y en sus formas, llamadas Building Societtes, con grandes 
ó pequeños capitales, que se aplican también exclusivamente 
á edificar casas, no ya movidas por el espíritu de filantropía, 
sino por el incentivo del negocio, introduciendo asimismo en 
sus nuevas construcciones mejoras que refluyen en benefi- 
cio de los ocupantes. 

De este conjunto de esfuerzos determinados por diversos 
móviles resulta el hecho saludable de que el número de ca- 
sas edificadas en Londres sigue una marcha paralela al 
aumento de la población; y así se observa que desde 1851, 
según la estadística censal, hay siempre 7.8 de habitantes 



CASAS DE INQUILINATO II9 

para cada casa, y que en 1882, por ejemplo, se han construí- 
do 12 300 edificios habitables, es decir, á razón de tres casas 
cada dos horas en el curso del año. 

Llama especialmente la atención en este estudio la consa- 
gración de muchas personas, en Londres, con sus grandes 
ó pequeños capitales, para la edificación destinada á los 
obreros pobres. No hay en estos casos objeto comercial, 
sino propósitos exclusivamente sanitarios y benéficos para 
la clase á que se aplican. 

Nos hacemos un honor de mencionar uno de esos bene- 
factores cuya acción previsora y trascendente se hace sen- 
tir cada día más en la ciudad de Londres. El sefior Peabody , 
ciudadano de los Estados-Unidos y establecido por muchos 
años en Londres como banquero, donó en 1862 la suma de 
150 000 £, con el objeto de beneficiar á los pobres de aquella 
gran metrópoli. No era su propósito distribuir el capital ó 
su renta en forma de limosnas á los menesterosos; porque 
decia él con razón, que la limosna degrada y deprime el ca- 
rácter de quien la recibe. Consultando con las personas no- 
tables á quienes encomendó la aplicación de su donativo, se 
resolvió que se emplearía en la construcción de edificios 
adecuados para alquilarse á los trabajadores pobres, que 
pagarían una renta, mínima, sin duda, pero bastante para 
hacer sentir á los beneficiados que no estaban gratuitamente 
alojados en aquellas casas. 

Desde entonces comenzó ese proceso de construcciones 
modestas y saludables, llevando consigo la simpatía y la 
gratitud de la población beneficiada y el aplauso caluroso 
de cuantos comprendían el noble fin del fundador, y podían 
estimar el alcance que con el andar del tiempo tendría esta 



Í20 ESCRITOS T DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSÓlí 

institución. El reducido interés de 3 % próximamente, deri- 
vado de los alquileres, se aplicaba á nuevas construcciones 
semejantes, deducidos los gastos indispensables de repara- 
ciones, de impuestos y de los demás servicios anexos. 

En 1866 Peabody agregó 100 000 £ más á su donación. En 
1868 otras 100 000 £; y para 1873, 150 000 £ adicionales vinie- 
ron á integrar el fondo, constituyendo así un capital de 
500 000 £. 

Peabody murió en 1868; y lo que se había realizado hasta 
entonces en el sentido originario propuesto, era ya bastante 
para que él antes de morir, pudiera complacerse con la efi- 
cacia de su donación, y ordenara que el sistema adoptado 
debía continuarse indefinidamente, esperando que cuando 
hubiera transcurrido un siglo desde la fecha de su primera 
donación, la ciudad de Londres tendría muchos cientos de 
miles de trabajadores viviendo cómodamente, conservando 
la energía de su fuerza física é intelectual, el vigor y la mo- 
ralidad sostenidos por las condiciones higiénicas en que es- 
taban colocados, y aplicando todas esas ventajas personales 
al progreso y á la elevación de su patria. 

Peabody hizo antes de morir muchas valiosas donaciones 
en los Estados-Unidos. Dio tres millones de pesos fuertes 
para fomentar la educación pública en los Estados del Sud;y 
distribuyó dos ó tres millones más en diversas localidades ins- 
tituyendo escuelas, librerías, universidades, y todo cuanto él 
creía ser útil al desarrollo del pensamiento americano. Toda- 
vía su familia heredó cinco millones de pesos; resultando 
así que este hombre benéfico había sabido acumular con el 
trabajo y la economía de su vida, trece millones de pesos 
que tuvo el coraje de colocar y distribuir tan noblemente. 



CASAS DE I1ÍQUILÍNAT0 12 1 

El fondo de Peabody en Londres está administrado por 
personas muy distinguidas, entre las que figura actualmente 
Lord Derby, el Ministro de los Estados-Unidos, y varios 
miembros de las Cámaras de los Lores y de los Comunes. 
No sólo se tiene así la garantía de probidad en la adminis- 
tración, sino también la seguridad de que son ejercidas las 
mejores influencias para sacar el más alto beneficio en favor 
de aquéllos para cuyo servicio está destinada la donación. 

En 1880 las habitaciones provistas por el fondo de Pea- 
body daban alojamiento á diez mil obreros. En 1882 este 
número había subido hasta 14 604; y según el último informe 
de la comisión que tenemos á la'vista, al fin de 1883 estaban 
alojados 18 009 habitantes en los diversos grupos de edificios 
del mismo origen. 

Hemos calculado, según la progresión de este crecimiento, 
cual será la cifra de los beneficiados en esta forma en el 
curso de los tiempos venideros; y, con mucha moderación 
en el cálculo, podemos afirmar que cuando haya pasado 
medio siglo desde que Peabody pronunció aquellas palabras 
de esperanza y de consuelo, 120 000 habitantes laboriosos, 
educados y regenerados, con su progenie en camino de ha- 
cerse legión, estarán ya disfrutando de aquel beneficio. 

No es fácil predecir cuántas transformaciones pueden 
sobrevenir, no en la índole, sino en los métodos de esta ins- 
titución recomendable: el tiempo pasa, el fondo sigue multi- 
plicándose y aplicándose á los mismos fines sanitarios y 
humanitarios; el número y la extensión de los edificios que 
responden al propósito fundamental se aumenta extraordi- 
nariamente, y correrán los años y llegará el término del 
siglo previsto por el fundador. 

16 



i 22 ESCRITOS T DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSOÑ 

Nos hemos complacido en hacer el cálculo prolijo del cre- 
cimiento de Londres hasta aquel tiempo, y el del aumento 
de la población favorecida de que nos ocupamos; y resulta 
que cuando el siglo se cumpla, Londres será una población 
inconcebible de diez millones de habitantes, y figurarán en- 
tre éstos, 800 000 albergados en los miles de casas construi- 
das con el capital de Peabody. Muchas de esas casas se 
habrán convertido quizás en propiedades privadas de los 
hijos ó de los nietos de los primeros inquilinos, y una duo- 
décima parte de la población de esa ciudad maravillosa por 
sus proporciones, se habrá formado de generación en gene- 
ración bajo las influencias de la luz, del aire puro, de la 
holgura y de todas las conveniencias higiénicas que se con- 
sultan; y será de ver, dentro de setenta años, la posición 
aventajada de estos ciudadanos, en el orden industrial, cien- 
tífico y político á que estarán incorporados. ¡Qué gloria para 
el nombre del fundador! 

No abrigamos la esperanza de que se encuentre un Pea- 
body entre nosotros; no porque falten capitales disponibles, 
seguramente, sino porque nuestras costumbres y tendencias 
difieren en mucho de aquellas que conducen á actos seme- 
jantes al que estamos describiendo. 

La beneficencia y la caridad están en nuestro país casi 
exclusivamente en manos de la mujer; las sociedades de se- 
ñoras han hecho prodigios en el sentido de los servicios 
filantrópicos; se muestran incansables en su noble labor, y á 
cada instante nos sorprenden con una obra nueva, con un 
nuevo conato para mejorar, dentro de su alcance, la condi- 
ción de los necesitados. Son esfuerzos cooperativos de estas 
colectividades que merecen el aplauso y la simpatía de 



CASAS DE INQUILINATO I2¿ 

cuantos las contemplan, pero que no pueden llegar á los 
fines más trascendentales que reclaman recursos materiales 
mucho más decididos. 

No nos lisonjeamos, pues, con la idea de que el remedio 
para el mal que estudiamos proceda de la pura filantropía, 
ni del espíritu de asociación tan poco cultivado entre nos- 
otros; y nos creemos autorizados á señalar como factor 
principal para estos designios la acción de la autoridad, 
ejercida en debida forma, á imitación de la Inglaterra y de 
lo que otras naciones intentan para el mismo objeto. 

La serie de leyes dictadas por el Parlamento Británico 
para mejorar los alojamientos de los trabajadores pobres, 
ha servido de mucho al impulso que se nota en esa direc- 
ción; é irá más adelante todavía, estamos seguros, porque 
cada vez es más viva la pasión que agita el sentimiento pú- 
blico y lo encamina á la atenuación gradual y á la conjura- 
ción definitiva del mal. 

Vota el Parlamento todos los años muchos millones de 
libras esterlinas como fondo de empréstito para las obras 
de saneamiento en general, y para ayudar á las sociedades 
que los soliciten para la edificación de casas de obreros. Un 
interés reducido sobre el capital prestado y una amortiza- 
ción lenta, que puede durar en algunos casos hasta sesenta 
años, sirve de mucho para facilitar los medios y acrecentar 
las fuerzas de las diversas empresas de este carácter. La 
ley provee que cuando un edificio ó un grupo de edificios 
ruinosos y malsanos sean declarados inhabitables por la 
autoridad local competente, y cuando los propietarios no 
hayan realizado las reparaciones requeridas, esos edificios 
sean desalojados y expropiados, si así conviene, ai precio de 



I ¿4 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

tasación en su estado presente, y vendidos los terrenos por 
licitación á las sociedades ó empresas que se comprometan 
á construir sobre ellos edificios convenientes para los obre- 
ros. Pero, teniendo en cuenta que cuando doscientas ó tres- 
cientas personas son desalojadas de sus malas habitaciones, 
irán á acomodarse en otras análogas, sin ventaja propia, y 
tal vez aglomerándose en mayores proporciones, la ley dis- 
pone que se provea en cuanto sea posible habitaciones me- 
jores para que los desalojados no se encuentren vagando sin 
asilo, y corriendo todos los riesgos á que ellos y la sociedad 
entera están expuestos por ese estado de cosas. 

El aflo pasado ha sido notable por las agitaciones que han 
prevalecido en todas las clases sociales con motivo de esta 
cuestión urgente y perentoria. Los cuerpos municipales, las 
sociedades filantrópicas y de beneficencia, las asociaciones 
sanitarias, el Parlamento, el Ministerio, todos con la misma 
viveza se han conmovido como si fuera cuestión nueva la 
que se presentaba; y probablemente el próximo Parlamento 
dictará disposiciones adicionales que subsanen las deficien- 
cias de las leyes existentes y den mayor impulso al movi- 
miento reparador. 

Y, sin embargo, á pesar de esta deplorable condición que 
la Inglaterra proclama como un mal terrible, se han reali- 
zado ya en la práctica, bajo el influjo de los diversos facto- 
res mencionados, mejoras de tal importancia que más de 
80 000 trabajadores pobres están bien alojados ahora, de 
esos mismos que vivían en la miseria fisiológica de sus ha- 
bitaciones anteriores, que aumentaban el número de las en- 
fermedades y de los muertos, el de los pobres que gravitan 
sobre el tesoro público y el número de los delitos que se co- 



CASAS DE INQUILINATO 12$ 

meten dadas las pésimas condiciones en que aquéllos se ha- 
llaban colocados. 

La población de Londres ha crecido considerablemente en 
la década de 1871 á 1881, aumentándose en 547 361 habitan- 
tes. La ley general es que las enfermedades y la mortalidad 
guardan siempre una proporción con la densidad de las po- 
blaciones; de suerte que era de esperarse que en esta última 
década la mortalidad de Londres hubiera subido sensible- 
mente de 22,5 por mil que tenía en 1871; y en vez de eso ha 
disminuido á 21,4 en 1881; y en 1883, siguiendo la misma pro- 
gresión de crecimiento de la población, la mortalidad se ha 
reducido todavía á 20,4 por mil. 

La fiebre tifoidea ha disminuido sus estragos en el mismo 
intervalo en un 8 % } y la tisis tuberculosa en 3 %\ y en ge- 
neral las enfermedades zimóticas han ido reduciendo su 
intensidad sensiblemente. 

El pauperismo ha tenido una disminución más notable 
todavía, cuando parece natural que los destituidos que vi- 
ven de la caridad pública sean mucho más numerosos á 
medida que la población se aumenta, con todas las desven- 
tajas que esta circunstancia trae consigo en la lucha por la 
vida. Entre tanto hé aquí el resultado estadístico que tene- 
mos á la vista: en 1871 se reconocieron por la asistencia 
pública 153 293 pobres que representaban el 47 por mil de 
la población, y en 1880 la cifra de los pobres alcanzó solo á 
98 916, es decir, el 27 por mil de la población en esa fecha. 
En 1881 y 1882 el pauperismo ha disminuido todavía en 3 
por mil. 

No pretendemos que todos estos beneficios sean debidos 
únicamente á la mejora de los alojamientos; pero es induda- 



I2Ó ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

ble que ochenta mil obreros bien alojados, con la plenitud de 
su vigor fisiológico para el trabajo, moralizados al mismo 
tiempo por ese aire puro que respiran, y rodeados en su 
mayor parte de sus familias á cuyo bienestar consagran 
sus esfuerzos y sus economías, son otros tantos que se han 
salvado de las garras de la miseria. Son también un grupo 
de modelos que irradian á su alrededor la luz del ejemplo é 
inducen y estimulan á sus semejantes á seguir ese camino 
para llegar á participar de las ventajas que disfrutan los 
que van llegando primero. Basta hacer constar que, por 
término medio, la mortalidad en esas casas expresamente 
construidas por las treinta y cuatro sociedades filantrópicas 
de Londres, y cuya población de inquilinos alcanza á 80000 
próximamente, ha sido de 17 por mil, cuando en Londres, 
en general, era de 22, de 21,4 y, la más baja de 20,4 por mil. 

Es curioso también hacer notar que, siendo la natalidad 
de la metrópoli de 34 á 35 por mil, la de las casas modelos 
de obreros alcanza á 40 y aún á 42 por mil; y todavía agre- 
garemos que la natalidad ilegítima tan reducida en Lon- 
dres, que solo alcanza á 38 por mil de todos los nacidos, en 
estas habitaciones que nos ocupan, en estos 80 000 inquilinos 
albergados allí, apenas llega á 34 por mil. 

Otra observación interesante es el hecho lógico que en 
las construcciones de Peabody se exije á los alquilantes, 
jefes de familia, un testimonio de que ganan con su traba- 
jo, como término medio, 1 £ por semana; que se prohibe 
bajo pena de expulsión inmediata cualquier acto de violen- 
cia ó de inmoralidad ejercido en el domicilio, y que la em- 
briaguez es una de las circunstancias que, repetida más de 
una vez, basta para la expulsión del alojado. Este cúmulo 



CASAS DE INQUILINATO I2J 

de previsiones, y las facilidades para la vida del hogar que 
se les proporciona, son resortes poderosos y eficaces para 
entretener el vigor físico y levantar la dignidad moral de 
los trabajadores, alejándolos de esa pendiente funesta que 
conduce al vicio, á la degradación y á la miseria. 

Los inquilinos en las casas de Peabody pagan un alquiler 
bajo de 2 chelines y 1 1/2 peniques por cada cuarto solo y 
por semana, ó sea 2 $ y 25 centavos de nuestra moneda na- 
cional al mes, incluyendo en este alquiler el agua corriente 
que se recibe en abundancia, los cuartos de baño en número 
suficiente para servir por turno á los inquilinos, los lavade- 
ros de ropa gratuitos también y en condiciones adecuadas 
para el servicio de todos y exclusivamente destinados para 
sus ropas. 

Con todos estos favores y comodidades y con estos estí- 
mulos para el aseo y para la honestidad, no puede menos 
que operarse, á pesar de todas las tradiciones personales 
adversas, una transformación física y moral en los que las 
disfrutan. 

Hemos visitado muchas de las casas de Peabody y de las 
otras sociedades planteadas con el mismo objeto. Ultima- 
mente nos complacíamos en ver uno de estos estableci- 
mientos vecino al palacio de Westminster, que estaba total- 
mente ocupado por 293 habitantes; hemos visto una por una 
las diversas reparticiones en cada una de las cuales se 
puede admirar el orden, la limpieza y el bienestar domésti- 
cos. Allí hemos presenciado este bellísimo espectáculo: en 
un gran patio de 35 metros por costado, donde se veían 
árboles recien plantados, porque hacía pocos meses que el 
edificio se había inaugurado, hemos contado 45 niños, des- 



128 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

de dos hasta doce años de edad probablemente, recreándose 
allí, corriendo, saltando y gozando con toda su energía de 
ese espacio libre perfectamente bien aereado y que estaría 
ahora completo con la sombra de los árboles que se levan- 
taban para protejerlos. Nos detuvimos complacidos á con- 
templar ese conjunto y cada una de las fisonomías de aque- 
llas lindísimas criaturas inglesas que rebosaban de salud y 
de placer; y comparábamos esos nifios felices con los mi- 
llares y decenas de millares que se encuentran en Londres, 
en París y entre nosotros mismos, en proporciones tan 
considerables, sepultados en vida en las casas estrechas, 
húmedas, oscuras, que nunca se limpian, respirando su 
propio aliento y las emanaciones infectas de su recinto, 
decayendo día por día y necesitando instintivamente un 
solaz, las más veces ficticio, proporcionado por la vagancia 
en las calles públicas donde no pueden sino recibir malos 
ejemplos que se imprimen en su espíritu débil para conver- 
tirse más tarde en inmoralidad característica y en delitos. 

Oh! aquellos niños de Westminster cuya presencia se fijó 
para siempre en nuestra memoria como un cuadro sublime, 
esos niños tienen que ser hombres, y esos hombres, con el 
auxilio de la educación y del ejemplo, serán creadores de 
fuerza pública para la industria y para la virtud social. 

No es extraño, pues, que sobre esta base se hayan opera- 
do transformaciones favorables en aquella agrupación. 

Vamos á presentar ahora un contraste; vamos á hablar 
de un país que amamos mucho, cuyos progresos y cuyas 
nobilísimas instituciones estamos acostumbrados á estudiar 
y admirar: hablamos de un país nuevo en la historia de la 
humanidad por la rapidez de su desenvolvimiento, por la 



CASAS DE INQUILINATO I 29 

liberalidad y la firmeza de sus leyes políticas, por la energía 
de su trabajo, por sus inventos atrevidos y por el impulso 
que ha dado á la civilización en el mundo contemporáneo: 
tratamos de los Estados-Unidos y de Nueva- York, que es la 
más populosa y la más rica de sus ciudades. 

Ha sucedido allí lo que temo mucho que ocurra entre no- 
sotros. La rapidez con que la población ha crecido no ha 
dado lugar, puede decirse, para que se haga una edificación 
proporcional y conveniente. El sistema de las casas de in- 
quilinato, tenement houses, ha sido instituido y consentido 
desde los primeros tiempos y ha seguido un desarrollo ex- 
traordinario. La población actual de Nueva- York alcanza á 
1 300 000 habitantes, y hay en la ciudad mas de 24 000 casas 
de inquilinato conteniendo 580 000 de ellos próximamente 

Hemos visto algunas de esas casas, que no ceden en in- 
convenientes y en horrores á las peores de su género que 
hemos podido observar en Europa. Todas las consecuen- 
cias físicas y morales de este estado de cosas, y la excesiva 
mortalidad como su signo característico, se hacen sentir 
año por aflo y han venido aumentándose hasta 1882. 

Nueva- York es una ciudad hermosa; sus calles son anchas 
y las numerosas avenidas mucho más espaciosas todavía, 
por donde se siente circular el aire fresco y renovado de 
los alrededores. Tiene en su seno, en parques y en plazas, 
squareSj una extensión de 450 hectáreas cubiertas en su 
mayor parte de plantaciones de árboles escojidos. Figura el 
Central Park como el primero entre los parques y como uno 
de los mejores del mundo por su expansión y sus adornos. 
La provisión de agua es abundante; goza próximamente de 
250 litros por individuo y por día del agua exquisita de 

17 



I30 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR 6. RAWSON 

Crotón. Las casas en general tienen todas las divisiones 
económicas é higiénicas que pueden desearse. El baflo es 
una necesidad imperiosa de las costumbres domésticas: y 
además, los baños públicos están establecidos en tales pro- 
porciones, que en los meses de Junio, Julio y Agosto del 
año pasado se han bañado en ellos de 16 á 20 000 personas 
cada día. La circulación por las calles es fácil por la am- 
plitud de las vías públicas y por los tranways y los ómnibus 
que las recorren rápidamente, conduciendo un total de 180 
millones de pasajeros cada año: y como si esto no bastara, 
se han establecido cuatro grandes líneas de ferrocarril 
aéreo que circula velocísimo en una altura superior á las 
casas, sobre pilares sólidos de hierro, colocados en las prin- 
cipales avenidas; y en ese ferrocarril han circulado en el 
año pasado, 100 millones de pasajeros, advirtiendo que pa- 
ra favorecer á los obreros han reducido las tarifas en las 
dos primeras horas de la mañana y en las dos últimas de la 
tarde. 

Con el conocimiento de estos hechos y con el de muchas 
otras obras sanitarias que sería largo mencionar, se podría 
creer que la ciudad de Nueva-York es muy sana, y que 
tantos servicios higiénicos son correspondidos con el éxito 
más completo. Entre tanto, hé aquí las cifras que la estadís- 
tica demográfica nos presenta: 

El número de defunciones en 1882, sin que ocurriera epi- 
demia alguna en el curso del año, alcanzó á 37 924, que so- 
bre una población de 1 260 000 habitantes, representa una 
mortalidad de 30,8 por mil. 

Pero lo más grave en este dato es que el 53 % de aquella 
cifra procede de los Tenentent houses, es decir, que sus 



CASAS DE INQUILINATO 131 

580 000 habitantes han producido 20 100 defunciones, y que 
del resto de la población solo han salido 17 800. 

En este orden de investigaciones demográficas y socioló- 
gicas, en lo que se refiere á Nueva- York, hay mucho que de- 
cir. La natalidad es muy reducida; y, sin embargo, la morta- 
lidad infantil, de á 1 año de edad, sube á 260 por cada mil 
nacidos, y esto en una serie de años. La tuberculosis repre- 
senta el 16 % de la mortalidad total y las enfermedades 
zimóticas el 32 %. 

Tan deplorable como es esta pérdida de vidas ocasionada 
principalmente por las defectuosas casas de inquilinato, en 
medio de tanta grandeza y de tanta prosperidad, hay otros 
aspectos de la cuestión no menos graves que pueden men- 
cionarse de paso para llamar la atención sobre su carácter. 
Esas agrupaciones excesivas, viviendo tan mal, con una de- 
presión profunda en su organismo fisiológico, sufren como en 
todas partes las consecuencias morales de su desgraciada 
condición; y ese bajo nivel se traduce en manifestaciones 
indirectas y trascendentales para la sociedad. 

El gobierno municipal mismo se ha resentido de estos fac- 
tores en su composición y en sus actos. Las elecciones mu- 
nicipales han sufrido las consecuencias de una masa de su- 
fragantes mal preparados por los propios inconvenientes de 
su posición, y bajo la influencia de aquellas entidades políti- 
cas cuyas órdenes no podían contrariar sin el peligro 
de que se agravase su malestar y su miseria. El nom- 
bre de Tweed con sus abusos vergonzosos prueba por sí 
solo la exactitud de estas observaciones; y aún cuando poco 
á poco y con los esfuerzos generosos de los hombres honra- 
dos van corrigiéndose estos defectos en la metrópoli, que* 



V 



132 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

dan todavía vestigios que tardarán en desaparecer de todo 
punto. 

En 1881 la Legislatura del Estado de Nueva- York, respon- 
diendo á manifestaciones severas de la opinión, con relación 
á las casas de inquilinato y sus efectos, se ocupó de esta 
materia, y sancionó leyes que proveen á la corrección del 
mal. Se confirieron atribuciones extensas ala Oficina de Edi- 
ficación de la ciudad de Nueva- York; se estableció que no 
podría construirse edificio alguno para ser habitado por va- 
rias familias, es decir, un tenement house } sin que los planos 
y presupuestos pasaran por la inspección estricta de la ofi- 
cina técnica, y se ordenó una vigilancia asidua sobre el es- 
tado sanitario de los edificios ya existentes, para imponer 
las reparaciones necesarias, llegando hasta el desalojo cuan- 
do el propietario no cumpliera esas prescripciones, y aún 
hasta la demolición de las casas mismas si su presencia fue- 
re un inconveniente para la higiene circunvecina. 

La ley no prescribe formas ni dimensiones especiales, pero 
fija condiciones detalladas para la ventilación y la luz, para 
prevenir la humedad y en cuanto á la capacidad cúbica de 
las habitaciones. Esas condiciones sanitarias se acompañan 
impresas al permiso para edificar que la oficina expide; y 
luego la inspección vigilante concurre durante la ejecución, 
á fin de que estas disposiciones sean cumplidas en la prác- 



\ tica. 



En 1882 se han edificado 691 casas de este carácter con un 
¿toarle 8 109 000 $, y en 1883 se han expedido permisos 
para 962 cas^s más con un valor de 12 230 000 $. Como una 
prueba de las ^entajas que empiezan á sentirse con la apli- 
cación de este sisW ma| queremos citar la estadística de 1883. 

\ 



\ 



\ 

\ 

\ 

\ 



\ 



CASAS DE INQUILINATO 1 33 

A pesar del aumento de la población general, las defun- 
ciones, que fueron 37 924 en el año anterior, se han reducido 
á 34 011; la mortalidad de niños de menos de 1 año ha dis- 
minuido, de 9 967 á 8 724, y las enfermedades zimóticas, de 
12 122 á 9 252. 

Con gusto transcribimos literalmente una parte del men- 
saje presentado á la municipalidad por el mayor de la ciu- 
dad, Mr. Jhanklin Edson: 

«Enero 7 de 1884. 

»E1 Departamento de Higiene merece con justicia ser re- 
comendado por la energía y la eficacia con que ha desem- 
peñado los difíciles y pesados deberes que le incumben; y la 
notable salubridad de la ciudad durante el año pasado es 
debida en su mayor parte á la vigilancia constante de este 
Departamento y al vigor con que los empleados de su de- 
pendencia han hecho cumplir las leyes sanitarias. 

»Se ha trabajado para imprimir al Departamento una or- 
ganización cada vez más completa, mostrando así un celo 
recomendable que no puede dejar de ser estimado y agrade- 
cido por nuestros ciudadanos. 

»E1 número de muertes ocurridas en la ciudad durante el 
año 1883 ha sido de 33 958, que son 3 966 menos que las del 
año anterior. La mortalidad no es excesiva, si se compara 
con la de otras grandes ciudades, especialmente si se toman 
en cuenta las circunstancias poco comunes que aquí existen, 
á saber: la perfecta exactitud de los registros de muertes; la 
gran población en los tenement houses, debida á la situación 
insular de la ciudad; la grande inmigración extranjera á este 
puerto donde muchos inmigrantes viejos, débiles y enfer- 
mos, se quedan para morir; la entrada de pobres y de en- 



t34 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

fermos de las poblaciones vecinas y de las ciudades del in- 
terior que vienen á buscar el beneficio del tratamiento en 
nuestros hospitales; y el gran número de visitantes y de re- 
sidentes pasajeros en la ciudad, contribuyendo todos estos 
elementos á acrecentar la mortalidad real y aparente. 

»La disminución en el número de las defunciones por enfer- 
medades zimóticas es digna de notarse. De viruela han muer- 
to 12 en 1883 y 259 en 1882; de difteria 1 010 en vez de 1 525. 

»E1 trabajo del Departamento puede explicarse por los si- 
guientes hechos y cifras: 44 716 personas han sido vacuna- 
das por los médicos del Departamento; se han desinfectado 
4 651 casas donde existían enfermedades contagiosas; se han 
hecho 85068 inspecciones en casas de inquilinato y en casas 
particulares por los médicos empleados y por ingenieros sa- 
nitarios; se han expedido 24 646 órdenes para suprimir de- 
fectos contra la higiene, y ha sido necesario instituir 1 3% 
demandas para hacer cumplir algunas de aquellas órdenes; 
para protejer al público contra los alimentos impuros y mal 
sanos, se han examinado 48 762 ejemplares de leche; 7 846 
lugares donde se vende leche; 28 044 oficinas donde se pre- 
para ó se vende carne han sido inspeccionadas, con el resul- 
tado de que se declararan inadecuadas para alimento huma- 
no y condenadas 271 998 libras de carne que se remitieron á 
los depósitos de inmundicias. 

•Además, el Departamento ha examinado, corregido y 
aprobado, 557 Díanos para dar luz y ventilación á 1 477 casas 
de inquilinato suficientes para alojar 14 780 familias; y 1 034 
planos para el tubage y drenage de 2 429 casas particulares, 
exigiendo los cambios necesarios para ponerlas en las con- 
diciones sanitarias requeridas, y ocurriendo A los tribunales 



CASAS DE INQUILINATO 1 35 

cuando ha sido preciso para hacer cumplir sus prescripcio- 
nes. Se han hecho esfuerzos especiales con buen éxito en los 
últimos seis meses, para evitar que se arrojen cenizas y ba- 
suras á las calles. 

»Para la protección de la salud pública, y particularmente 
para el cuidado y el alivio de los niflos enfermos de los po- 
bres, han sido empleados 50 médicos durante los meses del 
verano para visitar todas las casas de inquilinato, recetar á 
los enfermos que allí hubiese y dar consejos prolijos á los 
padres en cuanto al tratamiento y á la higiene de sus hijos. 
El número de visitas de ese género ha sido de 43 915; el de 
las familias visitadas 198 932 y el de los enfermos tratados 
6 601. Se han distribuido circulares impresas concernientes 
al tratamiento de las enfermedades de verano, y se han dado 
billetes de pasaje para los niños que necesitaban tomar pa- 
seos en el aire libre; y cuando ha sido preciso se han dado 
gratuitamente las medicinas. 

»E1 sistema de barrido y limpieza de las calles se ha apli- 
cado con particular interés, con los mayores recursos y con 
un resultado satisfactorio». 

Las diferencias favorables en las condiciones sanita- 
rias de Nueva-York, pueden resultar en gran parte de 
las medidas tan plausibles y tan dignas de ser imita- 
das que el mensaje transcripto consigna; pero creemos 
que el principal motor ha sido la mejora introducida 
en las casas de inquilinato, en cuyo progreso la opinión 
enérgica concurre, y ante ella y ante la autoridad ha cedi- 
do y va cediendo el egoísmo de los propietarios. De todos 
modos, los datos estadísticos que hemos tomado de fuentes 
oficiales son un argumento incontestable para probar la efi- 



136 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

cacia de estas transformaciones en la salud de la población. 
Bajo este punto de vista, queremos comparar brevemente 
la situación sanitaria deFiladelfia con la de Nueva- York, en 
el año de 1882. 

Filadelfia tuvo en ese año una mortalidad de 22 por mil, que 
se consideraba aumentada en comparación de los afios pre- 
cedentes, pues en 1879 solo tuvo 17.5 por mil y en 1881, 21.8. 

La explicación de la diferencia entre estas dos grandes 
ciudades está en la mayor extensión superficial de Filadel- 
fia, y en la ausencia casi completa de tenement houses en 
su recinto. 

. Desde muchos años está establecido allí el sistema de las 
asociaciones edificadoras, tan sencillas en sus procedimien- 
tos y tan eficaces para sus fines. Se suscriben por acciones 
los que desde luego y para lo futuro se interesan en los be- 
neficios de estas sociedades; se pagan semanalmente las 
cuotas correspondientes á la acción ó las acciones tomadas, 
y cuando un trabajador, por ejemplo, ha pagado á cuenta de 
su suscrición la suma que el reglamento prescribe, adquiere 
el derecho de recibir un préstamo de los fondos de la socie- 
dad con el objeto de comprar un terreno y edificar en él una 
casita. Generalmente el préstamo es de 1 000 pesos fuertes, 
y el terreno adquirido queda hipotecado hasta la liquidación 
del capital prestado con los intereses estipulados; pide otra 
suma también para los gastos de edificación, en las mismas 
condiciones de hipoteca y de interés que la anterior. 

Hemos tenido ocasión de visitar muchas de esas casas de 
trabajadores construidas en las formas modestas que con- 
vienen á su objeto, y ubicadas generalmente en las inmedia- 
ciones del taller, ó á lo menos en el distrito donde el obrero 



CASAS DE INQUILINATO 137 

tiene su trabajo. Es agradable ver esas casas sencillas, con 
todas las conveniencias higiénicas; amuebladas modesta- 
mente y habitada cada una de ellas por la familia más ó me- 
nos numerosa de aquel trabajador. El número de las casas 
construidas sobre esta base se cuenta por millares, y deplo- 
ramos no tener en este momento las cifras exactas para 
transcribirlas. 

Resulta de todo esto que la ciudad de Filadelfia, con 
950 000 habitantes, tiene un número doble de casas que 
Nueva York; con sus calles rectas y espaciosas, sus cuadras 
cortas, con sus 320 millas de tramways urbanos para trans- 
portar por bajo precio de un lado á otro á los obreros mis- 
mos; con este conjunto de circunstancias favorables, esta 
población se muestra tan sana como lo prueban las cifras de 
su estadística y confirma la evidencia de que son sobre todo 
las agrupaciones imprudentes de las casas de inquilinato ú 
otras parecidas, las que envenenan la atmósfera y constitu- 
yen la insalubridad con sus consecuencias físicas, económi- 
cas y morales. 

En Francia se ocupan, como es natural, de esta gran cues- 
tión hace muchos años; y se ha pretendido resolverla de mil 
maneras, sin que el objeto se haya logrado todavía. 

Las grandes ciudades de la Francia, como París, adolecen 
de los inconvenientes que hemos señalado en otras partes; 
y se ve que la mortalidad se exacerba más y más, reinando 
algunos años epidemias como la fiebre tifoidea, cuyos focos 
principales están en aquellos barrios donde los industriales 
de escasos recursos se aglomeran excesivamente en casas y 
lugares desprovistos de toda conveniencia higiénica. Mon- 
sieur Du Mesnil describe esas agrupaciones horribles en una 

18 



í¿8 ESCRITOS V DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSOtf 

memoria presentada el año pasado á la Sociedad de Medicina 
Pública, y ha despertado en el país entero un sentimiento de 
horror y un movimiento de simpatía en favor de esas clases 
menesterosas. 

Hace muchos años que existe en París una comisión ofi- 
cial denominada «De los alojamientos insalubres», la cual 
presenta anualmente un informe sugiriendo las mejoras que 
puedan realizarse; pero las dificultades de llevarlas á cabo 
han sido en gran parte insuperables hasta ahora, temiéndose 
además que si se imponen rigorosamente á los propietarios 
todas las reformas requeridas, los alquileres subirían en 
proporción á los gastos demandados, á punto de que los po- 
bres dejarían probablemente las casas mejoradas para ir á 
acumularse quizá en recintos más insanos, como única mo- 
rada compatible con sus recursos y con sus habitudes negli- 
gentes. La comisión de alojamientos insalubres sirve de mu- 
cho, sin embargo, señalando á la autoridad y á la opinión 
los extremos del mal que está llamada á inspeccionar, y su* 
giriendo medidas que puedan atenuarlo. 

Algunas sociedades filantrópicas se han fundado también 
sobre la base de un interés reducido del capital empleado, á 
fin de dar alojamiento saludable y barato á las familias de 
los obreros pobres; pero aunque estas sociedades han reali- 
zado sus interesantes designios en la escala de sus recursos, 
sus trabajos han sido limitados hasta ahora por falta de los 
capitales suficientes. 

Últimamente, en 1880, se presentó al Parlamento un pro- 
yecto en virtud del cual el Crédit Foncier de Francia ade- 
lantaría fondos cuantiosos con bajo interés y á largos pla- 
zos de amortización, con el objeto de favorecer á los obre- 



CASAS DE INQUIL1NAÍ0 1 3$ 

ros, creándoles facilidades para sus habitaciones y estimu- 
lando á los capitales para que se emplearan en esa direc- 
ción. Pero hasta ahora ese proyecto ú otro análogo no ha 
sido sancionado. 

Hace poco que el Concejo Municipal de París, en su se- 
sión del 12 de Febrero de este afio, se ocupó del informe de 
una comisión de su seno relativo á la construcción de edifi- 
cios baratos. He aquí el informe: 

«Mr. Amouroux, miembro informante, dice que la cuestión 
de los alojamientos baratos no interesa solamente á una ca- 
tegoría de ciudadanos: interesa á toda la población sin dis- 
tinción, del punto de vista de su perfectibilidad moral y fí- 
sica. Los alojamientos malsanos son otros tantos laborato- 
rios de miasmas que van á difundirse sobre la ciudad entera; 
y la mejora de esas habitaciones es el primer paso en el ca- 
mino de la reorganización social. 

«El orador examina la cuestión bajo el punto de vista de la 
mortalidad, y hace constar que ella es casi doble en los ba- 
rrios de obreros que en los barrios bien acomodados. Presen- 
ta á la deliberación del Concejo un proyecto, según el cual ' 
el Crédit Foncier se comprometería á prestar bajo la garan- 
tía de la ciudad y hasta el monto de 50 millones de francos, 
el 5 por ciento del valor de los inmuebles á toda persona 
que edifique casas, en las cuales, á lo menos, la mitad de la 
superficie habitable se afecte á alojamientos cuyo alquiler' ' 
anual no pase de 300 francos. Además, el Estado por su ' 
parte exoneraría á estos inmuebles durante 20 aftos, del irti- 
puesto de primera instalación. La ciudad, en fin, suprimiría * 
para ellos los derechos de vía y los de introducción, > óctroi, 
sobre los materiales de construcción». 



Í40 ESCRITOS Y DISCURSOS DFX DOCTOR G. RAWSON 

En la misma sesión, Mr. Maillard desenvuelve la proposi- 
ción siguiente: «El Concejo invita á la Administración á en- 
trar en arreglos con el Estado, para obtener la cesión gra- 
tuita á la ciudad de París del terreno del Campo de Marte. 
La ciudad se encarga de dividir en lotes el terreno, hace 
todos los gastos de viabilidad é impone á los que adquieren 
esos lotes la obligación de construir en breve tiempo casas 
que contengan alojamientos baratos». 

Estos proyectos, estas variadas sugestiones no han sido 
aceptadas todavía; pero se ve por ellos cuál es la magnitud 
del mal que se siente, y cuál la importancia de las medidas 
que se tienen en vista para remediarlo. 

En Alemania, en Austria, en Bélgica y en todas partes 
donde se ha percibido el inconveniente grave de las acumu- 
laciones perniciosas de que nos ocupamos, la legislación y 
la administración municipal se han ocupado también de la 
materia y han realizado á veces soluciones incompletas, 
pero que atenúan á lo menos los efectos del mal. 

En cuanto á nosotros, opinamos que deben adoptarse me- 
didas excepcionales, vigorosas y previsoras, no solo para 
remediar el daño que sufrimos ahora, sino para ponernos en 
guardia contra la verdadera calamidad pública que nos 
amenaza. 

Los cuadros adjuntos muestran cual es el estado actual 
de las casas de inquilinato en la ciudad de Buenos Aires, y 
cual es la diferencia en las dos fechas de 1880 y 1883. En uno 
y otro año, los señores Presidentes respectivos de la Muni- 
cipalidad, accediendo bondadosamente á nuestra solicitud, 
han mandado levantar el censo de esa parte de la población, 
con un cúmulo de datos interesantísimos para apreciar la 



CASAS DE INQUILINATO 



I 4 I 



importancia de esas casas como factor higiénico, económico 
y sociológico. 

CASAS DE INQUILINATO EXISTENTES EN EL MUNICIPIO EN l88o 



PARROQUIAS 



3 



o 

33 

r 5 

i-í 



k ñ 

I* 
■8 



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•2^8 

¡Si 



R 

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Vi 

k 
•O 



Catedral al Norte 

San Miguel 

San Nicolás 

Piedad 

Socorro 

Pilar 

Balvanera 

Catedral al Sud 

Monserrat 

Concepción 

SanTelmo 

San Cristóbal 

San Juan Evangelista. 
Santa Lucía 

Totales 



k 



* 



133 


2225 


1813 


402 


4341 


1823 


1284 


87 


1280 


1098 


182 


2283 


1049 


607 


182 


2514 


1948 


566 


5300 


2185 


1585 


204 


2745 


2181 


564 


6783 


2777 


1837 


192 


3466 


1924 


1542 


6850 


2106 


1965 


35 


494 


430 


64 


1273 


418 


377 


181 


1760 


1601 


159 


4551 


1671 


1178 


63 


885 


776 


109 


2118 


917 


592 


133 


1877 


1462 


415 


4120 


1652 


1225 


220 


2567 


2037 


530 


5834 


2236 


1600 


152 


1984 


1565 


419 


4300 


1595 


1220 


30 


254 


208 


46 


649 


246 


169 


117 


1572 


423 


1149 


2808 


874 


788 


41 
1770 


400 
24023 


278 


122 
6279 


705 


270 


163 


17744 


51915 


19820 


14560 



(O 
k O) 



1234 

627 
1580 
2169 
2757 

478 
1702 

609 
1244 
1998 
1485 

234 
1146 

272 

15753 



CASAS DE INQUILINATO EN 1 883 



o 5 r 



SECCIONES 



1* 

2* 

3 a 

4* 

5* 

6» 

7* 

8» 

9* 

0» 

11» 

12* 

13» . 

14* 

15* 

16* 

17* 

18* 

19* 

20* 

Totales 



si 


nes 


NÚMERO DE HABITANTES 




"8 


lero 
acto 






1 




mero 
> inqu 


SS 


tt) 


«Q 1 




TOTAL 




O 

k 


k 

'5» 





3 




3* 


•3 


5 


1 


•5 

5 


§ 


. 



165 

115 

161 

131 

186 

151 

73 

98 

37 

36 

12 

1% 

111 

121 

95 

11 

26 

26 

117 

1868" 



2578 

1637 

2148 

1948 

2718 

2203 

918 

1207 

416 

425 

160 

2742 

1413 

1761 

1188 

94 

311 

214 

1564 



25645 



1903 

1580 

1951 

1837 

2636 

2618 

1064 

1511 

444 

421 

148 

2542 

1332 

1809 

11% 

81 

314 

250 

1067 



24694 



1231 

1190 

1298 

1264 

1866 

1432 

653 

880 

297 

328 

115 

2287 

1118 

1300 

858 

66 

249 

145 

836 



17413 



5% 
754 
671 
681 
1099 
918 
4% 
578 
251 
266 
113 

1575 
816 
990 
616 
73 
148 
143 
708 



562 
723 
606 
661 
1058 
831 
462 
526 
215 
274 
106 

1373 
804 
974 
583 
41 
138 
129 
489 



11492^10657 
~^22049^~ 



4292 
4247 
4528 
4443 
6659 
5799 
2675 
3495 
1207 
1289 
482 



7777 

4070 

5073 

3253 

216 

849 

667 

3090 

64156 



216 
168 
177 
125 
149 
134 
140 
122 
107 
116 
118 



- i _ 



158 
142 
129 
133 
91 
111 
106 
133 



136 



142 ESCRITOS T DISCURSOS DEL DOCTOR O. RAWSON 

Por la comparación de estos cuadros se ve que el aumen- 
to progresivo de las personas alojadas es muy considerable, 
y que no guarda proporción con las comodidades que les 
son necesarias en las casas que habitan. 

La ciudad de Buenos Aires aumenta su población rápida- 
mente, no solo por el efecto de la inmigración extranjera 
que en mucha parte se detiene aquí, sino por la traslación 
de numerosas personas y familias que de la campaña de la 
provincia de Buenos Aires y de todas las demás provincias 
ocurren á este centro buscando conveniencia de trabajo y 
de bienestar. Entre tanto la edificación no sigue una mar- 
cha paralela á la acumulación de habitantes. Aunque se 
edifica mucho sin duda, este progreso está lejos de guardar 
relación con el de la población. 

Los trabajadores en general buscan su albergue en las ca- 
sas de inquilinato; allí se alojan con sus familias, si las tie- 
nen, y empiezan desde luego á experimentar los inconve- 
nientes trascendentales de sus defectuosos alojamientos. 
Viven de su trabajo; no pueden pagar alquileres altos, aun 
cuando se les brindaran casas mejor acomodadas, y van 
amontonándose así, sin razón ni medida, de manera que ca- 
da año la acumulación se aumenta en altas proporciones, 
como se demuestra en el cálculo con que empezamos estas 
observaciones. 

Las casas de inquilinato, con raras excepciones, si las hay, 
son edificios antiguos, mal construidos en su origen, deca- 
dentes ahora y que nunca fueron calculados para el destino 
á que se les aplica. 

Los propietarios de las casas no tienen interés en mejo- 
rarlas, puesto que así como están les producen una renta 



CASAS DE INQUILINATO 1 43 

que no podrían percibir en cualquier otra colocación que 
dieran á su dinero. 

Había el año pasado 1868 casas de inquilinato, teniendo 
entre todas 25 646 habitaciones y el término medio del alqui- 
ler mensual de cada una de estas era de 136 $ m/c. La renta 
que estas propiedades producen ascienden, según estos da- 
tos, á 3 487 720 pesos m/c cada mes y el producto anual 
sube á 41 852 640 $ % ó sea 1 730 ló2 $ nacionales oro. 

Es fácil saber cual es la avaluación de estas 1868 propie- 
dades en el Municipio, porque ella está consignada en los 
registros de la contribución directa; pero calculando su valor 
por el de la totalidad de las propiedades urbanas cuyo nú- 
mero asciende á 22 500, se puede afirmar que el precio venal 
del conjunto de las casas de inquilinato no pasa de 15 300000 
pesos fuertes, lo que dá un interés anual procedente de los 
alquileres, de 1 1 por ciento poco más ó menos; sin contar con 
que muchas de estas casas de inquilinato tienen un valor 

notablemente inferior al que les correspondería por este 
cálculo; y que, como hemos podido apreciarlo en algunas de 
esas casas vendidas en 1882, la renta conforme al valor es- 
timado alcanza hasta 18 % anual. 

Es claro que á los propietarios no les conviene vender esas 
fincas; y la prueba de ello es que se han enajenado 2600 
casas de las 22 500 que existían en 1882, lo que corresponde 
al 10 por ciento del número de casas en esa fecha; y no se 
encuentran entre estas ventas ni el 2 % siquiera de las casas 
de inquilinato, siendo de notar que en el mayor numeró de 
los casos esas enajenaciones tan escasas habrán sido deter- 
minadas por arreglos de familia ó por otras causas que están 
lejos de ser financieras ó comerciales. 



144 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

Muchas de estas casas han sido clausuradas por encon- 
trarse absolutamente inhabitables. Pero los centenares de 
alojados lanzados así á la calle en el interés de su propia 
salud, ¿dónde habrán ido á acomodarse? Una estadística 
nueva nos daría la respuesta. El número de casas no se 
habrá aumentado sensiblemente ; pero la acumulación en las 
que queden subsistentes, después de suprimidas las más in- 
tolerables, se habrá aumentado en gran manera; y los males 
consiguientes á esa acumulación habranse acentuado en el 
distrito ó en la vecindad de las que hayan sido ocupadas por 
los expulsados. 

Nos parece que se hace sumamente necesario que la le- 
gislación venga á intervenir en este conflicto cada día más 
terrible. Reglamentar las casas de inquilinato no es tarea 
irrealizable, pues tenemos la tradición propia de nuestra ad- 
ministración, por una parte, y el ejemplo de la legislación y 
de las ordenanzas municipales de otros países; pero de todas 
maneras la solución completa del difícil problema no se ha 
alcanzado todavía en sus fundamentos. Es inoficioso que se 
cierren unas tras otras todas las casas malsanas ó excesi- 
vamente pobladas. Esto no remedia el mal sino que lo tras- 
lada, agravándolo de un punto á otro, como acabamos de 
demostrarlo. 

Es necesario proveer ala construcción eficiente de habita- 
ciones para ese fin; es preciso estimular el capital privado, 
el espíritu de asociación, el sentimiento de filantropía; y so- 
bre todo aclarar ante la conciencia del pueblo este hecho 
poco meditado : que no son solamente los desgraciados ha- 
bitantes de los conventillos los que pagan la pena de tan 
desgraciada condición, con su salud y con su vida, sino que 



CASAS DE INQUILINATO 145 

esos centros impuros se convierten en focos para difundir 
por todas partes las emanaciones mórbidas que allí se culti- 
van y que alcanzan aún á las regiones más elevadas de la 
población ; que las epidemias de toda naturaleza tienen su 
origen fecundo en esas casas insanas y que de allí se extien- 
den en seguida para hacer los centenares y millares de víc- 
timas que tantas veces hemos contemplado. 

Bien sabemos que no está en nuestras habitudes el de con- 
glomerar capitales para servicios filantrópicos y sociales de 
la proporción que reclama esta campaña contra la miseria; 
sabemos también que no se miraría con favor decidido cual- 
quier proyecto que aplicara sumas elevadas del tesoro pú- 
blico á la corrección de estos males ; pero, sea como fuere, 
necesitamos arribar á una solución pronta y acertada para 
salvarnos de la calamidad presente y de la que ha de multi- 
plicarse al infinito, por el mismo camino, en un próximo 
porvenir. 

Dejando á la competencia técnica el discernimiento de las 
formas que hayan de asumir las construcciones que se de- 
diquen al alojamiento de los trabajadores pobres, vamos á 
sugerir brevemente algunas ideas sobre la mejor manera de 
llevar adelante estos trabajos, no construyendo una casa de 
inquilinato modelo de tarde en tarde, sino haciendo de ma- 
nera que se construyan cientos y miles en brevísimo tiempo, 
con la estructura y las condiciones higiénicas que aconseja 
el arte y la experiencia. 

Dos medios nos han ocurrido: El uno sería que la autori- 
dad municipal fomentara la organización de sociedades ca- 
pitalistas, de un carácter financiero seguramente. Una ley 
puede autorizar la constitución de esas sociedades y esta- 

19 



' I46 ESCRITOS T DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

blecer que, cuando alguna de ellas hubiese suscrito un capi- 
tal cualquiera para ese fin, el Banco Nacional ú otro con el 
cual se negociara la operación, adelantaría como préstamos 
á esas sociedades, al interés establecido, una suma de dinero 
igual á la que estuviese suscrita por los socios, y que la Mu- 
nicipalidad se comprometiera á la amortización del emprés- 
tito, pagando el dos por ciento anual acumulativo hasta su 
completa liquidación. Si las compañías hubiesen suscrito, 
por ejemplo, un millón de pesos moneda nacional, el Banco 
podría adelantar, según las'necesidades sucesivas de los tra- 
bajos, hasta una suma igual, es decir, un millón de pesos 
también. 

Desde entonces las compañías pagarían anualmente al 
Banco el interés estipulado y la Municipalidad la amortiza- 
ción constante que le correspondiera; de suerte que á la 
vuelta de 23 años la deuda estaría extinguida y las socieda- 
des constructoras se encontrarían propietarias definitivas 
de los edificios hechos con el capital prestado. 

Hemos calculado que los edificios terminados en las con- 
diciones estructurales é higiénicas requeridas para su objeto, 
pueden ser alquilados á los obreros por mensualidades, que 
siendo menores que las que pagan actualmente, bastarían 
para producir, sobre el valor de la propiedad ocupada, un 
9 1/2 % de interés anual. 

Deduciendo el 6 % cada año, para cumplir el compromiso 
con el Banco, y el 1 1/2 6 2% que bastaría para el entreteni- 
miento y reparación de los edificios, que es lo que general- 
mente se gasta como término medio allí, donde hemos podido 
estudiar esta faz de la cuestión, quedaría todavía en beneficio 
inmediato de los empresarios un 2 % á lo menos, sobre el ca- 



CASAS DE INQUILINATO I47 

pital adquirido por empréstito ; y después de los 23 aflos ne- 
cesarios para la amortización definitiva, las compañías en- 
contrarían que habían ganado un 2 °/ anual sobre un capi- 
tal prestado, y que desde este término quedaban propieta- 
rios absolutos de aquellos edificios. 

Parece una necesidad, ó por lo menos una conveniencia 
complementaria de este plan, el que la ley favorezca con 
discretas excepciones ó atenuaciones de impuestos á los 
propietarios de las casas que se hubiesen construido para el 
destino que venimos estudiando ; y que las autoridades con- 
curran con todos los medios á su alcance para estimular 
este género de empresas y para proporcionar á los habitan- 
tes así acomodados, todas las seguridades posibles con re- 
lación á la higiene y á la moralidad de esas colectividades. 

Si se toman en cuenta las ventajas difusivas que un buen 
sistema de alojamientos ha de traer para la población entera; 
si se consideran las economías pecuniarias que son la con- 
secuencia de estas mejoras sanitarias, se comprenderá sin 
esfuerzo que cualquier gasto público en que se incurra para 
este fin, como en la forma de la amortización de los emprés- 
titos y de la excepción relativa de los impuestos, estará su- 
perabundantemente compensado. 

Tomando por base el bajo precio del terreno en Buenos 
Aires, comparado con el de Londres, y el mayor costo de 
las construcciones entre nosotros que lo que importan allí, 
hemos llegado á la conclusión aproximada de que un edificio 
para casa de inquilinato, con iguales disposiciones de como- 
didad y de higiene, y capaz de albergar el mismo número 
de personas, representará un valor igual á una casa de 
Peabody, por ejemplo. Eíi ese concepto, con un capital de 



148 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSO 

5500 000 $ 9 se pueden alojar 18 009 habitantes en 9 693 habi- 
taciones. Si en vez de los 136 $ m/c de Buenos Aires, que 
se cobra aquí como término medio de alquiler por cada 
cuarto, se pagara tan solo 4 1,2 pesos m/n. ó 108 m/c, los 
inquilinos tendrían, con esa diferencia favorable en el pre- 
cio, habitaciones sanas y satisfactorias como las hemos 
descrito. 

Ahora bien, el alquiler así reducido daría una renta sobre 
el capital empleado, de 9,5 %• Si de esta renta se deduce 
sobre el capital, 2 °/ para los gastos de reparaciones y con- 
servación de los edificios, quedaría 7,5 °/ neto que repre- 
senta una colocación muy ventajosa del dinero. 

Pero adoptando el sistema del empréstito de Ioj Bancos, 
con la amortización acumulativa municipal del 2 %> e ^ re ~ 
sultado comercial es todavía muy superior. Supongamos un 
accionista que suscribe 50 000 $ en alguna de las sociedades 
edificadoras ; á esta suma corresponde un empréstito otor- 
gado por el Banco de una cantidad igual á la suscrita con 
un interés de 6 °/ anual, quedando, como hemos dicho, la 
amortización del 2 °/ á cargo del Municipio : de suerte que 
el socio suscritor no tiene que deducir de la entrada neta de 
7.5 °/o s * no e * 6 % P ara cubrir el interés anual de los 50 000 
pesos que le han sido prestados. El 1 1/2 °/ restante es una 
ganancia positiva con un capitel ageno, que se puede consi- 
derar agregada al 7 1/2 °/ que la suma propia suscrita le 
proporciona, viniendo á representar así el 9 % net0 sobre 
su propio capital. 

Entre tanto, van pasando los afios con esta entrada suce- 
siva ; y cuando se hayan cumplido 23 anualidades en esta 
forma tan favorable, la amortización total del empréstito es- 



CASAS DE INQUILINATO I49 

tara consumada y el feliz suscritor se encontrará poseedor 
y propietario, no solo de la suma que suscribió de su bolsillo, 
sino de los otros 50 000 $ ; de manera que su capital quedará 
literalmente doblado, y su renta anual será desde entonces 
de 7500 en vez de los 4500 $ percibidos antes en la misma 
unidad de tiempo. 

Puede objetarse que los edificios se deterioran con el uso 
en el transcurso de los aflos; pero contra esta objeción hay 
el hecho experimental reconocido de que un edificio sólida- 
mente construido y vigilado con esmero en su conservación, 
tiene una duración normal, á lo menos, cinco veces más 
larga que los 23 años mencionados; y á esto se agrega tam- 
bién el hecho de que á medida que la población se aumenta 
y se condensa, el valor de la tierra y de las obras ejecutadas 
sobre ella sube también en una progresión proporcional. 
Por el estudio estadístico del crecimiento de Buenos Aires 
no es exagerado afirmar que dentro de 25 aflos la población 
de esta Capital habrá excedido de 800 000 habitantes, en vez 
de los 320 000 que ahora contiene; y sobre esta base, hipoté- 
tica, pero casi segura, se puede calcular cuanto se habrán 
elevado los valores urbanos para aquel tiempo no remoto. 

Echemos ahora una rápida mirada sobre los beneficios sa- 
nitarios y sociales que un sistema como este produciría 
para los diversos factores que concurran al resultado, y 
para los beneficiados más inmediatamente. 

En cuanto á las compañías que se organizarán sobre las 
bases señaladas, acabamos de ver cuan sólidas ventajas han 
de reportar del empleo de sus capitales; pero no debe olvi- 
darse que el espíritu de asociación se ha de desarrollar con 
e1 estímulo de esas ganancias seguras, en las que pueden 



I5Ó ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RÁWSOK 

tomar participación, no solo las grandes fortunas que concu- 
rrirían en primera línea á este propósito, sino las medianas 
y aun pequeñas que vendrían á participar en la más mo- 
desta escala, pero con utilidades proporcionalmente consi- 
derables. Si un socio afortunado puede suscribir medio mi- 
llón de pesos nacionales, un industrial económico puede co- 
locar mil pesos con la perspectiva de percibir un interés 
crecido sobre esa suma que puede acumularse en cualquier 
forma reproductiva, y además ella se doblará seguramente 
dentro de un término fijo. 

En cuanto á los obreros para quienes se ejecutan estas 
grandes construcciones, no necesitamos recordar cuanto 
van á ganar en su salud, en su vigor para el trabajo, en su 
nivel moral y el de sus familias, una vez que estén coloca- 
dos en condiciones tan ventajosas y con una erogación 
mensual mucho más baja que la que actualmente pagan en 
los ingratos domicilios donde habitan. 

La municipalidad, que representa los intereses colectivos 
de la comunidad y que aparece gravada por la amortización 
de los empréstitos, ganará también en general por ese cú- 
mulo de transformaciones que van á operarse con el sistema 
enérgico y bien dirigido de las construcciones para obreros. 
Suponiendo que la suma del capital suscrito alcance á 
5 000 000 de pesos, la amortización que tiene que pagarse 
anualmente por los otros 5 000 000 prestados por los Bancos 
haría pesar sobre el tesoro municipal un gasto de 100 000 pe- 
sos anuales. 

A primera vista esta erogación parece muy alta; pero 
además de que ella está compensada superabundantemeñte 
por lo que el municipio gana en las diversas formas ya no- 



CASAS DE INQUILINATO I5I 

tadas, el tesoro municipal directamente realizará economías 
que irán tal vez más allá de la suma gastada. Si la salu- 
bridad de los nuevos alojamientos es tan satisfactoria como 
es natural esperarlo, las enfermedades y la mortalidad en 
esa masa creciente de población de las casas de inquilinato 
disminuirán sensiblemente , y es seguro que los gastos que 
originan al municipio las defunciones ocurridas en esa clase 
destituida, serán proporcionalmente menores que las actua- 
les. Estimando, como un término medio, que muere el 30 
por mil de los habitantes de aquellas casas, tendríamos que 
sobre la población de 70 000 que ahora las ocupan, mueren 
cada año 2 100 individuos ; calculando también que esa 
mortalidad se reduzca , como en las casas modelos de Eu- 
ropa, á 17 1/2 por mil, las defunciones de aquella población 
alcanzarían solo á 1 225. Por lo menos se habrán ahorrado 
así 875 inhumaciones anuales y el gasto municipal que ellas 
demandan; sin contar con el rápido aumento de la población 
de inquilinatos que subirá á más de 120 000 dentro de 10 años. 
A esto se agrega que para cada caso de muerte hay, según 
está calculado, 15 casos de enfermedades; y entonces las 
875 defunciones ahorradas representarían 13 225 enfermos 
en el mismo tiempo , cuya mayor parte gravitan sobre el te- 
soro municipal en la forma de gastos de hospital ó de asis- 
tencia á domicilio. 

Todavía una consideración económica concurrente á 
nuestra demostración. Adonde quiera que se erija un edi- 
ficio importante, especialmente en los barrios excéntricos 
de la ciudad donde las casas de inquilinato han de fijarse 
con preferencia, el terreno circunvecino aumenta mucho en 
su valor y la contribución directa impuesta sobre esos 



152 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

terrenos ha de producir sin dujia sumas mucho mayores 
que las que ahora se perciben en razón de las bajas avalua- 
ciones que son la consecuencia del presente abandono de 
aquellos barrios, de la pésima condición de las vías de co- 
municación que allí conducen y de la escasa población que 
es el resultado de estas diversas causas. 

De todas estas consideraciones , económicas y financieras, 
resulta que la municipalidad no debe arredrarse ante la 
perspectiva de un desembolso cuantioso, porque ella ganará 
en sus finanzas, y habrá contribuido por ese medio á la so- 
lución satisfactoria de uno de los más importantes proble- 
mas sociológicos del pasado, del presente y del porvenir. 

Entre tanto, este programa cuasi oficial no será un incon- 
veniente, sino más bien una excitación para que el capital 
privado se aplique provechosamente á los mismos propó- 
sitos con independencia de la acción oficial; y será también 
ocasión para que se despierte el sentimiento filantrópico en 
individuos ó colecciones de individuos que encaminen sus 
esfuerzos, no con objeto comercial, sino con el de aumentar 
más y más el bienestar de los necesitados. 

Todos estos son resortes armónicos, solidarios, que se 
mueven sin estorbarse recíprocamente y se encaminan con 
paso seguro al gran propósito de la salud pública y del pro- 
greso social. 

No queremos olvidar uno de los factores de este concurso, 
es decir, los Bancos prestamistas. Progresivamente y á me- 
dida que la necesidad de los trabajos lo reclame, el Banco 
irá entregando á las compañías constituidas sumas iguales 
á las suscritas por éstas, á un interés de 6 % que es el que se 
cobra como término medio, sobre todo tratándose de prés- 



CASAS DE INQUILINATO 153 

tamos á largos plazos. Lo que se diga de cada una de las en- 
tregas sucesivas de este dinero es aplicable á la suma total 
que se adelante en esta forma; y como hemos hablado de 
5000 000 de pesos requeridos desde luego y en el más breve 
tiempo posible para su destino, el Banco ó los Bancos habrán 
prestado 2 500000 de este total. 

No puede haber colocación más segura que ésta para las 
instituciones de crédito encargadas de la operación, porque 
las obras urbanas á que se dedica el capital estarán siempre 
allí para responder, como hipoteca, del dinero adelantado á 
las diversas compañías, que abonarán el interés, y porque 
la municipalidad responde del 2 % anual que ha de aplicarse 
á la amortización acumulativa. 

Con exactitud rigurosa el Banco percibirá al principio de 
cada año la cantidad de 200 000 $ representantes del 6 % de 
interés y del 2 % de amortización sobre los 2 500 000 $ refe- 
ridos. 

La entrega anual de esta suma será siempre la misma, 
por la forma del contrato de amortización acumulativa; y 
este abono durará los 23 aflos necesarios para la extinción 
de la deuda; de suerte que hasta ese término habrán en- 
trado en las cajas del Banco 4 600 000 $, que es casi el doble 
del dinero prestado. Pero todavía más : á medida que el 
Banco vaya recibiendo las anualidades, podrá colocar bajo 
la forma de descuentos en el comercio ó en las industrias 
del país, y aumentar así las ganancias ya considerables que 
su empréstito para las casas de inquilinato le proporciona. 
Hemos calculado á cuanto ascenderían las utilidades ban- 
carias que habrán de resultar de esta rotación activa y pro- 
vechosa, y hemos llegado á la conclusión de que aún supri- 

20 



154 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR O. RAWSOH 

miendo un 10 % de las utilidades, por las demoras en la colo- 
cación de las entregas anuales, al fin de los 23 años el Banco 
habrá percibido como resultante de sus variadas operacio- 
nes con aquel capital definido que se adelantó, una cantidad 
de 7 800 000, que representa una utilidad legítima y cuantio- 
sa capaz de consolidar el crédito de la institución bancaria 
más exigente. 

¿De dónde sale este capital cuya rotación ha sido tan útil 
bajo los diversos aspectos en que la hemos contemplado? 
Las leyes económicas explican satisfactoriamente este fenó- 
meno ; pero en el caso que nos ocupa parece una paradoja 
afirmar que son los humildes inquilinos de las casas de alo- 
jamiento ; que es el artesano, el jornalero, la costurera, la 
cocinera y esa midtitud más de obreros modestos, que van 
á buscar en aquellas casas su habitación barata y honesta, 
los que producen con su trabajo y su economía esa suma 
destinada á responder al crédito y á dar circulación enér- 
gica y fecunda á los enormes capitales que hemos visto pe- 
netrar en los intersticios de la sociedad, vivificándola y 
acelerando su evolución progresiva. Los 64 156 inquilinos 
que ocupaban el aflo pasado las 25 645 habitaciones de las 
casas de inquilinato, han pagado realmente por alquileres 
1 730 286 $ nacionales en el mismo año, á pesar de la ingrata 
condición de sus alojamientos y de la miseria fisiológica á 
que están condenados allí. 

Citamos estas cifras porque son hechos consignados en la 
estadística y como una manifestación de la sublime armonía 
que reina en los fenómenos económicos , cuando se miran 
de su verdadero punto de vista. Los 5, los 10, los 20 000 000 
de pesos que serán necesarios para llevar á cabo las ünpor- 



CASAS JOB INQUILINATO 1 55 

tantes obras de que nos ocupamos, han de ser pagados de- 
finitivamente con el sudor de aquellos obreros y obreras 
que hemos visto ocupar los conventillos, después que ese 
capital haya circulado en el organismo social, fecundándolo 
y dejando á su paso las ventajas personales y colectivas 
que hemos hecho notar, vigorizando nuestro conjunto y pro- 
duciendo como resultante el adelanto incontrastable de este 
pueblo nuevo. 

El otro medio que nos ocurre sería todavía más eficaz, 
aunque puede decirse más brusco. 

El crédito de nuestro país permite que se levanten á me- 
nudo grandes empréstitos para obras de progreso material. 
Estamos lejos por nuestra parte de aprobar siempre lo que 
llega á ser un abuso del crédito cuando pasa de ciertos lí- 
mites; pero el hecho en sí mismo prueba que se puede traer 
el capital á la República Argentina sin esfuerzos excepcio- 
nales. 

Así como se construye un ferrocarril por una empresa 
particular con la garantía de la República, en cuanto al mí- 
nimum de producto neto que dará la obra, así también nos 
ocurre que puede solicitarse el capital extranjero y nacional, 
asegurándole como garantía un interés suficiente y superior 
al que se le reconoce generalmente, si ese capital, que pue- 
de llegar á ser de muchos millones, se aplicara á la edifica- 
ción de casas adecuadas para la habitación de los obreros. 
La Municipalidad ofrecería una garantía de 7 ú 8 por ciento 
anual sobre las sumas empleadas; garantía que se haría 
efectiva á medida que los trabajos fueran entregándose al 
uso destinado. 

El 7 por ciento ya es un interés muy atractivo para el ca- 



I56 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

pital extranjero y aun para el nacional; y dadas las condi- 
ciones económicas de nuestro país, su creciente población, 
la demanda cada vez más activa de habitaciones para Henar 
las necesidades de esa población, es indudable que el 7 y 
aun el 8 por ciento serían sobrepasados en la mayor parte 
de los casos, en la forma de alquileres, y que en realidad, 
la garantía municipal rara vez tendría ocasión de ser apli- 
cada. 

Este sistema tendrá la ventaja sobre el anterior y sobre 
cualquiera otro, de proveer inmediatamente los capitales 
necesarios, y de poder empezar sin demora la construcción 
en vastas proporciones, de los edificios que se requieren. El 
número de trabajadores que se necesitarán para este servi- 
cio se aumentará también en proporción á la demanda, y 
una masa considerable de inmigrantes útiles y laboriosos 
vendrá á engrosar las filas de los que ya nos visitan, pues 
tendrán en ese caso una ocupación inmediata y provechosa. 

Las formas variadas, la estructura y demás condiciones 
higiénicas de los edificios serían consultadas antes de ini- 
ciarse, y durante su ejecución, con una oficina competente 
creada para este fin; y la experiencia de la Inglaterra, de la 
Francia, de ía Bélgica y de los Estados Unidos, vendría á 
servirnos poderosamente para aconsejar el mejor ó los me- 
jores sistemas de edificación, teniendo siempre en vista el 
objeto sanitario y económico que se persigue. 

No tenemos datos precisos sobre el costo que las construc- 
ciones de este género importarían; pero tomando en conside- 
ración el valor de la tierra en la ciudad, particularmente en 
los sitios donde se fijarían de preferencia los edificios, pode- 
mos afirmar que el metro cuadrado de terreno es más bara- 



CASAS DE INQUILINATO 1 57 

to, y á veces mucho más barato que en las grandes ciudades 
europeas; y que algunos sitios algo excéntricos que serían 
muy convenientes para casas de inquilinato, se podrían ob- 
tener por un precio sumamente bajo. 

Hemos seguido en los periódicos de la capital, la reseña 
oficial de las ventas de propiedades realizadas en cada día; 
y con este dato podemos decir que los precios de venta son 
mucho más bajos que los que en condiciones semejantes se 
pueden obtener en París y en Londres, é infinitamente infe- 
riores á los de la ciudad de Nueva York, donde ha llegado á 
un nivel fabuloso el valor de la tierra en ciertos sitios favore- 
cidos, siendo en general elevadísimo el precio del terreno en 
aquella ciudad. 

De estas observaciones reiteradas y considerando sola- 
mente las ventas de terrenos sin edificios de importancia, 
situados en las regiones preferibles para las casas de inqui- 
linato, y con el conocimiento de transacciones notables por 
la extensión superficial vendida, hemos llegado á la convic- 
ción de que el precio medio puede estimarse á razón de 3 A 
4 pesos m/n. el metro cuadrado. Entre tanto en Londres, la 
comisión del fondo de Peabody ha pagado como término 
medio, y á pesar del favor con que es tratada aquella insti- 
tución, 65 chelines por yarda cuadrada, que equivalen á 16 
pesos fuertes por metro. 

En cuanto al costo de construcción, hay seguramente al- 
guna diferencia desfavorable para nosotros, comparado 
también con aquellas ciudades; pero podemos afirmar que 
esa diferencia procedente del valor de los materiales impor- 
tados y de la obra de mano, no es muy considerable. 

Tomando en cuenta, pues, el bajo precio relativo del te- 



158 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

rreno y el mayor costo de la ejecución, se llega á la con- 
clusión de que un edificio de iguales condiciones en Buenos 
Aires y en Londres, costará próximamente lo mismo. 

Con estos antecedentes conjeturales, vamos á calcular 
por analogía el capital requerido para producir un resultado 
dado entre nosotros, estudiando lo que sucede en una sola 
de estas asociaciones. Tomaremos de preferencia los edifi- 
cios de Peabody, según el informe anual presentado por la 
comisión en Febrero de este año. 

El gasto total en terrenos y construcciones hasta el fin de 
1883 asciende á 1 089 883 libras esterlinas, 12 chelines y 6 
peniques, lo que equivale á 5 600 000 pesos nacionales. Con 
este dinero y sin contar todavía los cuerpos de edificios que 
están en construcción, los comisionados han provisto para 
los trabajadoras pobres de Londres 9 693 habitaciones ó 
cuartos, incluyendo la provisión de agua, los baños, los de- 
pósitos y ios lavaderos contenidos en los edificios. Estos 
cuartos constituyen 4 359 habitaciones separadas; 73 con 
cuatro cuartos cada una, 1 521 con tres, 2073 con dos, y 692 
con uno solo, ocupados todos por 18 009 personas. El alquiler 
medio que se cobra, como antes lo hemos dicho, es á razón 
de 2 chelines y 1 1/2 peniques por cuarto y por semana, 
lo que produce una entrada bruta que representa cerca del 
5 por ciento del capital empleado; y deduciendo el 2 por 
ciento para los gastos requeridos para reparaciones, servi- 
cio de aguas y otros impuestos de que no están exentas esas 
casas, á pesar de su aplicación filantrópica, queda como ga- 
nancia neta un 3 por ciento para acumularse al capital y 
aplicarse como hasta ahora á los objetos originarios de la 
donación, 



CASAS DE INQUILINATO 1 59 

Ahora bien, suponiendo que la misma suma de capital 
garantido fuera empleada por la empresa ó las empresas 
que sugerimos, y que se construyera así el mismo número 
de habitaciones para el mismo número de personas que en 
los edificios de Peabody, tenemos la diferencia de que en vez 
de 2 chelines y 1 y 1/2 peniques que se pagan allí por sema- 
na y por habitación, las de Buenos Aires cobran como alquiler 
medio mensual 136 pesos papel moneda. Cobrando en las 
casas nuevas bien ventiladas y alumbradas, que se pon- 
drían al servicio de los obreros, 4 pesos y medio nacionales 
por mes, equivalentes á 108 pesos papel moneda, en vez de 
los 136 que se cobran ahora, los 9 693 cuartos producirían 
una entrada anual de 523416 pesos moneda nacional, lo 
que corresponde á 9 1/2 por ciento de interés sobre el ca- 
pital. 

Calculando ahora que, como en Londres, se gaste 2 por 
ciento en los cuidados y reparaciones, quedaría siempre una 
utilidad neta de 7 y 1/2 por ciento. Y esto sin tomar en 
cuenta que en muchos de los edificios construidos para este 
objeto, sería útil para los vecinos alojados, que se dispusie- 
ran como parte integrante de las construcciones, piezas ex- 
teriores que serían alquiladas para almacenes ú otros servi- 
cios comerciales; y como estos alquileres se pagan siempre 
dos y tres veces más caros que el de las habitaciones, esto 
vendría necesariamente á aumentar en mucho la entrada, y 
acrecentar la renta en esa proporción. 

Mucho hemos pensado en esta combinación; hemos con- 
sultado opiniones competentes sobre la mayor parte de las 
cuestiones de detalle envueltas en el programa, y hemos lle- 
gado £ las conclusiones que acabamos de exponer, sin que 



I ÓO ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

se perciba uua sola objeción sustancial á este designio, sea 

del punto de vista del crédito público; sea bajo el aspecto de 

la conveniencia de los obreros y sus familias, interesadas 

en la mejor solución de este problema. 

* Es bueno hacer notar después de ésto, que, sea cual fuere 

el plan que se adopte para la impulsión de estas reformas 

trascendentales, deben hacerse modificaciones serias en j 

nuestro sistema de edificación. 

La economía de los gastos que importa también la reduc- 
ción proporcional de los alquileres, puede aconsejar con 
acierto la construcción de casas de tres y cuatro pisos, co- 
mo son la mayor parte de las que se edifican en Londres 
con los mismos fines. Esto importaría la necesidad del ensan- 
che de las calles donde estas casas se establezcan, á fin de 
evitar que la altura de los edificios intervenga desfavora- 
blemente en la luz solar y en las corrientes atmosféricas de 
las vías públicas y de las casas circunvecinas. La ley ingle- 
sa prescribe que el máximun de elevación exterior de un 
edificio no puede ser mayor que el ancho de la calle, ó, lo 
que es lo mismo, que una línea trazada desde la cumbre de 
la muralla del frente hasta la base de la muralla opuesta, 
debe formar un ángulo de 45 grados. De suerte que en las 
construcciones ejecutadas en obediencia de esta ley, aun- 
que se eleven por cinco ó seis pisos sobrepuestos, no se 
perjudica la amplitud de la vía, porque, consultando y cum- 
pliendo la ley, cuando quiere darse esa elevación tan gran- 
de al edificio, es necesario empezar por retirar al interior 
del terreno la base de las murallas de la calle, hasta el 
punto requerido para cumplir las disposiciones vigentes. 

Otra sugestión nos ocurre también, derivada de lo que 



CASAS DE INQUILINATO l6l 

hemos visto en Europa, en lo que se llama ciudades de 
obreros, y de lo que hemos observado también en Filadelfia 
como lo indicamos más arriba. 

Las compañías edificadoras, además de los cuerpos de 
edificios que sirven para el alojamiento de una reunión más 
ó menos numerosa de inquilinos, pueden construir casas pe- 
queñas como para ser ocupadas por una sola familia; y en 
este caso es posible estimular la moralidad y la economía 
de la familia que se instale, proporcionándole la ocasión de 
adquirir en propiedad la casa que habita. 

Se supone que esos trabajadores no tienen un capital in- 
mediatamente disponible para comprar su casa, ni es eso 
tampoco lo que conviene fomentar, porque entonces el be- 
neficio se haría en favor de una clase más levantada que 
aquélla que nos proponemos auxiliar. Pero si el padre de 
familia que toma en alquiler una casita cómoda, bien venti- 
lada, con su pepueño jardín, con sus aguas corrientes y to- 
das las demás ventajas requeridas, tiene la posibilidad de 
adquirir en propiedad ese alojamiento en el término de 
quince años, por ejemplo, por medio de pagos sucesivos in- 
corporados al alquiler, esa sí sería una ocasión de favorerer 
al trabajador honrado, presentando á su vista y ante la plá- 
cida contemplación de su propia familia una perspectiva li- 
sonjera que no sería una ilusión, y á la cual puede alcanzar 
con paciencia, con constancia y con economía. 

Nos imaginamos que una de esas casitas con cuatro pie- 
zas, con todos los servicios interiores deseables, ejecutada 
modestamente pero con solidez, importe un costo absoluto 
de 2 500 pesos moneda nacional, y que el inquilino pague 
como simple alquiler lo que ordinariamente cuestan esta 



IÓ2 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR O. RAWSON 

clase de habitaciones: 25 pesos moneda nacional mensua- 
les. Esta mensualidad representaría el 8 por ciento anual 
de interés sobre el valor de la casa, más un 4 por ciento 
como amortización, lo que equivale al pago progresivo del 
capital, que quedaría completamente cubierto en quince 
aflos. Al fin de ese término el trabajador y su familia se 
encontrarían propietarios definitivos con todas las ventajas 
que esa condición importa. 

Pocas cosas hay más simpáticas para el hombre y la fa- 
milia honrados que la adquisición de una propiedad. A ese 
fin se consagran por decenas de afios las privaciones com- 
patibles con su bienestar, que son la fuente de su econo- 
mía; y sería de ver el regocijo con que una familia, formada 
y crecida en esa modesta casita, saludaría el día en que re- 
cibiera la escritura de propiedad, otorgada por su patrón 
de quince afios. En salud, en moral, en inteligencia cultiva- 
da, ¡cuántos tesoros habría ganado en ese intervalo aquella 
familia favorecida, y cuántos beneficios habría irradiado en 
su alrededor con el ejemplo y tal vez con la caridad que des- 
pierta en el alma la felicidad propia! 

No es de menos importancia otro de los resultados que 
pueden derivarse de esta práctica filantrópica y económi- 
ca. Los extranjeros, que constituirán seguramente el ma- 
yor número de los habitantes de las casas que van á edifi- 
carse, y que pueden ser beneficiados también con la prácti- 
ca saludable de la adquisición progresiva de la propiedad, 
quedarán de tal manera radicados á su país adoptivo, que 
llegará á ser una excepción la de aquellos que estén espe- 
rando acumular algunas pequeñas economías para volverse 
á su país natal. El propietario de una casa decente, donde 



CASAS DE INQUILINATO 1 63 

su familia se ha formado, es natural que no experimente 
esas veleidades, que tienen su razón de ser, por otra parte, 
de abandonar el sendero de prosperidad en que se ha colo- 
cado; de suerte que esta posición y estos estímulos han de 
ser seguramente motivos que induzcan á la naturalización 
práctica que es tan conveniente fomentar, consultando los 
intereses económicos y políticos de la Nación. 

Otra ventaja que surgirá del impulso deliberado é inteli- 
gente impreso á la edificación y tendente á llenar las nece- 
sidades imperiosas de la clase que se tiene en vista en este 
designio, es la de contrariar en cierto modo la tendencia 
instintiva que existe en la ciudad de Buenos Aires á ensan- 
charse, del punto de vista de la edificación, de la sociabili- 
dad, del comercio y del embellecimiento, hacia el lado del 

Norte. 

* 

No es esta una excepción peculiar á esta ciudad. Hemos 
podido observar, en todas aquellas que conocemos en el 
hemisferio Sud, que la tendencia ordinaria es extenderse 
con sus mejoras hacia el Norte, quedando en la sección 
opuesta de las ciudades una población numerosa también, 
pero menos bien acomodada. En el hemisferio Norte hemos 
notado que las agrupaciones urbanas tienen igualmente una 
predilección para extenderse en el rumbo fijo. 

En muchos casos pueden influir las condiciones topográ- 
ficas de las ciudades; pero en otros no hay explicación sa- 
tisfactoria de este punto de vista. ¿Será acaso que los habi- 
tantes, como las plantas, buscan hacia el lado de la luz su 
bienestar, ó será porque, dominando los vientos que proce- 
den del rumbo tropical, y siendo estos vientos acompaña- 
dos de un& depresión barométrica sensible, tienden á arras* 



164 ESCRITOS T DISCURSOS DEL DOCTOR O. RAWSON 

trar hacia el lado del Sud las emanaciones mal sanas que 
se producen naturalmente en toda agrupación? 

No podemos afirmar esta teoría, pero señalamos el hecho 
particularmente en la ciudad de Buenos Aires, que es obje- 
to de este estudio. 

Suponiendo dividida la ciudad por la calle de la Victo- 
ria, se puede apreciar que los barrios del Sud han sido 
siempre descuidados por la autoridad; de suerte que los 
trabajos concurrentes al saneamiento van allí más despacio 
que en el lado del Norte. 

Las grandes casas, los edificios públicos mismos, los tea- 
tros, los hoteles, están, con rarísimas excepciones, todos del 
lado del Norte; y hacia el Sud gran parte de las calles no 
están pavimentadas, y la edificación por lo tanto se resien- 
te de la escasa atracción de esta región para los capitales. 

< 

No es que la población sea aquí menos numerosa segura- 
mente; pero es indudable que ella por lo general está peor 
acomodada. 

Es tradicional el hecho de que las epidemias, sea de las 
enfermedades exóticas, sea de las enfermedades endémicas 
que suelen tomar la forma difusiva, tienen su origen y su 
punto de arranque en los barrios menos cuidados del Sud, 
Jo que probará, sin más demostración, que son éstas las 
secciones donde menos se ha atendido la salubridad de la 
ciudad. 

Aun prescindiendo de las epidemias, las parroquias del 
Sud presentan una mortalidad superior á las del Norte. No 
tenemos el censo de la ciudad para poder demostrar con ci- 
fras directas esta proposición; pero sí consta cual es el nú- 
mero de nacimientos y de muertos en cada parroquia, y 



CASAS DK INQUILINATO 1 65 

examinándolas, se puede ver que, con pocas excepciones, 
las defunciones en las parroquias del Sud son más numero- 
sas que en las del Norte, con relación á los nacimientos. 
Aunque este dato demográfico sea incompleto para los fines 
de la estadística, creemos que merece ser atendido. 

Agrégase á ésta una observación más demostrativa toda- 
vía. Bajo la influencia de circunstancias sanitarias favora- 
bles, todos los distritos en que está dividida la ciudad pre- 
sentan una mortalidad reducida, próximamente proporcio- 
nal á la población de cada uno de ellos; pero cuando por al- 
guna causa la salud pública en general ha sufrido y la mor- 
talidad ha aumentado sensiblemente, entonces esos efectos 
son mucho más acentuados en aquellas secciones donde la 
higiene ha sido menos atendida. No necesitamos reprodu- 
cir las cifras estadísticas de los años propicios, del punto de 
vista sanitario, comparadas con las de aquéllos en que han 
reinado epidemias en Buenos Aires, ó en los que la morta- 
lidad ha sido elevada por enfermedades ordinarias: las dife- 
rentes condiciones higiénicas se han traducido en la des- 
proporción con que las defunciones han aumentado en la 
Sección Sud. 

Pero tenemos á la vista hechos recientes, del corriente 
año, que prueban hasta la evidencia, la exactitud de nuestro 
aserto, y que responden á la verdad de lo que acontece en 
todas las agrupaciones urbanas en las cuales existen algu- 
nas regiones malsanas por sus circunstancias ó por la de- 
sigualdad con que es atendida la higiene. En los primeros 
meses de 1834, cuando terminaba la epidemia de viruela 
que tantos estragos hizo en 18S3, particularmente en las ca- 
sas de inquilinato, la mortalidad general fué baja; pero des- 



1 66 ESCRITOS V DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

de el mes de Junio ha comenzado á exacerbarse de una ma- 
nera alarmante. En Mayo murieron 574 habitantes y en Oc- 
tubre 829, continuando en esta proporción hasta Diciembre. 

Ahora bien; en Mayo, el número de defunciones, en las 
parroquias del Norte, comparadas con las de Octubre, da 
un aumento de 19 por ciento; mientras que en las del Sud, 
el acrecentamiento ha sido de 45 por ciento. La diferencia 
es muy considerable, y tanto más de notarse, cuanto que 
las causas determinantes de la agravación no han sido es- 
peciales ó más eficientes para la división que más ha sufri- 
do. Creemos que habrá contribuido en gran manera á este 
malestar, la continuación de los trabajos de saneamiento 
que siguen ejecutándose con plausible actividad al parecer. 
La remoción del subsuelo que esos trabajos demandan; la ex- 
posición al aire atmosférico de la tierra impregnada y de 
las materias orgánicas animales y vegetales en su proceso 
no terminado de fermentación pútrida; la imperfección del 
barrido en las calles donde los trabajos tienen lugar y la 
cantidad de basura que no puede ser levantada por las mis- 
mas razones, son hechos que explican en gran parte la ele- 
vada morbilidad y mortalidad que denunciamos. Sin em- 
bargo, aunque estos inconvenientes materiales tienen su 
asiento en mayor extensión en las calles del Norte, no son 
estas vecindades sino las del Sud las que han sufrido más 
de sus consecuencias, como se ve por las cifras que hemos 
comparado. 

Teniendo, pues, en consideración estos hechos demostra- 
dos, la equidad y la conveniencia pública aconsejan que se 
dirija preferente atención á las regiones malsanas, toda vez 
que se trate de aplicar medidas sanitarias para mejorar las 



CASAS DE INQUILINATO 1 67 

condiciones generales del municipio. Es lógico, entonces, 
que si por alguno de los sistemas económicos sugeridos, ó 
por cualesquiera otros, la municipalidad interviene en la 
construcción y la colocación de las casas de inquilinato, las 
designaciones de locales se hicieran consultando el propó- 
sito de mejorar las condiciones de edificación en las por- 
ciones desfavorecidas de la ciudad; seguros que eso traería 
en pos de sí como consecuencia inevitable, otras construc- 
ciones privadas, de mejor carácter, el sanemiento superfi- 
cial por medio de las nivelaciones y de los pavimentos ade- 
cuados; y finalmente, que los gastos considerables que la 
municipalidad realiza en las secciones ya favorecidas del 
Norte podrían compartirse ventajosamente con las del Sud, 
agregando al beneficio del cuidado y de la limpieza de las 
calles, el de la adquisición de terrenos para plazas, con sus 
correspondientes plantaciones de árboles, que servirían pa- 
ra aumentar la superficie aereatoria de aquellas vecindades 
y serían un centro atractivo para la concurrencia y el re- 
creo de los vecinos, particularmente de los nifios. 

Es increíble que en la vasta superficie de la región del 
Sud no se tengan más plazas actualmente que la de Mon- 
serrat y la de la Concepción y recientemente la plaza Cons- 
titución. La de Monserrat y la Concepción no tienen siquie- 
ra el área de una manzana completa; mientras que en el 
Norte, incluyendo las de Victoria y 25 de Mayo, hay las de 
San Martin, la del General Lavalle, la de la Libertad, la del 
6 de Junio, la del Once de Setiembre, la de Lorea, el Paseo 
de Julio, el Paseo Alvear y Palermo, agregándose á esto la 
multitud é importancia de los trabajos que se han ejecutado 
en la forma de anchas avenidas y superficies cultivadas. 



I' 



1 68 ESCRITOS T DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

Nos parece, pues, que una vez en posesión de los medios 
de realizar la grande obra de la regeneración del pobre 
obrero, se podría imprimir al movimiento una dirección y 
una intensidad que corrigiera, ante la equidad y la justicia, 
esa desigualdad cruel que ha perseverado por años y por 
siglos y que redunda siempre, á pesar de todo, en perjuicio 
de la población en general, puesto que de aquellos sitios de- 
satendidos vienen y se extienden como un castigo sobre toda 
la ciudad, las enfermedades infecciosas que por lo gene- 
ral forman allí sus primeros focos. 

Agregaremos otra consideración de oportunidad para es- 
forzar los argumentos que aconsejan una acción enérgica y 
pronta en el propósito de la mejora relacionada con las ca- 
sas de inquilinato. 





^neamiento que se llevan á cabo en la ac- 
tualidad, con bast¿; , ... 

inte energía, tropiezan con el inconvenien- 
te de que no puede %t , . , U1 , . . x , 

odavia establecerse la comunicación de 

j las casas con las cloaca 

y s destinadas á recibir y conducir le- 

/ jos de la región urbana las . «. . . , «. 

/ ' aguas sucias y materias infectas. 

Este trabajo habrá que hacerlo %eguramente más tarde> con 
la desventaja de que sera necesaria cuando se realice , remo- 
ver de nuevo la tierra, con todos los\ nconvementes sanita . 
nos que acompañan a este proceso; y\ s gastos adicionales 
que tal operación reclama. Entre tanto, \ la edificacion de 
las casas de inquilinato y de las otras que Y eran su conse- 
cuencia, se hiciere al mismo tiempo que las 3£, ras de sanea - 
miento progresan, se establecerían desde luegjL i as comuni- 
caciones domésticas á medida que las construcciones avan- 
cen, sin el peligro y el costo de excavaciones ulteriores. El 
subsuelo quedaría perfectamente consolidado a n&edida que 



CASAS DE INQUILINATO 169 

la pavimentación se verifique, y todas las obras armónica- 
mente concurrentes al fin de la salud pública seguirían un 
camino simultáneo y paralelo. 

Sea cual fuere el sistema financiero que se adopte para He- 
var á cabo enérgicamente las obras trascendentales de que 
estamos tratando, la municipalidad debe constituir una ofi- 
cina técnica con un personal cuidadosamente elegido por su 
competencia científica; y al rededor de esta oficina, todo un 
departamento de higiene para hacer frente á los deberes y á 
las responsabilidades de la intervención oficial en la edifica- 
ción y en la conservación adecuada de las construcciones. 

La oficina técnica de la municipalidad tendrá el deber de 
estudiar cada uno de los variados planos que se le presenten 
para la edificación de casas de inquilinato. Aprobará dichos 
planos si en ellos están satisfactoriamente consultadas la3 
exigencias higiénicas de las construcciones, prescribirá las 
reformas que deben hacerse, si bajo algunos aspectos ó en 
algunos detalles las exigencias sanitarias se han desatendi- 
do, y rechazará de todo punto aquéllos que por sus defectos 
generales sean inadmisibles. 

La franca ventilación de las habitaciones, su capacidad cú- 
bica para el número de habitantes que deben ó pueden ocu- 
parlas; el fácil y suficiente acceso de la luz solar; la elección 
de los materiales que han de emplearse para evitar la hu- 
medad en los pisos, en las murallas y en los techos; el dre- 
naje conveniente; el arreglo de todas las oficinas adyacen- 
tes, particularmente de los water-closets, ejecutados según 
los mejores sistemas aconsejados por la experiencia para 
mantenerlos aseados, con las facilidades consiguientes para 

su evacuación á las cloacas, cuidando de que su número y 

22 



1 jo escritos y discursos del doctor g. rawson 

su colocación correspondan á la población alojada en cada 
edificio; una provisión abundante de agua corriente para que 
llene con eficacia todos los servicios á que el agua concurre 
como factor principal, y sin perder de vista la trascenden- 
tal conveniencia de que haya en cada casa uno ó más cuar- 
tos de baño para el uso por turno de sus habitantes: hé aquí 
algunas de las principales observaciones que la oficina debe 
tener en vista para el desempeño de su cometido. 

No basta aprobar ó modificar los planos presentados, con 
sus respectivos presupuestos. Es necesario además que una 
inspección asidua acompañe la ejecución de las obras, á fin 
de que se lleven adelante y se completen con exacto cum- 
plimiento de lo prescripto. Algún detalle ocurre á menudo 
en este género de construcciones que puede comprometer 
sustancialmente las disposiciones higiénicas del trazado ó 
quitar en gran parte la solidez y durabilidad de los edificios; 
y la Oficina Municipal puede, eri presencia de los hechos, su- 
gerir y ordenar correcciones adecuadas para prevenir estos 
inconvenientes. 

Una reglamentación bien meditada para el uso de las ca- 
sas de inquilinato es el elemento práctico más importante 
para que alcancen eficazmente los objetos sanitarios y mo- 
ralizadores á que están destinados. Se requiere una inspec- 
ción frecuente sin la cual las mejores construcciones serían 
inútiles. Las costumbres de los habitantes, por una parte, y 
el egoísmo de los propietarios por otra, pueden traer en bre- 
ve tiempo la degradación material de los alojamientos y los 
peligros que la salud y la moralidad experimentan, siempre 
que se descuiden las reglas consagradas por la observación. 

Es preciso que con la mayor frecuencia posible los inspec- 



CASAS DE INQUILINATO \Jl 

tores municipales visiten las casas y ordenen bajo las más 
serias responsabilidades el cumplimiento de las ordenanzas 
que las rigen. El número de personas que pueden alojarse 
en cada una de las habitaciones según su capacidad cúbica, 
debe estar señalado en caracteres visibles en la puerta de 
cada una de ellas; y los inspectores vigilarán particularmen- 
te este puntó, teniendo acceso á cualquiera hora del día ó de 
la noche para evitar el abuso de acumulaciones indebidas. 

El aseo, la limpieza en todas sus formas, deben estar pre- 
vistos en las ordenanzas ó reglamentos internos de los esta- 
blecimientos, y debe ser una de las faces que la inspección 
estudiará con la mayor solicitud. No soló las habitaciones 
en sí mismas, sino todos los accesorios de la casa deben es- 
tar sometidos á esta inspección, y deben hacerse efectivas 
las responsabilidades que resulten sobre quien corresponda. 

La municipalidad puede y debe concurrir para la fijación 
de los alquileres, con el designio de reducirlos á la menor 
expresión compatible con las conveniencias comerciales de 
las compañías ó de los propietarios de inquilinato. Hemos 
dicho antes que el término medio de alquiler mensual, en la 
hipótesis de los empréstitos bancarios al moderado interés 
de 6 % } podía ser de 4 1/2 pesos *%; pero si esos préstamos se 
hicieren con un interés mayor, de 7 %, por ejemplo, será 
equitativo que el alquiler medio alcance á 5 pesos naciona- 
les, lo que sería inferior todavía al que actualmente se cobra, 
y produciría los mismos resultados financieros que hemos 
descrito. 

Hemos tenido ocasión de examinar detenidamente las ava- 
luaciones oficiales de 1883, para los efectos de la contribu- 
ción directa, de las 758 casas de inquilinato de las cinco pri- 



172 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

meras secciones de la Capital; y como conocemos por la 
estadística municipal del mismo año cual es el número de 
habitaciones contenidas en ellas y los alquileres que se co- 
bran por cada una, estamos en aptitud de apreciar la renta 
anual que producen. El mayor número de las casas de in- 
quilinato no están exclusivamente ocupadas en esa forma, 
sino que emplean gran parte de su capacidad en servicios 
industriales ó comerciales de otro carácter; y por consi- 
guiente, no pueden tomarse todas en consideración para es- 
timar su producto en relación á los valores efectivos de 
aquellas propiedades. 

Entre las 758 casas que figuran en la estadística como de 
inquilinato en las cinco secciones mencionadas, puede decir- 
se que hay solo 250 aplicadas exclusivamente á ese servicio: 
entre éstas hay 219 cuya renta anual, sobre su valor oficial, 
alcanza y supera el 10 °/ ¡ 61 ganan de 15 % arriba; 38 per- 
ciben del 18 % adelante, y 21 obtienen de 20 °/ adelante, in- 
clusas algunas que dan el 25 y el 26 %• El alquiler en todas 
ellas es de 7,25 pesos m/n por mes. Estas 219 casas repre- 
sentan una avaluación de 2 427 000 pesos nacionales, y siendo 
su renta anual de 345 194 pesos de la misma moneda, el inte- 
rés del capital asciende á 14 % en su conjunto. 

Estos datos tienen su importancia para demostrar que es 
un excelente negocio el que realizan los propietarios actua- 
les de esas fincas, así colocadas, y que un sentimiento de 
justicia debería inducirlos á mejorar en mucho las condicio- 
nes sanitarias en que viven aquellos inquilinos, que tan pin- 
gües ganancias les proporcionan. Pueden servir también 
como antecedentes para el criterio de la autoridad, cuando 
llegue la oportunidad de ejercer su intervención con acierto 



CASAS DE INQUILINATO 1 73 

en las variadas designaciones de los alquileres, en caso que 
se ponga en ejercicio algún plan decisivo para impulsar la 
edificación para inquilinatos. 

Recomendando, como acabamos de hacerlo, y con especial 
encarecimiento, la provisión de aguas corrientes en las casas 
de inquilinato, hemos mencionado ligeramente los servicios 
higiénicos á que esta provisión se encamina. Tener agua 
abundante al alcance de todos, verla brillar en su corriente 
impetuosa y levantarse su nivel en los depósitos donde se la 
acumula, es un fenómeno que produce en los que lo contem- 
plan el deseo instintivo de ponerse en contacto con ese lí- 
quido amigo y provechoso. Los hombres, las mujeres, los 
niflos se sienten irresistiblemente inclinados á lavar sus ma- 
nos y su rostro en aquel líquido, y á sumergir su cuer- 
po en el depósito destinado para ese fin. Personas que 
habrían vivido muchos afios sin recibir un baño, sin la- 
var siquiera algunas partes de su cuerpo, dejando en per- 
manencia así la suciedad y la inmundicia, que no pueden 
dejar de ser sobremanera perjudiciales para la salud, se 
sienten invenciblemente decididos á lavarse y á bañar- 
se repetidas veces, cuando el agua viene á buscarlos pre- 
surosa hasta la cabecera de su lecho para ofrecerse á su 
servicio. 

Es fácil comprender las ventajas sanitarias que se derivan 
de la práctica y de los hábitos nuevos de la limpieza perso- 
nal ; y por eso insistimos con tanta decisión sobre la conve- 
niencia de proveer abundantemente de aguas corrientes á 
las casas de inquilinato, las cuales, por la aglomeración 
misma que allí se forma, y las malas costumbres de poco 
aseo, rebajan el nivel moral de las personas, disminuyen su 



174 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

propia estimación y la simpatía recíproca que es una nece- 
sidad en estas agrupaciones. 

No queremos dejar pasar sin referir un incidente ligero 
ocurrido en un hospital europeo, que pinta un tipo de los 
muchos que vemos diariamente, caracterizados por la falta 
de limpieza corporal. Hé aquí el breve diálogo del médico 
encargado de la sala con el enfermo que acababa de entrar 
al hospital para ponerse bajo sus cuidados. El enfermo te- 
nía 30 aflos; había sido soldado; y examinada, como remis- 
cencia retrospectiva, su vida anterior, declaró también que 
era casado. Observando el médico, que el cuerpo de su clien- 
te mostraba indicios de no haber sido lavado con frecuencia, 
preguntóle si había pasado mucho tiempo sin bañarse. Res- 
pondió que se había bañado una sola vez en toda su vida. 
Admirado el médico de este hecho extraño, le dijo inmedia- 
tamente: «Por supuesto, que ese baño lo tomaría Vd. el día 
de su casamiento.» — «No, señor doctor, contestó el enfermo: 
en ese día no me bañé: el único baño de mi vida fué para 
presentarme al acto de enrolamiento, porque sin bañarme 
no me habrían admitido.» 

El tipo caracterizado por aquel soldado y aquel esposo, 
poco limpio, no es extraordinario; y entre las personas que 
pasan á nuestro lado y entre los enfermos que acuden á 
nuestros hospitales, no sería difícil encontrar más de uno 
que se pareciera bajo este aspecto al individuo mencionado. 
Y si éste y aquéllos hubieran tenido en su hogar modesto las 
corrientes atractivas y cariñosas del agua fresca, es casi se- 
guro que habrían interrumpido sus habitudes, y que, á 
lo menos, el famoso soldado de la historia, habría toma- 
do un baño y lavádose prolijamente en aquel día en 



CASAS DE INQUILINATO 1 75 

que debía unir su ser á la que iba á ser la compañera de su 
vida. 

Con todas estas ventajas reunidas en las casas de inquili- 
nato, con el aire, con la luz, con el agua, disfrutados en abun- 
dancia por los habitantes, se comprenden los efectos produ- 
cidos por este conjunto en la salud, en la moral y en la inte- 
ligencia; influencias más perceptibles todavía en los niños 
que allí nacen y allí se desenvuelven. Se comprende así que 
la mortalidad en casas de ese género, como las que hay en 
Londres, se haya reducido tanto, y que los 80 000 obreros 
acomodados allí en los edificios modelos pertenecientes á 
las diversas sociedades que han destinado sus capitales áeste 
objeto comercial y filantrópico, tengan una mortalidad media 
de 17 y 12 por 1 000, mientras que la de Londres, en general, 
en los años más favorecidos, ha sido de 20 y 1/5 por 1 000. 

Nos parece oportuno, para terminar, transcribir uno de 
los reglamentos que rijen en los edificios de Peabody. 

REGLAMENTO 

Artículo I o Ninguna solicitud para alojamiento será aten- 
dida si cada miembro de la familia del solicitante no ha sido 
vacunado ó si no consiente en cumplir sin demora, las pres- 
cripciones de la ley de vacuna, y no conviene además en 
que si alguno de los suyos fuere atacado de enfermedad in- 
fecciosa, será trasladado al hospital correspondiente. 

Art. 2 o El alquiler debe pagarse semanalmente, anticipa- 
do, en la oficina del superintendente, el lunes de cada sema- 
na, desde las 9 a. m. hasta las 6 p. m. 

Art. 3 o No se permitirán alquileres atrasados. 

Art. 4 o Los pasadizos, las letrinas y los lavaderos deben 



176 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

lavarse todos los sábados y barrerse todas las mañanas an- 
tes de las 10. Esto debe hacerse por los alquilantes y por 
turno. 

Art. 5 o No pueden lavarse las ropas sino en el lavadero 
correspondiente de la casa. Los alquilantes no pueden usar 
el lavadero sino para su propia ropa. No pueden colgarse 
las ropas mojadas en el exterior. 

Art. 6 o No es permitido sacudir alfombras ú otros servi- 
cios sino hasta las 10 de Ja mañana. Se prohibe de todo punto 
arrojar por las puertas ó las ventanas la tierra ó basura que 
resulten del barrido. 

Art. 7 o Los inquilinos pagarán el costo de las reparacio- 
nes de las ventanas, llaves, armarios y calderas que se de- 
terioren en su cuarto respectivo y en su uso. 

Art. 8 o No se permitirá que los niños jueguen en las esca- 
leras, en los pasadizos ó en los lavaderos. 

Art. 9 o No es permitido tener perros en la casa. 

Art. 10. No pueden los inquilinos pegar papeles, pintar ó 
rayar en las murallas. 

Art. 11. El inquilino no puede subalquilar ó dar aloja- 
miento á personas extrañas en su cuarto ni establecer en él 
casa de negocio. 

Art. 12. El acto de que el Superintendente ó los porteros 
acepten una propina cualquiera de los inquilinos ó de los 
que soliciten alojamiento, bastará para que dicho empleado 
sea despedido inmediatamente. 

Art. 13. Los inquilinos desordenados ó intemperantes re- 
cibirán inmediatamente la orden de dejar la casa. 

Art. 14. El gas se cerrará á las 11 de la noche y al mismo 
tiempo se cerrarán las puertas de la calle; pero cada inqui- 



CASAS DE INQUILINATO 1 77 

lino será provisto de una llave para poder entrar á cualquier 
hora. 

Art. 15. Los inquilinos deben avisar sin demora al Supe- 
rintendente los nacimientos, muertes ó enfermedades infec- 
ciosas que ocurran en sus habitaciones respectivas. El que 
no cumpliese con esta disposición será notificado para que 
deje la casa. 

Estas reglas de conducta de tan fácil aplicación son, con 
poca diferencia de detalle, las que se aplican á los 80 000 ha- 
bitantes de las casas modelos, pertenecientes á las diversas 
sociedades, que, como hemos dicho, están constituidas en 
Lódres y prestan tan importantes servicios. Si preferimos 
citar todo lo que se refiere á las casas de Peabody, es porque 
en ellas se consulta con mayor liberalidad el bienestar de 
los trabajadores pobres albergados allí. La naturaleza exclu- 
sivamente filantrópica de esta institución, permite que sin 
dar á su beneficio el carácter degradante de una limosna, 
pueda establecer alquileres más baratos, y rodear á los in- 
quilinos de una multitud de ventajas higiénicas y meraliza- 
doras que las sociedades comerciales no pueden otorgar sin 
una remuneración que se traduce en alquileres elevados. 

Terminamos repitiendo con fervor que la ciudad de Bue- 
nos Aires, Capital de la República, y la primera en Sud- Amé- 
rica por la rapidez de su crecimiento y por el claro porvenir 
que la espera, necesita realizar la obra que forma el objeto 
de este estudio, á costa de cualquier sacrificio, para curar el 
mal presente, evitar su funesta gravación en lo futuro, y res- 
ponder honorablemente á los designios de la Providencia y 
á las simpatías con que el mundo civilizado nos favorece. 

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OBSERVACIONES 



SOBRE 



HIGIENE INTERNACIONAL 



OBSERVACIONES SOBRE HIGIENE INTERNACIONAL 



Las relaciones comerciales de los pueblos entre sí, las fa- 
cilidades y la rapidez de los transportes, las comunicaciones 
instantáneas aún, que multiplican en su manera los vínculos 
de nación á nación, hicieron nacer esa faz de la higiene que 
lleva el nombre de Higiene Internacional. 

Se comprende fácilmente que, dadas estas conexiones, 
cada vez más estrechas, y la posibilidad de que alguno ó 
algunos de esos centros atractivos pueda servir de foco para 
la producción endémica ó epidémica y la propagación de 
enfermedades de un carácter difusivo, los hombres y los 
pueblos trataran de encontrar los medios más eficaces para 
preservarse de la contaminación de aquellas enfermedades 
que pueden llamarse viajeras, por la manera como se pro- 
pagan. 

Entre tanto, los intereses de diverso género, cada día más 
considerables, que pueden ser profundamente comprometi- 
dos con las medidas que cada pueblo estimare necesario 
adoptar para defenderse contra la importación de epidemias 
destructoras, reclamaban seguramente un código convenció- 



1 82 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

nal que rigiera los derechos de las naciones en su respectiva 
aplicación á la imperiosa necesidad de su defensa. Los anti- 
guos cordones sanitarios, las cuarentenas y demás medidas 
análogas, son otras tantas limitaciones al derecho común de 
movimiento y de comercio consagrado entre los pueblos ci- 
vilizados; y era preciso, al fin, regular en común acuerdo 
esos derechos, para hacer frente á las exigencias de la pro- 
pia defensa. 

Una serie de disposiciones convenidas, particularmente 
en la Convención de Constantinopla, en 1865, y en la más 
importante de Viena, en 1874, establecen el principio de la 
cuarentena marítima con todas las medidas precaucionales 
anexas; y aunque la experiencia ha demostrado práctica- 
mente que las más severas cuarentenas son ineficaces, en 
ocasiones dadas, para sus fines sanitarios, no puede negarse 
que en algún modo concurren, cuando se aplican con rigu- 
rosa vigilancia, á evitar la introducción de las enfermedades 
exóticas y la producción de desastrosas epidemias que sue- 
len ser su consecuencia. 

La cuestión que me propongo estudiar no es, pues, la de 
las cuarentenas de mar, cuya aplicación tiene todavía sus 
oportunidades; ni menos los cordones sanitarios, que están 
absolutamente condenados ya. Reconozco y respeto los mo- 
tivos que han afirmado como regla de conducta internacio- 
nal el principio cuarentenario; pero, conociendo también por 
experiencia y por la observación histórica de las epidemias 
contemporáneas, que este sistema, cualquiera que sea la se- 
veridad con que se aplique, no basta, las más veces, para 
evitar el mal, pienso que hay otros medios más eficaces para 
el objeto, más humanitarios y más compatibles, sobre todo, 



OBSERVACIONES SOBRE HIGIENE INTERNACIONAL 1 83 

con la necesidad suprema del comercio y del intercurso de 
los pueblos entre sí. 

He pensado muchas veces que sería posible, por medio de 
convenciones internacionales y con el concurso científico y 
financiero de todas las naciones civilizadas, ir colectiva- 
mente al fondo del mal en cada caso; estudiar en las locali- 
dades señaladas las causas determinantes de la enfermedad 
infecciosa, susceptible de convertirse en epidémica y de 
trasmitirse al exterior; remover esas causas hasta lo más 
profundo y suprimirlas sin economizar esfuerzos y sacrifi- 
cios, que llevarían el sello de la internacionalidad y de la 
fraternidad humana. 

¿Por qué no iríamos á cada uno de esos puertos desgra- 
ciados, de los cuales se huye como de un gran peligro, con 
la ciencia y el dinero de los pueblos concurrentes á su co- 
mercio y relacionados por amistad, á estudiar los motivos 
de todo género que mantienen y cultivan en esos sitios el 
elemento mórbido? 

Creo poder afirmar, con el conocimiento adquirido por la 
observación y el estudio de las naciones europeas y ameri- 
canas, que todo puerto, ciudad ó grupo humano que haya 
cuidado perseverantemente sus condiciones higiénicas pro- 
pias y reducido su mortalidad á su mínima expresión; esa 
ciudad, esas grandes ó pequeñas agrupaciones manteniendo 
su nivel sanitario tan ventajoso, pueden desafiar sin temor 
de contraste á las enfermedades infecciosas más agresivas. 

La fiebre amarilla, el cólera y cualquiera otra de las anti- 
guas ó modernas enfermedades infecciosas que se presente 
á las puertas de una ciudad tan sana como lo determina la 
medida de su reducida mortalidad, puede producir ;::; ¿icci- 



1 84 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

dente, por la comunicación imprudente del sujeto enfermo 
ó por los otros medios de trasmisión reconocidos; pero, da- 
das las condiciones propicias del medio ambiente, la enfer- 
medad quedará limitada al escaso número de las personas 
que fueron directamente afectadas por el introductor, y de 
ninguna manera se convertirá en una epidemia grande ó 
pequeña. 



La proposición dominante en la cuestión de higiene inter- 
nacional es la siguiente: que la susceptibilidad para las epi- 
demias y su mayor ó menor extensión en las localidades que 
afecten, está en razón inversa de las condiciones sanitarias 
de cada localidad. Hay, desde luego, la aptitud y la posibi 
lidad de recibir las enfermedades infecciosas de origen exó- 
tico, por los medios y las vías por donde pueden comuni- 
carse; pero los puertos ó sitios amenazados por sus comuni- 
caciones con las regiones infectadas, pueden estar tan bien 
atendidos en su higiene pública y privada, que se hagan re- 
fractarios al mal invasor llegando á estar del todo libres del 
contagio. 

No es esta una hipótesis teórica; la observación contem- 
poránea presenta ya hechos incuestionables en apoyo de 
esta noción. 

La peste, la fiebre amarilla y el cólera son las tres gran- 
des potencias devastadoras que han asolado el mundo cono- 
cido con su mortífera intensidad. La peste puede decirse 
que ha desaparecido de Europa, aunque subsiste aún en la 
Persia y visita de cuando en cuando otras secciones del 
Oriente. La fiebre amarilla, de origen americano, está de pie 
todavía, amenazando con sus tremendos estragos la pobla- 



OfeSERVACtONliS SOBKE HIGIENE INTERNACIONAL 185 

ción del mundo civilizado. El cólera nacido en la India, hace 
sus viajes de cuando en cuando y difunde su veneno en 
todas partes. 

Lo que nos interesa es encontrar la relación entre la re- 
ceptividad para estas epidemias y la condición sanitaria de 
las regiones donde invaden, y buscar, según esos datos, el 
remedio racional y científico contra tan dolorosas calami- 
dades. A este propósito no podemos dejar de tomaren cuen- 
ta algunos hechos notables de la antigüedad, conducentes á 
probar nuestra proposición fundamental. Vamos á hablar 
del Egipto, cuya figura histórica tiene un relieve conspicuo. 

«De todos los pueblos antiguos de la tierra, dice Proust, 
ninguno como el Egipto se ha elevado á tan alto grado de 
sabiduría, de fuerza y de luz. Todo lo que concierne á este 
país antiguo y misterioso toma un reflejo de poesía. La ci- 
vilización egipcia se encaminaba, sobre todo, á la conserva- 
ción y á la perfección de la especie humana. Favorecido en 
alto grado por todos los dones de la naturaleza, por su sol, 
por su aire, por sus aguas, por la fertilidad del suelo y la 
pureza del cielo, el Egipto no tuvo que combatir los incon- 
venientes de un clima riguroso ó malsano. No tuvo, pues, 
que ocuparse sino del bienestar de sus habitantes y quiso 
arreglar con prudencia sus trabajos y su existencia; y bajo 
ese aspecto, todo fué regido por una higiene que no desde- 
ñarían las naciones más ilustradas de nuestro siglo. Regu- 
larizó la corriente de las aguas y formó con ellas inmensos 
depósitos casi comparables á un mar interior. Dejo sin men- 
cionar aquellos monumentos gigantescos, aquellas pirámi- 
des, aquellos templos, aquellos obeliscos, que, de Tebas á 
Menfis, es decir sobre una extensión de cien leguas, se ele- 

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1 86 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSOtf 

vaban sobre las dos riberas del rio; aquellas calzadas, en fin, 
cuyo trabajo sobrepasaba aún al de las pirámides. Gracias á 
un sistema de canales admirablemente concebido, el agua 
del Nilo encontraba en todas partes una corriente fácil. Las 
habitaciones colocadas sobre un terreno más elevado que el 
río, la tierra enteramente entregada al cultivo: tales eran las 
condiciones que debían evitar y evitaron la aparición de la 
peste. 

»Si se piensa en todas esas maravillas de la civilización, 
se comprenderá que, como lo ha dicho Herodoto, el Egipto 
haya sido durante muchos siglos uno * de los países más sa- 
ludables del mundo. Esta civilización subsistió durante el 
reino de los Faraones, durante la ocupación del Egipto por 
los persas, bajo la dominación de Alejandro y en una gran 
parte de la dominación romana.» 

Pariset ha podido exclamar con razón: «En esa larga ca- 
rrera de prosperidades inauditas, en medio de esas multitu- 
des infinitas de hombres de todos los países reunidos estre- 
chamente en el corazón de Alejandría, que, después de la 
destrucción de Tiro, de'Cartago y de Corinto, había llegado 
á ser el lugar de cita de todas las naciones y el centro de 
todas las riquezas del globo; en medio de tantos Egipcios, 
Etiopes, Árabes, Trogloditas, Judíos, Sirios, Griegos, Medas 
y Parthos; cualquiera que haya sido la naturaleza de su trá- 
fico ó de sus intercambios comerciales, no se percibe ni se 
sospecha un solo vestigio de peste. Después de tantas co- 
municaciones, después de tantas mezclas entre los hombres 
y las cosas, jamás un griego, jamás un árabe introdujo á su 
patria un veneno mortal; jamás se oyó hablar de esas crue- 
les sorpresas de que está llena la historia de los últimos si- 



OBSERVACIONES SOBRE HIGIENE INTERNACIONAL 187 

glos: y, sin embargo, la soberbia Alejandría contaba enton- 
ces 800 000 habitantes.» 

Pero, después, ¡ cuánto ha cambiado aquel país ! El mismo 
sol, el mismo aire, el mismo suelo fecundo, las mismas aguas 
circulando, presentan al observador contemporáneo un es- 
pectáculo desolador. La miseria es la regla, el bienestar 
individual es la rara excepción, y las consecuencias sanita- 
rias de esta degradación progresiva se hicieron sentir desde 
luego y continúan manifestándose en la actualidad. «En 
aquel país pródigo de todos los bienes de la naturaleza, en 
medio de aquella tierra cubierta de riquezas, destinadas las 
unas á vestir al hombre, las otras á nutrirlo, el hombre ha 
llegado á estar miserablemente alojado, miserablemente ves- 
tido, miserablemente alimentado. Su cabana está construida 
con barro, la estructura compuesta de osamentas de anima- 
les; és baja, oscura y húmeda; la entrada es estrecha y no se 
penetra allí sino arrastrándose; contra esta primera habita- 
ción viene á colocarse una segunda, luego una tercera; de 
modo que forman así un grupo de pocilgas aproximadas, en 
medio de las cuales el aire no puede circular. Si una de esas 
cabanas llega á desplomarse, el egipcio, según la costumbre 
de los habitantes del Oriente, váá edificar otra á pocos pasos 
de distancia, sin pensar un instante en reparar aquella que 
ha fallado. En estas miserables cuevas, todos los de la fami- 
lia hombres, mujeres y niños, se acuestan mezclados sobre 
la tierra húmeda, de la cual no están separados sino por una 
capa de juncos, las más veces podridos, no teniendo alrede- 
dor de ellos más que una montaña de inmundicias y basura. 
El egipcio casi nunca se cambia de ropa; sus andrajos le 
cubren imperfectamente la cintura y los hombros. Solo el 



1 88 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSOK 

egipcio excepcional se alimenta con pan de maíz ó de trigo 
y con carne sana; el fellah cultiva el trigo pero con la pro- 
hibición de usar de él; se alimenta con semillas de algodón 
y de lino, con semillas de dátiles molidas; cuando el amo le 
dá carne es seguro que ella procede de animales enfermos; 
completa esta alimentación con pescado descompuesto, con 
hojas de malva y con un queso sucio, hecho con mala leche, 
conservado en depósitos inmundos; como bebida, el agua de 
los pantanos. 

•Agregúese á estas causas de insalubridad privada, la 
ausencia de toda higiene pública que se hace sentir en las 
ciudades orientales; montones de inmundicias rodeando las 
casas y hasta las mezquitas; los cementerios colocados en 
medio de las habitaciones, conteniendo tumbas siempre 
abiertas que exhalan continuamente un olor cadavérico; las 
calles estrechas, irregulares. El canal que atraviesa la ciu- 
dad del Cairo, largo receptáculo de inmundicias que vierten 
allí los desagües, es también la fuente donde los indigentes 
vienen á tomar su bebida.» 

Estos detalles de la miseria han sido observados por la 
comisión científica que el Gobierno francés mandó á Egipto 
en 1846, y los sabios que después han explorado aquel país 
han confirmado esos informes. 

El contraste palpitante que presentan estos dos espec- 
táculos, contemplados á la luz de la historia el uno, y bajo la 
mirada severa del observador actual, el otro, explica sufi- 
cientemente la salud espléndida en el Egipto antiguo y la 
producción espontánea ó la aclimatación endémica de esas 
terribles enfermedades que han partido de allí como de uno 
de los grandes focos para invadir el mundo con sus estragos. 



OBSERVACIONES SOBRE HIGIENE INTERNACIONAL 1 89 

Esta degradación física y moral ha debido traducirse natu- 
ralmente en horribles epidemias; y sigue siendo aquel país 
un receptáculo para dar entrada franca y cultivar en su 
seno las enfermedades infecciosas, lanzándolas desde allí á 
las otras regiones del Oriente que las esperan bien dispues- 
tas quizá, y amenazando, al través del Mediterráneo, á las 
naciones florecientes de Europa que hacen todo lo posible 
para defenderse. 

Voy á detenerme ahora en un país que se señala como el 
primero entre los pueblos contemporáneos, por sus progresos 
en la higiene y por las transformaciones que ha experimen- 
tado en su saneamiento. 

La Inglaterra durante la edad media ha sido malsana en 
las mismas proporciones y por las mismas causas que los 
otros países europeos. Ha sidv visitada á menudo como 
éstos por epidemias asoladoras; y el hambre, la desolación y 
la peste han dejado allí sus recuerdos históricos que dan la 
evidencia de que su posición insular, sus condiciones clima- 
téricas, su aire húmedo, su sol rara vez brillante, su suelo 
y sus ríos, no le dan por cierto ventaja alguna sobre las 
naciones del continente. Entre tanto, con el andar de los 
siglos y con los trabajos sanitarios ha marchado paralela- 
mente á los demás, y ha llegado sin disputa á superarlos en 
el saneamiento de sus grandes ciudades y comarcas. 

Podemos tomar la ciudad de Londres como el tipo de esa 
marcha progresiva. La numerosa población de esta metró- 
poli alcanzaba tal vez á 600 000 habitantes á mediados del 
siglo diez y siete. En 1665 fué visitada Londres por una 
terrible epidemia de peste, en la que sucumbieron 100 000 
Víctimas próximamente. En 1666 tuvo lugar aquel famoso 



I9O ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

incendio que destruyó 30000 casas; y desde estas calamida- 
des casi simultáneas comienza á pronunciarse el proceso de 
regeneración impuesto por la enorme magnitud de estas 
desgracias. 

Desde entonces también ha disminuido sensiblemente la 
frecuencia y la magnitud de las epidemias en toda la Ingla- 
terra y particularmente en la ciudad de Londres. 

Tomando en cuenta siempre, para la medida de la salu- 
bridad de toda agrupación, la mortalidad que en ella se pre- 
senta en la unidad de tiempo, es seguro que la cifra de las 
defunciones ha venido disminuyendo sensiblemente en pro- 
porción al acierto y á la energía con que han sido ejecutados 
los trabajos de saneamiento, según las sugestiones de la 
experiencia y conforme al avance progresivo de las ciencias 
relacionadas con la vitalidad social. Los datos estadísticos 
no pueden considerarse exactos sino desde los primeros 
años del siglo presente; pero el crecimiento de las pobla- 
ciones, el vigor manifestado por ellas en las artes y en las 
industrias que se desenvuelven, dan la evidencia de que las 
mejoras continuaban sin interrupción hasta la época en que 
ellas han podido consignarse en los registros estadísticos. 

Dadas las condiciones climatéricas, telúricas y meteoro- 
lógicas de una localidad, parece natural que las dificultades 
de la vida y las agresiones consiguientes de la muerte se 
hagan sentir con tanta mayor intensidad cuanto más densa 
es la población que se concentra sobre una superficie limi- 
tada, y que la mortalidad guarde una relación proporcional 
al acrecentamiento de la población. Entre tanto, en el mundo 
civilizado esta ley relativa ha fallado en gran parte, porque 
Iqs &<telantos sanitarios han acompañado poruña disposición 



OBSERVACIONES SOBRE HTGIENE INTERNACIONAL 191 

lógica á esas condensaciones populosas. La experiencia y la 
ciencia otra vez han concurrido á prevenir los males temi- 
dos de las aglomeraciones, y á superarlas aún con sus ven- 
tajas; y no puede dejar de tomarse como un ejemplo promi- 
nente el hecho de Londres que ha conseguido reducir su 
mortalidad hasta el veinte por mil, precisamente cuando la 
población contenida en su recinto alcanza á 4000000 de 
habitantes. 

Allí se puede ver también que la receptividad para las 
epidemias de origen exótico se ha reducido en razón directa 
de la población y en razón de la mortalidad normal en el 
momento dado; y en este camino, si como todo induce á 
esperarlo, aquella población se acrecienta inmensamente en 
el curso de los años venideros, y si los trabajos sanitarios 
adelantan en la misma medida que hasta ahora, Londres 
llegará á tener, dentro de medio siglo, más de 8000000 de 
habitantes, y su mortalidad entonces será tal vez de 17 
por mil, en vez del tributo de 20 que ahora paga. En tales 
condiciones, la inmunidad absoluta contra toda epidemia 
quedará consagrada irrevocablemente. 

Conviene notar un hecho que ha tenido lugar en los últi- 
mos años. Londres sufrió en 1849 una epidemia de cólera de 
bastante consideración, pues que, con una población enton- 
ces de 2 145000 habitantes, perdió 14 125 por efecto de la epi- 
demia; y en 1865 otra invasión del mismo flajelo costó 5720 
víctimas, con una población de 2600000 habitantes. Esta 
disminución en los estragos epidémicos no es exclusiva segu- 
ramente en aquella gran ciudad; pero es más acentuada que 
en cualquiera otra de las agrupaciones populosas de la Eu- 
ropa que han sido visitadas al mismo tiempo por este mal; y 



192 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

desde entonces Londres no ha tenido ni la apariencia de una 
invasión colérica. Ya he hecho notar que la Inglaterra en 
general y particularmente Londres, nada tienen de peculiar 
en sus condiciones meterológicas ó telúricas para favore- 
cerlas en su lucha contra las enfermedades exóticas, y que, 
al contrario, su forma insular misma, el desenvolvimiento 
de su marina mercante, laj posesión de sus colonias de la 
India, de donde el cólera procede, y sus estrechas relaciones 
con el Egipto y el Mar Rojo, son otras tantas circunstancias 
que agravan el peligro de la importación epidémica; mucho 
más cuando, por ese cúmulo de circunstancias, la Inglaterra 
ha venido relajando desde muchos años las medidas precau- 
cionales, hasta suprimir virtualmente la cuarentena. Resulta 
de esta observación que los cuidados sanitarios internos son 
la mejor profilaxia contra la importación de esas epidemias 
tan terribles. 

La simple inspección médica sustituida á la cuarentena en 
Inglaterra, no ha producido resultados adversos como acaba 
de verse. En la conferencia sanitaria internacional de Viena 
en 1874, se discutieron extensamente las ventajas relativas 
del sistema de la inspección médica y de la cuarentena 
contra el cólera en los puertos de Europa. Una gran mayoría 
de los delegados, incluyendo las naciones principales, (con 
la única excepción de Francia), se declararon en favor del 
primer sistema. 

Indudablemente, una cuarentena perfecta, que no pudiera 
violarse en ningún punto, si fuera practicable, ofrecería ma- 
yor grado de seguridad contra la introducción de la enfer- 
medad, que el que puede obtenerse por la simple inspección, 
cuyos preceptos y detalles consignaremos más adelante. 



OBSERVACIONES SOBRE HIGIENE INTERNACIONAL 1 93 

Pero, como ya se ha dicho, ¿dónde pueden encontrarse la 
condiciones para una cuarentena perfecta, y á cuanto cosk 
podría llevarse adelante el experimento? Mr. Simón ha dicho 
con razón: «Una cuarentena imperfecta es una mera pertur- 
bación irracional del comercio; y una cuarentena del género 
que puede asegurar el éxito es más fácil imaginarla que ' 
realizarla. Sólo en una localidad que viva apartada de las 
grandes vías y de los grandes emporios comerciales, ó esté 
en actitud de considerar su comercio como de un interés 
muy secundario, sólo en esas circunstancias puede hacerse 
efectiva la cuarentena eficaz para la protección de la comu- 
nidad. A medida que estas circunstancias se modifiquen se 
hace imposible poner en práctica el rol plausible de las cua- 
rentenas. Las condiciones que deben llenarse son las de un 
aislamiento nacional completo; y la Inglaterra no podría 
colocarse en esas condiciones sin cambios fundamentales 
imposibles en los hábitos y en las necesidades del país.» 

Las medidas que en Inglaterra se han sustituido á la 
cuarentena contra el cólera y cualesquiera otras enferme- 
dades infecciosas, difieren de la cuarentena en los siguien- 
tes puntos esenciales: (a) Afectan solamente á aquellos bu- 
ques que se sabe ó se tiene motivo para sospechar que han 
sido infectados por el cólera durante su viaje, no conside- 
rándose como tales sino cuando ha habido á su bordo casos 
de cólera ó diarrea colérica en su trayecto, (b) Dispone que 
se detenga el buque solamente el tiempo necesario para la 
inspección médica, para trasladar los enfermos al hospital 
especial ó á otro sitio aislado, y para proceder á la desin- 
fección, (c) A las personas sanas que vienen á bordo se las 
detiene el tiempo estrictamente necesario para que se haga 



194 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR O. RAWSON 

constar su estado de salud por el examen médico inmediato. 
Las medidas referentes á los enfermos son simplemente la 
aplicación de los principios de administración sanitaria 
conforme á la ley general respecto á todas las enfermeda- 
des infecciosas de cualquier naturaleza. 

En efecto, si algún empleado de aduana al llegar un bu- 
que cualquiera al puerto, sabe por el capitán, ó tiene mo- 
tivos para sospechar que hay infección de cólera á bordo, 
debe detenerlo y ordenar que sea anclado en el sitio que se 
le señale. Mientras que el buque está así detenido, á nadie 
le es permitido salir de él. La autoridad sanitaria del puerto 
debe fijar, con conocimiento del jefe superior de la aduana, 
algún sitio dentro de su jurisdicción donde haya de anclar 
el buque y debe tomar disposiciones para que los enfermos 
de cólera, si los hay, sean trasladados á donde corresponda. 
Inmediatamente se da noticia á la autoridad sanitaria de la 
detención del buque á fin de que el médico oficial lo visite 
para apreciar si está realmente infectado. Si lo está, el mé- 
dico debe extender un certificado escrito entregando una 
copia al capitán del buque y trasmitiendo otra á la autoridad 
sanitaria superior. 

Lo más pronto posible después de esta declaración, el 
médico debe ■ examinar á todas las personas que están á 
bordo. Aquéllos á quienes se reconozca que no tienen ni 
síntomas que lo hagan sospechar, pueden desembarcar in- 
mediatamente dejando consignados sus nombres y la direc- 
ción de su alojamiento en tierra; pero se deben comunicar 
todos los hechos conocidos y verificados, á las autoridades 
sanitarias de los sitios á donde los pasajeros se dirijan. 

En el caso de un buque declarado infecto por el cólera, el 



OBSERVACIONES SOBRE HIGIENE INTERNACIONAL 1 95 

médico oficial debe dar órdenes y adoptar las medidas que 
le parezcan necesarias para evitar la extensión de la enfer- 
medad. En el caso de que una muerte ocurra á bordó, por 
el cólera, el capitán debe disponer que el cadáver sea lle- 
vado al mar fuera del puerto con un peso suficiente para 
evitar que surja de nuevo á la superficie, ó entregarlo á 
cargo de las autoridades locales para que procedan á su 
inhumación como corresponda. Todos los objetos que han 
sido mojados por las secreciones del enfermo serán des- 
truidos; las ropas de cama y otros artículos de uso personal 
susceptibles de ser infectados, que hayan sido usados por 
algún enfermo de cólera en el buque, serán cuidadosamente 
desinfectados, ó destruidos también si fuere necesario. 

Se ve, pues, que estas medidas de inspección difieren del 
sistema cuarentenario en gran manera; y si ellas bastan pa 
ra la eficacia profiláctica deseada, seguramente que se reco- 
miendan por su sencillez y por la ausencia de esos rigores 
excesivos casi siempre eludidos en la práctica y que tan 
contrarios resultan á los intereses humanitarios y comer- 
ciales que hieren á la vez. Es claro que estas atenuaciones 

• 

son aplicables sin inconveniente en aquellas regiones donde 
la higiene pública se ha cuidado con energía y con éxito; 
pero allí donde la insalubridad es la regla en las situaciones 
ordinarias, ni la inspección médica inglesa, ni la cuarente- 
na, ni los cordones sanitarios de la edad media, pueden evi- 
tar la importación y la propagación de las enfermedades 
exóticas infecciosas. Y vuelvo á mi proposición principal: 
el único sistema científico, humanitario y racional, justifica- 
do por la experiencia, es el de la consagración de todos los 
medios y fuerzas vivas de las naciones al saneamiento 



I96 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

perfecto de sus grandes y pequeñas ciudades y principal- 
mente de sus puertos. 

Quiero mencionar con alguna detención un hecho que nos 
concierne más directamente y á cuyo desenvolvimiento he 
asistido con toda mi atención, con todas mis fuerzas y con 
el más vivo interés de mi corazón. 

La ciudad de Buenos Aires en los años que precedieron 
al 71 era muy malsana. 33.6 por mil era la medida de su 
mortalidad, mortalidad enorme si se toma en consideración 
lo reducido de su población en aquel tiempo. Bajo estas 
condiciones y después de haber sufrido dos epidemias su- 
cesivas de cólera en 1867 y 68, vino el aflo memorable de 
1871. La fiebre amarilla reinante epidémicamente en el Bra- 
sil, comunicada por los buques de guerra á los mercantes 
mismos que no eran eficazmente inspeccionados en nues- 
tros puertos, se introdujo en la población, empezando por 
los distritos urbanos peor cuidados, y tomó las proporciones 
de una epidemia formidable, que ha sido una de las más 
mortíferas entre los pueblos civilizados del siglo XIX. 

La epidemia hizo sus estragos; la ciudad quedó desolada; 
diez y nueve mil víctimas de la fiebre en una población po- 
co numerosa y reducida por la emigración pavorosa de más 
de treinta mil personas á los pueblos vecinos y á la campa- 
ña, dan la medida de la intensidad de la epidemia, y de las 
pésimas condiciones sanitarias en que la ciudad estaba co- 
locada. Este suceso terrible, añadido á los estragos del có- 
lera que hemos recordado, despertó la ansiosa atención del 
pueblo y de las autoridades y se adoptaron disposiciones 
higiénicas de alguna importancia para mejorar la situación; 
y aunque no fueran siempre bien dirigidas ni desarrolladas 



OBSERVACIONES SOBRE HIGIENE ÍNTFRNAClONAL IQJ 

con la energía necesaria, concurrieron en la parte que al- 
canzaban á la mejora de la salud pública. La provisión de 
aguas corrientes iniciada desde 1870, la extensión del pavi- 
mento en las calles de la ciudad, el barrido y la extracción 
consiguiente de las basuras, alguna vigilancia en la forma 
de las construcciones y muchos otros detalles que se rela- 
cionan con la higiene, han producido un cambio notable 
que se hace sentir particularmente desde 1875. 

No puedo dejar pasar esta ocasión sin hablar de otro ele- 
mento sanitario que ha contribuido á ese resultado: hablo 
del establecimiento de los tramways urbanos. 

En proporción al número de habitantes, no hay ciudad 
en el mundo, con excepción de Filadelfia, que esté mejor 
dotada de tramways que Buenos Aires. El establecimiento 
de este medio fácil y económico de transporte urbano, ha 
producido, por decirlo así, la extensión de la ciudad. Barrios 
enteros que hace diez aflos estaban desiertos, se encuentran 
ahora poblados con edificios de excelente construcción, 
que reciben y alojan porciones imuy considerables de la 
población total, pues teniendo á su alcance este medio rá- 
pido y seguro de comunicación, aun cuando sus ocupacio- 
nes ó sus goces se encuentren en la parte más central ve- 
cina al río, se establecen á miles de metros de esta sección, 
viven allí con holgura y bienestar y descargan así en cierto 
modo la masa excesivamente acumulada de la agrupación 
de otro tiempo. 

Buenos Aires tiene ahora una población de 320 000 habí- 

m 

tantes próximamente. Pues bien: 22 á 24 000 000 de pasaje- 
ros viajan anualmente en los tramways por conveniencia ó 
por recreo; y estas facilidades de traslación, de movimiento 



I98 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL t>OCTOtl G. RAWSÓN 

y de actividad ofrecen naturalmente á la población entera, 
el medio de cambiar todos los días y por el tiempo que se 
desee, las condiciones del hogar por las del aire libre de los 
alrededores. 

Los tramways, ocupando la mayor parte de las calles de 
la ciudad, necesitan para su establecimiento y su debido 
curso, y para cumplir preceptos que se han hecho condición 
de su existencia por parte de la autoridad, que esas calles 
estén más ó menos bien pavimentadas. 

De este solo hecho resulta otra revolución importantísima 
en nuestro sistema sanitaiio. En centenares de cuadras, 
cuyo piso estaba antes formado por el fango mezclado con 
los detritos domésticos y del servicio común, que se pene- 
traban con las lluvias hasta el subsuelo más profundo, aho- 
ra es posible hacer en ellas un barrido completo, reunir las 
basuras derramadas de estos diversos puntos y levantarlas 
para ser conducidas inmediatamente á los sitios fuera de la 
ciudad, donde se destruyen sin cesar por el fuego, hasta la 
suma de ochenta á noventa mil toneladas por año. Esta 
enorme cantidad de sustancias infectas quedaban antes en su 
mayor parte en la superficie descubierta del suelo formando 
masa con él, sufriendo allí el proceso de la fermentación 
pútrida, é infectando con sus microbios y gases mefíticos 
las calles y las habitaciones donde penetraban á todas horas. 

No puede desconocerse que el factor sanitario procedente 
de esta gran mejora ha influido en mucha parte en la favo- 
rable transformación de las condiciones higiénicas; y que á 
pesar de lo mucho que falta por hacerse en* el sentido de 
las reformas, tenemos que desde 1876 la mortalidad anual 
urbana alcanza solo á 23 por mil, como término medio, en 



ÓBSERVACIOXLS SOfeRB HIGIENE ÍNTERKACÍOIÍÁL I99 

vez del 33.6 por mil que era la medida ordinaria en los años 
anteriores, sin contar entre ellos los años de las epidemias 
sufridas. De suerte que comparando estos dos periodos, 
puede decirse que un 10 por mil de la mortalidad ha dis- 
minuido y que en los años favorecidos, dada la población 
existente, se han salvado 3000 vidas por año, con todas las 
consecuencias físicas y sociales que acompañan á las bue- 
nas condiciones sanitarias. 

Ahora bien: hace pocos meses que hemos tenido la zozo- 
bra de algunos casos procedentes del Brasil que se creían 
afectados de fiebre amarilla. Si el diagnóstico ha sido exacto 
ó no, es difícil decirlo por la diversidad de las opiniones 
facultativas á que dieron lugar las observaciones; pero en 
todo caso no puede desconocerse que los buques proceden- 
tes del Janeiro traen á lo menos la amenaza de la importa- 
ción, cuando la fiebre amarilla reina allí, y que la observa- 
ción á que son sometidos en nuestros puertos es por lo 
común insuficiente; y aún suponiéndola rigurosa, nunca 
faltan los medios para eludirla subrepticiamente. Por con- 
siguiente, ó los casos mencionados fueron, en efecto, de 
fiebre amarilla, ú otros han penetrado sin ser percibidos poi 
la autoridad. En una y otra hipótesis la verdad es que no 
se ha denunciado un hecho solo de trasmisión; y estoy 
seguro de que si la trasmisión hubiere tenido lugar no ha- 
bría tomado las formas de una epidemia de consideración, 
precisamente por la diferencia favorable de nuestra situa- 
ción presente comparada con la de 1871. 

Pero no basta lo que hemos ganado; es preciso que los tra- 
bajos de saneamiento en todas sus formas se ejecuten enér- 
gicamente bajo la dirección de la ciencia. Cuando las cloacas 



¿OO ESCtOTOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSOK 

y corrientes subterráneas estén satisfactoriamente estable- 
cidas con la pendiente requerida para la circulación; cuando 
las aguas servidas, cuando los water-closets y los sumide- 
ros estén puestos en franca y segura comunicación con las 
cloacas; cuando la provisión de aguas corrientes bien servi- 
das llegue por lo menos á la cifra de 200 litros por persona 
y por día; cuando el pavimento de las calles esté colocado 
sobre un subsuelo consolidado y con la forma y la sustancia 
que la experiencia ha demostrado ser preferibles; cuando las 
calles nuevas, á lo menos, se hayan ensanchado suficiente- 
mente, ya que no es posible producir este hecho, desde lue- 
go, en las calles existentes; cuando se haya conseguido fun- 
dar y desenvolver un sistema de edificación adecuado para 
las casas de inquilinato; cuando se hayan abierto avenidas 
para facilitar la circulación y creado plazas públicas como 
superficies aereatorias, sombreadas con árboles escogidos, 
como atractivo para la población vecina; cuando se hayan 
realizado todos estos hechos que son otras tantas necesida- 
des de una ejecución compatible con nuestros recursos, en- 
tonces la ciudad de Buenos Aires será una de las más sanas, 
y su rápido crecimiento, lejos de ser un motivo de alarma, 
será más bien semejante al de un organismo sano y vigoro- 
so que se desarrolla sin tropiezo y sin zozobras. En esas 
condiciones, la mortalidad será de 18 por mil cuando más; y 
por consiguiente se hará imposible la introducción y la di- 
fusión de las epidemias mortífera^ que conocemos, y nos 
será dado suprimir las trabas cuarentenarias con sus rigo- 
res. Los intereses del comercio, el movimiento inmigratorio 
y las relaciones internacionales que tiendan á multiplicarse 
cada día, serán consultados eficazmente. 



Observaciones sobre higiene internacional iól 

Estas proposiciones parecerían una utopia si no estuvie- 
ran justificadas por la experiencia contemporánea. Si, con 
lo poco que se ha hecho en favor de la higiene, la mortali- 
dad en Buenos Aires ha disminuido en 10 por mil, con lo 
mucho que falta por hacer, y que es practicable, puede ga- 
narse 6 por mil más seguramente, y resolver así el proble- 
ma de la innfunidad ulterior, con más evidencia y en mayo- 
res proporciones que lo que se ha conseguido en Inglaterra. 

A pesar de las discusiones científicas que han tenido lu- 
gar y que continúan en todas partes, no puede desconocer- 
se que las enfermedades infecciosas son verdaderamente 
trasmisibles. Una persona enferma que se acerca á otra sa- 
na puede comunicarle su dolencia, sea por el contacto, por 
el aire que aspira con los gérmenes ó miasmas de la enfer- 
medad contagiosa, sea por los vestidos ú objetos de su uso 
que han estado impregnándose con la atmósfera infecta del 
hogar ó de la región donde una epidemia intensa esté rei- 
nando. Cuando uno ó más individuos ú objetos así prepara- 
dos se presentan á otros individuos y en una población ade- 
cuada para la receptividad, el mal se comunica y se difun- 
de. Esta ley de trasmisión que debía ser inexorable, falla, 
sin embargo, en muchos casos, sea con relación á las per- 
sonas ó á las localidades. 

Durante la epidemia de 1871, qu^ desoló la población de 
Buenos Aires, una gran masa de sus habitantes emigraron, 
como hemos dicho, á los pueblos vecinos y *á la campaña. . 
Me propongo recordar y estudiar las relaciones en que es- 
taban colocados esos emigrantes con el gran foco epidémi- 
co de que huían; y aunque nada tiene de nuevo lo que ha 
pasado bajo mi propia observación personal, creo que des- 

26 



202 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCroR G. RAWSON 

pertará el interés científico para buscar la solución del pro- 
blema fisiológico que el hecho envuelve. 

La comunicación era completamente libre entre la ciudad 
atacada y los pueblos donde se albergaban los que salían 
por cientos y por miles huyendo del enemigo formidable; y 
aunque los fugitivos en su mayor parte se detenían en los 
sitios á que habían alcanzado, y, con mucha razón, se abs- 
tenían de regresar ni por un momento al punto de partida, 
los hombres de negocios, aquéllos á quienes sus compromi- 
sos industriales ó profesionales los obligaban á entrar á 
Buenos. Aires, hacían esta excursión todos los días; perma- 
necían envueltos en aquella atmósfera infecta y venenosa 
durante mucha^ horas del día y de la noche, regresando al 
seno de sus familias que los esperaban con las angustias que 
inspira un gran peligro. Muchas de estas personas al vol- 
ver de Buenos Aires llevaban la fiebre amarilla en incuba- 
ción, y caían postrados para morir ó para restablecerse tras 
del lento y penoso proceso de la convalescencia. 

Entre tanto, no tengo noticia de un solo caso en que la 
enfermedad se trasmitiera del viajero, del enfermo ó del 
muerto á alguna de las numerosas personas que lo rodea- 
ban en su lecho, que respiraban su aliento bajo las depri- 
mentes emociones consiguientes á esa situación. Allí estaba 
el vehículo del mal, el hojnbre enfermo exhalando los gér- 
menes multiplicados al infinito por las transformaciones pa- 
tológicas, con sus ropas impregnadas con el veneno, y allí, 
en frente de él, á su lado y en su contacto, estaba su familia 
y sus amigos disputándose el privilegio de acercarse más y 
más al moribundo, estrechándolo en sus brazos tal vez y 
absorbiendo con santo valor aquellos miasmas. Y sin era- 



OBSERVACIONES SOBRE HIGIENE INTERNACIONAL 2O3 

bargo, repito, en medio de estas escenas no se cuenta un 
solo caso entre los centenares de su género, en el cual la 
enfermedad se trasmitiera. 

¿De donde viene esta inmunidad confirmada y persistente? 
¿Era acaso debida á condiciones especiales de los individuos 
expuestos al peligro? Seguramente que no. La inmunidad 
era en estos casos conferida por la localidad; y sus condi- 
ciones sanitarias, obrando en esa forma misteriosa, rompían 
la ley y la lógica de las trasmisiones de la infección, por 
medios difíciles de explicar, pero que por lo mismo reclaman 
la investigación y el estudio. 

Desde luego, voy á examinar lo que constituye la inmu- 
nidad personal contra las afecciones infecciosas. No.es- fue- 
ra del caso recordar, los efectos de la vacunación, por ejem- 
plo. El virus vaccínico se introduce en una cantidad casi 
microscópica en el tejido subcutáneo de un niño ó de un 
adulto; la pústula se desarrolla tranquilamente sin que el 
vacunado experimente modificación alguna en su organis- 
mo, sin que la fiebre sobrevenga, sin que las funciones diges- 
tivas, respiratorias y circulatorias sufran la menor pertur- 
bación; pero cuando la pústula ha terminado su evolución 
completa, aquel niño ó adulto están exentos por una serie 
de años de todo peligro de viruela, aunque §e pongan mu- 
chas veces en contacto con enfermos y aunque fuesen inocu- 
lados deliberadamente con el virus variólico. 

Los descubrimientos eminentes del sabio Mr. Pasteur so- 
bre los microbios como gérmenes originarios para la pro- 
ducción de ciertas enfermedades, como, la pústula maligna, 
la hidrofobia; la atenuación de estos gérmenes por su culti- 
vo en líquidos adecuados para reducir su poder de propaga- 



204 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

ción, conservando siempre su carácter específico en la ate- 
nuación; y la inoculación que con esos líquidos puede hacer- 
se como un medio profiláctico para evitar la producción de 
las enfermedades respectivas, presenta otro caso semejante 
á la vacunación con sus benéficos efectos por largo tiempo 
persistentes. Los animales así tratados quedan también in- 
munes y pueden soportar sin consecuencia alguna ó con 
manifestaciones benignas la introducción en su organismo, 
por medios directos ó indirectos, de aquellos gérmenes ma- 
léficos. 

Se sabe igualmente que todo individuo que ha sido ataca- 
do una vez por alguna de las enfermedades infecciosas, que- 
da inmune para siempre, con raras excepciones, contra la 
misma infección. 

Agregúese que en las grandes epidemias, aquellas perso- 
nas que han vivido en la atmósfera infectada y han conser- 
vado su salud, quedan también por largo tiempo como los 
vacunados, libres y exentos de aquella enfermedad: y así se 
ve que los enfermeros en los hospitales especiales, donde se 
asisten las personas atacadas por el mal epidémico, vivien- 
do constantemente al lado de los enfermos y confinados en 
la atmósfera cargada de los miasmas deletéreos, rara vez 
caen víctimas del mal que ellos concurren á aliviar en otros 
con sus cuidados. Todavía una observación análoga en ma- 
yores proporciones. Se ha notado que cuando una agrupa- 
ción urbana ha sido atacada intensamente por una de aque- 
llas epidemias, transcurren muchos años antes de que se 
repita una epidemia semejante en la población sobrevivien- 
te de la primera, calculándose por algunos que se requiere 
el transcurso de diez y ocho años para que la repetición 



OBSERVACIONES SOBRE HIGIENE INTERNACIONAL 20$ 

tenga lugar, á menos que la inmigración ú otro hecho eco- 
nómico análogo haya modificado la composición de aquella 
población personal y relativamente inmune. 

Examinando con el mayor cuidado el organismo vivo de 
los sujetos así favorecidos en los diversos casos 'de inmuni- 
dad personal mencionados, no se puede percibir modifica- 
ción alguna en la energía relativa de sus funciones consti- 
tucionales. Estudiando con todos los recursos que la ciencia 
suministra, la anatomía y la histología de los mismos, no se 
ha notado hasta ahora ni sospechádose siquiera la diferen- 
cia, por mínima que sea, entre los órganos, los tejidos, los 
líquidos y las células mismas de los sujetos inmunes com- 
parados con los de aquéllos que se encuentran en condicio- 
nes ordinarias. Y á pesar de eso, colocados unos y otros en 
idénticas relaciones con la infección, los unos la resisten 
porque están refractarios y los otros son atacados por ella. 

Parece un misterio la causa íntima de este fenómeno que 
estudiamos. El niño vacunado continúa en el proceso de su 
desarrollo, crece y se hace hombre; su organismo entero ha 
sido cambiado muchas veces en el curso de- su evolución in- 
fantil; sus tejidos, sus células y hasta los mínimos átomos 
de su cuerpo se han renovado con el proceso de asimilación 
y desasimilación que son condiciones de la vida; aquel pe- 
queño cuerpo que fué modificado por la vacunación ha de- 
saparecido totalmente y ha sido sustituido por otro repeti- 
das veces; y entre tanto esos organismos nuevos de todo 
punto conservan la aptitud refractaria introducida por la 
vacunación. Lo mismo sucede con relación á los otros ejem- 
plos de inmunidad que hemos enumerado. 

Difícil es presentar, aun en hipótesis, una explicación sa- 



20Ó ESCRlfOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

tisfactoria; pero ya que he tocado este punto tan interesante, 

É 

voy á perinitirme sugerir algunas reflexiones antes de con- 
tinuar con el estudio de higiene que nos ocupa. 

Cuando algunos de estos sujetos inmunes se pone en re- 
lación coii la causa directa ó indirecta de la enfermedad 
infecciosa, recibe como cualquiera otro el elemento mórbido 
que penetra seguramente en su organismo por las vías res- 
piratorias ó digestivas 6 por contacto periférico. Pero por 
una aptitud contraída en las diversas maneras que hemos 
enumerado, ese organismo esfuerza inmediatamente un mo- 
vimiento de expulsión por medio de las diversas secrecio- 
nes, de manera que el elemento ha sido eliminado en esta 
forma antes que el germen se haya reproducido para com- 
prometer la integridad de los tejidos y traer las perturba- 
ciones sintomáticas que constituyen el cuadro de la enfer- 
medad. 

Esa actitud refractaria no depende sin duda de alteraciones 
estructurales que se hayan ocasionado y que persistan desde 
que se produjo el hecho de la vacunación profiláctica; I o por- 
que esas alteraciones no han podido descubrirse hasta ahora 
con las más ilustradas pesquisas, y 2 o porque la renovación 
incesante del organismo no permitiría que esas modificacio- 
nes persistieran por largo tiempo. Parece que un centro 
nervioso de aquellos qué presiden constantemente al ejer- 
cicio de las funciones que sostienen la vida, hubiera tomado 
conocimiento y familiarizádose con ese virus, con esa bac- 
teria ó con ese fermento que se puso en contacto con él una 
vez; y que cuando ese centro percibe por el anuncio tele- 
gráfico de los nervios centrípetos la presencia de aquel ene- 
migo conocido f irradia inmediatamente su acción poderosa, 



OBSERVACIONES SOBRE HIGIENE INTERNACIONAL 2ÜJ 

para que los órganos encargados de la eliminación comple- 

• * 

ten el proceso laborioso de su. expulsión actual é incesante, 
creándose así una habitud constitucional con ese designio. 

En apoyo de esta teoría pueden citarse los descubrimien- 
tos de Claudio Bernard, de Brown Sequard, de Valpiooi y 
otros fisiologistas modernos. Ellos han .demostrado experi- 
mentalmente la existencia y el modo de acción de los ner- 
vios vasomotores y de los inhibitorios relacionados con el 
sistema ganglionar de los simpaticios y su procedencia ó 
conexión central con el bulbo raquidiano. Ese conjunto de 
nervios conexos son los instrumentos que sirven para el go- 
bierno de la circulación, de la respiración, de las secrecio- 
nes y de la nutrición. Cuando el bulbo raquidiano, por ejem- 
plo, necesita estimular una de esas funciones sometidas ásu 
influjo, destaca su energía por el intermedio de aquellos 
instrumentos eficientes, la circulación capilar más sutil obe- 
dece á su influencia, y la célula misma es presidida por ese 
admirable mecanismo en el proceso de la selección nutriti- 
va, y de la eliminación consiguiente realizada por los órga- 
nos y aparatos de la secreción. 

Tal vez esta hipótesis explicativa de la condición refracta- 
ria que se obtiene en realidad con la vacunación, podría 
verificarse experimentalmente. Tomando como un caso el 
de la pústula maligna en un animal que ha sido debidamen- 
te vacunado, se introducirá la bacteridia sin atenuación y 
en la forma y en la cantidad más eficaces para producir la 
infección. El animal vacunado se mostraría refractario á la 
recepción del elemento mórbido. Los gérmenes habían sido 
lanzados á la circulación seguramente, pero no se habían 
multiplicado ni producido *las perturbaciones patológicas 



208 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

características; y la sangre, los tejidos y las células mismas, 
examinadas con la debida prolijidad, no presentarían alte- 
ración alguna que mostrara la presencia de aquella sustan- 
cia orgánica introducida. Si en tales circunstancias se hace 
un .examen de las excreciones del sujeto, particularmente 
de la orina, del aire espirado y de la secreción intestinal, tal 
vez podría encontrarse la presencia de la bacteridia y de 
los productos de su reducción en la forma que las fermenta- 
ciones pútridas asumen. 

Aun puede mencionarse como fenómeno análogo el he- 
cho consuetudinario de la acción fisiológica del tártaro 
emético. Introducida esta sustancia en el estómago, en la 
dosis requerida, y puesta en contacto con la membrana mu- 
cosa, sobreviene el vómito para eliminarla por el camino 
más inmediato y eficaz. No es la acción química de la. sus- 
tancia la que ha provocado la contracción enérgica del ór- 
gano para su expulsión; es el foco central, una vez adverti- 
do, el que ha acudido á tiempo, por intermedio de los nervios 
que enriquecen esta viscera, para modificar la circulación 
capilar, promover en su superficie secreciones abundantes 
defensivas, y determinar las contracciones finales que cons- 
tituyen el vómito. 



Pasemos ahora, de las inmunidades personales fisiológi- 
cas ó adquii idas, á las qué proceden del sitio que. se mues- 
tra refractario á la introducción y difusión de las epide- 
mias. 

Los hechos prueban hasta la evidecia que las condiciones 
sanitarias de una ciudad ó de una agrupación cualquiera 
son la medida de su capacidad para resistir las invasiones 



OBSERVACIONES SOBRE HIGIENE INTERNACIONAL 20Q 

epidémicas, ó por lo menos para atenuar sus efectos. La 
mortalidad general, sobre todo la que producen las enfer- 
medades zimóticas, disminuye, como se sabe, en proporción 
á los cuidados higiénicos municipales y aun personales que 
allí se apliquen. Comparando una ciudad que tenga una 
mortalidad anual de 16 á 1 7 por cada mil de sus habitantes, 
con otra que tenga 30 ó 34 por mil como mortalidad ordina- 
ria, es claro que, cualesquiera que sean las causas de esta 
diferencia, ellas se hacen sentir por el intermedio de la at-. 
mósfera, del suelo, del agua y de la luz. En el caso favora- 
ble, el aire está relativamente libre de toda combinación no- 
civa, los alimentos son sanos, la provisión de agua pura y 
abundante, la limpieza municipal se ejecuta con actividad y 
las costumbres personales y domésticas en el sentido del 
aseo y del buen régimen, experimentan también una refor- 
ma saludable. Los que viven en estas condiciones favorables 
bajo los auspicios de tan benéficas influencias, son otros 
tantos organismos sanos y vigorosos; las enfermedades en 
ellos son la rara excepción y su energía moral é intelectual 
misma se levantan al nivel de sus condiciones físicas. 

Supongamos que en tales circunstancias se introduce en 
esta agrupación uno ó varios casos de una enfermedad exó- 
tica destinada á traducirse en epidemia. Esa atmósfera 
pura, con sus corrientes francas, está muy lejos de ofrecer- 
se como vehículo para el cultivo de lo§ gérmenes importa- 
dos; luego, los millares ó cientos de millares de habitantes 
que pueden ponerse en aproximación al peligro infeccioso 
que los amenaza, están preparados por el vigor y la energía 
de su organismo y por la acción enérgica de sus funciones 
fisiológicas para arrojar de sí, por esa eliminación previso- 

27 



2IO ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

ra, aun aquellos miasmas y gérmenes que los penetren. Y 
esto, como lo hemos repetido varias veces, no es una teoría 
lisonjera, sino un hecho experimentado en muchas oca- 
siones. 

Por el contrario, aquella otra ciudad ó nación cuya mor- 
talidad es tan elevada, parece que está esperando todos los 
días el germen infeccioso para cultivarlo en su atmósfera 
impura y en su suelo; y sus habitantes deprimidos bajo esas 
influencias mortíferas están amagados todos los días de ser 
visitados por esos azotes crueles que penetran allí á pesar 
de sus cuarentenas y de sus cordones sanitarios. 



No tengo datos exactos sobre la población censal de Rio 
Janeiro ni de su mortalidad actual. Los conocimientos que 
poseo me inducen á creer que la mortalidad en la capital 
del Imperio no baja de 33 por mil, y que esta enorme pérdida 
y las consecuencias, peores que la muerte, que acompañan 
tal estado de cosas, pueden ser removidas hasta su mínima 
expresión por los trabajos y reformas adecuadas. 

En 1849 la fiebre amarilla se introdujo por primera vez en 
los puertos de Pernambuco, Bahía y Rio Janeiro, asumiendo 
la forma epidémica en proporciones alarmantes, principal- 
mente en esta última ciudad. El hecho de que este mal 
quedó subsistente y aclimatado en aquellas regiones, á pun- 
to de convertirse en endémica la fiebre amarilla, prueba que 
no son solamente motivos climatéricos por su analogía con 
la cuna de la enfermedad en las Antillas, sino deficiencias 
trascendentales en la higiene pública y privada, las que han 
dado ocasión al fenómeno, y que las obras de saneamiento 
realizadas allí han sido insuficientes hasta ahora para des- 



OBSERVACIONES SOBRE HIGIENE INTERNACIONAL 211 

terrar al enemigo ni para reducir en un 12 ó 14 por mil la 
mortalidad ordinaria. 

Afirmo que es posible, con un gasto de millones más ó 
menos numerosos, completar un cambio radical en aquella 
digna ciudad, y restablecerla á la confianza cosmopolita, 
haciéndola, como debe ser por su posición, el centro comer- 
cial más importante de Sud- América, el sitio de cita donde 
las regiones del Sud se den la mano con el mundo del Nor- 
te, y donde prevalecerá, por consiguiente, la civilización en 
sus más espléndidas manifestaciones. 

¿Por qué no podría establecerse, pues, previa una conven- 
ción especialmente convocada para este objeto, un Congre- 
so, una Asamblea sn que tomaran parte la Europa y la 
América, que estuviera constantemente en función y que 
pudiera delegar á los sitios donde fuera más reclamada su 
intervención, personas competentes para estudiar las cues- 
tiones higiénicas hasta sus mínimos detalles? Y cuando se 
percibiere por este medio la conveniencia ó la necesidad de 
instituir trabajos sanitarios, ¿por qué estas naciones - así 
congregadas fraternalmente no podrían concurrir también 
con el dinero requerido para las obras de este género, en la 
forma de empréstitos sobre ei crédito de las naciones favo- 
recidas, para llevar á cabo los trabajos con energía y con 1^ 
menor pérdida del tiempo tan precioso? 

Creo que los primeros efectos de un sistema semejante 
serían el nacimiento de la esperanza de mejores tiempos eñ 
aquellas localidades, la atenuacidh de esas reservas antagó- 
nicas que suelen crear sentimientos adversos de nación á 
nación, y el desenvolvimiento de la fraternidad que afian- 
zaría los intereses armónicos de todos, no solo para los fines 



I 212 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

sanitarios que serían el objeto principal de la convención, 
sino para resolver sin encono y sin reticencias otras cues- 
tiones de diverso género que pudieran surgir entre las na- 
ciones congregadas, puesto que en lo concerniente á la sa- 
lud, á la vida, al dolor y á la muerte estarían todas unidas 
con un propósito unánime y perpetuo. 

Fuera de estas indicaciones de higiene internacional, hay 
otras que conducen á los mismos fines, tanto ó más serias 
que las primeras, y que no pueden desatenderse si se persi- 
gue con sinceridad el designio de mejorar las condiciones 
sanitarias en el mundo civilizado: quiero hablar de la guerra. 

No pretendo hacer la apología de la paz, del punto de vis- 
ta de la filosofía y de la humanidad. Otros más experimen- 
tados que yo, y con autoridad muy superior á la mía, han 
dicho ya palabras profundas que el eco repite en todas las 
regiones de la tierra, aunque no sean escuchadas todavía. 

No hablo de los actos de guerra propiamente dichos, de 
las batallas terrestres ó navales donde sucumben por cientos 
de millares los hombres inocentes á quienes la ley llama 
para derramar su sangre en defensa de la patria. Tampoco 
hablo de los gastos enormes que las guerras reclaman, ni de 

* 

las pérdidas positivas é irrevocables que se imponen á la 
vez á los vencidos. Esto está en la conciencia de todos; y 
basta mirar los campos de batalla, basta contemplar las deu- 
das asombrosas que las naciones han contraído para susten- 
tar sus sangrientas querellas, basta estudiar fa miseria á que 
quedan reducidos millonea de individuos por las servidum- 
bres personales originadas por la guerra; basta echar una 
mirada, por rápida que sea, sobre estos aspectos de la huma- 
nidad, para comprender cuan cierto es lo que un hombre de 



OBSERVACIONES SOBRE HIGIENE INTERNACIONAL 2\$ - t 

estado inglés ha dicho: «qué la guerra más justa es una ca- 
lamidad nacional; y que la guerra injusta ó determinada por 
motivos insuficientes, es el mayor crimen que las naciones 
pueden cometer.» 

La higiene se presenta ahora cara á cara para defender 
sus derechos ante la política belicosa. 

Pueden contarse, es cierto, como otras tantas pérdidas que 
la higiene denuncia, el número de muertos, de heridos y de 
enfermos que se producen en las guerras; pero no es esa la 
faz de la cuestión que nos interesa contemplar ahora. Quiero 
tomar infraganti á la Europa entera y á mucha parte de la 
América del Sud, en esta condición de paz armada que está 
prevaleciendo hace tantos años. 

La población de la Europa se calculaba en 1882 en 
346625747 habitantes, y el número de soldados y marinos en 
ese tiempo, estando la Europa entera en perfecta paz, as- 
cendía á 4 140 579; lo que da 82 habitantes para sostener cada 
soldado, incluyendo en este grupo, no sólo las personas há- 
biles para el trabajo y para la producción, sino también las 
mujeres, los niños, los ancianos y los enfermos, todos los 
cuales experimentan proporcionalmente las privaciones 
consiguientes al sacrificio personal que se les exije. Los gas- 
tos de guerra ascendieron en el año mencionado á francos 
4001966025, correspondiendo á cada habitante 11 francos y 
medio de estos gastos, que pueden estimarse en 13 francos, 
si de la población total se deducen los 4 000 000 de soldados 
que no producen, sino que consunlen la renta. 

Estos 4 000 000 son escojidos entre los mejores por su edad, 
su salud, su talla y su vigor; son separados del resto de la 
población y conducidos á los cuarteles ó á las fronteras para 



• 214 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

disciplinarse, hasta que llegue la hora del combate. Este 
grupo de individuos, en el mejpr período de su vida para el 
trabajo y la producción, son secuestrados y agrupados allí 
donde las enfermedades naturalmente se intensifican por el 
solo hecho de la acumulación; y aquella porción de las po- 
blaciones que en las condiciones norrnales de la vida social 

• 

da el mínimum de la mortalidad, que puede estimarse en 
7 por mil, allí, en los cuarteles, bajo la férrea ley de la dis- 
ciplina, en acumulaciones malsanas, tiene, por término me- 
dio,, una mortalidad de 12 por mil. 

No es eso solo. Estas fuerzas vivas arrancadas á la pro- 
ducción y á la riqueza nacional, son separadas también de 
la familia. Aquellos jóvenes fuertes, capaces de sustentar su 
propia energía y de trasmitirla en el hogar á sus hijos, do- 
tándolos de la vitalidad desús progenitores, son condenados 
temporalmente al celibato; y la constitución de la familia se 
resiente de esta penosa deficiencia. No son ya los jóvenes y 
los fuertes los encargados de la paternidad; los desechados 
por su edad, por sus enfermedades ó por deformidades per- 
sonales son los que van á tomar el lugar de aquéllos, y á 
iniciar inconscientemente la degradación física de la raza 
en las generaciones venideras. Y á esto se debe, sin duda, 
un signo marcado que señala el tipo de las generaciones 
producidas en el curso de los años guerreros en algunas na- 
ciones europeas. Aunque no fuera más que la decadencia de 
la talla, sería un indicio suficiente para demostrar la exacti- 
tud dé esta observación retrogresiva. 

Otra manifestación demográfica del estado de guerra es la 
mortalidad infantil. Parece que los seres que nacen lejos de 
los canrpos de batalla no pudieran ser influidos en su evolu- 



OfeSBRV ACIONES SOBRE HIGIENE INTERNACIONAL "215 

ción embriogénica é infantil por esa condición sangrienta 
que se desarrolla á grandes distancias; y, sin embargo, la 
estadística, estudiada con severidad y penetrando hasta las 
moléculas sociales con la luz de la ciencia, muestra que du- 
rante las guerras y aún bajo esa paz armada, como ha dado 
en llamarse, y que no e& sino la guerra en perspectiva, con' 
todas sus angustias, sus zozobras y sus miserias, el número 
de niños de la primera infancia que mueren se acrecienta 
considerablemente. Y lo más singular al # parecer, pero tam- 
bién lo más natural, por razones anatómicas é histológicas 
que espero poder.explicar en otra oportunidad, es que en ese 
aumento de la mortalidad infantil, la de los niños varones 
toma proporciones mucho más altas que las que tiene en las 
condiciones ordinarias de la sociedad. 

He tenido cuidado de estudiar este fenómeno en la esta- 
dística de Inglaterra y de Francia durante la guerra de la 
Crimea. La escena es característica para probar esta propo- 
sición, pues que el teatro de la guerra, propiamente dicho, 
estaba á tan larga distancia de las poblaciones interesadas. 
Allí se veían esas dos grandes naciones unidas, luchando en 
el Oriente; pero dentro de los confines de su territorio goza- 
ban de una paz completa. Asimismo, los nacidos muertos y 
los que morían hasta la edad de un año, comparados con el 
número de nacimientos en la misma unidad de tiempo, son 
mucho más numerosos que en los años precedentes á la 
guerra y en los que la siguieron, 

La mortalidad de niños hasta un año de edad ha sido 
siempre reducida en Inglaterra, con la natalidad considera- 
ble que allí prevalece. Antes de la guerra de Oriente, de 
cada mil nacidos en el año morían próximamente 150; mién- 



2l6 ' ESCRITOS Y DISCURSOS t)EL DOCTOR G. RAWSÓtf 

tras que en los años de guerra esta proporción subió hasta 
158 como término medio. Restablecida la paz con el tratado 
de París, en 1856, la mortalidad infantil se redujo desde lue- 
go hasta 143,5 por mil en ese año. He calculado que si se 
aplicara la mortalidad infantil del tiempo de guerra á los 25 
años subsiguientes hasta 1880, la Inglaterra habría perdido, 
en esa categoría de defunciones solamente, 75321 niños va- 
rones y 59 400 niñas, á más del tributo ordinario que ha pa- 
gado á la ley de la muerte, es decir, que ha economizado 
134721 vidas por el hecho sólo de haber mantenido la paz 
nacional. 

Tiene mayor valor esta economía si se toma en cuenta el 
hecho de que en 1865 prevaleció una epidemia de cólera en 
Inglaterra que hizo subir notablemente la mortalidad, y la 
de los niños de la edad que estudiamos ahora, alcanzando á 
160 por mil; y la exacerbación inesperada de este mismo 
factor en los años 70 y 71 de la guerra franco-alemana, que 
produjo en Inglaterra 159 muertes de niños, por cada mil 
nacimientos, bajando á 149 en los dos años que lo siguieron. 
Entre tanto la Inglaterra no había tomado participación al 
guna en aquella sangrienta lucha de dos grandes naciones 
del continente; pero las perturbaciones y las zozobras pro- 
ducidas por aquel acontecimiento lamentable en toda la Eu- 
ropa, particularmente en los pueblos vecinos, y los trastor- 
nos económicos consiguientes, se revelan por el hecho de- 
mográfico que acabo de consignar, y que se encontraría 
seguramente en Bélgica, en Italia, en Suiza, en Austria, 
etc., si tuviéramos á la vista sus registros estadísticos de 
aquella época. Los niños de la primera edad son evidente- 
mente el necrómetro de toda agrupación; y su mortalidad da 



s 



OBSERVACIONES SOBRE HIGIENE INTERNACIONAL 2\*J 

la medida de la mortalidad general, en sus exacerbaciones y 
remisiones accidentales, y, por consiguiente» de las condi- 
ciones higiénicas materiales ó morales de las localidades 
respectivas. 

En cuanto á la Francia, la estadística demográfica nos dá 
este resultado en los últimos 35 años. En la última década 
del reinado de Luís Felipe, de 1840 á 1849, el número de 
niños muertos de á un año, comparados con el número de 
nacidos en el año respectivo, era de 160 por mil; de 50 á 59, 
fué de 170 por mil; de 60 á 69, subió á 175 por mil, y de 70 á 
75, esa mortalidad subió á 178 por mil. Al mismo tiempo la 
natalidad ha disminuido, de 31 por mil, en aquellos primeros 
años, hasta 24.60 por mil en los últimos; debiendo notarse 
que en 1870 y 71, la Francia perdió 590 000 de sus habitantes, 
más que el número de nacimientos ocurridos en esos dos 
años calamitosos. La natalidad se redujo á 22 por mil, y la 
mortalidad subió á 34 por mil en 1871, y la mortalidad infan- 
til ascendió á 248 por cada mil nacidos. 

En nuestro país, donde la guerra y las agitaciones políti- 
cas precursoras han sido tan frecuentes, sería muy intere- 
sante hacer un estudio sobre la importante cuestión que nos 
ocupa. Me bastará llamar la atención sobre la degradación 
de la talla que es bien perceptible, á pesar de la incorpora- 
ción á nuestras poblaciones del elemento extranjero que, en 
parte á lo menos, viene exento de las desA'entajas que nos 
afectan bajo este punto de vista. 

En cuanto á la mortalidad infantil, es notoria la intensidad 
con que se produce entre nosotros. Por lo que se refiere á la 
ciudad de Buenos Aires, según las estadísticas oficiales, se 
sabe que el 49 ó 50 por ciento de la mortalidad total es de 

28 



2 1 8 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSOlt 

niños hasta cinco años, cifra que rara vez es alcanzada en 
otros países de diferente condición. Pero para terminar estas 
referencias, haré notar que en el año 1874, por ejemplo, 
cuando estalló una revolución y la guerra civil consiguiente, 
de cada mil niños varones nacidos en ese año murieron 
278.9 y 202.5 de cada mil nacimientos del sexo femenino. 
Entre tanto, en 1878, cuando las agitaciones políticas se ha- 
bían calmado un tanto, de cada mil varones nacidos murie- 
ron 220, y de cada mil niñas nacidas en ese año murieron 
175. Este tributo pagado por los seres inocentes es todavía 
elevado, pero difiere en 58 por mil del de 1874. Aplicada la 
mortalidad infantil del año de guerra á los siguientes, apa- 
rece que se ha realizado una economía de 1085 niños de la 
primera infancia hasta 1878; y si el mismo estudio se hace 
en la población de la campaña de Buenos Aires, comparan- 
do los mismos términos correspondientes á esa sección, la 
economía asciende á 4 230. 

No es solo la pérdida que el país experimenta con las 
muertes excesivas de niños, que llegarían á ser otros tantos 
ciudadanos en el curso de los años, sino que aquellos so- 
brevivientes han experimentado iguales depresiones fisioló- 
gicas sin sucumbir á ellas; y que esas perturbaciones se tra- 
ducen en la forma de defectos físicos y sicológicos en las 
generaciones sucesivas, capaces de convertirse en manifes- 
taciones deplorables cuando la edad los acentúe. La histo- 
ria de esas generaciones sería muy instructiva, tomando en 
consideración los acontecimientos en su faz sociológica, y 
en las expresiones de carácter colectivo é individual de se- 
mejantes agrupaciones. 



N 



OBSERVACIONES SOBRE HIGIENE INTERNACIONAL 2\g 

El principio tanto tiempo proclamado por los políticos, de 
que el que quiere la paz necesita prepararse para la guerra, 
es una de esas paradojas condenadas por la experiencia, 
ilógica, anti-económica y que redunda en un perjuicio tras- 
cendental para los pueblos que proceden según ella. 

El que quiere la paz debe prepararse para la paz, enten- 
diéndose en esta labor previsora de una bendición nacional, 
todo lo que concurra á la multiplicación del esfuerzo social 
en la mejora de los grupos respectivos, en el adelanto de la 
educación pública, en la distribución equitativa del trabajo 
y en el cultivo incesante de ese sentimiento de simpatía 
cosmopolita que debe ser la índole de la civilización y de la 
acción presentes. 

Si se considera bajo el aspecto antropológico, la diferen- 
cia de un pueblo que está y permanece por muchos años en 
paz interna y externa, con la de aquél que vive en las for- 
mas militares, que consagra una parte muy considerable 
del impuesto público á la creación de ejércitos, á su disci- 
plina y á su agrupación conveniente, y vive así la vida de 
la estrategia, se encontrará seguramente en el pueblo pací- 
fico una capacidad muy superior para el trabajo y para la 
producción. 

La armonía de las diversas clases sociales, que es una ne- 
cesidad emergente de la naturaleza misma, es más suave y 
más sólida en el primero; mientras que en el segundo, el es- 
píritu agresivo, el sentimiento de la separación de clases se 
desenvuelve en diversas maneras y con diferentes nombres 
que significan todos la misma cosa, y que tienen por pre- 
texto una protesta permanente y á veces brutal y sangrien- 
ta contra las desigualdades naturales acrecentadas, si cabe, 



220 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

por una mala legislación, ó por una mala política. Y final- 
mente, el pueblo armado necesita pelear. Si la ocasión no 
se presenta para hacer uso de esos grandes preparativos 
bélicos en luchas con el extranjero, aunque vaya á buscarlo 
á los antípodas, es muy probable, y la experiencia lo de- 
muestra, que esas manos armadas se volverán unas contra 
otras, más tarde ó más temprano, y producirán, con la gue- 
rra civil ó con las revueltas comunistas ó nihilistas, y aun 
con el asesinato cobarde y alevoso, una acentuación más 
pronunciada de las rivalidades internas. 

Este solo aspecto de la cuestión, contemplada del punto 
de vista de la higiene, de la sicología y de la sociabilidad, 
basta para justificar las medidas que propongo como un 
medio de mantener en su mayor altura la salud y la vida, 
en las grandes y pequeñas agrupaciones nacionales. 



He hablado del concurso en favor de la salud pública, de 
parte de las naciones que celebraren la convención coope- 
rativa sanitaria; he agregado como un medio práctico para 
el mejor éxito de esos esfuerzos colectivos, que sería muy 
útil establecer el sistema de empréstitos sobre el crédito na- 
cional de los que necesitaran ese auxilio y bajo la garantía 
colectiva de las naciones congregadas, á fin de crear fondos 
suficientes para llevar á cabo las obras de saneamiento 
completas que cada una de las localidades examinadas re- 
clamara; fondos que, sobre el honor de las naciones benefi- 
ciadas por ellos, jamás podrían aplicarse á otros servicios. 

Quiero suponer ahora, adelantando más en el orden de 
las ideas emitidas, que se redujera á la mitad el armamento 
actual de la Europa; el gasto que esta nueva situación d$- 



OBSERVACIONES SOBRE HIGIENE INTERNACIONAL 221 

mandaría quedaría disminuido en la misma proporción, y 
en vez de los cuatro mil millones anuales requeridos actual- 

4 

mente para la paz armada, habría solo que gastar dos mil 
millones, quedando libre una cantidad igual para ser aplica- 
da á servicios económicos bien entendidos, particularmente 
á los esfuerzos sanitarios que todas las naciones reclaman. 
Todavía la mitad de estas economías puede devolverse al 
pueblo en forma de disminución de los impuestos, re- 
cibiendo así la masa de la población favorecida un regalo 
anual de mil millones de francos que aumentaría en mucho 
su bienestar. La reducción gradual de las enormes deudas 
existentes que han ido acrecentándose rápidamente; el sa- 
neamiento sistemado que reduciría sensiblemente la morta- 
lidad y el malestar físico y moral que acompaña á las defi- 
ciencias sanitarias de cada nación, serían objetos inmedia- 
tos de aquella parte de los recursos fiscales ahorrados por 
este sistema. El resto ó la parte de él que se estime conve- 
niente, sería una garantía sólida para llevar adelante el 
pensamiento de aquella cooperación internacional, por me- 
dio de los empréstitos mencionados, que tantos beneficios 
están destinados á producir donde alcance su influencia, 
y que se reflejarán en no menores ventajas en favor de las 
naciones ricas que contribuyan á desenvolver este pro- 
grama. 

Para dar mayor relieve á esta demostración, conviene se- 
ñalar las condiciones de la paz armada en algunas de las 
naciones europeas, y tomo como ejemplo la Francia, cuyas 
cifras estadísticas tengo á la vista. La población de la Fran- 
cia es de 37 672 000 habitantes; su ejército asciende á 503 000 
soldados; sus gastos de guerra llegan á 800 000 000 de francos 



222 ESCRITOS- Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

anuales; su deuda pública alcanza á 24 mil millones. Si el 
ejército en pie de paz se redujera á la mitad del existente, el 
gasto anual requerido entonces sería solo de 400 000 000. Los 
cuatrocientos millones economizados se dividirían en dos 
porciones iguales también: una de ellas, de 200 millones de 
francos, sería entregada al pueblo en la forma de reducción 
de los impuestos, lo que daría cinco francos y treinta y cinco 
centavos para cada uno de los habitantes; el resto sería apli- 
cado en la forma que he indicado; sin olvidar que la Francia 
tiene mucho que hacer aún para mejorar su higiene pública, 
sobre todo, en ciertas regiones por donde se ha visto pene- 
trar tenazmente las epidemias en el siglo pasado y en el 
presente. 

Hay más todavía. Esos 250 000 soldados suprimidos del 
ejército serían devueltos á la nación en la forma de 250 000 
ciudadanos jóvenes, y fuertes, que vendrían á llenar en las 
filas del trabajo y de la producción, los vacíos que su ausen- 
cia hace sentir. Suponiendo que cada uno de estos trabaja- 
dores gane, como término medio, en las pequeñas industrias, 
75 francos mensuales, es decir, 900 francos anuales, el valor 
colectivo de la ganancia, en la forma de salarios solamente, 
llegaría cada año á 225 millones de francos, que se acumula- 
rían por la economía, y circularían en la masa social; sin ol- 
vidar que, si los trabajadores perciben un salario, es porque 
las industrias á las cuales sirven derivan una utilidad mucho 
más alta seguramente para los capitales empleados. La ri- 
queza pública vendría, pues, á aumentarse, desde luego, en 
cada año, directamente, por la disminución del ejército, en 
estas partidas, 



'V 



OBSERVACIONES SOBRE HIGIENE INTERNACIONAL ¿2$ 

1° Disminución de impuestos 200 000 000 de francos 

Salarios de los trabajadores 225 000 000 » 

Ganancia mínima de las industrias 450 000 000 » » 



875 000 000 de francos 



Suponiendo que la utilidad en las industrias á las cuales 
se aplique el trabajo mencionado, sea tan solo dos veces ma- 
yor que los salarios de los obreros, resultará que la nación 
ganaría bajo este solo aspecto, 875 millones de francos por 
año. Y si á esto se agrega la mayor confianza del capital na- 
cional, inspirada por las seguridades de la paz, el mayor 
bienestar de la familia procedente de todas estas causas, se 
comprenderá fácilmente la revolución económica y socioló- 
gica que se hará sentir desde luego. Si los frecuentes conflic- 
tos que se observan ahora entre los capitalistas y los traba- 
jadores, hicieren temer la falta de ocupación remunerativa 
para esa masa de fuerza viva que se incorpora ofreciéndose 
á la industria, conviene notar que la elevación de los facto- 
res de la riqueza pública traerá una armonía natural y razo- 
nable entre el capital y el trabajo; que nuevas industrias se 
desarrollarán bajo estas circunstancias; y que la emigración 
misma llevará, con ventajas para los que la realicen, la ex- 
tensión del comercio y el estímulo de simpatías por ella crea- 
das en las regiones prósperas y selectas á donde se dirigiera, 
difundiendo así con altísimas ventajas para la Francia la in- 
fluencia que esos obreros, con su capacidad para el trabajo, 
con su inteligencia desarrollada y con sus hábitos de econo- 
mía han de ejercer en su manera. Las naciones que he nom- 
brado emplean actualmente, como gastos de guerra, en la 
paz armada, las sumas siguientes: 



w.< 



224 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCtOR G. RAWSOÑ 

Inglaterra 650 000 000 de francos 

Francia 800000000 » 

Alemania 600 000 000 » 

España 155 000 000 

Italia 260050000 » 

Bélgica 41 000 000 



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• » 



» » 



Si redujeran, como propongo, ala mitad, esos gastos de su 
administración, y emplearan esa economía en las diversas 
maneras que antes he insinuado, disminuyendo los impues- 
tos, esforzando la amortización de sus deudas públicas, que 
ascienden próximamente: 

La de la Francia á 24 mil millones de francos, la de Ingla- 
terra á 20 mil millones de francos, la de España á 12 mil mi- 
llones de francos y la de Italia á 10 mil millones de francos; 
si contribuyeran aún al mejoramiento higiénico de sus po- 
blaciones respectivas, realizando y perfeccionando los tra- 
bajos que la ciencia aconseja é impone como condición de 
salud pública, todavía quedaría un residuo de las economías 
militares para la creación de un fondo de empréstito inter- 
nacional para los fines de higiene pública reclamados. 

Quisiera detenerme aquí para contemplar con la imagina- 
ción y el raciocinio, los frutos trascendentales de esta nue- 
va política de verdadera paz. Quisiera señalar el primer 
efecto que se produciría en el espíritu público de los pueblos 
civilizados contemporáneos, suavizando los antagonismos y 
los rencores preexistentes de nación á nación; abriendo á la 
par del sentimiento fraternal que bajo estos auspicios nace- 
ría y se cultivaría, esa conciencia individual y colectiva de 
la propia seguridad, del derecho y de la dignidad, de la esti- 
mación de sí mismos, de los hombres y de los pueblos. Pue- 
de calcularse en seguida la masa de bienestar moral y ma- 



OBSERVACIONES SOBRE HIGIENE INTERNACIONAL 225 

terial que redundaría de aquel propósito, que se produciría 
en trabajo honrado, en industrias nuevas, en intercambios 
comerciales multiplicados al infinito, según las capacidades 
de cada sección; y saliendo de los límites nacionales, iríamos 
á buscar con el crédito y los capitales consagrados, con la 
ciencia y bajo el impulso de las leyes de la naturaleza, la 
conversión de esas vastas regiones, deprimidas ahora por 
las enfermedades y por la muerte, en soberbios planteles, 
donde la civilización con todas sus energías se difundiría 
rápidamente en beneficio de la humanidad entera. 

Desde entonces y antes de veinte años de la persistencia 
de esta regla humanitaria de relaciones internacionales, se 
hablaría como de un hecho histórico de las cuarentenas y 
de los cordones sanitarios; y la higiene internacional así con- 
cebida habría venido á ser, por este medio, una religión nue- 
va fecundante que cambiaría la faz de la humanidad ante 
los siglos venideros. 

Para reasumir mi programa diré: 

I o — Que cuando el estado sanitario de un puerto, de una 
ciudad ó de una nación es tan ventajoso que su mortalidad 
general alcance solo á un 17 ó 18 por mil de su población, 
no hay peligro alguno de que una enfermedad exótica é 
iníecciosa tome allí las proporciones de una epidemia. 

2 o — Que, por consiguiente, el primer recurso y la medida 
profiláctica más segura para ponerse én guardia contra las 
epidemias, es el que se dirija con persistencia á la mejora 
de la higiene pública en las localidades respectivas. 

3 o — Que entre tanto que se obtenga el éxito de estos es- 
fuerzos, las cuarentenas pueden ser convenientes, aunque 
no son completamente eficaces por la dificultad de evitar de 

29 



226 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR O. RAWSON 

que sean eludidas de cualquier manera; y que llegará pron- 
to la oportunidad de sustituirlas por la simple inspección 
sanitaria usada en Inglaterra, con los cuidados inherentes y 
con tan satisfactorios resultados. 

4 o — Que en el interés del comercio universal y de la salud 
pública, conviene que se inaugure una convención ó asam- 
blea internacional, que se encargara de investigar, por me- 
dio de delegaciones competentes, las causas de infección en 
los puertos ó focos que existieren en alguna ó algunas de las 
naciones congregadas, á fin de concurrir al saneamiento de 
esas localidades cooperando á este propósito con todos los 
recursos y las influencias requeridas, bien entendido que es- 
te sistema cooperativo y recíproco en manera alguna pue- 
de menoscabar la soberanía y las jurisdicciones nacionales 
respectivas. 

5 o — Que para combatir uno de los agentes más poderosos 
de malestar, de insalubridad y de muerte, es necesario aca- 
bar con el principio de la paz armada y reducir á la meno 
expresión posible los gastos y las calamidades consiguientes 
del estado actual. 

6 o — Y finalmente, que las medidas que llevan el título de 
higiene internacional, consagradas por las convenciones an- 
teriores y por la práctica común, son ineficaces y aún per- 
niciosas para sus mismos fines, y tienen que desaparecer 
delante de un sistema lógico, enérgico y previsor como el 
que acabo de sugerir 



•=P^S- 



CARTAS 



POLÍTICA INTERNACIONAL 



Buenos Aires, 27 de setiembre 4e 1873. 

Señor don Plácido S. de Bustamante. 

Mi estimado amigo: 

Cuando Vd. reciba esta carta, ya sabrá oficialmente cuál 
ha sido el asunto que ha motivado las sesiones secretas de 
la cámara de diputados; por consiguiente, no falto á mi de- 
ber hablándole de este negocio. 

Cuarenta y ocho votos contra diez y ocho han decidido 
anoche la adhesión de la República Argentina al tratado 
secreto de alianza defensiva celebrado por los gobiernos 
del Perú y Bolivia. Por las explicaciones que Vd. oirá del 
sefior Ministro, verá que los motivos que aconsejan esta ad- 
hesión proceden principalmente de la actitud agresiva de 
Chile para con nosotros y que es Chile en realidad el objeto 
de la alianza, y que una guerra con Chile será su conse- 
cuencia. 

No necesito decirle que yo me he opuesto con todas mis 

• fuerzas á la sanción de anoche, y que, en medio del insomnio 

penoso que aquella decisión me ha causado, solo me consuela 

la esperanza de que el Senado puede salvarnos de lo que yo 



230 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

estimo como una desgracia para nuestra patria, y no contri- 
buye poco á fortalecer mis esperanzas, el conocimiento que 
tengo de la prudencia, del claro juicio y del patriotismo de 
usted. 

Mi opinión es que por el tratado abandonamos la sana po- 
lítica tradicional de la Repúbica Argentina, que consiste en 
respetar todas las nacionalidades y en abstenernos de toda 
intervención ó ingerencia en sus negocios propios. Las 
alianzas políticas, condenadas desde tiempo de Washington 
para la América, solo son aceptables en los casos de guerra 
actual, cuando intereses comunes á dos ó más naciones las 
llevan fatalmente á asociarse con un pacto de guerra y para 
el solo objeto de la guerra: y aun en esos casos, la experiencia 
ha mostrado, como con Chile y el Perú aliados contra la Es- 
paña, y como con el Brasil y nosotros aliados contra el Para- 
guay, que después de la guerra quedan pendientes entre los 
aliados cuestiones de tanta gravedad que pueden llegar á 
comprometer seriamente la paz entre los amigos de la vís- 
pera. 

Pero la cuestión presente ni siquiera es esa. Chile se mues- 
tra agresivo con Bolivia, y con la República Argentina en 
cuanto á sus límites territoriales. Mas el Perú, que no tiene 
ni puede llegar á tener cuestiones de ese linaje con Chile, 
inicia la negociación del tratado de alianza, solo por un es- 
píritu de rivalidad y por razones de prepotencia marítima 
en el Pacífico. El Perú busca aliados para mantener en ja- 
que á su rival y para humillarlo en caso que estalle la 
guerra. Bolivia, por instinto de propia conservación y por 
esa deferencia tradicional de su política á la influencia pe- 
ruana, entra sin vacilar en la liga, porque, no teniendo más 



política internacional 2 3 x 

salida para su comercio que su triste posesión en el Pací- 
fico, necesita un poder marítimo que la defienda y la ase- 
gure en el caso probable de guerra por la cuestión territo- 
rial. En estas circunstancias, aquellas dos naciones se acuer- 
dan que nosotros mantenemos también discusiones con Chile 
sobre límites, y se apresuran á brindarnos su alianza, in- 
vitándonos á participar de su destino en el camino de 
aventuras en que se lanzan; y nosotros, en fin, aceptamos 
sin condiciones el pacto formado por la inspiración de in- 
tereses que no son los nuestros, y conspiramos tenebrosamen- 
te en el sigilo contra la República más adelantada de Sud- 
América, nuestra vecina, nuestra hermana en la lucha de la 
Independencia, nuestra amiga de hoy, puesto que mantene- 
mos cordiales relaciones políticas con ella y muy estrechas 
relaciones comerciales. 

Hemos soportado por más de cincuenta afios la usurpa- 
ción del déspota paraguayo sobre nuestro territorio deslin- 
dado, hasta por límites naturales, y solo por la brutal agre- 
sión de aquél entramos en una guerra cuyos dolores estamos 
sufriendo todavía. Hemos tolerado y continuamos tolerando, 
desde 1826, la usurpación de Bolivia, no solo en la parte dis- 
cutida del Chaco, sino, lo que es mil veces más odioso, la 
usurpación de una provincia entera, poblada y culta; y, sin 
embargo, no hemos hecho la guerra á Bolivia, y lejos de eso, 
estamos negociando con ella una alianza defensiva, cuyo 
principal designio se refiere á cuestiones de usurpación 
territorial. Entre tanto, Chile, por injusta que sea en sus 
pretensiones, que ha fecundado para el comercio del mundo 
el desierto y agreste estrecho de Magallanes, que ha consa- 
grado á ese fin sus capitales y sus esfuerzos desde 1839, 



2$2 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

Chile, que pretende, según dicen, tomar posesión de las 
bocas orientales del Estrecho que nos pertenecen, según nues- 
tros títulos alegados, Chile será castigado con una guerra 
desoladora si llegare á cometer esa injusticia, y para eso 
preparamos esta alianza. 

¿En qué consiste esta diferencia? ¿Es más precioso terri- 
torio el de Magallanes, desierto nunca ocupado por la Repú- 
blica Argentina, y apenas conocido por ella, que el rico 
territorio de Misiones, sobre la margen izquierda del Pa- 
raná y en inmediata contigüedad con la importante provin- 
cia de Corrientes, ó vale más ante nuestras susceptibilida- 
des nacionales que la populosa provincia de Tarija, sustraí- 
da alevosamente, de nuestra jurisdicción y de nuestro domi- 
nio, por nuestra actual aliada? 

Comparaciones como éstas no pueden sostenerse ante la 
sana razón. Porque Chile se enriquece, se civiliza, se hace 
cada día más industriosa, y se presenta como un modelo 
americano de orden administrativo y de paz sólida; porque 
Chile ha sido más de veinte aflos el asilo de los proscriptos 
de la tiranía argentina, y porque esos proscriptos han mere- 
cido y recibido allí tan distinguidas consideraciones; no, no 
puede ser por eso que nuestro gobierno, aun pendientes y 
prosiguiéndose las amigables discusiones de derecho que 
sostenemos, levanta la mano y la de&carga sobre el rostro 
de esa nación amiga y hermana, uniéndose en pacto secreto 
y hostil con los antiguos enemigos de aquella. En mi con- 
cepto, el resultado práctico de la alianza será desde luego 
despertar el encono de Chile contra nosotros, que tan gra- 
tuitamente y contradiciendo nuestros principios, proclama- 
dos y defendidos en discusiones con aquel mismo gobierno 



política internacional 233 

en otras oportunidades, nos colocamos en actitud hostil, bus- 
cando inteligencias en remotas regiones. Si Chile se inclina 
ala guerra, nuestra actitud va á provocar una manifestación 
en ese sentido, en vez de refrenar sus pretensiones por la 
perspectiva de una coalisión. Sus actos de hostilidad no pue- 
den ser repelidos eficazmente, y tendremos que aguardar 
la evolución lenta y el resultado precario de los procedi- 
mientos establecidos en el tratado, para que nuestros alia- 
dos aprecien y declaren el casus féderis y pongan á nuestra 
disposición los elementos bélicos necesarios. 

En este intervalo, los actos de guerra iniciados, principal- 
mente si se considera la superioridad marítima de Chile, 
postrarán súbitamente y hasta lo más profundo nuestro co- 
mercio, que es nuestra vida, extinguirán asi nuestro crédito 
exterior, aniquilarán nuestra industria, perturbarán la paz 
interna con el levantamiento de todos los elementos de 
anarquía que aquí pululan y que solo esperan la ocasión 
para lanzarse; y en presencia de este cuadro, que nada tiene 
de exagerado, vendrán nuestros aliados con sus auxilios 
tardíos, si es que el egoísmo ú otras influencias no los indu- 
cen á eludir el cumplimiento de sus compromisos. 

Pero supongamos que no somos nosotros sino Bolivia la 
agredida por Chile, siempre en razón de sus cuestiones de 
límites. Apreciaríamos como aliados el caso, y si lo encon- 
trábamos dentro de nuestros compromisos, concurriríamos 
con nuestras armas al auxilio de Bolivia; haríamos la guerra 
á Chile á sangre fría, sin el entusiasmo del patriotismo ni 
del honor nacional herido, pues en esa probabilísima hipó- 
tesis se trataría de intereses ágenos; iríamos con nuestras 
bayonetas á herir por la espalda, tal vez, en los campos de 

30 



234 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

Chacabuco, á los que ayer mezclaron con la nuestra su san- 
gre en defensa de nuestra independencia americana. 

Puede imaginarse, mi querido amigo, cuál sería la popula- 
ridad de una guerra determinada por causas agenas, ó por 
un principio teórico de equilibrio americano, que antes de 
ahora solo fué concebido por Solano López y por los gobier- 
nos corrompidos del Perú, y que hoy se abre camino en los 
consejos de nuestros hombres de Estado, reaccionando tris- 
temente contra los progresos modernos del Derecho Inter- 
nacional; renegando de las lecciones recientes y délos prin- 
cipios que la América ha conquistado para el mundo, es 
decir, la no intervención, las leyes de neutralidad, el arbi- 
traje sustituido á la guerra y la libre concurrencia de todas 
las naciones del globo á este certamen de libertad, de indus- 
tria y de comercio, que son las fuertes columnas en que des- 
cansa la paz y la verdadera independencia de los pueblos 
modernos. 

La misión de la América es la irradiación del ejemplo. 
El principio republicano está confiado á nuestras manos y 
no debemos permitir que sea comprometido en aventuras de 
guerra, que traen la prepotencia del sable, el régimen del 
estado de sitio y la ley marcial que hace retroceder hasta la 
barbarie aún á pueblos más sólidos que el nuestro. La paz, 
por Dios! la paz á todo trance, mientras sea compatible con 
nuestra independencia! Imitemos á la Inglaterra: su política 
ha sido acusada en más de una ocasión de ser tímida mien- 
tras que sólo era prudente. Nación fuerte y rica, era ante 
todo nación libre y ha preferido continuar desempeñando 
en el mundo civilizado su misión de ejemplo y de modelo, á 
las glorias fugaces'y precarias de la guerra. 



política internacional 235 

Nosotros también tenemos una misión. Nuestras institu- 
ciones, la naturaleza y las proporciones de nuestros progre- 
sos están diciéndonos cual es esa misión: llenémosla con la 
paz y discutamos veinte aftos antes de sacar la espada para 
dirimir nuestras querellas, seguros de que al fin de los vein- 
te años seremos tan fuertes y gloriosos que tendremos por 
aliados naturales á todas las naciones libres de la tierra, y 
que Chile será el primero y el más eficaz de esos aliados en 
la ruda lucha contra la despoblación y la ignorancia. 

Siento mucho no poder extenderme por falta de tiempo. 
Va á ser la una, y desearía poner en sus manos estos mal 
trazados renglones antes de la hora de sesión. 

Resumiendo mis objeciones á la alianza, diré: Primero: 
que es impolítica é imprevisora porque significa una provo- 
cación, que á la vez que estimula las agresiones, nos quita 
la fuerza moral que nos da la justicia en el derecho, y la 
lealtad y la circunspección en el debate. Segundo: que es 
ineficaz para el caso de un conflicto, por la lentitud y lo pre- 
cario de los auxilios estipulados. Tercero: que es anti-ar- 
gentina, porque limita nuestra soberanía en más de un 
punto, y sobre todo, en el más importante atributo de ella, des- 
de que no dependería de nosotros hacer ó no hacer una 
guerra si ésta cae dentro de las estipulaciones, cuando se 
trata de agresiones á alguno de nuestros aliados. Cuarto: 
que es una política cobarde, porque muestra á la República 
incapaz del aliento viril que fué su gloria, para realizar por 
sí misma grandes hechos, y sobre todo para defender su te- 
rritorio y su independencia. 

Dispénseme, mi amigo, que me tome la confianza de ha- 
blarle sobre negocio tan serio, sin conocer sus opiniones y 



236 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RA.WSON 

aun corriendo el riesgo de que ellas no coincidan con las 
mías; pero no puedo dejar de llamar la atención de Vd. á 
una materia á la cual veo ligados el honor, los intereses y 
tal vez el porvenir de nuestro país. 
Cuento con su paciencia y me despido, su affmo. amigo 

G. Rawson. 



Buenos Aires , setiembre 28 de 1873. 

Señor don Plácido S. de Bu$t amante. 

Mi estimado amigo: 

Ayer le escribí rápidamente una larga carta, tan de prisa 
que no tuve tiempo de volverla á leer, y tanto es el interés 
con que miro el asunto que la motiva, que vuelvo hoy á 
molestarlo agregando algunas consideraciones sobre la 
misma materia. 

Me aterra la perspectiva de una guerra cualquiera. Pien- 
so, como Gladstone, que la guerra más justa es una calami- 
dad nacional, y que las guerras injustas ó determinadas por 
motivos insuficientes, son ermayor crimen que las naciones 
pueden cometer. Pienso particularmente que para la Repú- 
blica Argentina, la guerra es el suicidio. El porvenir de las 
instituciones libres en nuestro país está esencialmente liga- 
do ala permanencia de la paz; y el progreso material, la in- 
migración, el comercio, la producción, la riqueza, la renta, 
el crédito, dependen tanto de aquella condición esencial, 
que el día que el Brasil ó Chile pusieran en la boca de 
nuestros ríos ó delante de nuestros principales puertos, una 



POLÍTICA INTERNACIONAL 237 

media docena de acorazados para cerrarlos, todas aquellas 
bendiciones del cielo desaparecerían instantáneamente. Esto 
no necesita demostración. Basta recordar que nuestra in- 
dustria doméstica es primitiva, que carecemos absolutamen- 
te de fábricas y de otros elementos que constituyen el co- 
mercio interior de las naciones; que nuestra vida económica 
y nuestra existencia política misma, están exclusivamente 
pendientes del comercio exterior, y que, suprimido ó dete- 
nido éste, caeríamos desde luego en la más absoluta miseria. 
Los instrumentos mismos de la guerra nos faltarían desde 
que el crédito nacional llegare á abatirse. Tenemos una deu- 
da interior y exterior de 74 millones de pesos; tenemos com- 
prometida, además, nuestra renta, á la responsabilidad de 
esa multitud de garantías concedidas á empresas de ferro- 
carriles, cuyo capital, estimado por las leyes respectivas, no 
bajará de 112 millones, lo que agregado al monto de la deu- 
da, hace subir nuestra responsabilidad á cerca de 200 millo- 
nes, y á no menos de 14 anuales la cantidad efectiva de 
nuestras obligaciones. A mí me pareció siempre que, aun 
contando con el progreso admirable de la riqueza de la 
población y de la renta, habría una gran imprudencia, que 
podría conducirnos á la bancarrota, en esta legislación in- 
considerada, que, á pretexto de acelerar el adelanto del país, 
acumulaba en tan enormes proporciones las deudas argen- 
tinas. Pero, si á mí me pareció así, aún en la hipótesis racio- 
nal de una prosperidad maravillosa, ¿ cómo se presentaría 
ante el país y fuera de él nuestra situación financiera el día 
que una guerra exterior destruyera con el comercio la fuen- 
te única de tanto bienestar ? ¿ Quién querría prestarnos 20 
ó 30 millones que necesitaríamos para armar y defender 



238 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

nuestras extensas costas, para improvisar y equipar escua- 
dras y ejércitos, no solo en defensa de dilatadísimas fronte- 
ras, sino también capaces de buscar al enemigo en su terri- 
torio, que sería el solo medio efectivo de conquistar ventajas 
y de asegurar honrosos tratados de paz? 

En la tremenda crisis que me imagino y que necesaria- 
mente vendría desde el momento en que la guerra se inicia- 
ra, las rentas nacionales se reducirían á una cuarta parte, nos 
sería imposible pagar los intereses y la amortización de la 
deuda, y hacer efectiva la garantía de los capitales emplea- 
dos en obras públicas; el crédito argentino bajaría en Lon- 
dres y en el interior á un vergonzoso descuento, y no habría 
poder humano que nos ayudase á levantar por empréstito los 
fondos necesarios para la defensa, ni aun para la vida ordi- 
naria ó vegetativa de la nación. La guerra se haría, pues, 
con señalada desventaja; y si todavía la Providencia siguiera 
favoreciendo la bandera de la patria y nos permitiera el triun- 
fo final contra el enemigo exterior, no lo conseguiríamos 
sino después de una lucha prolongada, no por cinco años, 
como la del Paraguay, sino por diez ó quince, como la de la 
Independencia, si se toma en cuenta la inferioridad relativa 
de nuestros medios, las enormes distancias y las dificultades 
interiores que no dejarían de hacerse sentir, como hasta 
ahora ha sucedido. 

No es argumento contra estas reflexiones el que se deriva 
de la manera como soportamos la guerra del Paraguay. En- 
tramos á ella con un aliado poderoso y rico, y eso nos daba 
desde el principio la seguridad del éxito y mantenía, por 

consiguiente, nuestro crédito financiero, Por otra parte, el 

> 

teatro de la guerra tenía que ser mediterráneo, quedando 



POLÍTICA INTERNACIONAL 2¿9 

seguros, libres y abiertos nuestros puertos al comercio del 
mundo; y en efecto la navegación y el comercio, lejos de 
disminuir, aumentaron prodigiosamente, creció nuestra ren- 
ta, y, por lo tanto, el crédito se mantuvo y aún se vigorizó 
durante la guerra. Asi mismo, Vd. recordará que tuvimos 
que pasar por la vergüenza de pedir prestado al Brasil al- 
gunos millones, y que el empréstito de Londres se negoció 
en condiciones poco favorables. 

En el caso presente, los aliados eventuales y precarios no 
pueden darnos seguridades morales de esta eficacia. Son 
relativamente débiles. El Perú, que pretende ser la poten- 
cia marítima del Pacífico, no podría mandar su escuadra á 
la defensa de nuestros puertos porque tendría que acudir á 
la de los suyos y de Bolivia, porque sus blindados serían 
echados á pique por las baterías y los torpedos del Estre- 
cho, ó tendría que hacer la procelosa navegación del Cabo, 
con las enormes desventajas de ese trayecto. 

No podría ayudarnos con su tesoro ni con su crédito tan 
comprometidos ya y que lo serían muchísimo más por el 
hecho de la guerra; y todo ésto contando con que el egoís- 
mo y la inconsistencia histórica y nativa de aquella nación, 
no le aconsejara abandonarnos en la estacada y buscar un 
fácil acomodamiento con Chile, con quien no la dividen in- 
tereses radicales y permanentes. En cuanto á Bolivia, que 
no tiene un bote en su puerto, ni un peso en sus arcas, ni 
un tonto que quiera prestárselo y que solo ha mostrado tener 
fuerza para invadirnos de cuando en cuando con excursio- 
nes descabelladas ¿de qué puede servirnos prácticamente 
en una guerra? 

Quiero hablarle ahora de las complicaciones interiores. 



► 

! 

240 ESCRITOS T DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

El sentimiento nacional es débil entre nosotros. La anar- 
quía prolongada y, sobre todo, la sangrienta tiranía de Ro- 
sas, han contribuido á entibiar ese ardor natural que nace 
del amor á la patria común; y el imperio de la Consti- 
tución, los beneficios de un Gobierno general y la comunidad 
de intereses, no han persistido todavía por tiempo suficiente 
ni con tanta evidencia para levantar el espíritu argentino al 
tono de otros tiempos y al que recobrará con la solidaridad 
de los progresos y de la felicidad de todos. Bajo la tiranía, 
presenciamos sin asombro el hecho de su alianza con Oribe 
para combatir á sus enemigos interiores; la alianza de los 
unitarios con la Francia para vencer á Rosas y especialmen- 
te la de Urquiza con el Brasil para derrocar la dictadura. 
Estos hechos, sobre los cuales no pretendo emitir un juicio 
moral, prueban que desde entonces no se miraba como una 
traición el buscar la intervención extraña para dirimir las 
cuestiones internas, ni tomar armas al servicio de otra ban- 
dera ó en alianza con ella para combatir las resistencias que 
los partidos encontraban en su lógico desenvolvimiento. 

Vino la guerra con el Paraguay. Nosotros no la habíamos 
provocado, al contrario, habíamos tolerado hasta el último 
extremo todo género de torpezas, de ofensas, para evitarla; 
y fué preciso que López invadiera y tomara alevosamente 
la ciudad de Corrientes, que ultrajara nuestra bandera, to- 
mando por sorpresa nuestros buques, asesinando nuestros 
soldados, aprisionando ciudadanos, cautivando y transpor- 
tando nuestras familias, fué necesario todo ésto para que 
llegáramos á la guerra para reivindicar el honor y el territo- 
rio de la República. Con estos antecedentes y tratándose de 
un Gobierno bárbaro como aquél, que había permanecido 



política internacional 241 

aislado de nosotros y del mundo y que solo se había hecho 
conocer por sus brutales pretensiones, era natural esperar 
que la República Argentina se levantara como un solo hom- 
bre en defensa de su derecho. 

Sin embargo, no sucedió así: Toledo y Basualdo, Vargas 
y San Ignacio, probarán, para vergüenza nuestra, que aún 
bajo aquellas especialísimas circunstancias, había argenti- 
nos que conspiraban y servían armados por millares á los 
intereses del enemigo común. El Gobierno estuvo á punto 
de caer, y con él las instituciones y quizás la unión nació 
nal, no por la acción de los paraguayos, sino por la traición 
de los mismos argentinos, y solo se salvó por la fortuna de 
las armas nacionales. 

Si ésto sucedió en aquella guerra tan justificada por sus 
antecedentes y sus fines, tan imperativa por los hechos que 
la provocaron, es seguro que igual cosa ó más grave ha de 
acontecer en otras cuyas causas sean menos tangibles. La 
masa de la Nación no se ha de apasionar y se interesará es- 
casamente por la usurpación de Chile en el Estrecho y 
sus inmediaciones; las riquezas del Estrecho y los de- 
siertos territorios vecinos son conocidos apenas de nom- 
bre entre nosotros. Solo los hombres públicos, no todos, han 
prestado atención á las cuestiones geográficas que se han 
suscitado en los últimos veinte años respecto de aquellas 
regiones. Buenos Aires y Mendoza todavía pretenden que 
sus jurisdicciones respectivas alcanzan hasta esos límites 
australes de nuestro territorio; la Nación no tiene por allí 
cerca establecimiento alguno de cualquier género; la colonia 
del Chubut, tan poco simpática á la opinión de los mandata- 
rios, está abandonada por ellos á muchas leguas al Norte de 

31 



242 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

los límites pretendidos por Chile, y tan escaso interés des- 
pierta aquella localidad, que no se le ha consagrado el gasto 
de mil pesos siquiera para mantenerla en comunicación re- 
gular con el mercado natural de sus productos. 

¿Qué interés, pues, qué pasión nacional ardiente se desper- 
taría en el pueblo el día que se le notificara la existencia de 
una guerra para reivindicar contra Chile la posesión del Cabo 
de las Vírgenes ó de otro de esos puntos ignotos, que es pre 
ciso buscar en el mapa para saber que existen? Entre tanto, 
la guerra se haría sentir con todos los inconveniente que he 
seflalado. Al mismo tiempo que los recursos disminuyesen, 
aumentaría la necesidad de soldados y de disciplina para el 
ejército. Los contingentes forzados, mal vestidos y peor pa- 
gados; la violencia militar sustituida en todas partes al régi- 
men tranquilo de la ley; la industria abandonada, la miseria 
consiguiente devorando y consumiendo las poblaciones; y, 
en medio de todo esto, la deserción, las sublevaciones, los 
motines, las montoneras, la barbarie, el saqueo, los degüe- 
llos, la devastación de centros populosos y civilizados, como 
sucedió en San Juan, Mendoza, Rioja, Catamarca, Salta y 
Jujuy hace seis aftos; todo este conjunto, tan conocido entre 
nosotros, vendría á aumentar hasta el extremo los conflictos 
del país, á deshonrarlo en el exterior, á comprometer la 
unidad nacional, y por lo menos á traernos en pos de sí, aún 
considerándonos victoriosos, las desmembraciones territoria- 
les que nunca han faltado en la Historia Argentina después 
de cada una de sus guerras y aun después de cada una de sus 
glorias militares, llámense Ayacucho, Ituzaingó, ó Caseros. 

Y si ésto había de suceder en el caso de que el conflicto 
sobreviniera directamente entre Chile y la República Argén- 



política internacional 243 

tina y por intereses propios de cualquier importancia, más 
difícil sería el caso, por ser menos simpático, si en cumpli- 
miento del tratado, y llegando el casusfoederis, tuviéramos 
que hacer la guerra por cuenta de otros. Esta hipótesis no 
es inverosímil. Bolivia tiene su cuestión de límites con Chile, 
á quien acusa de usurpación territorial. La cuestión se pre- 
senta muy viva y ha estado á punto, más de una vez, de pro- 
ducir un rompimiento. El régimen interno de Bolivia está 
muy lejos de hallarse afianzado; revoluciones y asesinatos de 
presidentes, unos tras otros, y una profunda desmoralización 
social, hacen temer á cada instante que el orden se perturbe, 
sin esperanza de consolidarse por la sola acción interna de 
las corrientes y de las fuerzas vitales de la Nación. 

Aun hombre de Estado poco escrupuloso puede ocurrirle 
lo que muchas veces se ha sujerido como un remedio para 
tal estado de descomposición: una guerra nacional que su- 
bordine y sujete á una dirección saludable los elementos 
anárquicos y los conduzca á un fin naciona', levantando las 
ambiciones locales á otra esfera. Entonces ese hombre (y na- 
die puede negar que ése no sea el señor Ballivian), encon- 
trando una oportunidad propicia en las dificultades con 
Chile, encontrándose moral y materialmente apoyado por 
su aliado oficioso del Perú y por su aliado candoroso del 
Plata, provocaría la catástrofe en defensa de su territo- 
rio ya ocupado por su antagonista y haría producir uno de 
los casos, y el más factible, de los previstos en el tratado. 

Y aquí nos encontramos con que nuestra pobre tierra tan 
inocente y candida como el caballero de la Mancha, se hallaría 
de la noche á la mañana armada de punta en blanco para 
desfacer entuertos que no son de su casa ni de su hacienda. 



244 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

Entonces recién sabría el pobre pueblo que, sin consultar la 
opinión pública, el gobierno lo había comprometido en todas 
las torturas de una guerra con una Nación vecina y amiga 
con quien vive en estrechas relaciones de comercio; y todo 
ello por causas que ni le interesa ni alcanza á comprender. 
Entonces este pobre pueblo sabría que en las últimas sesio- 
nes del Congreso de 1873, á última hora, con asombrosa pre- 
cipitación, sin dar lugar á la reflexión y menos al estudio, 
en altas horas de la noche, con la casa cercada de guardias 
y en el más absoluto secreto, con la presencia de un minis- 
tro exigente y perentorio, que no se había dignado asistir 
á las sesiones ni una sola ocasión fuera de aquélla en el cur- 
so del año, se había sancionado casi sin discusión ese famoso 
tratado que liga la Nación á la eventualidad de tantas profun- 
das calamidades y suprime páralos administradores ó legis- 
ladores mejor iluminados del año siguiente, hasta el derecho 
de reaccionar contra ese compromiso, so pena de deslealtad. 

¡Qué popular sería la guerra con Chile por razón de Me- 
gillones en las Provincias de San Juan, Mendoza, Rioja, Ca- 
tamarca y Salta! Ellas, que viven de su comercio con la 
República trasandina, donde tienen seguros mercados para 
sus ganados, sus engordes, sus tabacos, etc., se han de entu- 
siasmar mucho cuando se vean obligadas á abandonar sus 
criaderos ó á dejar secar sus alfalfares, que son su sola in- 
dustria, porque la supresión del comercio con Chile los ha- 
ría innecesarios; cuando en medio de la amarga pobreza que 
esa circunstancia produciría vieran bajar de la cordillera á 
Guayana, á Saa, á Videla y á tantos millares que vendrían 
armados á dominarlo y á destrozarlo todo con sus prácticas 
de barbarie. 



política internacional 245 

Esta sería la primera consecuencia de la guerra con Chi- 
le, sea que ella venga por las disputas patagónicas, ó que 
nos caiga de las nubes por la cuestión de Megillones. ¿Hay 
quien pueda medir la extensión ó el desenvolvimiento de 
semejantes males? 

Pero se dice que estos son fantasmas de la imaginación, 
porque la guerra no tendrá lugar; y se atribuye al tratado 
de alianza la virtud de conjurarla. 

Veamos cómo puede suceder esto. O el tratado permane- 
ce rigurosa y permanentemente secreto para el gobierno de 
Chile, ó llega á conocimiento de éste, por cualquier medio. 
En el primer caso, los aliados guardarán su tratado en el 
bolsillo como un amuleto que ha de preservarlos de las iras 
de Chile por una virtud inmanente y milagrosa, lo que, en 
términos racionales y prácticos, equivale á la no existencia 
de tal documento. En el segundo caso, que es el humano y 
realizable, Chile llegará á saber que, mientras nuestro re- 
presentante continúa, amigablemente y en los términos más 
corteses, la discusión de títulos y límites en Santiago; mien- 
tras el Ministro chileno está entre nosotros recibiendo todo 
género de manifestaciones amistosas de parte del Gobierno 
y del pueblo; mientras aquí todos los actos diplomáticos y 
sociales que se corresponden muestran los signos caracte- 
rísticos de la paz y de la amistad entre las naciones civili- 
zadas y cristianas, estábamos urdiendo sigilosamente la red 
en que intentábamos envolverlo. Chile se sentiría herido en 
su lealtad; y sería preciso desconocer profundamente el cora- 
zón humano, para esperar que esa noticia lo refrenase en sus 
propósitos. Rompería sus relaciones diplomáticas, denun- 
ciaría al mundo y ante nuestro propio país la alevosía de 



246 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

nuestro procedimiento y por lo pronto aceleraría la ocupa- 
ción militar del Cabo de las Vírgenes ó de la mayor exten- 
sión de territorio patagónico que juzgase conveniente. 

¿Qué haría en esa coyuntura el Gobierno Argentino? No 
tiene escuadra y no podría mandar desalojar el territorio. 
Mandaría construir y comprar buques y alquilar marinos 
que no tenemos, todo lo cual ocuparía más de un año, y co- 
mo Chile tiene una base de marina respetable, casi puede 
afirmarse que siempre podría mantener su superioridad, con 
la circunstancia agravante de que nuestro primer conato 
armado para arrojar de la Patagonia las fuerzas de Chile, 
sería un acto de guerra seguido inmediatamente de los otros 
que aquél desenvolvería sobre nuestros puertos. En este in- 
tervalo gestionaríamos la concurrencia de los aliados, la ob- 
tendríamos ó no, según las circunstancias, y sería de ver el 
contingente boliviano que viniera en nuestro auxilio, sin 
comprender palabra de lo que significa Patagonia; pero 
también en ese intervalo la guerra estaría declarada, el co- 
mercio con Chile interrumpido, las provincias andinas arrui- 
nadas, y es más que probable que tendríamos mayor nú- 
mero de montoneros devastadores en el corazón de la Re- 
pública que de soldados de la ley bajo nuestra bandera para 
defenderla. 

El mejor medio, si alguno hubiera, sería el de abandonar 
la discusión con protesta, si ella no diera resultados inmedia- 
tos. Dejar que Chile tome posesión, también bajo protesta, 
de toda la extensión del Estrecho, y mantener por lo demás 
las relaciones con Chile que sean absolutamente compati- 
bles con tal estado de cosas. Por supuesto que esto supone 
el rechazo de la alianza, porque bajo el imperio de ella no 



política internacional 247 

sería decoroso ni posible ese rol pasivo y prudente de nues- 
tra parte. Si hubiéramos de realizar una alianza con Chile 
sobre nuestros límites australes, yo no vería inconveniente 
en cederle todo el Estrecho. Él lo ha fecundado con perse 
veranda y lo ha hecho útil y servible para la comunicación 
interoceánica; á él le interesa el mantenimiento de esa pre- 
ciosa vía y nadie puede conservarla con más eficacia. Mas, 
si la posesión de las rocas que bordan el Estrecho, benefi- 
ciando á Chile, no perjudica á nadie, y menos á nosotros, no 
sucede lo mismo en cuanto á la libertad de su navegación. 
Aquí está la verdadera dificultad; pero también aquí se en- 
cuentra preparada su solución por los progresos del dere- 
cho y por los intereses que con él se relacionan. 

La navegación del Estrecho debe ser y tiene que ser libre. 
Un estrecho es parte de un mar, y éste lo es de los dos 
grandes océanos; como tal el dominio de esas aguas perte- 
nece á la universalidad del comercio. Desde que Farragut 
en 1866 penetró al mar Negro por los Dardanelos sin permi- 
so del Sultán, Constantinopla dejó de ser la puerta Otomana, 
y se echó el cimiento de ese gran principio difusivo de la li- 
bertad de las aguas marítimas, aunque estén encerradas en 
límites reducidos de capacidad. Y la comunicación interoceá- 
nica es de tan vivo interés al intercurso comercial del mun- 
do; y los adelantos del derecho marchan tan en armonía 
con el desenvolvimiento asombroso de esos grandes intere- 
ses, que hasta el ferrocarril del istmo de Panamá está neu- 
tralizado para responder á esas necesidades. 

En la libertad de Magallanes todos están interesados, 
principalmente Chile; lo está Inglaterra y la Alemania, cu- 
yas magníficas naves tocan dos veces por semana en Punta 



248 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

Arenas; lo está toda la costa del Pacífico, la Australia y el 
comercio universal, de suerte que no puede ocurrir dificul- 
tad particular con cualquier nación que lo posea, sea la 
República Argentina ó Chile, para arreglar conveniente- 
mente y en santa paz la garantía de la neutralidad inter- 
oceánica; y sería el colmo de la ligereza organizar una liga 
hostil para arribar á ese mismo resultado. 

Si dijéramos á Chile que suspendemos toda discusión 
sobre límites en el interés de la paz; si apeláramos al 
buen sentido y al propio interés de aquella nación amiga 
para que evitara la ejecución de actos de violencia y se 
limitara á la ocupación del Estrecho mientras que en 
mejor oportunidad se vuelven á discutir nuestros títulos, 
este procedimiento de moderación y de prudencia, esta 
adherencia tenaz de nuestra parte á la paz, aún con el 
sacrificio temporal de intereses legítimos, estoy seguro 
que sería favorablemente comprendida por todos y que 
ganaríamos con él la enorme fuerza moral que da la apro- 
bación de las naciones. Nuestros acreedores comprende- 
rían que la honra nos impone esa conducta para poder 
hacer honor á las obligaciones que pesan sobre nuestro 
crédito; el comercio exterior nos aplaudiría porque lo de- 
jaríamos desenvolverse con común provecho; los inmi- 
grantes que fijan su mirada en esta tierra como si fuera 
la de promisión, nos agradecerían que tuviéramos abierto 
para ellos este paraíso donde tantas venturas esperan; 
las naciones todas de Europa y América nos comprenderían 
entonces y nos enviarían su aplauso, porque dejábamos 
de confundirnos con esa masa de naciones inquietas que 
aquéllas acostumbraban llamar «South América» y que 



política internacional 249 

perseverábamos en una política de paz, que es la política 
del porvenir. 

Si mantenemos relaciones amistosas con Inglaterra, que 
nos usurpa las Malvinas; si vivimos en paz con Bolivia, 
que nos ha arrebatado Tanja; si no nos inquietan los avan- 
ces del Brasil sobre los límites de 1777 en las Misiones; si 
hemos consagrado la independencia del Paraguay ¿por qué 
nos obstinamos en hacer casus belli de la ocupación ilegí- 
tima de Chile sobre las rocas peladas del Estrecho, después 
que Chile pobló y habilitó para la navegación universal esa 
corriente oceánica, mientras que nosotros no pensábamos 
en ella, ni hubiéramos pensado hasta ahora si Chile no se 
hubiera encargado de señalarnos su importancia? 

Ganemos tiempo. Dejemos correr veinte años y manten- 
gamos durante ellos y á todo trance la paz de la República. 
Dentro de veinte años tendremos cuatro y medio millones 
de habitantes, una renta de 100 millones, una riqueza y un 
poder proporcionados. Tendremos entonces un ferro-carril 
trasandino y un comercio cuantioso y activo con Chile, ten- 
dremos marina y ejército y habremos resuelto la cuestión 
de fronteras en el desierto; y entonces, después de veinte 
años, volveremos á hablar del Estrecho y nos encontrare- 
mos sorprendidos de que esa cuestión haya estado á punto 
de producir la guerra entre las dos más adelantadas sec- 
ciones de la América Meridional, guerra que hubiera retar- 
dado esos progresos por medio siglo. 

Aquí concluyo, mi estimado amigo, no porque haya dicho 
todo lo que tengo en el corazón, sino porque el tiempo me falta. 

Su afectísimo amigo, 

G. Rawson. 

32 



POLÍTICA INTERNA 



(De *El Argentino* del 4 de febrero de 1874, redactado por el señor J. M. Es- 
trada. 

«Tanto más precioso es un escrito delDr. Rawson, cuanto más difícil es apoderar- 
se de una palabra escrita por su pluma. La Nación de esta maftana publica una 
carta suya; es una joya que nos apresuramos á presentar á nuestros lectores. 

Dice asi: 

Buenos Aires, 1° de febrero de 1874. 

Mi querido Eduardo: 

Acabo de visitar algunas de las parroquias y vuelvo á ca- 
sa bajo una profunda emoción. 

¿Lo creeréis? Necesito enjugar mis lágrimas de viejo para 
escribir estos renglones de felicitación antes que pase 
el día. 

No sé cuál de los partidos va á triunfar en las urnas, deseo 
que sea el de mis amigos. Pero sí sé que el triunfo verdade- 
ro, el triunfo trascendental y perdurable es el de la Repú- 
blica en el más difícil y más conspicuo de sus ensayos. Aun- 
que sin tomar una participación activa en la contienda 
apasionada, he asistido á ella con el alma llena de ansiedad 
y de duda por los santos principios que veía comprometí- 



252 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

dos; no en los hombres, que son falibles, sino por la acción 
popular, por la moral. Veía, inquieto, acercarse este día. 

No me aterraba la catástrofe sangrienta por sí misma; 
pero temblaba por ella como síntoma de incapacidad polí- 
tica, como medida de moralidad. 

El día y la hora han llegado, acabo de ver el espléndido 
espectáculo; y no puedo reprimirme delante de él, aquella 
exclamación famosa de Franklin al tiempo de firmar la 
constitución americana: «Gracias á Dios! Ese sol que apare- 
ce en el horizonte, es el sol que nace para el largo día, y no 
el sol que se pone para la noche de la República.» 

Tú, que has trabajado con tanto talento como constancia, 
con tanta habilidad como energía, para producir este resul- 
tado, recibe, pues, las cordiales felicitaciones de tu amigo. 

Ahora, cualquiera que sea el vencedor por el sufragio, sa- 
bemos, en fin, que hay un pueblo capaz de agitarse en todas 
sus fibras por una idea; y, lo que es más, susceptible de do- 
minar los propios excesos de sus pasiones para honrar á la 
Patria y salvar el principio republicano, que no impera con 
el pufial de la demagogia, sino por el valor sereno y persis- 
tente del hombre libro. 

Recibe un abrazo de tu amigo 

Guillermo Rawson. 



«Ahora, agregaba El Argentino, una palabra de doloroso comentario: Que no sea 
verdad tanta belleza! 

«No hemos visto el domingo un pueblo que se reprime á si mismo: hemos visto un 
pueblo reprimido por la fuerza militar; una tempstad demagógica dominada por 
una ostentación de las armas nacionales, que la constitución prohibe. La imagen 
de la ley fué velada, conforme al designio romano. Solo así se esperaba salvar el de- 
coro de la democracia y la vida de los ciudadanos amenazada por los facciosos. 
Males curados con males, sugieren presentimientos sombríos.» 



POLÍTICA INTERNA 253 

Buenos Aires, 20 de febrero de 1874. 

Señor Don José Manuel Estrada. 

Estimado amigo: 

Se ha servido Vd. publicar en El Argentino del 4 del 
corriente, transcribiéndola de La Nación, una carta mía di- 
rigida al Dr. Costa. Acompaña Vd. esa publicación con pa- 
labras muy benévolas, que parecen aplicadas al mérito lite- 
rario de la carta, puesto que acusan al propio tiempo la 
inexactitud de mis apreciaciones. 

Me ha sucedido lo que á aquella seflora que no consentía 
que su hijo se bañara en el río hasta que aprendiera á na 
dar: yo he pasado mi vida esperando aprender á escribir 
para escribir; de suerte que he llegado al término, dejando 
por toda literatura mis recetas de médico y algunos decre- 
tos de ministro. Mi carta no era, pues, un escrito para el 
público, sino una íntima confidencia de amigo, que nunca 
debió salir de ese carácter, como se ve por su tenor y aun 
por la expansión de sentimientos que están bien en el seno 
de una intimidad casi fraternal, pero que disuenan y chocan 
cuando se les da el relieve de la publicidad. 

Mas, ya que fué impropiamente lanzada al viento sin mi 
voluntad y contra mis expresos deseos y mi conveniencia, 
ya que ha sido motivo para la crítica y aun para el ridículo, 
ya que no puedo ni quiero, ni merece la pena de salir por 
eso de mis costumbres de silencio, ni siquiera para decir lo 
que acabo de referirle, me importa, á lo menos, que alguien 
conozca los fundamentos de mis opiniones y los motivos de 
mis sentimientos. Usted, á quien estimo por su honradez y 
talento, será en esta ocasión mi confidente, con la expresa 



254 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

condición de que nada de cuanto voy á decirle ha de tener 
publicidad, contando para esto con su paciencia para leerme 
y con su lealtad para que acepte la condición que me per- 
mito anticipar. 

Las lágrimas no se discuten. Ellas pueden proceder de 
causas objetivas mal apreciadas, ó ser efecto de una condi- 
ción mórbida del espíritu ó del encéfalo. De todos modos, 
jamás deben presentarse en exhibición. No hablemos, pues, 
de lágrimas, que no eran para ser vistas y que no han debi- 
do serlo por los discretos, aunque una ligereza las haya 
señalado á su atención; pero sí quiero hablarle del espec- 
táculo que, aunque privadamente, yo llamaba espléndido 
con perfecta sinceridad. 

Eran las doce y media del día primero, cuando escribí al 
Dr. Costa. 

Había visitado cuatro ó cinco de las parroquias, y presen- 
ciado el hecho de la votación en el orden más cumplido, ba- 
jo el solemne compromiso de los partidos de proceder así 
hasta su término, lo que parecía asegurado por los sencillos 
y variados expedientes adoptados. La actitud animada y 
tranquila de los ciudadanos y de los grupos, la cordialidad 
con que mutuamente se trataban los adversarios en el mis- 
mo terreno de la lucha, daban á la escena ese perfume de 
cultura, de libertad y de civismo inherentes y esenciales en 
las luchas democráticas. Quizás los mismos que tan digna- 
mente procedían, guardaban ocultos el revólver ó el puñal, 
tal vez allí cerca y en posición estratégica estaban depositados 
y cargados los rifles que podían ensangrentar de un mo- 
mento á otro, los atrios y las calles vecinas; y esta hipótesis 
no lo era para mí, porque había penetrado la verdad mal di- 



política interna 255 

simulada por las impúdicas amenazas de la víspera; pero la 
actitud bélica misma y la pasión desenfrenada que la había 
preparado, eran á mis ojos circunstancias que, por su con- 
traste, realzaban más la belleza del conjunto actual. 

Este hecho por sí solo bastaría para consolar al hombre 
que teme encontrarse con una feroz carnicería en la que la 
sangre de muchos buenos, y la sangre de su sangre, se hu- 
biera derramado. Pero yo observaba, además, como repu- 
blicano, y tomando en cuenta el proceso electoral desde su 
origen y en su desenvolvimiento hasta culminar en ese día, 
me complacía hondamente en que no se frustrara el movi- 
miento que desde un año atrás venía agitando al pueblo con 
proporciones y con intensidad desconocidas en Buenos Ai- 
res y en toda la América del Sud. 

Si la matanza y la dispersión se sustituían al sufragio el 
I o de Febrero, no solo quedaba perdida y desacreditada la 
memorable agitación política á que hemos asistido, sino que 
la capacidad de estas regiones para el gobierno popular 
quedaba singularmente comprometida; si, al contrario, se 
verificaba la elección tras del tremendo crujido con que la 
tierra se había conmovido, era un triunfo para los princi- 
pios, era una enseñanza republicana, que yo me permití 
comprender y sentir vivamente, comunicando mis impre- 
siones con un aplauso á los amigos de uno y otro partido 
que encontré en mi camino, como lo hubiera hecho de pala- 
bra y en los mismos términos, al Dr. Costa, si hubiera po- 
dido hablarle en ese momento. 

Pero esto no es más que el principio de lo que necesito 
decir á Vd. con la esperanza de que nos entendamos en 
cuanto á la estimación de los fenómenos sociales y políticos, 



256 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

que ambos juzgamos con identidad de sentimientos, aunque 
tal vez colocados en diferentes puntos de vista. Acompáñeme 
al estudio del sufragio en Buenos Aires y en la República 
Argentina; veamos lo que ha sido, lo que fué I o de Febrero 
y lo que está destinado á ser; y me parece que convendrá 
conmigo en que asistimos á un progreso trascendental, por 
lejos que se divise para nosotros la perfección deseada y no 
alcanzada todavía sobre la superficie de la tierra. 

Venimos del mundo de la mentira y de la violencia. Las 
elecciones se hicieron siempre con prescindencia del pue- 
blo. Los gobiernos electorales significan la opresión en los 
medios y la falsedad en los fines, y en la República Argen- 
tina las elecciones se verificaron casi siempre por los agentes 
de la autoridad. Por muchos años el «Club Libertad» de Bue- 
nos Aires, centro político donde estaban enrolados los hom- 
bres más distinguidos del partido liberal, prevaleció cons- 
tantemente en todas las luchas. El «Club Libertad» era el 
gobierno. Vencer al «Club Libertad» hubiese sido consumar 
una revolución, cosa que la autoridad no habría consentido, 
mientras tuviera medios eficaces para dominarla. Es claro; 
uno de los artículos del reglamento orgánico del Club esta- 
blecía que debía consultar con el gobierno los candidatos 
que propusiera y sostuviera en cada elección. Los candida- 
tos eran, pues, oficiales y tenían que prevalecer á toda cos- 
ta, so pena de suicidio de la actualidad política que los sus- 
tentaba. 

Todo esto era revolucionario, se dirá; pero así era, y duró 
tanto, cuanto la existencia de aquella asociación. El Club se 
dispersó por la acción interna de intereses encontrados; el 
gobierno empero continuó ejerciendo las funciones anóma- 



política interna 257 

las con que se habla iniciado, con la agravante circunstancia 
de faltarle el leve contrapeso de un centro organizado, que 
si le daba mayor poder y una base de popularidad relativa, 
le quitaba lo absoluto y personalísimo de su intervención en 
las elecciones. El Gobierno ha sido fiel á su escuela, siguien- 
do en el régimen electoral, las prácticas de su origen hasta 
el fin de la administración del doctor Alsina. 

Para justificar la exactitud de esta patogenia del mal, no 
necesito más que recordar á Vd. las luchas pasadas, en sus 
formas y en sus resultados. El gobernador ó sus ministros 
recomendaban sus candidatos para la legislatura. Los jue- 
ces de paz y comandantes militares se encargaban de dar 
satisfacción ala paternal recomendación del gobernante, por 
medio de las citaciones y del quos ego autócrata que ningún 
subdito podía desestimar sin exponerse al servicio recarga- 
do de las fronteras ó del ejército de línea, á los azotes, al 
cepo y aún á la muerte. 

Vd. sabe bien que desgraciadamente no hay exageración 
en lo que estoy diciendo. 

Recuerdo un caso ocurrido en un partido de campaña que 
está á pocas horas de distancia de la Capital. El mismo juez 
de paz, actor en la historia, me la ha referido, y la repito 
ahora como un espécimen de lo que era la regla hasta muy 
poco há. 

Se había ordenado una elección en día fijo en aquel par- 
tido. Junto con el decreto recibió el juez una carta del mi- 
nistro, nombrando el candidato. Hiciéronse las citaciones de 
costumbre; llegó el día señalado; pero los electores no se 
reunieron, lo que fué oficialmente comunicado al ministerio. 
Entonces, con el nuevo decreto mandando hacer la elección 

33 



258 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

en otro día, llegó otra carta del mismo funcionario diciendo 
que á toda[costa se verificara el acto, por requerirlo así ur- 
gencias políticas del momento. 

Nueva citación y nueva ausencia de electores. Pero como 
la carta ministerial estaba ahí y el juez no quería aparecer 
tibio en su afección al superior, al día siguiente llegaban á 
las oficinas del gobierno un acta y registros perfectamente 
llenados, de los que resultaba que el candidato necesario 
había sido elegido en el partido R... por una mayoría de más 
de 200 votos. Verdad es que los registros venían en esta 
ocasión acompañados de una carta particular del juez, ex- 
plicando lo sucedido y la manera como se habían labrado 
esos documentos. La legislatura vio los registros y los apro- 
bó; pero el ministro, que es literato, conservará tal vez entre 
sus papeles curiosos, aquella carta, que mejor que muchas 
proclamas, puede servir para la historia de su tiempo. 

Poco después de la famosa lucha de crudos y cocidos, un 
ministro provincial me decía en cierta ocasión, reconocien- 
do conmigo la necesidad de resolver cuanto antes la cues- 
tión de la capital de la República: Tanto más nos conviene 
que la cuestión se resuelva, cuanto que por su aplazamiento 
el gobierno se encuentra obligado á componer la legislatu- 
ra de elementos especiales, que respondan á una solución da- 
da, en caso que la asamblea tenga que pronunciarse en el 
asunto; y esta necesidad estratégica no nos permite llevar á 
las cámaras muchos ciudadanos más competentes que los 
actuales para el desenvolvimiento de la legislación.» 

Nunca faltaba una razón para mantener el supremo elec- 
toral en el Poder Ejecutivo, que por eso tal vez se le llama 
gobierno, con evidente impropiedad. 



política interna 250 

Antes dije que ese estado de cosas subsistió en Buenos 
Aires hasta la terminación de la administración del Dr. Al- 
sina. No es mi ánimo ni estoy dispuesto á abundar en elo- 
gios á la subsiguiente. Sea que yo no haya percibido 
hechos análogos durante ella, sea que no se suscitaran en 
esos tres años cuestiones políticas vivísimas, de las que po- 
nen á prueba la solidez y probidad de una administración, 
sea, en fin, que la posición personal del Sr. Castro, miembro 
de un partido y elevado por el otro al poder, no lo pusiera 
en la necesidad ó no le aconsejara la conveniencia de inge- 
rirse en las elecciones, lo cierto es que su mano no se hizo 
sentir en los trabajos. Las elecciones fueron frías, en- 
tregadas cuando más al interés de las facciones ó de los 
círculos; y aunque los jueces y comandantes seguían sus 
antiguas prácticas, á lo menos no obedecían en ellas á ins- 
trucciones preceptivas del gobernador ó de sus ministros. 

Pero el mal no estaba radicalmente curado, como lo prue- 
ba el hecho de uno de los ministros del actual gobernador, 
que aceptó en la cámara el cargo de que ciertos represen- 
tantes habían sido electos por los empleados del ferroca- 
rril del Oeste, agregando que gracias á la concurrencia de 
tales empleados el acto electoral se había verificado. Tre- 
menda declaración, por más que lleve el mérito de la inge- 
nuidad, porque ella revela que el pueblo faltaba á los comi- 
cios y que los agentes de la autoridad se sustituían al pue- 
blo para constituir la representación, mirándose tal circuns- 
tancia como aceptable y normal. Sustituida, pues, la elección 
administrativa, la escuela daba sus frutos, el pueblo seguía 
siendo el huésped convidado en el festín y el gobierno re- 
presentativo continuaba siendo una quimera. 



2ÓO ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

Me detengo en este vicio radical de nuestras prácticas 
electorales, porque creo que la función del sufragio es esen- 
cial y exclusivamente popular; que, entre otros objetos, las 
elecciones tienen el de que el pueblo emita periódicamente 
su fallo sobre la manera como los mandatarios cumplen con 
su misión, y que ese juicio se elude ó se falsea, toda vez que 
concurren á formularlo aquellos mismos que son el sujeto 
legal del veredicto. Y si es esa la sana teoría del gobierno 
libre, entre nosotros tiene una aplicación verdaderamente 
singular. 

La condición embrionaria de nuestro ser social pone al 
pueblo en la más desventajosa situación respecto de los 
goberrantes, hasta el punto de que el soberano desaparece 
ante la autoridad, no por el respeto que se le debe como re- 
presentante de la ley, sino por la atrición innoble y villana 
del miedo. Toda elección en la que hayan intervenido los 
poderes públicos de otra manera que en la función de con- 
servar el orden para que el derecho electoral se desenvuel- 
va libremente, es elección nula é indigna y solo puede dar 
frutos de corrupción. 

Entre tanto, hay otra fuerza concurrente en lo que se 
llaman elecciones populares. No es todavía el pueblo; son 
las facciones, los círculos, los caudillos electorales. Algunos 
se ponen del lado del gran elector, otros lo combaten para 
suplantarlo. A la intervención del gobernante ó sus agentes, 
que es la violencia, se agrega ó se opone el artificio fraudu- 
lento del círculo, y d¿ ahí la mentira, la falsificación desver- 
gonzada, las conspiraciones pérfidas contra el pueblo, ha- 
ciendo servir como instrumento á la porción de éste que 
pueden arrastrar. 



POLÍTICA INTERNA 2ÓI 

Asi se levanta la escuela de la mentira con sus caudillos 
y sus círculos. 

En esa escuela se han formado muchos de nuestros hom- 
bres públicos, en ella tuvieron algunos una preeminencia poco 
envidiable. Allí han aprendido á violar la ley; allí han per- 
vertido su sentido moral; allí han corrompido su carácter. 
Se dice que Mirabeau fué acusado por varios vecinos de 
París por haberlos asaltado y robado á mano armada y en 
alguna calle solitaria de la ciudad en sus suburbios. El In- 
tendente de la policía de París fué á ver al gran orador; in- 
terrogólo amistosamente y con timidez sobre denuncia tan 
estupenda é inverosímil. Mirabeau le contestó confirmando 
el hecho, entregándole íntegro el dinero robado y agre- 
gando: «Presiento que se prepara un cataclismo y que yo 
debo ser actor en él; quería, con el ensayo, probar si tengo 
fuerza moral para violar las leyes: lo he probado; me siento 
fuerte; voy á despedazar las tradiciones y á lanzar la Fran- 
cia en el abismo de la revolución.» 

Tal vez los falsificadores de registro ensayaban también 
con esa gimnasia su aptitud para violar la ley, y se prepa- 
raban así para las altas posiciones de la vida pública! Lo 
cierto es que los falsificadores lo han podido todo, menos 
una cosa muy sencilla: no han podido formarse un carácter, 
no han podido investirse con aquella autoridad moral, solem- 
ne y suprema, que se impone por sí misma á la confianza 
pública, que no se discute y que no depende de la fortuna ni 
del poder. Por eso, los que han hecho su camino por el frau- 
de, han podido llegar sin dificultad á la eminencia política; 
pero el pueblo los observa siempre con recelo y les mira sin 
cesar las manos, como se vigilan las de un jugador tram- 



2b2 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

poso, porque en su instinto genuino el pueblo piensa que el 
que usurpó con el engaño un derecho precioso para utili- 
zarlo en provecho de sus ambiciones, puede apropiarse 
también los dineros públicos ó las ventajas que los equivalen. 

Los gobernantes y los círculos no son el pueblo, aunque 
vivan del sudor y de la sangre de él. En las evoluciones po- 
líticas, él es la víctima inocente, cuando no se le obliga á 
ser el instrumento de su propio martirio. El pueblo, así 
tratado, no tiene representación verdadera en la ley que se 
dicta. Aleja más y más su concurso de esa comedia de amar- 
gura y deja que se formen legislaturas y se nombren 
gobernadores por los que tienen el secreto de hacerlos; y las 
legislaturas corresponden admirablemente á su origen y los 
gobernadores se hacen gobierno para acertar ó errar en su 
tutela de los gobernados, conforme á su capacidad intelec- 
tual y moral, ó según la atmósfera de intereses y de pasio- 
nes que en su alrededor se condense. 

Veamos la legislatura y la administración actual. Sí, ac- 
tual! Los legisladores vienen de los círculos ó del registro 
falso; (no sé si los votantes salieron de los sepulcros mal cu- 
biertos de la Recoleta ó de la llanura de la Mar Chiquita, no 
son representantes del pueblo, que no ha concurrido á su 
elección. ¿Qué ha hecho la actual Legislatura? Ha cometido 
el mayor de los crímenes, mi estimado amigo! Ha puesto en 
las manos del gobernador las facultades extraordinarias, sin 
tener el coraje de este delito, como los representantes de 
Rosas. Todo el año 1873, y lo que va corriendo de 1874, el go- 
bierno ha cobrado y percibido las contribuciones sin la 
sanción de las leyes de impuestos que lo autoricen, lo que 
es una simple expoliación en gran escala, punible según las 



política interna 263 

leyes generales, y ha distribuido los dineros públicos sin la 
ley de presupuestos, única que puede autorizar tales gastos, 
lo cual constituye un delito de malversación, castigado como 
tal por las leyes. 

Y, sin embargo, esta tremenda violación de la Constitu- 
ción, que quita al pueblo hasta la débil protección de legis- 
laturas complacientes y lo entrega á la dictadura irrespon- 
sable de un poder personal, no hiere el sentimiento del dere- 
cho; todo el mundo paga el impuesto sin que á nadie le haya 
ocurrido resistirlo ante los tribunales, pidiéndoles una deci- 
sión judicial, conforme á la ley fundamental, que pusiera en 
evidencia tan alarmante situación. El pueblo se acostumbra 
á tales extremos, se calla, paga y sirve, muy satisfe- 
cho de que á la legislatura no se le antojara aumentar el 
peso de las contribuciones para hacer frente á nuevos 
empréstitos ó á gastos insensatos de los que poco apro- 
vecha. 

Esa legislatura á nadie responde de sus actos. Si las 
fuerzas de opinión continuaran inactivas y suplantadas 
como hasta ahora, los mismos representantes volverían en 
mayo á su asiento á representar lo que están representando: 
algunos subirían á puestos más conspicuos y con dos ó tres 
buenos discursos en que se enzalse «la soberanía del pue- 
blo, la nobleza del pueblo», con todos los lugares comunes 
del demagogismo, esos representantes, que á nadie repre- 
sentan y que tan admirablemente han desempeñado su co- 
metido, irían á ocupar un puesto en el congreso ó en algún 
ministerio nacional. El pueblo se corrompería un grado más 
con el espectáculo del éxito y no sabría cómo definir el pa- 
triotismo y el deber; se oscurecería su noción de moral y 



264 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

dejaría correr las cosas sin meterse en política hasta la 
cuarta generación. 

Hablo á quién me entiende, porque profesa ampliamente 
estas mismas ideas y es quizás más severo que yo en la 
apreciación de los hechos. Pero he necesitado traer á cuenta 
los elementos constitutivos de nuestra actualidad política 
para arribar al diagnóstico de la enfermedad profunda y or- 
gánica que nos aqueja como cuerpo social, y ver si los últi- 
mos sucesos son metamorfosis variadas del mismo cuadro 
de síntomas, ó si, al contrario, se presentan con una apa- 
riencia de reacción vital, para aconsejar en este caso *o que 
es preciso hacer á fin de ayudar á la natura medicatrix en 
sus esfuerzos sanitarios. 

El mal está en el ausentismo. El pueblo no existe sino 
como una hipótesis para la fórmula y como anima vi~ 
lix para la acción. Traer á la escena al pueblo y entre- 
garle la gestión de sus negocios, esa es la salud, esa es la 
verdad: que esa entidad soberana se convierta en realidad; 
y desde entonces, los agentes oficiales, los caudillos eleccio- 
nistas y los círculos serán arrojados del templo para no 
volver á él, sino en el caso de que el pueblo descuide ó aban- 
done otra vez su heredad. 

Cuando en la convención constituyente de Buenos Aires 
yo proponía que sus trabajos fueran presentados como un 
proyecto á la sanción del pueblo, era porque deseaba ser fiel 
á los principios constitucionales que rigen al mundo repu- 
blicano, y porque quería, al mismo tiempo, iniciar al pueblo,, 
con ocasión tan solemne, en el ejerecio de sus verdaderos de- 
rechos. Cada uno de los convencionales se hubiera constituí- 
do en instructor para buscar al pueblo, dentro y fuera de la 



política interna 26^ 

ciudad, agruparlo, explicarle detenidamente el alcance de 
la nueva ley, interesarlo y apasionarlo en cosa que es tan 
suya, é inducirlo á dar su aprobación ó á negarla delibera- 
damente al proyecto de constitución. 

Por más que los hombres prácticos negaran la posibilidad 
de este movimiento, yo afirmo que hubiera podido verificar- 
se, y repito ahora que hubiera debido hacerse para que la 
constitución fuera recibida como cosa propia por los intere- 
sados en su cumplimiento, y no cayera, como ha sucedido, 
en medio de un océano de ignorancia y de profunda indife- 
rencia. Una gran mayoría, compuesta de viejos y de jóvenes,, 
maestros en el secreto de las elecciones populares, condena- 
ron con su negativa mis opiniones, y se perdió esa oportuni- 
dad de fundar en la práctica el gobierno republicano, que 
no está en las constituciones, ni en las leyes, sino en la edu- 
cación del pueblo que se gobierna. 

No puedo dejar de referirle aquí lo que acabo de leer en 
los periódicos americanos del mes de diciembre, como com- 
probación de mi teoría. 

El Estado de Pensilvania, queriendo reformar su consti- 
tución, organizó por ley una convención constituyente que 
ha preparado, diré de paso, el mejor proyecto de constitu- 
ción que existe en los Estados Unidos. La convención, te- 
miendo que las grandes ciudades, como FilaJelfia, rechaza- 
ran el proyecto con su sufragio, por cuanto se habían intro- 
ducido en ella grandes vicios electorales, procedentes de 
muchos afios de corrupción, elaborada por lo que allí se 
llama ring, es decir, el círculo, dispuso que la votación se 
hiciera por otros medios que los antiguos, esperando que-? 

brar así las influencias perniciosas que se opondrían á toda 

31 



TÓ6 escritos y discursos del doctor g. rawson 

reforma moralizadora. Un caso judicial se suscitó con 
motivo de los procedimientos preliminares, y la Corte su- 
prema del Estado decidió en contra de la convención, ne- 
gándole el poder de modificar por sí las leyes existentes. 

La Corte suprema se expresa así: Una convención cons- 
tituyente es una rama coordinada del gobierno que existe 
para un objeto especial, por tiempo limitado y circuncripta 
en su acción á ciertos trabajos definidos. Sus poderes son 
estrictamente delegados y se ejercen para el solo fin de po- 
ner al pueblo en actitud de hacer cambios en sus institucio- 
nes actuales. Los resultados de sus trabajos son legalmente 
nada, mientras no sean vivificados por la aprobación del 
pueblo. 

Afortunadamente la constitución fué aprobada por una 
mayoría de más de 300 000 votos en el estado, dejando, ade- 
más de su bondad intrínseca, una preciosa jurisprudencia. 

Quise más tarde consignar en la constitución de Buenos 

Aires otra reforma que también iba al fondo del principio 

republicano; esta era la localización de la representación, 

• exigiendo que los diputados y senadores fueran vecinos 

del distrito electoral que venían á representar. 

Como la anterior, aunque por diverso camino, esta refor- 
ma venía á dar al pueblo respectivo una intervención nece- 
saria. Yo quería que, como en todos los estados de la Unión, 
-el partido de Tapalqué ó del Pergamino mandara uno de 
sus vecinos que conociera las necesidades locales, á repre- 
sentar la verdad de las opiniones de su distrito y viniera á 
' pedir y á imponer con su voto una legislación práctica, ca- 
paz de satisfacer las exigencias económicas, sociales ó 
-políticas de su localidad. Yo deseaba que ese conjunto de 



política interna. 267 

representantes, cualquiera que fuera el nivel de su capaci- 
dad intelectual, viniera á reclamar de la ciencia las leyes 
adecuadas para atenuar las calamidades y promover el ade- 
lanto de la campaña. Yo esperaba evitar por este medio 
que los doctores de la plaza de la Victoria tuvieran el privi- 
legio de representar á toda la provincia, sin saber cuales 
son las causas de la langosta, de la seca, de la mortandad 
de la hacienda, sin conocer los medios de extirpar estos ma- 
les y sin ocuparse, en fin, de otra cosa que de la política, es 
decir, de aprobar elecciones malas y de anular elecciones 
buenas; esperaba, en fin, que los modestos paisanos más dis- 
tinguidos por su capacidad entre sus convecinos, vendrían á 
legislar y no á disipar su tiempo como sucede ahora, y tra- 
bajarían con asiduidad, dictando leyes de provecho co- 
mún, seguro de que en la contracción y en el estudio se for- 
marían muchos hombres útiles, oradores y legisladores dis- 
tinguidos, como el sefior Orofio, cuyo origen popular es por 
lo menos tan modesto como los que describo. 

Tampoco pasó esa reforma, y se perdió otra oportunidad 
úe resucitar al pueblo con el estímulo de sus intereses y de 
sus directas responsabilidades. Desde entonces pensé con 
razón que mi influencia sería insignificante en el estudio de 
la Constitución: otras ideas habían prevalecido y yo me re- 
tiré creyendo que las declaraciones de principios, las garan- 
tías y las limitaciones de la nueva Constitución continuarían 
vagando en el vacío por la ausencia de un pueblo que no 
reformaba su Constitución sino que recibía una Carta sin 
la esperanza de ser representado por sus pares, y sin el co- 
rrectivo, al menos, de los gobiernos municipales, que no 
pueden existir sino como una sombra allí donde el pue- 



268 Esciuros y discursos del doctor g. rawson 

blo carece de educación política y vive en perpetua delega- 
ción. 

Con estas ideas, desde lo profundo de la soledad política 
en que me he constituido, observé y esperé durante un afio 
el movimiento que se iniciaba con motivo de la próxima 
elección de presidente. Ojalá, decía yo, que las grandes 
ambiciones que son un fuego consigan conmover é incen- 
diar el espíritu popular! Ojalá que este soberano destronado 
se incorpore al fin, sacudido por el estímulo de las grandes 
pasiones, tome posesión de su casa, y ponga al frente de 
ella al jefe de su preferencia, aunque no fuera acertada su 
elección! 

Consultado por algunos de mis amigos fui de opinión que 
no debía proclamarse un candidato presidencial, sin formu- 
lar primero un programa de los propósitos políticos y eco- 
nómicos de la lucha; que debía agitarse la opinión en todos 
los rincones de la República y promoverse la reunión de 
una convención electoral en un punto geográfico adecuada 
para que ésta, en nombre del partido qne se agrupare al re- 
dedor del programa, decidiese cual había de ser el candidato 
por cuyo triunfo se debía trabajar. 

Se redactó el programa, pero se cometió el error de desig- 
nar con él el candidato, y lo llamo error aún suponiendo 
que él mismo hubiera surgido de la elaboración orgánica que 
yo indicaba; porque, por más respetable y numeroso que 
fuera el grupo iniciador de Buenos Aires, su candidato apa- 
recería siempre dictado é impuesto, ó cuando más aceptado 
por los que vinieran más tarde á enrolarse en el trabajo. 

A pesar de estos defectos, el movimiento se inició con for- 
mas saludables y nuevas. Los promotores de la candidatura 



política interna 269 

se dedicaron á buscar hasta los más humildes ciudadanos 
en toda la extensión de la Provincia. Esas excursiones elec- 
torales, esas numerosas reuniones que se apresuraban á 
escuchar la palabra de hombres antes desconocidos para 
ellas, esa satisfacción dada al derecho de los que eran soli- 
citados á concurrir con su voto á un designio político; ese 
reconocimiento mutuo de lugares, de nombres, de personas, 
extrañas hasta entonces, unas para otras; esaelevación á la 
dignidad de ciudadanos activos de los que hasta la víspera 
se sentían olvidados por la oligarquía inteligente de la gran 
ciudad, ese roce, en fin, de intereses, de pasiones, de afectos 
que establecían prácticamente la solidaridad política por 
los resortes más geniales á la naturaleza humana, eran para 
mi observación un elemento novísimo saludable, capaz por 
sí solo de desenvolver el principio republicano con más efi- 
cacia que todos los mecanismos inventados con este fin. 

Acababa de recibir la carta de un amigo del estado de 
Ohio,el cual para explicarme su silencio temporal para con- 
migo, me decía: «No he podido escribirle en los meses pasa- 
dos, por mi ocupación en el Convex Presidencial. Durante 
dos meses he hablado tres horas cada día en diversas loca- 
lidades de mi Estado, y en una de ellas he tenido un auditorio 
de 15 000 personas.» Cuando me imagino que 10 000 oradores 
entusiastas como mi amigo habían recorrido todo el territo- 
rio de la Unión hablando al pueblo el lenguaje de sus inte- 
reses, el lenguaje del patriotismo y de la razón, ya en favor 
de uno ó de otro candidato, concibo cuan poderosa es la 
intensidad de esa luz que se derrama sobre la cabeza de los 
pueblos, cuan viva y sólida es la educación republicana que 
reciben, y me explico solo así el fenómeno único en la histo- 



27O ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

ría de la humanidad de que la sexta parte de los habitantes 
de una nación se haya encaminado en un día dado á las 
urnas electorales para depositar 6 000 000 de sufragios y di- 
rimir con ellos las cuestiones del momento que pueden acaso 
envolver los destinos de la República. 

Los trabajos electorales se hacían, pues, en la dirección 
que yo deseaba. Cuarenta mil ciudadanos se inscribieron 
para tener el derecho de votar. Era más de la décima parte 
déla población argentina de Buenos Aires, la cual alcanzaba, 
según el censo de 1869, á 340000 y llegaría escasamente á 
400 000 en el año 1873, si se consideran las leyes ordinarias de 
la progresión. No eran la sexta parte de los inscriptos, como 
en los Estados Unidos, pero eran, en proporción, cuatro ve- 
ces mayor que la inscripción de toda la república de Chile, 
que solo alcanzó á 49 000 en el aflo 1872, con sus dos millones 
de habitantes. Era mucho mayor todavía que la de cada una 
de las repúblicas sud-americanas, y era tres veces mayor 
que la más numerosa inscripción de Buenos Aires en los 
tiempos anteriores. Tal resultado colmaba mis deseos. El 
pueblo se había levantado; y cualesquiera que fueran los 
impulsos de los iniciadores del movimiento, el pueblo evoca- 
do estaba allí para expresar su voluntad. 

Bien sé que entre los agitadores electorales había muchos 
discípulos de la antigua escuela que trabajaban con sus an- 
tiguos medios; veía con dolor que se reclutaban instrumen- 
tos de crimen y violencia de uno y otro lado; que los agentes 
oficiales estaban lejos de guardar la circunspección y la 
imparcialidad que deben ser sus atributos; veía al monstruo 
de la mentira poniendo en discusión hasta los hechos mate* 
ríales que tenían centenares de actores y millares de testi- 



política i?*terna 271 

gos. La vieja levadura fermentaba con el calor de la lucha,. 
y la corrupción amenazaba apoderarse de la masa que se 
agitaba para fines republicanos. 

El I o de febrero debía decidirse, no la suerte de los can- 
didatos Mitre y Alsina, sino el destino de las instituciones ■ 
libres. Prevaleciendo la violencia, el asesinato, dispersándose 
los comicios con el terror, como otras veces, sustituyéndose 
á los electores el registro falso, todo el grandioso movimien- 
to quedaría inutilizado y desacreditado irrevocablemente 
para lo sucesivo; mientras que si la elección se verificaba en 
las vastas proporciones en que había sido preparada, bajo 
la atmósfera del orden y de la animación, que es la atmós- 
fera de la libertad, el pueblo en su verdadera acepción triun- 
faba de una tradición de muchos años, contra los agentes 
oficiales, contra las facciones brutales y falaces, y contra la. 
indiferencia popular misma, que es el fruto y á su vez la. 
causa del despotismo singular ó colectivo. Y esta observa- 
ción es más aplicable á la ciudad que á la campafta bajo 
ciertos aspectos, porque el peligro era mayor aquí y porque 
es en la ciudad donde se desenvuelve y donde se pro- 
paga el vicio político, como las epidemias pestilenciales, por 
causas idénticas. 

Delante del espectáculo así concebido, mi corazón de pa- 
triota no pudo reprimir el grito de triunfo encerrado en la. 
carta confidencial al doctor Costa. Ahora mismo, mi esti- 
mado amigo, después de Balvanera, de Ayacucho, del Sala- 
dillo y de tantos otros crímenes aislados, cuya enorme feal- 
dad noaltera,sin embargo,la verdad y la belleza del conjunto, 
repito, con el mismo entusiasmo de aquel día, el mismo 
clamor de victoria, esperando que encuentre eco en 



2J2 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

el generoso pecho del hermano republicano á quien me 
dirijo. 

Pero todavía necesito estudiar otra faz de la cuestión, pa- 
ra dar satisfacción á las reflexiones que usted hacía el 
día 4. 

La presercia y la ocasional intervención de las tropas de 
línea, á las que atribuye usted exclusivamente la sujeción 
de las bandas armadas para la elección, ¿fué ó no depresiva 
de la libertad del sufragio? ¿Fué' ó no conveniente ó necesa- 
ria? ¿Fué ó no legítima del punto de vista de la ley de elec- 
ciones y de la constitución federal? 

Desde luego, puede responderse sin vacilar, y espero que 
sin contradicción, que la intervención de la fuerza pública 
no ha menoscabado en el hecho la libertad de los electores. 
Al contrario, si ella ha contribuido á mantener el orden, 
dados los poderosos elementos conjurados para perturbar- 
lo, ha contribuido, en la misma proporción, á dar seguridad 
á los votantes, á inspirarles confianza, es decir, á ensanchar 
su libertad. Sobre este punto espero que no se levantará 
una queja razonable, á pesar de la pasión política que suele 
ser injusta en sus exageraciones. 

En cuanto á la conveniencia ó la necesidad de recurrir á 
las fuerzas de línea, no puedo desconocer que, conveniente 
ó necesario, ese recurso es en sí mismo doloroso, por los 
precedentes que establece. Su necesidad procede de la de- 
bilidad é ineficacia de la administración local. 

La misión del gobierno en los actos populares, es la de 
garantir el derecho y la libertad. La ley establece las con- 
diciones, la oportunidad y hasta los medios de hacer efecti- 
va esta garantía. Entre las condiciones se cuenta, en primera 



t*OLITlCA INTERNA 273 

línea, la previsión administrativa. Los agentes de la autori- 
dad deben ser todo lo contrario de loque son entre nosotros: 
deben ser, desde luego, imparciales, como si dijéramos auto- 
máticos en sus funciones, sin lo cual pueden estar investidos 
de autoridad legal, pueden ejercerla sin limitación y hasta 
diría sin resistencia, pero la autoridad moral, mucho más 
eficaz y saludable que la primera, faltará siempre á los en- 
cargados de la seguridad y del orden público desde que se 
dejen arrastrar por las pasiones del momento, porque desde 
entonces el machete del vigilante se convierte en instrumen- 
to mecánico de tortura que el pueblo por instinto elude ó 
rechaza. Y así han sido y continúan siendo, apasionados y 
parciales, los agentes de la ley entre nosotros. 

La previsión del gobernante ha debido percibir que se tra- 
taba de una lucha de mayores dimensiones de cuantas, en su 
género, la habían precedido, y ha debido apresurarse á re- 
montar sus elementos de seguridad, intimando sobre todo, é 
imponiendo, no con palabras sino con ejemplos prácticos, el 
criterio de la justicia. No se ha debido consentir el enrolamien- 
to en los partidos militantes á ninguno de los agentes oficia- 
les, sea cual fuere su categoría; no por razones de ley, sino 
por una perentoria conveniencia pública. Las órdenes 3 r decre- 
tos á la policía, á los jueces y comandantes de campaña tie- 
nen su valor; pero mucho más valen una media docena de des- 
tituciones motivadas, como ejemplares ó regla de conducta. 

En vez de esto, desde el primero hasta el último de los 
empleados, han mostrado su decisión por el uno ó el otro 
partido, engendrando así la desconfianza, por cuanto los re- 
presentantes de la ley, dejaban de ser tales para convertirse 

en partidistas apasionados. 

35 



274 ESCRITOS T DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSOtf 

Las pasiones han venido embraveciéndose en progresión 
creciente; y faltando las garantías que el gobierno debe á 
los individuos, estos se han convertido de adversarios en 
beligerantes, han conspirado, se han armado, se han ensa- 
yado en refriegas parciales, se han asesinado mutuamente; 
y bajo estos estímulos tan ardientes, se han regimentado y 
equipado para una gran batalla. 

Todo esto se ha hecho sin disimulo. La autoridad tutelar 
por su naturaleza, ha consentido á sabiendas que se prepare 
la catástrofe. Sabía ella que cada ciudadano estaba armado 
para matar ó ser muerto, que en cada parroquia había de- 
pósitos de armas de guerra destinados á ensangrentar esta 
populosa ciudad y á cubrirla de deshonra y de vergüenza: 
todo lo sabía y ha consentido que se verifique, teniendo el 
derecho, el deber y los medios de impedirlo, como si los 
agentes oficiales esperaran hacer pesar en favor de alguno 
de los partidos su influencia material cuando llegare la hora 
de la sangre. 

He aquí la más grave falta de la administración: no ha 
previsto la magnitud de los sucesos, no se ha preparado con 
la fortaleza debida, no ha robustecido su influjo moral por 
la purificación de su personal, y ha permitido, sin ignorarlo, 
que se consume el delito previsto y penado por las leyes, de 
que los ciudadanos se armen y concurran militarizados á 
las urnas. Dado este hecho, la autoridad se veía en la dis- 
yuntiva de dejar entregado el orden social, la vida y la pro- 
piedad de los vecinos, á las fuerzas anárquicas, disolventes, 
barbarizadoras, que estaban en conflicto, ó desarmarlas con 
la actitud imponente que asumió. Optó por lo segundo, é 
hizo bien; por su culpa habían llegado las cosas á aquel pun- 



POLÍTICA INTERNA 275 



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to; ella debía, bajo su responsabilidad, evitar los últimos extre- 
mos. El gobierno no venció á nadie con su actitud, sino á 
sus propios agentes, cómplices de los círculos inmorales que 
preparaban el sacrificio del pueblo por el asesinato y por el 
^ fraude. 

1 Por lo que hace á la legalidad y constitucionalidad del 

uso de la tropa de línea, el hecho irregular en sí mismo se 
-^ explica, si no se justifica, por la anomalía de la situación en 

£ que está colocado el poder ejecutivo nacional, en una ciu- 

E dad sobre la cual carece de jurisdicción, y cuya paz le es 

& indispensable, sin embargo, para el ejercicio de sus funcio- 

& nes. Como están las cosas, á cada paso las autoridades pro- 

& vinciales demandan el auxilio de las nacionales en hombres 

t y otros elementos, y la nación los presta sin vacilación, y 

fe sin dar á esto el carácter de una intervención. Repito que 

t: esto es irregular, repugnante al principio federal, pero que 

c se ha hecho consuetudinario y que no puede remediarse sino 

con el establecimiento de la capital definitiva de la Repú- 
• blica. 

Después de la exposición que acabo de hacerle, demasia- 
no pesada quizá para una paciencia humana, creo dejar de- 
mostrado que el I o de febrero fué un verdadero progreso 
republicano. No han triunfado los agentes oficiales, ni el 
fraude de los círculos. Ha sufragado la mayor masa de elec- 
tores que jamás se ha visto, han sufragado con libertad, 
á pesar de todos los elementos disolventes y corrompidos 
conjurados para evitar el resultado. Se ha operado el movi- 
miento popular de mayores proporciones conocido en Sud 
América, no por la citación vejatoria de los comandantes y 
de los jueces de paz, sino por las influencias ordinarias de 



276 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

la democracia. Se han organizado partidos poderosos que, 
agitándose con pasión y vigilando sus intereses, han quebran- 
tado los antiguos resortes mecánicos, y por su fuerte y sólida 
organización se han puesto encima de las facciones mismas 
iniciadoras del impulso; y para concretar en una fórmula 
este progreso, puede decirse: Venimos de la influencia oficial 
preponderante— -desde el I o de febrero, los comandantes y 
jueces de paz están vencidos, aunque para mantener su in- 
fluencia se lancen en el crimen. Venimos del imperio de los 
círculos, falsos sacerdotes de la democracia —desde el I o de 
febrero los círculos han sido sustituidos por el pueblo, y se 
han convertido en partidos. Venimos del fraude inicuo y 
del registro falso— desde el I o de febrero el pueblo ha dicho 
su palabra de verdad, y los falsificadores han tenido que 
refugiarse en sótanos oscuros y malsanos para conspirar, y 
allí serán perseguidos por la luz, por la justicia, hasta que 
queden reducidos á la condición de ladrones vulgares, cada 
uno de los cuales será indigno de estrechar la mano de los 
hombres honrados. 

Cuando hablo del pueblo, cuando lo amo y lo aplaudo, 
cuando quisiera concurrir á la regeneración política que ha 
iniciado, espero que no se imaginará usted que ese pueblo 
está para mí encerrado en un partido. El pueblo son los 
cuarenta mil inscriptos y los veintisiete mil votantes. He 
deseado el triunfo de un partido, si él podía realizarse sin 
el oprobio de la violencia y de los fraudes; y aunque la pre- 
ferencia es un derecho inmanente en cada ciudadano, no 
quiero dejar esta parte de mi criterio sin que usted conozca 
los elementos con que lo he formado. 

Apartado totalmente de la política militante, vi surgir la 



política interna 277 

cuestión electoral con el conocimiento de sus hombres y de 
las fuerzas morales que se ponían en agitación. Cuatro can- 
didatos se disputaban el favor de la opinión; yo debía prefe- 
rir uno, aunque no fuera sino por aquel instinto que irrecis- 
tiblemente determina nuestras simpatías cuando luchan 
entre sí dos ó más contendientes. Aunque mi preferencia 
fuera estéril por no convertirse en acción, tuve, pues, mi 
candidato, sin apasionarme de él y solo como un hecho psi- 
cológico relativo y no absoluto. 



Me ha sido imposible obtener el resto de e. ta carta. Ella no fué nunca enviada 
sino leida por el doctor Rawson, a la persona á quien iba dirigida. 

A* Xp. ■M, 



DIVERSA RESISTENCIA VITAL 

DE LOS SEXOS (1) 



Señor Ministro de Justicia, Culto é Instrucción Pública. 

Como le había ofrecido á usted, esperaba poder contestar 
sin más demora á la nota tan honrosa que me fué comunica- 
da por el ministerio á su cargo, con relación á la delegación 
que en mi persona se hace para representar la república 
en los congresos de Copenhague y de La Haya. 

Aún antes de que ese nombramiento me favoreciera, yo 
había formulado mi deseo, que puedo llamar ahora vivísi- 
mo, de asistir á esas grandes reuniones de la ciencia aplica- 
da á las cuestiones que me son familiares, por mi particular 
dedicación á su estudio. 

Algo que no se ha decidido todavía en el problema demo- 
gráfico de la sexualidad en la vida y en la muerte; algo que 
explicara ciertos misterios no comprendidos todavía ó no 

(1) En 1884, creo, el Dr. Rawson fué designado por el Gobierno de la Nación para 
representar á la República en los congresos de higiene de Copenhague y de La Haya. 

Por las razones que expresa, no le fué posible aceptar tan honrosa distinción; y 
con ese motivo me dictó la siguiente nota, de la cual conservé una copia, y cuyo ori- 
ginal, según mis informes, nunca llegó a manos del funcionario á quien iba diri- 
gida. 

A* B% Jn* 



28o ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

estudiados aún con la luz de la ciencia; alguna suges- 
tión, por modesta y humilde que fuera, presentada de- 
lante de aquellas eminencias científicas, era un propó- 
sito que interesaba mi amor y mi pasión por la ciencia 
misma. 

Hace muchos años que me ocupo de esta cuestión. El he- 
cho estadístico de que la mortalidad en el sexo masculino 
supere siempre á la del sexo femenino, sugiere problemas 
fisiológicos, histológicos aún, que vienen á relacionarse, en su 
evolución, con la sociología. 

Ese equilibrio perpetuo que la estadística universal nos 
enseña existir entre el número de los vivos de ambos sexos, 
no explica, sino que afirma, con la evidencia de las cifras, 
los diversos fenómenos que la demografía ha tomado á su 
cargo dilucidar. 

¿Por qué nacen más varones que hembras? ¿Por qué mue- 
ren también mayor número de los primeros que de las se- 
gundas? 

Para lo primero no hay datos suficientes, sino hipótesis 
variadas é injustificadas todavía por la experimentación ó 
por el raciocinio. 

¿Por qué mueren más varones que hembras? ¿Será tal vez 
por la necesidad de restablecer ese equilibrio de que antes 
hablaba? 

¿Será, acaso, como se dice generalmente, aún por los pen- 
sadores más consagrados á este género de cuestiones, que 
la índole de la vida que lleva el hombre, su mayor exposición 
á los peligros, sus pasiones más ardientes, sus habitudes 
corrosivas y ese cúmulo de rasgos característicos y fisionó- 
micos de su sexo en la vida social, determina, más á menú- 



RESISTENCIA VITA!, DE LOS SEXOS 28 1 

do, en el grupo masculino, mayor número de enfermedades 
y mayores pérdidas de vidas? 

Pero, todas estas hipótesis y explicaciones transitorias 
adolecen de defectos insanables. 

En cuanto al equilibrio, basta recordar que la natalidad 
masculina está representada, generalmente, por 103 contra 
100 femeninas, mientras que la mortalidad en la primera 
infancia está representada por 125 á 130 varones hasta un 
afto de edad por cada 100 hembras en las mismas condi- 
ciones. 

No existe, pues, el nivel matemático ni aproximado que 
se busca ó que se cree encontrar en los dos hechos antagó- 
nicos de la vida y de la muerte en la primera infancia. 

En cuanto á las influencias destructoras que afectan, se- 
gún el sentido común, con mayor intensidad á los varones 
que á las hembras, basta recordar el hecho que dejamos 
apuntado para la primera infancia, para hacer constar que 
esa diferencia tan considerable en la mortalidad de ambos 
sexos, no se explica por los mayores peligros de influencias 
exteriores á que el hombre está sujeto en el curso de la 
vida, puesto que el niño de un aflo y la niña de la misma 
edad, no están separados todavía en el ejercicio de sus fun- 
ciones fisiológicas y sociológicas, á punto que pueda atri- 
buirse á los unos mayores riesgos, y á las otras menores pe- 
ligros con relación á la vitalidad. 

Hay otras causas, pues, que están en el fondo de la exis- 
tencia de cada uno de estos seres, que constituyen el grado 
diverso de su resistencia vital . 

Por mucho tiempo me he ocupado de estudiar teóricamen- 
te esta cuestión vital; he buscado con toda solicitud los ele- 

96 



282 ESCRITOS T DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

mentos necesarios para resolverla ó aproximarme á su so- 
lución. 

La Anatomía, la Fisiología, la Histología misma deben te- 
ner el secreto, me decía: y en estos elementos he buscado 
con toda solicitud esos caracteres distintivos. 

Por desgracia, me ha faltado la materialidad de los me- 
dios de investigación. No he podido disponer, directa ni in- 
directamente, por más empeño que he puesto en ello, de 
cierto número de cadáveres de niños y niñas para realizar 
en ellos mis pesquisas; se acerca hoy el tiempo en que debo 
tener preparada mi doctrina en forma de ser escuchada con 
atención por los hombres de la ciencia, y me encuentro como 
el primer día, fluctuando en las inspiraciones de mi propia 
imaginación y teniendo por único recurso intelectual las 
convicciones preexistentes en mi ánimo. 

Empiezo por afirmar teóricamente que el secreto de la di- 
ferencia está en la composición íntima estructural de los 
centros nerviosos en uno y otro sexo. Discurro que, cuando 
la enfermedad viene á afectar el organismo de aquellos seres 
cuya vida empieza, se establece una lucha poderosa entre la 
vivacidad con que las funciones vitales se desempeñan, y la 
energía de las fuerzas destructoras que intervienen y llegan 
hasta aniquilar esa fuerza vital en movimiento. 

Hay centros nerviosos que presiden, indudablemente, á 
esas grandes funciones orgánicas. La circulación, la respi- 
ración, la digestión, la nutrición con ¿todos sus fenómenos 
químico-orgánicos y físicos concurrentes,* están presididos 
por ciertos focos cerebro-medulares, de tal manera que, si 
éstos llegan á ser deficientes, originaria ó accidentalmente, 
las funciones orgánicas presididas por ellos fallan en su de- 



RESISTENCIA VITAL DE LOS SEXOS 283 

signio y la vida se debilita, la energía molecular se atenúa, 
y cae, poco á poco, en la postración y en la muerte. 

Las mismas causas, las mismas influencias ejercidas so- 
bre los mismos órganos y aparatos nerviosos y orgánicos, 
se hacen sentir, sin duda, como muy persistentes, en el niño 
y en la niña que acaban de nacer; y cuando vemos que para 
100 ñiflas que sucumben en esta lucha, sucumben 130 niños 
en iguales condiciones, la lógica induce á creer que hay al- 
guna diferencia inmanente en esos focos ó centros nervio- 
sos que mantienen el equilibrio de la salud, y que esa dife- 
rencia favorece preferentemente á los seres del sexo feme- 
nino. 

Yo sé que en el bulbo raquiniano,'que en la protuberancia 
occipital, que en el cerebelo mismo, esMonde tienen su pun- 
to de partida y su irradiación esos nervios y aparatos de 
nervios que van á estimular y entretener la energía de los 
órganos complementarios de la vida; y deduzco lógicamen- 
tejque'esos focos en la mujer son más desarrollados que en el 
hombre, sea en sus dimensiones relativas, sea particular- 
mente en su gravedad específica, puesto que la sustancia 
gris del cerebro, quedes la que predomina en esos focos, es 
más pesada que la sustancia blanca cerebral; y que si esos 
focos están, como creo, más desarrollados en el sexo feme- 
nino, su peso, comparando el volumen y el peso de cada uno 
de los cerebros, relativamente ha de ser mayor que en el 
sexo'masculino. 

¿Por qué esta diferencia? 

Voy á exponer las causas que son, á mi juicio, determi- 
nantes de este proceso evolucionario. 

El niño y la ñifla no desempeñan, ciertamente, funciones 



284 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

diferentes en la primera infancia; pero, he aquí que la mujer 
está predestinada al ejercicio de cierto orden de funciones 
peculiares que Te darán su carácter distintivo desde la pu- 
bertad. He aquí que la mujer está destinada á ser madre; y 
que para esto la naturaleza ha preparado todo un aparato 
peculiar con funciones específicas marcadas, que vienen á 
constituir, como decía el padre de la medicina, «un ser den- 
tro de otro ser,» que viene á dar el tipo al sexo: el aparato 
uterino y sus anexos, por el cual la mujer es lo que es. Pero 
ese aparato tiene por rasgo distintivo y como una necesidad 
de su propio ser para las manifestaciones funcionales á que 
se le destina, un sistema ganglionar nervioso, difundido en 
el espesor de este órgano y puesto en seguida en relación 
radiante con el sistema nervioso general. 

Ahora bien: esa enorme masa de sustancia gris nerviosa 
que viene á constituir los millones y millones de ganglios bajo 
cuya influencia el útero y sus anexos, desempeñarán sus fun- 
ciones; esa enorme masa de sustancia no existe, ni rudimen- 
tariamente, en el útero apenas visible de la niña recien na- 
cida; y la evolución sucesiva de los años no hace sino desa- 
rrollar ese órgano, y traer hacia él, por decirlo así, por la ley 
de la selección, los nervios que va coleccionando y que com 
pletan el aparato en el momento solemne de la pubertad. 

Ese depósito, sabiamente previsto, se encuentra en algu- 
na parte. Mi convicción es que ese sitio son precisamente 
aquellos focos del encéfalo antes aludidos como presidiendo 
á las funciones salvadoras del organismo; y que la progre- 
sión embriogénica, desde luego, y la ley de crecimiento in- 
fantil, en seguida, van derivando, por decirlo así, para sus 
fines definitivos. 



RESISTENCIA VITAL DE LOS SEXOS 285 

Esta es mi teoría; y si alguna explicación anatómica ó 
histológica ha de encontrarse respecto del fenómeno de la 
diversa resistencia vital en ambos sexos, será precisamente 
la presencia de mayor suma de la sustancia gris en los tres 
focos señalados de la mujer, comparados con las mismas 
secciones cerebrales en el hombre. 

Mas, cuando la evolución haya sido completada con la 
pubertad ó esté adelantada, á medida que ésta se acerque, 
esos depósitos salvadores de la vida han sido atraídos pro- 
gresivamente al centro adventicio para el cual estaban des- 
tinados. Y, si el hecho es exacto, y si esta fuera, en efecto, 
la explicación del fenómeno que vengo estudiando, es claro 
que, en ese período de la vida, la resistencia vital femenina 
tiene que disminuir y aún descender mas allá de la repre- 
sentada por el varón. 

La estadística viene á confirmar esta hipótesis. La dife- 
rencia de mortalidad en contra del hombre, va disminuyen- 
do poco á poco, á medida que la vida avanza, hasta llegar á 
este período que he marcado como el máximum del desarro- 
llo uterino en la mujer. La mortalidad femenina en este pe- 
ríodo es mayor que la masculina; y si bien es cierto que en 
esta edad la mortalidad corresponde al grupo aquél en ge- 
neral muy reducido, comparado con los anteriores, en esa 
reducción, en ese límite se encuentra producido incesante- 
mente, sin cuestión alguna, el hecho fundamental de que, 
cuando llega la pubertad en la mujer, su vitalidad disminuye 
temporalmente y la mortalidad en su sexo es mayor que en 
la del sexo opuesto. 

Comienzan las difíciles funciones de la mujer, la menstrua- 
ción, la nervación exajerada, determinada por su propio ser 



286 ESCRITOS T DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSOK 

uterino, la maternidad con todos sus dolores, sus perturba- 
ciones patológicas, sus esfuerzos sublimes, la lactancia, los 
cuidados maternos, etc.; y esta enorme masa de responsabi- 
lidades y de trabajos de un organismo, al parecer tan deli- 
cado, tienen que compararse con las funciones decidida- 
mente musculares á que el hombre está destinado. Si, el 
músculo es la fuerza, en el sentido mecánico de la palabra. 
Se llama por eso el «sexo fuerte» á aquel en quien el sistema 
muscular encuentra su más alto desarrollo. El impulso me- 
cánico de que es capaz el hombre es incomparablemente 
superior al de su compañera en el camino de la vida, cuan- 
do esas fuerzas mismas lo llaman á desempeñar las funcio- 
nes sociológicas, económicas, industriales y mecánicas que 
le dan su importancia. Y si ha de juzgarse la fuerza vital 
por estas manifestaciones impulsivas y poderosas de la mus- 
culatura, comprendo que lleve siempre consigo el hombre 
el designio de «fuerte,» y las responsabilidades que como 
fuerte le impone la ley social. 

Ya están perfeccionados uno y otro organismo. La madre 
con su gestación, con su parto, con su lactancia; el padre 
con su trabajo muscular, con sus esfuerzos intelectuales, 
con su lucha para abrirse el camino de la vida. Y, todavía 
bajo este aspecto, la función modesta de la mujer la deja en 
la oscuridad del hogar, tan humilde, cuánto es débil apa- 
rentemente en la lucha con las dificultades de la existencia. 

Pero, sigámoslos más adelante. 

Desde la edad de 20 años la mujer ha vuelto á recobrar el 
rol que la estadística le señalaba antes de los quince. La 
mortalidad en el mismo grupo de mujeres y de varones de 
20 á 25 años adelante, es precisamente igual. Pero, desde la 



RESISTENCIA VITAL DE LOS SEXOS 287 

edad de 25 aflos, vuelve la mujer á ser más fuerte en el sen- 
tido de la resistencia y de la lucha con las enfermedades y 
con la muerte. Llegan ambos á la edad llamada crítica de 
45 aflos; y entonces se observa que desde 45 á 55 aflos, dos 
grupos formados cada uno de individuos comprendidos den- 
tro de estas edades de los dos sexos, ofrecen á la estadística 
una diferencia otra vez enorme en la mortalidad. Para cada 
100 mujeres de 45 á 55 ó 60 años que mueren de un grupo 
dado, mueren 125 varones del grupo correspondiente de su 
sexo. 

¿Qué ha sucedido en estos organismos paralelos para que 
sobrevenga de nuevo esa diferencia enojosa de los primeros 
días de la existencia? 

¿Se diría, acaso, que el hombre ha llegado á esta edad fa- 
tigado, desecho de sus propias obras, y que la mujer, por la 
naturaleza de sus funciones domésticas, ha conservado la 
energía relativa de su organismo? 

Pero, el hecho no es este. He señalado el paso, modesto 
pero doloroso y sangriento, que la mujer ha hecho en su 
existencia. He podido medir los esfuerzos de su lucha, com- 
parados con los aparentemente gigantescos del varón. Y, si 
el organismo decae en uno y otro por la fatiga y el cansan- 
cio de la labor constante, no parece que debiera ser la mu- 
jer, débil y pusilánime, temerosa, nerviosa, la que sufriera 
menos en la lucha que el hombre valiente y físicamente vi- 
goroso que hemos conocido á su lado. No es así. Es que en 
esta edad, llamada crítica, y en los cuatro ó cinco años an- 
teriores y posteriores, la mujer ha completado su misión; 
ese útero que era el que daba el tipo á la existencia femeni- 
na, ha cesado en sus funciones, ha desaparecido de la esce- 



288 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR O. RAWSOtf 

na, y las pérdidas, las perturbaciones profundas que de ese 
centro se derivaban y se hacían sentir en todo el ser feme- 
nino, han dejado de existir ya. La mujer queda libre de una 
tarea, entra en descanso, si así puede llamarse, á los últimos 
años de la vida, y toda la reserva vital que su organismo 
necesitó para la lucha, queda libre y exhuberante para en- 
tretener en la salud y para atenuar con su resistencia, las 
agresiones de los medios ambientes y patológicos; mientras 
que el hombre sigue en la lucha, sigue con la tarea, y su de- 
ficiencia de elementos de resistencia es cada vez mayor por 
la ley del desgaste de los órganos. Entonces se reproduce 
en este período de 10 á 15 años, el fenómeno originario que 
acompañaba la vida en su principio: y para cada 100 muje- 
res mueren 125 varones. 

Pero, antes del nacimiento, ya se empieza á sentir la 
diferencia, en aquel ser informe que se llama embrión y 
feto. 

Hay lo que se ha dado en denominar «nacido-muertos>, 
abortos, por causas imprevistas, no siempre comprensibles, 
muertos que no pueden sobrellevar las opresiones uterinas 
del nacimiento, ó que por cualquier otra causa sucumben á 
las influencias nuevas que los circundan al nacer; y, este 
grupo de fallecidos que no han alcanzado á ser niflos ni ni- 
ñas, propiamente dichos, constituye una masa considerable 
que la Demografía toma en cuenta. 

Parece que, mientras más cerca está el ser de su punto de 
partida, que es la fecundación, más visible es la diferencia 
que vengo señalando, entre los sexos, en lo que se refiere á 
la resistencia vital; al paso que, los diferentes caracteres 
de los sexos en sus manifestaciones anatómicas y fisiológicas, 



RESISTENCIA VITAL DE LOS SEXOS 289 

son más y más oscuros cuanto más en su origen ó en su pun- 
to de partida se les considera. 

El hecho es el siguiente: que si se toma en consideración 
el número de abortos ó nacidos muertos en un período dado, 
para cada 100 embriones ó fetos de esta categoría en el sexo 
femenino, hay 140 ó 145 en eJ sexo masculino. 

He estudiado la estadística de 27 años de la Francia ente- 
ra; y de esa estadística resulta que los nacidos muertos del 
sexo masculino, han superado á los del femenino en esa pro- 
porción; es decir, 15 á 18 por 100 mas que en los que mueren 
en la primera infancia hasta un año. 

Esto viene á probar todavía que no son causas accidenta- 
les como las opresiones del cerebro que se ejercen, según 
parece, con mayor energía, en el sexo masculino por razón 
de su mayor volumen, que en el femenino; esto viene á pro- 
bar que ninguna condición anatómica ulterior al nacimiento 
es tan poderosa para determinar la diferente resistencia en 
uno y otro, como lo son esos elementos embrionarios que 
empiezan á desenvolverse apenas, insensiblemente, durante 
la gestación en uno y otro sexo; y que si los focos centrales 
del cerebro, á que me he referido antes de ahora, encierran 
el secreto de esta diferente resistencia, ella será más mar- 
cada en el embrión ó en el nacido muerto, como se le lla- 
ma, que lo que era aún en la primera infancia. 

Todavía otra demostración. 

Los defectos funcionales que constituyen monstruosidades 
congénitas ó deficiencias fisiológicas ó anatómicas de ese 
carácter, son más abundantes en el sexo masculino que en 
el femenino. 

Los ciegos de nacimiento, los sordo-mudos, los idiotas son 

37 



29O ESCRITOS T DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

mucho más numerosos entre los varones que entre las mu- 
jeres. 

El idiotismo, según los censos de diversas naciones ame- 
ricanas y europeas que he compulsado, es el defecto cuya 
mayor proporción se acentúa más en los varones* á punto de 
que por cada 100 niñas ó mujeres idiotas, se encuentran 128 
á 132 niños ó varones de ese defecto. 

Es curioso que algunas manifestaciones de esta naturale- 
za, como el bocio, sea congénito ó adquirido, predomine 
más en la mujer que en el hombre. Dependerá quizás de la 
naturaleza de los tejidos afectados, porque algunas enfer- 
medades como la coqueluche son predominantes de prefe- 
rencia en la mujer, como si se tratara en este caso, lo mismo 
que en el anterior, de elementos del sistema ganglionar no 
secretorio. Quizás algunas excepciones mas puedan hallarse 
y existan, en efecto, poco pronunciadas, si se estudia la es- 
tadística de las enfermedades en la mortalidad. 

La tisis, si se toma el conjunto de las defunciones origina- 
das por este mal tan generalizado, se halla, como resultado, 
que el número de varones que sucumbe á él es siempre su- 
perior al de las mujeres. Pero, si se estudia el estrago de 
esta enfermedad en diferentes períodos de edades, se nota 
que viene á ser una contra-prueba de la demostración fisio- 
lógica hipotética enunciada al principio, puesto que las ni- 
ñas en su edad creciente hasta la pubertad, desde 10 hasta 
20 años, por ejemplo, tienen una mortalidad muy superior 
á la de los varones en la misma edad. 

Pero, en la primera infancia y en !a adolescencia y en la 
vejez, vuelven los varones á recobrar su desgraciada supe- 
rioridad ante la muerte. 



RESISTENCIA VITAL DE LOS SEXOS 2gt 

Quiero hacer una referencia final: la diversa mortalidad 
sexual que la estadística consigna bajo el imperio del rayo . 

La mujer muere raras veces, aun cuando en algunos casos 
no puede desconocerse que ha sido afectada por las descar- 
gas eléctricas; y el número total de muertes ocurridas por 
esta causa, puede estimarse proporcionalmente así: por cada 
3 mujeres, mueren 15 varones bajo la acción del rayo. 

La explicación de este fenómeno debe encontrarse tam- 
bién en la energía funcional del sistema nervioso, relativa- 
mente superior en la mujer que en el hombre. 

Están haciéndose estudios experimentales bajo mi direc- 
ción para determinar la diferente resistencia del organismo 
femenino para las corrientes eléctricas en su comparación 
con el masculino. 

Pienso que la rapidez con que las corrientes se hacen sen- 
tir bajo la influencia ó con el auxilio de la hiperestesia ner- 
viosa de la mujer, es la causa de que la corriente, por inten- 
sa que sea, pase sin hacer sentir su acción destructora y 
letal en su sexo; y la resistencia relativamente mayor en el 
hombre, hace que la descarga de su propia electricidad, bajo 
la influencia del rayo, no pase súbitamente, sino á expensas 
del organismo material, que destruye y cuya vida extingue. 

Se ve, pues, que la teoría expuesta, la razón y la lógica 
más severa aplicada á estos problemas profundos y miste- 
riosos, no tienen valor alguno si no vienen á ser justificados 
por la observación y la experimentación. Si se logra confir- 
marlos con los hechos, entiendo que se habrá dado un paso 
considerable en esta parte de la ciencia, que puede servir de 
punto de apoyo para conclusiones más prácticas y gene- 
rales. 



HIGIENE DE VALPARAÍSO 



Señor doctor don Javier Villanueva. 

Buenos Aires, agosto 25 de 1874. 

Distinguido colega y amigo : 

Llegaron á mis manos oportunamente sus dos interesantes 
cartas de 31 de mayo y 9 de junio, en las que se sirve 
comunicarme los datos sobre la mortalidad de Valparaíso 
en los años 1871, 72 y 73, que por conducto de mi amigo 
Clark me había permitido pedir á usted. 

La importancia de esos datos me ha ocupado seria y 
detenidamente, no solo porque se relaciona con mis estudios 
habituales, sino por afectar á esa hermosa ciudad, á la cual 
me ligan simpatías muy vivas. Las reflexiones que sus 
cartas me han sujerido, por una parte, y mis ocupaciones 
profesionales, por otra, han sido causa de que demore tanto 
tiempo mi contestación, y la expresión de mi agradecimiento 
por la benevolencia con que se ha prestado usted á favore- 
cerme con las noticias que yo necesitaba. 

No me era desconocida la excesiva mortalidad de Valpa- 
raíso. Habíala encontrado en las publicaciones de la oficina 



294 



ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 



de Estadística nacional de Santiago, pero estaba lejos de 
imaginarme que alcanzara á las enormes proporciones que 
se revelan en los cuadros que usted me envía. Tan extraor- 
dinaria me parece, que me siento inclinado á pensar que 
algún error se mezcla en las cifras envueltas en ese fenó- 
meno, sea en el número anual de defunciones (cosa que no 
es probable), sea en la cifra censal de la población, sea, en 
fin, porque se consignen como defunciones de la ciudad las 
que proceden de algunos distritos rurales vecinos á ella y 
que por falta de enterratorios propios manden á Valparaíso 
sus muertos. 

Quizá será esta última hipótesis la verdadera, en cuyo 
caso sería conveniente correjir los datos con la mayor 
exactitud posible. 

Entre tanto, observo lo siguiente : 

Tomando como buena la cifra que figura en el Anuario 
Estadístico de Chile, la población de Valparaíso sería de 
76 505 habitantes en 1871, 77 335 en 1872 y 77 113 en 1873, 
dando entonces el resultado proporcional que sigue, confor- 
me á los datos remitidos por usted. 



AÑOS 



POBLACIÓN 



DEFUNCIONES 



PROPORCIÓN °/, 



oo 



1871 
1872 
1873 



76 506 

77 535 
77 113 



4 942 
6606 
6082 



La mortalidad media anual. 



64,6 
85,4 
78,2 



75,0 •/. 



oo 



Pero los datos que Clark me ha mandado al mismo tiem- 
po, tomados de las publicaciones oficiales, difieren notable- 



HIGIFNE DE VALPARAÍSO 



295 



mente de éstos en cuanto á la mortalidad, y pueden resu- 
mirse así: 



AÑOS 


POBLACIÓN 


DEFUNCIONES 


PROPORCIÓN °/ 00 


1869 


75 837 


4 129 


54,3 


1870 


76 077 


3927 


51,6 


1871 


76 506 


3 714 


48,5 


1872 


77 335 


4 720 


61,0 


1873 


77 113 


4 646 


60,2 



La mortalidad media anua!. 



54,7 •/, 



00 



Según las explicaciones del señor Clark, la población 
urbana que figura en su cuadro es la de las parroquias del 
Salvador y de los Doce Apóstoles, agregando que entre las 
defunciones se incluye las de los hospitales, á los cuales 
asisten enfermos de otros distritos de la provincia, y que 
los muertos de esas procedencias, como que fallecen en los 
hospitales de la ciudad, se cuentan entre las defunciones 
que á ésta pertenecen. 

Como quiera que sea, y cualquiera deducción que se haga 
hipotéticamente por la razón antedicha, siempre será cierto 
que la ciudad de Valparaíso soporta una mortalidad, en 
números redondos, de 50 por mil de sus habitantes, si se to- 
ma en cuenta los años de 69 á 73 inclusive, según el cuadro 
más favorable que he tenido á la vista. 

En la memoria presentada por el señor Intendente de 
Valparaíso al Ministro del Interior, encuentro la declaración 
de que en 1872, la mortalidad ascendió á 62 por 1000 habi- 
tantes; y aunque en el mismo documento se menciona como 
media anual la mortalidad de 41 por 1000, esta aserción no 



20 



ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 



viene demostrada con exposición alguna de hechos de donde 
la deriva, de suerte que es más seguro el cálculo basado 
sobre los datos oficiales, mientras otros del mismo carácter 
y con igual autenticidad no vengan á rectificar sustancial- 
mente los producidos hasta ahora. 

La mortalidad estimada de 50 por 1000 es enorme. Pocas 
ciudades en el mundo civilizado pueden contar tan triste 
privilegio, y no conozco una sola que la sufra mayor en la 
actualidad. Las grandes ciudades europeas han alcanzado 
una salubridad envidiable, si se compara con la de Valpa- 
raíso, tomando como mejor criterio el presentaje de sus 
defunciones. 

El último trabajo estadístico del movimiento de las pobla- 
ciones urbanas en Europa, atestigua que la mortalidad 
media de cada año en un período de seis, contados hasta 
1872, está representada en estas proporciones : 

Londres 26,3 por 1000 habitantes 

París 28,4 

Bruselas 37, 

La Haya 37, 

Berlín 40, 

Viena ■. 41,6 

San Petersburgo 41,6 

Estockolmo 25,6 

Copenhague 25,6 

Munich 29,7 

Lisboa 23,8 

Madrid 40, 

En este cuadro de catorce de las principales ciudades de 
Europa, no figuran Constan tinopla ni Venecia, cuya mor- 
talidad es considerable, pero entiendo que asimismo ella no 
alcanza á la cifra de Valparaíso. 



HIGIENE DE VALPARAÍSO 297 

En cuanto á Londres y á las otras ciudades de Inglaterra, 
tengo á la vista el último informe presentado por el doctor 
Letheby, médico municipal, á la comisión de salubridad de 
la City sobre el estado sanitario de este distrito urbano. 
Los datos que dicho informe contiene son interesantísimos 
como que revelan el progreso sanitario de aquella localidad. 

La población de la City ha disminuido considerablemente 
en los últimos afios, corrijiéndose así una de las causas de 
mala salud, procedente de la aglomeración; ahora tiene un 
número de habitantes próximamente igual á la ciudad de 
Valparaíso. En 1873, las defunciones alcanzaron á 1 583 
sobre 76 604 habitantes, lo que da 20,6 por 1000, ó sea un 
muerto por cada 48,5 habitantes, mucho más baja mortalidad 
que la media de diez afios anteriores, que alcanzó á 25,1 por 
1000 (1 por 40,6). En las demás ciudades ó distritos urbanos 
de Inglaterra la proporción media fué de 24,9 por 1000 (1 por 
40) y en toda la Inglaterra, tomada en conjunto, la propor- 
ción fué en 1873 de 22,6 por 1000 (1 en 44). 

Estas cifras toman mayor importancia si se considera que 
la mortalidad de Londres había sido hasta fines del siglo 
pasado exactamente de 1 en 20, como la suponemos en Val- 
paraíso; si se reflexiona que la ciudad de Londres con sus 
3 200 000 habitantes daría 160 000 muertos en un año, según 
la proporción antigua, en vez de los 80 000 que ha dado en 
1873, se verá que economiza de esta suerte, en un solo año, 
una masa de población igual á la de Valparaíso ó á la de 
cualquiera ciudad de tercer orden. 

Me ocurre calcular lo que representaría en Valparaíso 

con sus 80 000 habitantes una reducción de su mortalidad 

proporcionada á la que se ha conseguido en Londres. Sien- 
as 



298 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

do á razón de 1 en 20, habrá 4 000 defunciones anuales, que 
es algo menos que la cifra real; pero si la salubridad mejora 
hasta reducir la mortalidad á 1 en 40, las defunciones serían 
de 2 000. Y considerando estos guarismos con la medida de 
los valores que ellos representan, si se recuerda que los 
americanos estiman en 1 000 pesos fuertes el valor de cada 
individuo incorporado á la nación, se deduce que Valparaí- 
so ganaría por el ahorro de población una riqueza de dos 
millones de pesos cada año. Pero si se agrega á esta refle- 
xión la de que cada individuo que muere supone por lo me- 
nos una docena de individuos enfermos; si se piensa que la 
enfermedad impone pérdida ó suspensión de trabajo en el 
que la padece y en el ó los que lo acompañan, ayudan ó 
asistan, y que estas fuerzas, perdidas para la producción, 
traen como cortejo inevitable los gastos excesivos é irrepro- 
ductivos, las privaciones consiguientes y la miseria agrava- 
da, entonces se encuentra uno sorprendido de la inmensa 
trascendencia económica de un estado de cosas tan deplo- 
rable, y muchos fenómenos sociales vienen á ser explicados 
por él. 

Vale la pena, pues, de dedicarse al estudio de una calami- 
dad tan aflijente. El sentimiento humanitario, en armonía 
con los intereses positivos de la sociedad, reclama perento- 
riamente una atención especial y preferente á la investiga- 
ción de las causas latentes ó visibles del mal; los hombres 
de ciencia, los hombres de Estado, los filántropos, la socie- 
dad entera debe conmoverse ante este mal inmenso, que re- 
tarda el progreso de los pueblos tan favorecidos por la na- 
turaleza, ahonda los abismos de miseria y consiguiente des- 
moralización de las clases desgraciadas, y deshonra hasta* 



HIGIENE DE VALPARAÍSO 2qg 

cierto punto á sociedades cultas del siglo xix, que se pre- 
sentan ante la civilización moderna en condiciones sanita- 
rias, dignas de la Edad Media. 

Usted sabe bien que las cuestiones sanitarias son la moda 
del día. La Inglaterra ha dado el grande ejemplo y sigue 
siendo hace treinta años la nación más perseverante y más 
enérgica en las reformas de ese carácter, habiendo obtenido 
como premio de sus trabajos y sacrificios los resultados de 
que antes hablaba. La organización legal de los servicios de 
salud, iniciada desde 1844, y seguida con perseverancia 
hasta el día, está consignada en una serie de leyes que han 
adquirido por su excelencia progresiva una notoriedad uni- 
versal. Los Boards ó comisiones organizadas por esas leyes 
para los diversos y variados objetos que se relacionan con 
la salud pública, presentan todos los aflos, y algunas dos ve- 
ces al año al Parlamento, preciosos informes, cada uno de 
los cuales es un libio voluminoso en el que se consignan las 
observaciones y revelaciones más preciosas y las más pro- 
fundas sugestiones de mejoras. El Parlamento no se desde- 
ña de estudiar esos preciosos documentos; los representan- 
tes del pueblo en la Cámara de los Comunes, los lores del 
reino y los ministros de la corona no esquivan su atención 
ni repugnan el penetrar en el conjunto y los detalles del 
pauperismo, del vicio, de la infección urbana por la acumu- 
lación, de la provisión de agua, de las calles y parques, del 
análisis de las sustancias más nauseabundas, de las letrinas, 
de las cloacas, de la polución de los ríos, etc.,— y esa socie- 
dad aristocrática desciende denodada hasta esas inmundi- 
cias, que nosotros apenas nos dignamos nombrar, y derivan 
de su estudio las leyes destinadas á corregir Iqs males y 



30O ESCRITOS Y DISCURSOS DKI. DOCTOR G. RAWSON 

traer la mayor suma de bienestar para el pueblo. Los inge- 
nieros y químicos más eminentes, los médicos más distin- 
guidos del Reino Unido, están incorporados como funciona- 
rios en esas comisiones generales ó locales de salubridad, y 
los ensayos más atrevidos se han verificado á costa de mu- 
chos cientos de millones de libras esterlinas, bajo la direc- 
ción de la ciencia, con el dinero de la nación, que es el dine- 
ro del pueblo, para hacer al mismo el más importante de 
los beneficios: reducir la mortalidad y las enfermedades á la 
menor expresión posible, aumentar de diez años la vida me- 
dia de los habitantes, y darles, con el goce de mejor salud, 
mayor vigor para el trabajo, más aptitud para el progreso 
moral, y levantar finalmente, el nivel de la dignidad huma- 
na. No necesito decirle que la Inglaterra está lejos todavía 
de llegar á la perfección higiénica y que los esfuerzos he- 
chos reclaman allí otros mayores en el porvenir; pero los 
resultados obtenidos son, asimismo, dignos de estudiarse, y 
los adelantos venideros merecen ser seguidos con avidez. 

Esta carta confidencial, dirigida á un hombre ilustrado, 
permiten la franqueza y hasta la pasión con que va escrita, 
cuyos defectos sabrá usted disculpar al catedrático de hi- 
giene y al colega habitualmente preocupado con este orden 
de ideas y con el progreso sanitario del mundo. Las mis- 
mas circunstancias me imponen también la obligación mo- 
ral de decirle mi opinión sobre las diversas causas produc- 
toras de la situación actual de Valparaíso; pero desgra- 
ciadamente carezco de ideas claras y determinadas sobre 
aquellas causas, por falta de conocimientos locales. Hace 23 

* 

años que visité por primera vez y única á Valparaíso. Perma- 
necí allí muy pocos días. El objeto de mi visita á Chile en 



HIGIENE DE VALPARAÍSO 3OI 

aquella época era político, ó más bien diré, de higiene polí- 
tica, pues se trataba de buscar colaboradores para la gran- 
de obra de saneamiento nacional que se iniciaba en la Re- 
pública Argentina por centésima vez y que dio al fin sus 
resultados en Caseros. De suerte que no ocupándome de to- 
pografía, de estadística ni de higiene, no he conservado re- 
miniscencias vivas de la ciudad, capaces de resistir en mi 
memoria al influjo de los años trascurridos y de las mil va- 
riadas preocupaciones que han absorbido desde entonces 
mi tiempo y mi vida. Para tener una opinión aproximada 
en los límites de mi insuficiencia, me sería necesario volver 
á visitar á usted y estudiar bajo su dirección uno por uno 
los elementos de sociabilidad que se relacionan con la sa- 
lud general, cosa que no espero realizar jamás, por vehe- 
mente que fuera mi deseo. 

Sin embargo, desde que recibí su carta he investigado 
entre mis amigos y he compulsado las pocas publicaciones 
que han llegado á mi poder sobre estos puntos. Con tan es- 
casos datos, voy á decirle lo que pienso, con la timidez na- 
tural de quien se considera incompetente por sí mismo y 
por la falta de información local, reduciendo mis observa- 
ciones á los siguientes puntos: 

I o Capacidad superficial de la ciudad. 

2 o Servicios de aguas potables. 

3 o Infección subsolar por faltas de desagües. 

4 o Cementerios. 

5 o Alimentación pública. 

Cada uno de estos puntos puede ser el título de un libro, 
lo conozco, pero mi única posibilidad es de estudiarlos su- 
perficialmente y sacar de ellos una que otra sugestión prác- 



$02 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

tica para someterla al juicio ilustrado y benévolo de 
usted. 

CAPACIDAD SUPERFICIAL 

Encuentro en la memoria del señor Intendente de Valpa- 
raíso, dirigida al Ministro del Interior con fecha 13 de Mayo 
de 1873, un dato tomado del informe del ingeniero munici- 
pal sobre la topografía de la ciudad. La superficie total de 
la parte llana de Valparaíso, comprendida entre la estación 
del Barón y los almacenes fiscales, es de 1 584 652 metros, 
distribuidos como sigue: 

Metros 
cuadrados. 



En calles, plazas y paseos públicos 241 163,46 

En lugares ocupados por habitaciones 1 343 490,02 



1 584 652,48 



Esta extensión total, según la población calculada por el 
señor Intendente, da para cada habitante un área de 19,57 
metros. La capacidad urbana así determinada es menos de 
la mitad de los cuarenta metros de que debe disfrutar cada 
habitante de una ciudad, como mínimum, según la opinión 
de todos los higienistas. El señor Izquierdo sufre una equi- 
vocación al comparar los 19, )7 metros superficiales por in- 
dividuo con los que le corresponden en París y en Londres, 
cuando afirma que en París tiene 10,87 metros en calles, 
plazas, etc., y solo 3,32 metros en hogar, lo que daría un 
conjunto de 14,19 metros y en Londres 8,42 metros en ca- 
lles, etc., y 2,87 metros en hogar, ó, lo que es lo mismo, 11,29 
metros por toda capacidad urbana, de donde resultaría que 



HIGIENE DE VALPARAÍSO 303 

Valparaíso con sus 19,57 metros estaría mucho más favore- 
cida que aquellas dos ciudades. 

Ahora bien: la densidad específica de París y Londres 
está determinada hasta 1872, atribuyendo á la primera ciu- 
dad 205 habitantes por hectárea, lo que da 48 metros para 
cada uno; y si se deducen, como lo pretende Fonssagrives, 
las 714 hectáreas formadas por las aguas del Sena, la pro- 
porción sería de 39 metros por habitante, bien que yo no 
encuentro razón para suprimir en el cálculo las superficies 
de aguas que están en el centro de la ciudad y que forman 
otras tantas ampliaciones superficiales donde el aire urbano 
circula libremente. En cuanto á Londres, su capacidad es 
mucho mayor, pues cuenta una densidad de 103 habitan- 
tes por hectárea, incluyendo habitaciones, calles, plazas, 
parques y jardines, lo que da para cada uno 97 metros. 

Esta densidad media de las ciudades varía seguramente 
en los diversos barrios ó cuarteles, siendo los unos tan poco 
poblados como el de Eltham ) en Londres, donde solo hay 
dos habitantes y una fracción por hectárea, mientras que 
otros, como el de Berwi'ek-Street, tienen 1 059 habitantes por 
la misma superficie. Lo mismo sucede en París y en todas 
las ciudades del mundo; siempre hay motivos accidentales ó 
permanentes que tienden á concentrar más la población en 
unos puntos que en otros; pero el recinto urbano se estima en 
su generalidad, dejando á la ley, á la buena administración 
y los consejos de la ciencia y de la experiencia, las correc- 
ciones graduales de esas derivaciones, hasta donde sea 
compatible con las exigencias económicas de la localidad. 

Rectificados estos datos, se acentúa más la importancia 
de las palabras del señor Intendente, cuando dice: 



3<H ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

«No debe sorprendernos que no teniendo Valparaíso el 
suficiente aire para respirar, por vivir en casas aglomera- 
das y en medio de calles tortuosas y estrechas y resguar- 
dadas por colinas un tanto elevadas, la mortalidad sea de 1 
por cada 24 habitantes (1 en 20 según se deduce de la esta- 
dística), mientras que en Londres es de 1 en 27 (1 en 40) y en 
París 1 en 32 (1 en 35).» 

Para tal estado de cosas, no hay más que un remedio, di- 
ce Mr. Levy: agrandarla ciudad, abrir calles y plazas, ba- 
jar la altura de las calles, espaciar y dispersar la población 
donde se encuentre excesivamente aglomerada, teniendo 
entendido que cada habitante debe gozar, por lo menos, de 
40 metros cuadrados de terreno. En conexión con un plan 
semejante de expansión, conviene no olvidar una de sus 
exigencias más características, y es la de proveer á la me- 
jor colocación de las familias pobres, promoviendo la cons- 
trucción de edificios baratos y espaciosos para alojar econó- 
micamente y bajo condiciones saludables á las multitudes 
que habitan ahora amontonadas en conventillos, que por su 
estrechura y capacidad cúbica, apenas bastarían para con- 
tener la décima parte de aquellos infelices que allí viven 
muriendo bajo la influencia del mefitismo de la acumula- 
ción, y sobrellevando las miserias físicas y morales que son 
la natural consecuencia de semejante situación. 

En Bruselas se ha emprendido esta última reforma con 
muy buen éxito, y en Londres se lleva á cabo con bastante 
eficacia, siendo de notar que la mayor parte de los fondos 
donados por Peabody para los pobres de Londres, han sido 
aplicados á la construcción ó habitación de Lodging Hous- 
ses y por el estilo de los que indico, y que el doctor Lethey, 



HIGIENE DE VALPARAÍSO 305 

en el último informe á que en otra parte me he referido, 
sugiere como un filantrópico empleo á la vez que remune- 
rativo del capital privado, el destinarlo á edificios con ese 
fin, donde el obrero encontraría alojamiento aseado, barato 
é higiénico para su familia. Entiendo que en Santiago se ha 
hecho algo muy bien ideado en el mismo sentido, lo cual 
sería un ejemplo digno de imitación. 

En cuanto á la superficie viable y á la superficie aereato- 
ria de Valparaíso, importa hacer notar que se halla en con- 
diciones singularmente desfavorables, si se la compara con 
otras ciudades. Representando por ciento el área cubierta 
por las casas, París tiene una superficie, en calles y paseos, 
de 25,0; Viena de 35,8; Boston de 26,7; Filadelfia, de 29 8; 
Nueva York, de 5,3; Washington, de 51,15. Cuanto más se 
acercan estas cifras á 100, tanto más aereada se puede con- 
siderar una ciudad, bien entendido que los espacios vacíos 
ó aereatorios deben estar íntimamente mezclados con el in- 
terior de las ciudades, como los parques de Londres, como 
los Boulevares de París, como las doce grandes avenidas, la 
plaza y el parque central de Nueva York. Los paseos extra- 
urbanos, cualesquiera que sean sus bellezas y atractivos, 
pueden ser agradables como recreo para los que puedan vi- 
sitarlos, pero no contribuyen á extender la capacidad super- 
ficial de la ciudad, ni dan un centímetro más á la área que 
corresponde á cada habitante. En Valparaíso, las calles, pla- 
zas y paseos, solo representa un 17,9 por ciento del área cu- 
bierta por los edificios. Esa escasa proporción da la medida 
de lo que hay que realizar allí para aproximarse á las exi- 
gencias de la higiene bajo este aspecto. 



3° 



30Ó ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

PROVISIÓN DE AGUA. 

No he podido informarme satisfactoriamente de la clase 
de agua usada en Valparaíso, ni de sus procedencias, ni de 
su cantidad; solo he visto en la memoria del Intendente, que 
en 1872 se han abierto tres posos de agua potable para el 
público, con sus correspondientes bombas en las calles de 
Buenos Aires, Rodríguez y San Ignacio. También he segui- 
do en los periódicos una importante discusión de la munici- 
palidad sobre un proyecto de provisión de agua por una em- 
presa particular, cuyo proyecto fué definitivamente recha- 
zado, sin que se indique claramente cuál será el plan que 
debe sustituirlo para llenar una necesidad que todos reco- 
nocen. 

Dos cosas sé de cierto: la primera, que sin una provisión 
abundante de agua de buena calidad, no puede haber una 
ciudad higiénica; la segunda, que las aguas de pozo son no- 
civas en diverso grado á la salud en ciudades de tres siglos 
de existencia como la de Valparaíso, que tiene un subsuelo 
infectado por la constante absorción de materia orgánica, y 
mucho . más cuando carecen de un sistema de drenaje sub- 
terráneo para eliminar inmediata y constantemente las im- 
purezas que son el producto natural de las agrupaciones 
hum'anas. 

De dónde se ha de conducir el agua; si ha de ser de una ó 
varias fuentes, son cuestiones técnicas á que la ciencia dará 
una solución; pero que tal problema debe resolverse sin de- 
mora, es cosa que no admite duda. No es cuestión de placer 
ó de comodidad: es cuestión de salud y de vida. 

Curioso es lo que pasa en Valparaíso. Situado en la costa 



HIGIENE DE VALPARAÍSO 307 

del océano, fuente y origen de todos los vapores y del agua 
que circula, fecunda y hace habitable el globo terrestre, y 
teniendo á sus espaldas las nieves eternas de los Andes que 
son el gran depósito de las aguas circulantes, Valparaíso 
carece, sin embargo, hasta la penuria, de ese elemento vital; 
y necesita buscarlo entre las filtraciones infectas del sub- 
suelo, para beber, disueltas ó suspendidas en ese líquido im- 
puro, las inmundicias de la vida social, que llevan á las en- 
trañas los gérmenes seguros del dolor y de la muerte. 

Si no puede afirmarse que la abundancia de agua sea la 
medida única de buena salud de una población, puede decir- 
se, sin embargo, que su escasez y mala calidad son causas 
infalibles de insalubridad. Usted sabe que es opinión autori- 
zada por la experiencia que la menor cantidad de agua de 
que cada individuo debe gozar en una ciudad bien atendida, 
es de cien litros. Muchas ciudades reciben una proporción 
cuatro y cinco veces mayor, y ninguna de éstas se ha queja- 
do hasta ahora deque la provisión sea excesiva. Los usos do- 
mésticos, municipales, desinfectantes y aun industriales del 
agua se multiplican á medida que la provisión se aumenta: 
siempre se halla algún empleo útil que darle. Nueva York 
recibe el agua cristalina del río Crotón en proporción de 
450 litros por individuo; y sin embargo, he leído en los pe- 
riódicos de aquella ciudad un proyecto de levantar agua del 
mar para ciertos destinos, entre otros el de apagar incen- 
dios, lo que prueba que la rica dotación de que disfruta, 
lejos de ser excesiva, parece á muchos deficiente. 

Apreciando, pues, en cien litros por persona y por día la 
dotación de Valparaíso, debería recibir una masa de agua 
de 10 000 000 de litros en las 24 horas, cuando la población 



i 



308 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

alcance á 100 000 habitantes, cantidad que dudo mucho pue- 
da obtenerse de una sola fuente, pero que es forzoso recibir 
de cualesquiera procedencia y con cualquier gasto que ese 
resultado demande. 

Examinando sobre este punto la referida memoria del In- 
tendente, veo que es umversalmente sentida la necesidad 
de agua abundante para la ciudad, y que se han hecho estu- 
dios de nivelación para procurarla de alguno de los ríos me- 
nos distantes, como el de San Francisco. Los resultados de 
la nivelación parece que no han sido satisfactorios y que ese 
proyecto ha sido virtualmente abandonado. No sé si me 
equivoco en estas deducciones, ni conozco los resultados del 
estudio, pero me permito nutrir la esperanza de que aunque 
las aguas de ese río, del Mapocho ó del Maipó, no pudieran 
ser conducidas para la distribución urbana por la sola fuerza 
de gravitación, sería posible siempre acercarlas bastante á 
la ciudad para que pudieran ser levantadas desde ese punto 
por fuerza mecánica, después de haber sido decantadas en 
vastos estanques y filtradas convenientemente para llegar á 
su mayor purificación. Por costoso que sea el trabajo de la 
presa de agua de los acueductos y del mecanismo de la as- 
censión definitiva, pienso que, tratándose de una ciudad de 
100 000 habitantes, tan rica y tan comercial, no faltarían re- 
cursos para llevar á cabo una obra de tanto interés. 

Es preferible en general proveerse de agua de los ríos, por 
la permanencia de su caudal y por su mayor pureza relati- 
va. Sin embargo, este plan requiere una severa policía para 
evitar la contaminación de las corrientes. Como justificación 
de esta condición indispensable, me basta recordar que, se- 
gún tengo entendido, la ciudad de Santiago arroja á la parte 



HIGIENE DE VALPARAÍSO 309 

de abajo del río Mapocho todas las inmundicias urbanas, que 
representan una masa enorme si se tiene en cuenta que ade- 
más de las materias excrementicias de 150 000 habitantes, 
que asciende por lo menos á 200 toneladas diarias, van tam- 
bién al río todas las aguas sucias del uso doméstico, que re- 
presentan un volumen mayor todavía y que contienen ma- 
terias orgánicas putrescibles en cantidad proporcional. 

La cantidad de lluvia en Valparaíso es escasa, si he de juz- 
gar por el cuadro que publica el doctor Carmona en su me- 
moria al Intendente, del que resulta que en el afto 1866 solo 
cayeron 21 centímetros de agua. Así se explica tal vez el 
poco ó ningún uso que se hace de estas aguas recogidas en 
algibes ó cisternas, y por eso también me inclino á creer que 
no puede contarse con esa fuente para la formación de gran- 
des estanques de donde pudiera surtirse la ciudad, fuera de 
que cuando esos estanques no tienen las proporciones de un 
verdadero lago, el agua se altera en ellos poco á poco en su 
perdurable inmovilidad, por más precauciones que se tomen 
para evitar la absorción de la materia orgánica de la atmós- 
fera y de los sitios circunvecinos. No obstante, las aguas de 
lluvia pueden utilizarse en la medida de su escasez, sea 
aconsejando y promoviendo el establecimiento de pequeños 
algibes en las casas, sea construyendo en lugares adecuados 
esos grandes depósitos en lechos impermeables, que se dis- 
tribuirían económicamente para los usos que permitiera su 
grado de pureza. 

No hablo de un vasto sistema de destilación del agua ma- 
rina, que en cierta medida y previa la conveniente aireación, 
podría también concurrir á satisfacer las necesidades de la 
población; éste sería un recurso extremo, al cual no se ha 



3IO ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

acudido todavía sino en regiones peculiarmente desgracia- 
das á este respecto y solo para un número reducidísimo de 
habitantes. Me acuerdo que Venecia con su terrible morta- 
lidad ordinaria, sirviéndose solo del agua de cisterna y ha- 
ciendo enormes gastos de perforación para buscar inútil- 
mente aguas artesianas, no ha intentado ni por vía de ensayo 
el sistema de destilación en grande escala. 

En cuanto al agua de los pozos, ya le he dicho mi opinión 
que concuerda, no sólo con la de todos los higienistas, sino 
con la del mismo señor Intendente de Valparaíso y la del 
Dr. Carmona. El agua de pozo en una ciudad de más de tres 
siglos, con las condiciones de aquélla, es indudablemente 
venenosa; quién sabe si del 5 por ciento que constituye la 
mortalidad de Valparaíso, un 2 por ciento á lo menos no se 
deriva del uso alimenticio de semejante líquido. 

INFECCIÓN DEL SUBSUELO. 

Este capítulo de mis observaciones es uno de los más im- 
portantes. Abraza todas las variadas causas que van infec- 
tando poco á poco el subsuelo de las grandes ciudades, y de 
cuyos efectos no puede haber escapado la de Valparaíso. 

De la constitución geológica de aquella región no tengo á 
la mano otro dato que el que suministra el informe del doc- 
tor Carmona cuando dice que el terreno del valle como el 
de las colinas inmediatas es arenoso, con una corteza vege- 
tal de uno á dos metros. Prescindiendo de la exactitud ma- 
temática de esta profundidad de tierra vegetal, me basta el 
aserto para comprender que la tierra es porosa y permea- 
ble, capaz de impregnarse ávidamente de la humedad y de 
mantener la materia orgánica disuelta ó suspendida en la 



HIGIENE DE VALPARAÍSO 3II 

humedad superficial ó absorbida en los depósitos subterrá- 
neos á que se acude generalmente para sepultar los residuos 
de la vida doméstica y municipal. La atmósfera de Valpa- 
raíso es húmeda, hasta el punto de que en el año 1869, único 
de que tengo noticia por el cuadro del doctor Carmona, 
hubo solo 19 días de lluvia, 72 totalmente nublados, 170 nu- 
blados en parte y 43 días de niebla. Esta condición higro- 
métrica produce necesariamente la humedad del suelo, y 
más que todo la del subsuelo, por razón de su permeabi- 
lidad. 

Sin un sistema de drenaje permeable subsolar, la condi- 
ción mencionada es y será siempre una causa eficaz para la 
producción de la tisis tuberculosa, según lo comprueba la 
experiencia realizada en vastas proporciones en Inglaterra, 
de la cual resulta que en las ciudades de subsuelo húmedo 
donde se ha establecido el drenaje, la mortalidad de la tisis 
ha disminuido hasta la mitad. La interesante carta de usted 
me hace saber también que la tuberculosis es una de las en- 
fermedades que más estragos hace en Valparaíso, cosa que 
pasa también en Buenos Aires, donde la mortalidad por esa 
causa ha llegado á u¿i 13 por ciento de la total, mientras que 
en Inglaterra, el país clásico de los tísicos, la proporción 
ha bajado de 17 á 11 por ciento después de realizados los 
grandes trabajos sanitarios de las principales ciudades. 

Pero no es solo la humedad lo que daña á la salud; es so - 
bre todo la humedad infecta. Tengo entendido que el siste- 
ma de letrinas adoptado en Valparaíso es el de fosas perma- 
nentes que se desocupan periódicamente con cierta frecuen- 
cia. El de los sumideros consiste en la efusión délos líquidos 
usados en depósitos subterráneos que no son evacuados. 



312 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

También entiendo que las letrinas no son impermeables ó 
de cisterna, á lo menos en la generalidad, y mucho menos 
los sumideros desde que se les confia indefinidamente et 
depósito de las aguas sucias. 

La evacuación de las letrinas se hace á descubierto por la 
noche en vasijas abiertas ó mal cerradas; y el contenido se 
derrama en el mar ó en la ribera. Es evidente que semejan- 
te tratamiento arroja cada noche en la atmósfera de las mal 
ventiladas calles y en las casas las emanaciones gaseosas 
mefíticas de esa procedencia, y que las materias sólidas y 
líquidas echadas al mar, son depositadas como resaca en la 
ribera, puestas á descubierto y exhalando los gases impuros 
que vuelven á la ciudad por la brisa ó los vientos del mar 
que reinan diariamente y á veces con persistente tenacidad. 
Sería interesante hacer un experimento con la atmósfera 
durante el reinado del viento del mar, para averiguar si 
contiene en altas proporciones el ozono, que es tan pronun- 
ciado en el viento marítimo: si no se le encuentra ó solo se 
descubre en mínimas proporciones, el hecho de la infección 
de la ribera es innegable, y los efectos perniciosos son se- 
guros, aunque el fenómeno no se perciba por el olfato. 

Entre tanto, la letrina permeable no se limpia del todo ni 
se desinfecta. Las materias que quedan después de la ope- 
ración adheridas á las paredes de la fosa son absorbidas 
constantemente por la tierra porosa; y en razón de la capi- 
laridad son conducidas con asombrosa actividad en la di- 
rección de las corrientes subterráneas, se mezclan íntima- 
mente con la humedad, y cuando se abre un pozo ó una 
noria, el agua que vierte es orgánica, corrompida y putres- 
cible, fuera de que las mismas leyes físicas permiten que los . 



HIGIENE DE VALPARAÍSO 313 

gases producidos en las capas de tierra impregnadas con 
estas materias, se exhalen á la superficie, concurran otra 
vez á viciar la condición de la atmósfera, antes de haber 
sido oxidadas y mineralizadas por el oxígeno, que no ha po- 
dido ir á buscar aquellas sustancias por la saturación aíuosa 
del subsuelo. 

Lo que pasa con las letrinas se verifica también con los 
sumideros. Las aguas servidas son absorbidas y conducidas 
á mucha distancia, infectando la tierra, contribuyendo á la 
contaminación de pozos y exhalando enormes masas invi- 
sibles de gases mefíticos, que envenenan el aire respirable 
y engendran multitud de enfermedades, como las fiebres ti- 
foideas, la disentería, la diarrea y muchas otras afecciones 
intestinales y zomáticas. 

El régimen de las letrinas puede mejorarse adoptando al- 
gunos de los diversos planos que se han ensayado. Las fosas 
movibles é impermeables ó aun las fijas del mismo carác- 
ter, rodeándolas de las precauciones convenientes, pueden 
atenuar el mal. La evacuación periódica puede hacerse, 
previa desinfección, por medio de toneles neumáticos absor- 
ventes, como se usa en París y Buenos Aires, conduciendo 
las materias á larga distancia de la ciudad para echarlas al 
mar, ó internándolas en él hasta un punto en donde las ma- 
reas no puedan traerlas á la ribera ni á sus inmediaciones. 
Puede emplearse la tierra seca como seguro desinfectante, 
ó adoptar, en fin, cualquiera de los expedientes ensayados 
con éxito variable. 

Sin embargo, dada una provisión de agua abundante, la 
mejor, la única solución eficiente del problema es el estableci- 
miento de ios watter-closets y la planteación de las cloacas 

40 



314 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

subterráneas impermeables, que conduzcan desde las casas 
á los canales colectores de las calles y de éstas á una gran 
cloaca interceptora, todas las materias excrementicias, las 
aguas servidas y todas las inmundicias, que pueden ser 
arrastradas con ellas. El producto de las cloacas puede ser 
precipitado al mar á la profundidad conveniente, ó puede 
utilizarse para la irrigación y la agricultura, dando á los 
conductos evacuadores la dirección adecuada. 

Valparaíso está admirablemente dispuesto para la adop- 
ción de este sistema,, á causa de sus fáciles declives, que per- 
miten establecer la canalización de manera que la corriente 
se verifique por simple gravitación. Comenzando desde las 
alturas de las colinas, y atravesando profundamente la ciu- 
dad, estos canales harían el servicio de colección y de eva- 
cuación con la mayor facilidad, no necesitándose quizá de 
la fuerza mecánica sino para el caso de levantar el líquido 
cloacal al nivel de las tierras que se destinasen para el riego 
y la cultura agrícola. Buenos Aires realiza en este momento 
las grandes obras de saneamiento sobre estas bases, notán- 
dose en la mayor parte de las ciudades europeas y america- 
nas un movimiento uniforme ep el sentido de introducir este 
sistema de circulación subterránea, que tan admirables re- 
sultados ha producido en Inglaterra, 

Me permito remitirle un folleto en que está explicado el 
plan que se realiza en Buenos Aires, con algunas mejoras 
de importancia, entre las cuales menciono el destino para la 
irrigación que se dará á los líquidos cloacales para no infec- 
tar el río. 

En cuanto al efecto que este género de trabajos ha produ- 
cido en el estado sanitario de las ciudades donde se ha apli- 



HIGIENE DE VALPARAÍSO 3I5 

cádo, es admirable y decisivo como demostración de la 
excelencia del sistema. 

Desinfectar el suelo por medio de la evacuación continua 
y rápida de las sustancias orgánicas que lo impregnan en 
el régimen actual, es una obra digna de emprenderse por un 
pueblo civilizado. Es también cuestión de dinero emplea- 
do en economizar vida y ahorrar dolores. Los sacrificios 
hechos para este santo fin son retribuidos ampliamente por 
la naturaleza. 

CEMENTERIOS 

No contribuye poco á empeorar las condiciones sanitarias 
de una ciudad la mala colocación ó estrechez relativa de 
sus cementerios. 

Si mis recuerdos me son fieles, el cementerio principal de 
Valparaíso está situado en una elevación propia. No sé si 
su orientación está ó no en dirección de los vientos reinan- 
tes, ni puedo decir si los declives del terreno que lo forma 
están en el rumbo de la ciudad. Puntos son estos que desea- 
ría conocer, por la influencia que ejercen, sea porque los eflu- 
vios ordinarios de esta clase de establecimientos insalubres 
son arrastrados hacia la población por la preponderancia de 
los vientos, sea que los líquidos de las lluvias y los de las 
filtraciones pútridas subterráneas de los mismos, se desli- 
zan hacia la región urbana y concurren así á la infección. 

Lo que sé por la memoria del señor Intendente es que el 
terreno es estrecho. Establecido como un axioma que las 
inhumaciones deben permanecer intactas por cinco afios á 
lo menos, tiempo mínimo que se requiere para completarse 
la putrefacción y mineralización del cadáver, resulta que el 



3l6 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

terreno del cementerio debe ser tan extenso que pueda con- 
tener á lo menos cinco veces la mortalidad media de la po- 
blación. De lo contrario, las exhumaciones tienen que ha- 
cerse prematuramente, y las emanaciones pútridas que se 
originan en esa operación, se esparcen en la atmófera y la 
envenenan con una intensidad alarmante. Creo que esto 
sucede en Valparaíso, á estar á los términos de la memoria 
referida, y es ésta tal vez una de las reformas más pronta- 
mente reclamada allí. Ensanchar y sanear el cementerio ó 
formar otro en sitio distinto y más distante, es cosa que no 
sería excesivamente costosa, y que daría resultados sanita- 
rios inmediatos. 

Usted recordará nuestro cementerio de la Recoleta. Des- 
de su fundación en el año 1822 hasta fin de 1872, ha recibido 
en su reducido recinto de dos manzanas escasas, 200 000 
cadáveres (199 573), á razón de 4 000 anuales por término 
medio, en un espacio donde solo se deberían haber sepulta- 
do 98 á 100 000, si se hubieran consultado las exijencias ri- 
gurosas de la higiene; de donde resulta que han tenido que 
verificarse exhumaciones anticipadas con su consiguiente 
acompañamiento de exhalaciones pútridas correspondientes 
á la descomposición de cien mil cadáveres. Estas emana- 
ciones de un sitio colocado en la dirección de los vientos 
reinantes del Norte, han contribuido con otras muchas cau- 
sas, á no dudarlo, á deteriorar la atmósfera urbana, á produ- 
cir una mortalidad ordinaria anual de 1 en 29, y á preparar 
las horribles catástrofes del cólera y de la fiebre ama- 
rilla. 



HIGIENE DE VALPARAÍSO 317 



ALIMENTACIÓN PÚBLICA 



Apunto entre las causas deletéreas de Valparaíso una cu- 
ya existencia no me consta, pero que la derivo de un detalle 
de la memoria del señor Intendente. 

Parece que los mercados de abasto no sufren una inspec- 
ción eficaz, si es que alguna tiene lugar. En el matadero 
público se han beneficiado 117 133 animales, de los cuales sólo 
se han desechado tres: dos cerdos y un ternero!....En la City 
de Londres, cuya población es casi igual á la de Valparaíso, 
el doctor Letheby dice que los inspectores de mercados con- 
denaron y destruyeron en 1873, 1/8 626 libras, ó sea cerca de 
ochenta toneladas de carne como inadecuada para alimento 
humano, distribuida así: 99 589 libras de carne enferma } 54 499 
libras de carne podrida, y 24 538 libras de animales que 
habían muerto por accidente ó enfermedad. Además fueron 
condenados y destruidos más de un millón de pescados, con 
un peso de 400 toneladas, lo mismo que gran cantidad de 
frutas y de mariscos, cuya prolija enumeración viene con- 
signada. 

La enorme diferencia entre los resultados de la inspeción 
de mercados de Valparaíso y la de la City, depende de una 
de dos causas: ó las provisiones de Valparaíso son tan irre- 
prochables que solo han podido desecharse dos cerdos y 
un ternero, ó la severidad de la inspección es muy diferente 
en uno y otro caso. Usted me permitirá que me incline á la 
segunda suposición, y que señale esa deficiencia como una 
de las causas concurrentes al cinco por ciento de mortalidad 
que desvasta aquella ciudad y detiene su progreso con el 
tremendo fantasma de la muerte. 



318 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

Cuando se contempla á Valparaíso con sus calles estrechas 
y tortuosas, sin ampliaciones aereatorias, reducidos sus habi- 
tantes á la mitad de la dotación de terrenos superficiales que 
se les debe; usando para bebida y alimentación de una agua 
escasay de mala calidad; con su subsuelo húmedo é infectado 
de materia orgánica; con los cadáveres de sus muertos rea- 
pareciendo antes de dos años á la superficie en plena des- 
composición pútrida; sin una vigilante inspección de sus 
mercados de abastos capaz de evitar el uso de alimentos 
malsanos; cuando se estudia este conjunto, viene á los labios 
involuntariamente aquella célebre expresión de Bossuet:— 
El milagro es la vida. 

Aquí me detengo, mi estimado doctor, no porque haya 
terminado lo que tenía que decirle, sino por el temor de 
que esta carta tan difusa agote su paciencia para leerla y 
me presente á sus ojos como un viejo charlatán que no sabe 
cuando acabar una vez que comienza á hablar sobre su te- 
ma favorito. 

Las cuestiones de higiene son nuevas, pero vienen impo- 
niéndose con imperio á las sociedades modernas. Creo que 
Chile debe tomarlas en cuenta desde luego y hacerles fren- 
te con la energía viril que desenvuelve siempre que algún 
interés nacional está comprometido; y á fe que la salud y 
la vida son intereses nacionales de primer orden. Por cau- 
sas varias, quizá muchas de ellas desconocidas, la mortalidad 
en las ciudades de Chile es generalmente muy elevada, so- 
bre todo de Valparaíso al Norte. La mortalidad media de 
Santiago en los últimos cinco años, ha sido de 1 en 24,53, 
mayor aún que la de Berlín y de Madrid, y casi igual á la 
de Viena y San Petersburgo; y ésto sucede en Santiago á pe- 



HIGIENE DE VALPARAÍSO 319 

sar de sus plazas, de sus paseos públicos y dé la inteligente 
y patriótica vigilancia de su actual Intendente, tan admira- 
ble en su consagración. En el primer semestre del corriente 
aflo han tenido lugar 4 700 inhumaciones en Santiago, y si 
así sigue hasta fin del afio, las defunciones llegarán á una 
proporción igual ó mayor que la de Valparaíso, lo que prue- 
ba que, además de la extensión superficial, hay otras mejoras 
que no están suficientemente estudiadas todavía, como será 
tal vez la que se refiere al régimen de las letrinas y de las 
aguas sucias, respecto de lo cual se ha adelantado poco, á 
mi entender, sobre las prácticas que Vd. conoció cuando vi- 
sitó por primera vez la capital de Chile. 

Es necesario, pues, tocar la alarma é iniciar un movimien- 
to nacional de reformas sanitarias digno de aquella Repúbli- 
ca. Una legislación bien meditada, el concurso de todas las 
voluntades y de todas las inteligencias cultivadas de la Na- 
ción, darían cima á la empresa, que no se puede realizar de 
improviso, pero que reclama la mayor perseverancia ayu- 
dada del tiempo. 

Me permito enviarle el último tratado de higiene que 
ha llegado á mis manos. Es eminentemente práctico, y tie- 
ne capítulos preciosos. Tengo muchos otros libros ingleses 
y americanos, que pongo desde ahora á su disposición* 
Usted tiene un hijo ingeniero notable y joven que tal vez 
se apasione de este género de estudios, á los que se han 
consagrado muchos ingenieros eminentes en Inglaterra y 
han recogido con ello gloria y fortuna. 

Por si le fuera de alguna utilidad, me tomo la libertad de 
recomendarle, entre otras, la colección de leyes inglesas 
desde 1844 hasta la fecha; los informes de los Boards ó co- 



320 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

misiones generales ó locales establecidas por leyes para ob- 
jetos de sanidad; la obra de Cornfield sobre el tratamiento 
y utilización del producto de las cloacas; el prontuario que, 
con el título de «Manual de Salud Pública», acaba de publi- 
car el señor Hart en Londres; el libro de Freysinet; la colec- 
ción de trabajos de las comisiones sanitarias de Francia; lo 
mismo que los informes interesantísimos del Board of He- 
alth de Nueva York, y sobre todo los de Boston. Esto cons- 
tituiría una buena biblioteca, que se iría complementando 
progresivamente con las publicaciones periódicas de la mis- 
ma materia. 

Acabo, en fin, pidiéndole mil perdones por haberle obli- 
gado á leer tan larga carta. Empezando á escribirla no he 
podido detenerme, hasta que mi propia fatiga me advierte 
que la de mi benévolo lector ha de ser mayor, por la inco* 
rrección de lo escrito y por la aparente impertinencia que 
implican los consejos no pedidos, y dados sin autoridad su- 
ficiente. 

Cuento con su bondad y me repito 

De Vd., afectísimo colega y amigo, 

G. Rawson 



■•;>:>• 



LA VACUNA Y SU PROFILAXIS 



Nueva York, diciembre 29 de 1876. 

Al señor Presidente de la Asociación Médica Bonaerense. 

Señor: 

Desde que llegué á los Estados Unidos no he perdido de 
vista el estudio de una cuestión sanitaria que para nuestro 
país tiene particular interés. En todas las ciudades que he 
visitado, he investigado atentamente lo relativo al sistema 
de vacunación y á su eficacia profiláctica; y finalmente, á 
mi regreso á Nueva York, he podido recoger datos muy im- 
portantes, mediante la cortés deferencia del Board of Health 
(Consejo de Higiene), y sobre todo, la del Jefe del Depar- 
tamento de vacuna, que ha puesto á mi disposición todos los 
datos que posee sobre tan importante materia. 

La estadística de la mortalidad por la viruela en la ciudad 
de Buenos Aires, no puede ser más alarmante: 4512 defun- 
ciones por esta causa en siete años, lo que da un término 
medio de 644 anuales, es excesiva; pero si se agrega la de la 
campaña, donde han perecido por la misma causa 7841 en 
solo los cinco años corridos desde 1869 hasta 1873 inclusive, 

41 



322 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSOK 

es decir, 1568 por año, en término medio, sobre una pobla- 
ción de 350 000 habitantes, entonces el hecho es verdadera- 
mente vergonzoso, y clama por una atención preferente de 
parte de las autoridades y del pueblo todo. 

El Board of Health de Nueva York, en su informe de 1873, 
hablando de la severidad de la viruela y demostrando que 
la disminución de sus estragos solo es debido á la generali- 
zación de la vacuna, cita al Japón y á la Confederación Ar- 
gentina como naciones donde la vacuna se emplea poco, y 
donde, por consiguiente, las epidemias variólicas se presen- 
tan con su primitiva severidad. La estadística demuestra 
que en los no vacunados que son atacados por la viruela, la 
mortalidad es de 33 á 35 por 100. De todos modos, y sin te- 
ner á la mano los datos que servirían para apreciar compa- 
rativamente la mortalidad relativa por la viruela en Valpa- 
raíso y otras ciudades de la República de Chile, y tal vez en 
otras ciudades de Sud América, y sin conocer siquiera con 
aproximación los estragos, lo que pasa en las demás provin- 
cias argentinas, no puede negarse que 3217 defuncionesj'por 
esta causa en la campaña de Buenos Aires en 1871, sobre 
una mortalidad total de 11 110, y 3109 en 1872sobre 10 803, es 
una proporción enorme que justifica el ingrato privilegio de 
que se nos compare con el Japón bajo este punto de; vista. 

Las penosas reflexiones que se derivan de estos hechos, 
explicarán al señor Presidente la presente comunicación, 
en la que me permito exponer con toda la austeridad de la 
verdad aquella situación. La pérdida de tantas vidas implica 
una seria responsabilidad para quienes directa ó indirecta- 
mente han podido contribuir á salvarlas; no solo para las autori- 
dades municipales ó políticas, sino también para todos aquellos 



La vacuna ir sü profilaxis 323 

ciudadanos que, en nombre de la ciencia, pueden hacerse 
oir en los consejos públicos y en la opinión general. 

De mis investigaciones acerca de la vacuna y de su acción 
profiláctica en los Estados Unidos, resulta el hecho cons- 
tante de que, cuando se ha descuidado la vacunación, las 
epidemias de viruela se han presentado con más ó menos 
severidad, y que una vacunación y revacunación más enér- 
gica han reducido á poco y á veces han hecho desaparecer 
por algunos años la terrible dolencia. Por aquella causa, Fi- 
ladelfia sufrió en 1871 y 1872 una epidemia poco menos mor- 
tífera que la ciudad de Buenos Aires en 1875; y por igual 
motivo y en los mismos dos años, la ciudad de Nueva York 
tuvo también la mortalidad más elevada que había experi- 
mentado en el curso de setenta años. Tengo á la vista el 
censo de las defunciones ocasionadas por la viruela en esta 
Metrópoli desde 1804, en cuyo año se introdujo la vacuna; y 
tengo también la relación de las vacunaciones anuales veri- 
ficadas en los últimos veinte años, y de estas cifras resalta 
la evidencia del principio sentado, es decir, que cuando se 
desatiende un tanto la vacunación, no se hace esperar el 
desarrollo de una epidemia. Puedo llamar descuido el que 
consiste en vacunar solo 10 000 personas en el año, por 
ejemplo, lo que corresponde proporcionalmente á la pobla- 
ción, á los 2 000 vacunados en Buenos Aires en 1875, cifra 
que jamás había sido alcanzada allí, y que es muy superior 
probablemente á la de 1876. 

En 1865 las defunciones por viruela en Nueva York ascen- 
dieron á 664, cuyo número jamás había ocurrido desde la 
introducción de la vacuna. Entonces se hizo también el ma- 
yor esfuerzo de vacunación, llegando á vacunar y revacu- 



3¿4 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSOtf 

nar 45 000 personas. En los tres años siguientes, solo tuvie- 
ron lugar 26, 19 y 25 defunciones respectivamente. Esta re- 
misión trajo una relajación de la vacunación hasta reducirla 
á menos de la cuarta parte de aquella cifra anual, y en 1869 
cundió de nuevo la viruela y siguió ascendiendo hasta 1871 
y 1872, produciendo en el primero de estos años 805 muertes 
y 929 en el segundo, esto es, 3 por 100 de la mortalidad total; 
proporción muy alta, sin duda, aunque menor que el 15 por 
100 en la ciudad de Buenos Aires en 1872 y 1875, y mucho 
menos aún que el 28 y* por 100 en su campaña en 1871 
y 1872. 

No está demás observar respecto á las cifras menciona- 
das de Nueva York, que desde 1869 la inmigración á esta 
ciudad aumentó mucho hasta 1872, y que gran parte de los 
inmigrantes vienen sin haber sido vacunados. 

Estas comparaciones prueban dos cosas importantes: la 
primera que ya dejo apuntada, que los estragos de la vi- 
ruela están en razón inversa de la difusión de la vacuna; y 
la segunda, que la calidad del virus vacínico y el sistema 
de emplearlo aquí, son eficaces para su objeto. 

Mis relaciones con el actual Superintendente de la vacuna 
de esta ciudad, y la bondad con que he sido atendido por él, 
me han dado ocasión para informarme de todo cuanto se 
relaciona con este importante ramo del servicio sanitario, y 
puedo trasmitir al señor Presidente en breves términos to- 
dos los conocimientos que debo á este distinguido caba- 
llero. 

I o Es opinión recibida generalmente en los Estados Uni- 
dos que la vacuna humanizada es preferible á la animal. La 
seguridad de los efectos de la primera está fuera de cues- 



LA VACUNA Y SU PROFILAXIS 325 

tión, desde que á ella se deben los resultados obtenidos. Por 
muchos años no se ha renovado la vacuna en Nueva York. 
El Dr. Taylor] me ha invitado á presenciar un ensayo que 
viene haciéndose bajo su dirección, hace algún tiempo, para 
experimentar comparativamente la acción de la vacuna 
animal. A 14 millas de esta ciudad, mantiene cierto número 
de terneras, y todos los sábados el mismo Superintendente 
Dr. Taylor va allí y después de hacer rapar la ubre de una 
ternera, hace en esa región doce ó veinte inoculaciones con 
el virus tomado del brazo de un niño, ó de otra ternera pre- 
parada en la semana anterior. La evolución de las pústulas 
no se hace esperar dentro de los términos ordinarios de su 
crecimiento, y ocho días después toma de aquellas pústulas 
el humor y lo aplica con el mayor cuidado. Ahora bien, el 
resultado del experimento hasta aquí, está de acuerdo con 
las conclusiones expuestas por los Dres. Davis de Ohio y 
Campman de Illinois, en sus recientes publicaciones, que pa- 
recen contener la opinión final en este país, sobre tan deli- 
cada cuestión. La vacuna animal es eficaz como profiláctico, 
pero su acción es más severa, y no puede ser conservada y 
transportada como la humanizada. V en cuanto á la trasmi- 
sibilidad de enfermedades constitucionales como la sífilis 
por medio de la vacuna humana, la experiencia del doctor 
Taylor, como la de los dos escritores nombrados, es en el 
sentido de que el peligro no existiría quizá, aunque no fuera 
satisfactoria la salud del sujeto que da el virus,* si la opera- 
ción se ejecutara con el debido cuidado, á fin de que solo se 
tomara el virus de la pústula, siempre inofensivo, y no se le 

dejara mezclar con la serosidad, concia sangre/ con el pus 

na m 
de los alrededores; yf en todo caso, el peligro sería cierta- 



326 ESCRITOS T DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

mente conjurado, escogiendo individuos evidentemente sa- 
nos para que sirvan de fuente trasmisora. 

2 o En cuanto al sistema de generalización, el Departa- 
mento de Vacuna ejecuta la vacunación de casa en casa- 
Para esto tiene doce profesores de medicina que, con el tí- 
tulo de inspectores de vacuna, hacen constantemente el ser- 
vicio, yendo de casa en casa en sus respectivos distritos, y 
ofreciendo así, á domicilio, la vacunación ó la revacunación 
que ellos mismos ejecutan. La familiaridad que estos inspec- 
tores alcanzan entre la población de su distrito, la confianza 
que inspiran y la educación sanitaria que ellos difunden con 
sus explicaciones y consejos, acaban por facilitar sus fun- 
ciones hasta el punto de hacer innecesario un sistema de 
vacunación compulsoria que siempre tiene algo de odioso y 
que ha probado no ser suficiente para su fin. 

Es interesante observar de cerca la aplicación ordinaria 
de este sistema. La educación sobre esta materia se des- 
envuelve metódicamente por medio de publicaciones senci- 
llas y de carteles muy visibles en que se hace, en números, 
la historia desastrosa de la viruela y se demuestran los 
efectos saludables de la vacuna, y se procura disipar las 
aprensiones de imaginarios peligros de la vacunación. 

Cuando un caso de viruela se presenta, el médico asisten- 
te, la familia ó los vecinos están obligados, bajo una multa, 
á ponerlo en conocimiento del Departamento de Vacuna; 
de éste se comunica instantáneamente por telégrafo al ins- 
pector que corresponde, el cual acude al momento, verifica 
el hecho, ordena lo conveniente respecto al aislamiento del 
enfermo y procede sin demora á vacunar ó revacunar á to- 
dos los de la casa que lo necesiten y á los vecinos inme- 



LA VACUNA T SU PROFILAXIS 327 

diatos, colocando en sitio visible un cartel de adverten- 
cia, cuya forma impresa lleva siempre consigo el inspec- 
tor. 

Otros medios indirectos se ponen también en ejercicio 
para inducir á la vacunación. No se admite en las escuelas 
públicas un nifio sin el certificado de haber sido vacunado ó 
revacunado; y en los hospitales, en los departamentos de la 
administración, y" en todas las instituciones donde se dis- 
pensan servicios públicos, no se acepta uno solo de los que 
necesitan ó aspiran á dichos servicios, sin el mismo certifi- 
cado ó sin que se sometan á la vacunación. El sistema sigue 
dando hasta ahora excelentes resultados. Todavía no están 
publicadas las estadísticas del Departamento, pero el doctor 
Taylor me ha ofrecido proporcionarme copias manuscritas, 
que me apresuraré á remitir á usted. 

Inclusas mando algunas costras escojidas de la vacuna, 
que aquí se usan. Espero que soportarán el largo viaje sin 
fermentarse, gracias al cuidado con que han sido acomoda- 
das en el Departamento. Ruego al señor presidente que se 
sirva remitir las costras sin demora al señor director de va- 
cuna de Buenos Aires, para que sean utilizadas desde luego. 

Antes de terminar esta nota, permítame el señor presi- 
dente insistir en la idea de que no se debe á circunstancias 
de localidad la influencia preventiva de la vacuna en Nueva 
York, en las proporciones que resultan de los datos anterio- 
res. La mortalidad general de esta ciudad es casi la misma 
que la de Buenos Aires; y la prevalencia de enfermedades 
zimóticas, con las que se asimila la viruela, tampoco es me- 
nor en Nueva York que allí. La mitad de la población de 
esta gran metrópoli del Oeste, medio millón de habitantes, 



328 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

viven en 24 500 conventillos, {tennement houses) de donde 
salen 75 por ciento de las defunciones de cada aflo; y contra 
esta acumulación funesta, cuyos detalles por extremados, 
horrorizan, tiene que ejercerse el esfuerzo sanitario; y es en 
esos antros de la muerte, donde la viruela ejercería sus es- 
tragos si no se buscaran allí mismo, para salvarlas, las víc- 
timas amenazadas, rodeadas de pobreza, de desaseo, de ig- 
norancia y de vicios. Con esta advertencia, no queda la 
menor duda de la feliz intervención de la vacuna, tal como 
es ella, ni queda tampoco razón de circunstancias que ate- 
núen la tremenda responsabilidad que nos incumbe allí. 

Sucesivamente remitiré á la dirección del señor presiden- 
te todos los documentos y libros que se relacionan con este 
asunto. La Asociación Médica Bonearense, como corpora- 
ción científica, y cada uno de los miembros que la compo- 
nen, pueden, y tal vez deben, tomar una parte activa en la 
propagación délas buenas ideas y enlaplanteación de algún 
sistema adecuado para la ciudad de Buenos Aires. En cuan- 
to á la campaña, donde la necesidad es más sentida, la ac- 
ción tiene que ser compleja. Allí casi puede decirse que 
falta la organización social; y todas las mejoras sanitarias 
tienen que luchar, para establecerse, con todos los desórde- 
nes tradicionales y persistentes, que hacen del habitante de 
nuestras campañas el ser más desdichado de las sociedades 
modernas. 

Reiterando al señor presidente las seguridades de mi con- 
sideración, me suscribo, atento S. S. S. 

G. Rawson. 



— SX? 



POLÍTICA Y HOMBRES 

DE LA AMÉRICA DEL NORTE 



New York, 6 de enero de 1877. 

Hon. Charles Adants. 

Muy respetado señor: 

En este momento recibo su favorecida de ayer, contestan- 
do á la mía de 20 del pasado. 

Agradezco los términos corteses y benévolos de su carta, 
y me apresuro á responder á ella, aclarando algún concepto 
oscuro de mi anterior. 

El cuadro bordado que me permití mandar á Vd. me fué 
presentado por la señorita, su autora, en Buenos Aires, y 
desde entonces me permití dedicarlo á Vd. La obra es, pues, 
propiedad suya, y puede disponer de ella como lo juzgue 
conveniente. 

John Adams y Thomas Jefferson, que redactaron juntos 
el acta inmortal de la Independencia Americana, proclama- 
da el 4 de Julio de 1776; que fueron al mismo tiempo repre- 
sentantes en Europa de su patria naciente; que desempeña- 
ron sucesivamente las altas funciones de Presidente y Vice- 
presidente déla nación constituida; que, finalmente, por una 

42 



330 ESCRITOS Y DISCURSOS DBL DOCTOR G. RAWSON¡ 

coincidencia providencial, elevaron su espíritu á la inmor- 
talidad en el mismo día 4 de Julio de 1826, cuando se cum- 
plían los cincuenta años de la existencia de la Gran Repú- 
blica: Adams y Jefferson estaban bien reunidos en una obra 
de arte concebida y ejecutada en aquella región remota, 
para presentarlos en la Exposición solemne con que los Es- 
tados-Unidos celebraban su Centenario. 

Después de la Exposición, me pareció que el nieto de uno 
de aquellos patriotas venerables debía poseer la obra, sin 
tomar en consideración el mérito artístico y solo por las es- 
cenas qut están visibles é invisibles en aquella concepción; 
y por eso me permití poner el cuadro á la disposición de 
usted. 

Para que Vd. se sirva estimar los motivos determinantes 
de mi conducta en esta ocasión, le diré que mi padre tuvo 
el honor de conocer personalmente á John Adams, y que 
conservaba por su memoria un respeto profundo que se 
trasmitió á sus hijos con la educación y el ejemplo. El re- 
trato de Adams estuvo siempre al lado del de Washington en 
las habitaciones de mi padre. Agregaré que el estudio de la 
historia de los Estados-Unidos y la contemplación de sus 
progresos ha sido la ocupación mental de mi vida, y que, 
por consiguiente, sé muy bien cuál es la colocación que los 
hombres eminentes de este país han tenido y tienen en las 
variadas escenas de su desenvolvimiento. 

Puedo asegurarle también que el Hon. Charles Francis 
Adams ha sido objeto de estudio para mí. He leido y poseo 
la correspondencia diplomática del ministro americano en 
Inglaterra, durante la guerra civil; y permítame decirle que 
he apreciado esos documentos en su fondo y en su forma, y 



POLÍTICA Y HOMBRES DE LA AMERICA DEL NORTE 33 1 

permítame agregarle que, en mi concepto, la habilidad, la 
prudencia y la energía del ministro en aquella difícil opor- 
tunidad, no solo consiguieron conciliar para su país la sim- 
patía de la Inglaterra, representada por los hombres más 
elevados, sino que prepararon eficazmente los triunfos di- 
plomáticos de su patria en las decisiones de Ginebra y de 
Berlín, y en la consagración del gran principio americano 
de la libertad de expatriación, con los tratados sucesivos 
con los gobiernos alemán é inglés. 

Todavía quiero decirle una palabra más, y le ruego que 
tenga paciencia para oirme. He leído la carta contestación 
de Vd. á los que propusieron su candidatura para la presi- 
dencia en 1872. Le aseguro, señor, que comprendí perfecta- 
mente aquellas líneas llenas de nobleza, y exentas de toda 
pasión egoísta. Yo venía siguiendo con vivo interés el mo- 
vimiento político de los Estados-Unidos, y por esa lógica 
misteriosa que á veces se anticipa á los sucesos, sin el auxi- 
lio del raciocino, desde aquellas regiones remotas yo había 
señalado á Vd. como mi candidato, y casi había previsto lo 
que realmente sucedió: que este país mal aconsejado pasa- 
ría por delante de la puerta de Charles Francis Adams é 
iría en busca de otros hombres, que ya se habían mostrado 
incapaces para salvar á su patria de la ruina moral, y que 
no habían sabido, querido ó podido purificar el gobierno re- 
publicano de las manchas que comenzaban á deshonrarlo. 

Más tarde, cuando el país fué llamado de nuevo á dar su 
solemne fallo en la forma de una elección trascendental, yo 
solía decir entre mis amigos, como una paradoja, que los 
malvados, los usurpadores de poderes, los audaces violado- 
res de todo derecho, habían prestado un gran servicio á la 



332 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR Q. RAWSON 

República despertando con la indignidad de sus actos, el 
sentimiento enérgico y honrado de este gran pueblo. Una 
esperanza purísima alentaba mi espíritu. En el centenario 
de la Independencia, creía yo, ante el espectáculo de los glo- 
riosos anales de esos cien años de grandeza sin ejemplo en 
la historia de la humanidad, ante el sentimiento de las res- 
ponsabilidades que incumben á las generaciones presentes 
por los dones con que la providencia los ha favorecido y 
que la virtud de sus mayores ha sabido fecundar, ante la 
mirada severa de cuántos nos contemplan y ante el juicio 
austero de la historia, este pueblo se levantará como un solo 
hombre para decir su palabra de justicia, refundirá en una 
masa acrisolada cuanto hay de noble y grande en sus hon- 
rosas tradiciones é imprimirá un rumbo saludable á la polí- 
tica, siguiendo el sendero de la justicia que está siempre 
bien alumbrado por la antorcha de la verdad. Y otra vez 
veía desde lejos el nombre predilecto de mi candidato sim- 
bolizando todas estas aspiraciones. 

Bajó estas impresiones, y casi diría, con la superstición de 
mi confianza, llegué á los Estados-Unidos el 4 de Julio. 
Desde luego, y á medida que se extendía el campo de mis 
observaciones, comprendí que había sufrido una lamentable 
equivocación; mi diagnóstico había sido incompleto, y mi 
pronóstico fallaba de todo punto. El centenario iba pasando 
sin ejercer sus mágicas influencias; la atmósfera estaba car- 
gada de pasiones impuras; todo hacía temer que la reacción 
moral que yo anhelaba no se produciría, y mi corazón se 
llenaba de congoja delante de una perspectiva en cuyos lí- 
mites se divisa uno de aquellos abismos profundos donde 
tantas naciones se han hundido para siempre antes que no- 



POLÍTICA Y HOMBRES DE LA AMERICA DEL NORTE 333 

sotros, por haber violado las leyes naturales que son ó fue- 
ron la condición de su existencia. Los malvados, los déspo- 
tas no habían dado el fruto indirecto del escándalo, y cuan- 
do más habían servido de pretexto á la resurrección de otras 
abominaciones que ayer no más pusieron á la'República en 
el mayor peligro de su disolución. 

Sírvase excusarme la libertad que me tomo hablándole de 
estas cosas y en estos términos; pero tengo mi alma llena de 
ansiedad y de duda, y es esta la primera vez que me permi- 
to emitir mis opiniones, que guardo todavía como un secre- 
to. Porque usted es un carácter como el que yo desearía 
que se imprimiera como tipo en el ciudadano americano, 
porque me inspira tan ilimitada confianza en la pureza de 
sus motivos, por eso me atrevo á dirigirle estos renglones, 
aunque aparezcan impertinentes al objeto de mi carta, y 
aunque algunos de mis conceptos pudieran diferir de los de 
usted y de su actitud personal en la lucha. 

John Adams era un federalista conspicuo; John Quiney 
era un whig ilustrado y enérgico, como lo probó en su ad- 
ministración y en su vida parlamentaria; uno de cuyos ras- 
gos prominentes en 1836 se relacionaba mucho con la cues- 
tión social que está en el fondo de la agitación política con- 
temporánea; y en cuanto á usted, con placer y con toda es- 
pontaneidad me he detenido en la expresión de mi singular 
respeto por sus calidades republicanas, y no puede, por con- 
siguiente, atribuir á móviles ligeros é irrespetuosos lo que 
estoy diciendo. Pero tengo que añadir algo, antes de ter- 
minar. 

Soy en mi país uno de los que tienen reputación de repu- 
blicano sincero. Hace 25 años que estoy en la vida pública 



334 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR 6. RAWSOK 

allí, trabajando como mejor lo entiendo por la consolidación 
de nuestras instituciones. La Constitución de los Estados 
Unidos, sus Estatutos, la Jurisprudencia de sus Tribunales, 
son nuestro evangelio político; y me ha tocado á mí el; ser 
uno de los expositores de ese dogma. Cuando en el curso de 
los acontecimientos en un país como aquél, inexperto en la 
vida política, se comete algún grave error, alguna invasión 
á los derechos, ó sobreviene alguna duda en la inteligencia 
de su ley fundamental, ocurrimos al momento á compulsar 
los anales de los Estados Unidos; y las decisiones ó los 
ejemplos de este país, son una autoridad irrecusable. Y 
cuando en los Estados Unidos se han violado las leyes, se 
han sustentado injusticias, ha sido obra penosa para noso- 
tros el evitar que esos malos ejemplos se siguieran, siempre 
esperando y haciendo esperar que tales actos serían aquí 
solemnemente condenados por la opinión, se restablecería 
la identidad de las tradiciones y se mantendría su autoridad 
equitativa. 

No creía exagerar cuando afirmaba que el 4 de Julio de 
1776 era el Christma de una religión política nueva en el 
mundo; que no solo los cuarenta millones de americanos del 
Norte eran prosélitos del nuevo culto, sino los treinta más 
que están en el otro extremo del continente, y todos los de- 
más pueblos de la tierra que van entrando poco á poco, en 
esa iglesia de Libertad y de Justicia, bajo el influjo del ejem- 
plo y con la consagración del martirio sufrido á veces por 
generaciones enteras. 

Durante los cincuenta años en que los Estados Unidos 
fueron gobernados más ó menos por el interés esclavócrata, 
los verdaderos republicanos de Sud- América sufrían en la 



POLÍTICA Y HOMBRES DE LA AMÉRICA DEL NORTE 335 

ingrata contemplación de una políticalnspirada por tan ba- 
jo criterio. Prohibida la importación de esclavos en este 
país desde 1808, y reiterada más de una vez esta legislación, 
el tráfico se hacía, sin embargo, en proporciones considera- 
bles; una masa fuerte de este pueblo libre vivía y crecía de 
generación en generación en la práctica de la violación de 
la Ley positiva, y en el consiguiente desprecio de toda au- 
toridad que no fuera la suya propia. Aumentar el valor y el 
número de los esclavos era el designio de esta'política, por- 
que con el valor se aumentaba la riqueza de los amos y con 
el número se aumentaba siempre en 3/5 partes su poder po- 
lítico. 

Extender el territorio era un medio por aquel doble 
fin, y no importa de qué manera ese interés funesto conspi- 
raba contra los estados vecinos y amigos para traer la 
anexión de Tejas, la consiguiente guerra de Méjico, la ad- 
quisición de nuevo territorio, donde providencialmente se 
salvó California de la ley del esclavo; las invasiones filibus- 
teras á Centro- América, el intento de tomar á Cuba por 
compra ó de otra suerte, la formación de estados esclavó- 
cratas y el ascendiente cada vez más irresistible de un par- 
tido, si así puede llamarse, que, en el nombre de los Dere- 
chos de Estado, imponía á la República, un sistema de polí- 
tica repugnante á los preceptos de todas las leyes divinas y 
humanas. 

El espíritu agresivo de esa política tuvo su efecto en las 
repúblicas americanas del Sud; la guerra y el avasalla- 
miento de Méjico en el interés de un principio abominable, 
no solo hizo más difícil todo gobierno liberal en aquella re- 
pública, que había sido arrojada por las necesidades de la 



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¡ 



336 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

guerra á los pies de caudillos prepotentes, sino (lo que era 
peor) desacreditó las instituciones republicanas en sí mis- 
mas, derogando la autoridad que las de los Estados Unidos 
ejercían en el resto del continente, y retardando por años 
los resultados de aquellas influencias saludables bajo las 
cuales habían nacido como pueblos libres. 

Los que teníamos fe en el éxito final del ensayo iniciado 
en 1776, esperábamos siempre que ese elemento corruptor 
había de desaparecer un día. Cuando veíamos culminar la 
funesta doctrina en las decisiones del caso de Dred-Scott, 
por ejemplo, decíamos que el escándalo llegaba á su colmo, 
y que una reacción fecunda no se haría esperar. Veíamos 
con emoción que la opinión se organizaba y que no tarda- 
ría en elevarse á la categoría de poder público. Vino la 
elección de Lincoln, vino la secesión, la rebelión y la gue- 
rra civil; y al fin, al fin, aquel tremendo problema cuyas di- 
ficultades se habían acrecentado año por año, llegaba á su 
definitiva solución. Apparnit domus intus por el insensa- 
to orgullo de los que más interés tenían en retardar el con- 
flicto ; triunfó la nación, la justicia, la ley divina, el dere- 
cho de la civilización moderna, y las puertas abiertas por 
los horrores de una guerra sangrienta, dejaron que los ex 
traños vieran recién la magnitud del mal, y, al mismo tiem- 
po, la brillante aptitud para reparar con elementos de gra- 
nito el edificio que fundaron nuestros mayores sobre las 
columnas sagradas de la igualdad y de la dignidad hu- 
manas. 

Entonces todos los republicanos de la tierra respiraron 
sin inquietud. La religión se depuraba, y las corrientes in- 
visibles se hacían sentir en todas partes. La República mo- 



POLÍTICA Y HOMBRES DE LA AMERICA DEL NORTE 337 

•délo era en efecto tal, sin necesidad de que el rubor oculta- 
ra alguna de sus faces. Yo no he tenido en mi vida agitada 
y azarosa un momento de mayor orgullo que aquél en que 
pude decir á los que me escuchaban, que los Estados Uni- 
dos habían completado su evolución con el debido sacrificio 
del fuego y de la sangre. 

Y, sin embargo, ni era aquél el último peligro ni el mayor 
de los esfuerzos que la patria reclamaba de sus hijos. Ya 
es del dominio de la historia la manera en que el partido 
bajo cuyo nombre había triunfado el pueblo, ha hecho uso 
de la victoria y de sus resultados. Cuan lejos ha estado este 
partido de la exquisita prudencia y acendrada virtud que se 
requerían para fecundar aquel acontecimiento, lo prueba el 
hecho de que once años apenas corridos desde la terminación 
de la guerra, el partido vencido entonces, sin haberse rege- 
nerado, llevando siempre como principio el desprecio de 
los derechos y de la vida de una raza que él había degra- 
dado más y más; ese partido aparezca aceptable como con- 
currente para derribar un poder que ha sido tan desgracia- 
do por el origen y difusión de todas las corrupciones que 
pueden deshonrar un gobierno. 

He ahí la dolorosa conclusión á que llego en mi observa- 
ción. La República está en gran peligro; no ha habido en 
la hora suprema fuerza bastante para superar las demarca- 
ciones de los partidos existentes y lanzar la opinión militan- 
te en rumbos de regeneración; y al cerrarse el centenario 
nos encontramos delante de tres probabilidades á cual más 
temibles, si todavía una inspiración del patriotismo y el cul- 
to de la ley, que es la virtud de esta nación gloriosa, no pro- 
ducen una solución inesperada y saludable. I a Puede inau- 

43 



338 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

gurarse la administración republicana, sin el asentimiento 
de la opinión honrada, y entonces tendrá que defenderse 
durante los cuatro afios contra sus naturales adversarios, 
contra la corrupción de sus amigos y contra las exijencias 
petulantes de los ambiciosos, esterilizando este tiempo pre- 
cioso para las reformas trascendentales. 2 a Puede asentirse 
á la legitimidad dudosa de la elección democrática, y en tal 
caso el partido de la secesión, de la rebelión, de los antece- 
dentes ominosos, reaccionará con la violencia mal reprimida 
de su educación; hará de los negros, no ya esclavos, sino 
siervos, y gobernará con su número y sin su voto; todo ello 
al mismo tiempo que para afianzar sus posiciones haga im- 
posible toda reforma práctica en el servicio público. 3 a O, en 
fin, la guerra civil vendrá de nuevo, sin bandera legítima y 
solo como un movimiento espasmódico del frenesí á que se 
abandonan las sociedades indisciplinadas, cuando la gestión 
de sus negocios está entregada, por artificios, á los activos y 
ambiciosos politicastros, y cuando el pueblo propiamente di- 
cho, el que paga las guerras con su sudor y con su sangre, 
está relegado al olvido y ultrajado con la desestimación de 
su sufragio. 

Cualquiera de estas cosas que suceda, señor, yo voy á en- 
contrarme desarmado, cuando regrese á mi país natal y me 
señalen los fragmentos del monumento secular que era mi 
orgullo, y mi modelo. Por eso es, señor, que siendo extranje- 
ro en los Estados Unidos, me siento tan interesado y tan 
conmovido con lo que á esta República concierne, y por eso, 
al dirijirme ocasionalmente á uno de los patriotas que más 
estimo en esta tierra, me he permitido ir tan lejos de los lí- 
mites ordinarios do una carta, y hablar con el fervor y la 



POLÍTICA Y HOMBRES DE LA AMERICA DEL NORTE 339 

franqueza que difícilmente corresponde á quien se halla en 
mi caso. 

Pídole mil disculpas, señor; y, después de asegurarle que 
no volveré á incurrir en esta falta, repito á Vd. que he sido,, 
soy y seré siempre: 

Su admirado rrespetuoso. 

G. Rawson. 



LA ELECCIÓN PRESIDENCIAL DE HAYES 



EN LOS ESTADOS UNIDOS 



Nueva York, marzo 25 de 1877. 

Mi querido General y amigo: 

En Setiembre le escribí desde Filadelfia al mismo tiempo 
que le enviaba un ejemplar de la memoria presentada al 
Congreso Internacional de Medicina. 

Todos los días y á cada paso que he dado en este país me 
he acordado de Vd. con viva simpatía. La oportunidad de 
presenciar la tremenda lucha política que recién ha llegado 
á su término, era sumamente importante para nosotros; ha- 
bría sido una felicidad para mí, y de grande utilidad para 
nuestro país, si Vd. hubiera asistido también de cerca á es- 
pectáculo tan digno de ser contemplado y estudiado como 
lección para las repúblicas. 

Quisiera poder decirle mis impresiones y comunicarle el 
resultado de las observaciones hechas bajo mi criterio per- 
sonal; pero no puedo consignar estas cosas en una carta, por 
temor de ser deficiente. Me daré más tiempo después y le 
mandaré entonces á Vd. y á mis amigos en la República Ar- 



342 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

gentina una referencia de los hechos y de sus antecedentes. 
Yo los he presenciado hora por hora con la penosa ansie- 
dad de quien considera amenazadas en su esencia las insti- 
tuciones libres que han sido y siguen siendo nuestra autori- 
dad y nuestro modelo, gozando al fin con la salvación de 
este pueblo, grande siempre, aun en medio de sus estravíos, 
y que logra derivar con austera sinceridad las consecuen- 
cias saludables de sus conflictos, y sacando ventajas para su 
reforma de la profunda corrupción que parecía haber com- 
prometido irrevocablemente el crédito de las instituciones 
republicanas. 

Cinco semanas he pasado en Washington asistiendo dia- 
riamente á las sesiones del Congreso en lo más ardiente de 
la lucha hasta su fin. El partido republicano ha usado tan 
mal ó ha abusado tanto de su poder en los últimos diez años, 
que, para su vergüenza, hizo posible que el funesto partido 
de la esclavatura y de la rebelión tomara una posición ven- 
tajosísima, no por sus antecedentes, seguramente, ni por la 
sanidad actual de sus doctrinas, ni por el mérito de sus hom- 
bres prominentes, sino por los errores, los abusos y los vi- 
cios de sus antagonistas. Desde 1874 los demócratas logra- 
ron llevar una considerable mayoría á la Cámara de Repre- 
sentantes, y es escasa la que los republicanos tienen en el 
Senado. 

En estas condiciones, y bajo estos auspicios, viene la elec- 
ción presidencial. Los republicanos entraban en la lucha 
con su prestigio comprometido con una administración in- 
moral y desmedida, acusada de robos, de repugnante favo- 
ritismo, y de una política inconstitucional, condenada por la 
opinión independiente, en sus relaciones con algunos Esta- 



LA ELECCIÓN PRESIDENCIAL DE HAYES 343 

dos del Sud. Los vicios electorales que vienen acrecentán- 
dose desde tantos años, llegaban á su colmo en los últimos 
meses de la administración de Grant. 

Hace tiempo que se practica el hecho de que las personas 
colocadas en las más altas posiciones oficiales tomen parte 
directa en las elecciones y contribuyan con su voto, con su 
dinero, con su palabra y con toda su influencia al triunfo de 
su partido; y esa práctica incompatible con los sanos princi- 
pios del gobierno representativo, ni siquiera se ejercía en el 
silencio, sino que se le daba la mayor notoriedad para el es- 
cándalo. El secretario del Interior, Mr. Z. Chandler, ha per- 
manecido en Nueva York cerca de tres meses, como presi- 
dente de la comisión nacional republicana, abandonando en 
ese tiempo sus deberes en Washington, y manteniendo co- 
rrespondencia epistolar y telegráfica con todos sus agentes 
electorales en la Unión, mientras que el secretario de Ha- 
cienda y el Attorney General corrían de un lado á otro en 
los diversos Estados, haciendo discursos electorales como 
cualquier politicastro. Todos los empleados federales, no 
solo estaban obligados á votar por el candidato sostenido 
por la administración, so pena de destitución, sino que se 
les forzaba, bajo ja misma pena, á contribuir á los gastos de 
la elección con una parte de su sueldo. 

Todo esto y mucho más era una violación audaz de los 
principios; pero tan pervertidas estaban generalmente las 
ideas políticas que venían degradándose más y más desde 
medio siglo, que esas formas groseras del abuso eran tolera- 
das con escasas protestas de los adversarios. Llega el día 
de la elección. Ocho millones y medio de sufragios se depo- 
sitan tranquilamente en las urnas, dando una mayoría de 



344 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

doscientos mil del voto popular al partido democrático, y 
aparentemente una mayoría de más de 20 electores en el 
mismo sentido. Todo el Sud había votado por Tilden, y 
agregados los Estados de Nueva York, Nueva Jersey, Dela- 
ware, Connecticut é Indiana, la votación parecía decisiva. 
Pero entonces comienza la tremenda lucha. Se dice y se 
sostiene que Sud Carolina, Luisiana y Florida no han vota- 
do con libertad, y se instituyen investigaciones de todo gé- 
nero para arribar al esclarecimiento de los hechos y á una 
verdadera apreciación del resultado electoral. 

Es indudable que los blancos del Sud no se han resignado 
á las consecuencias de su derrota en la pasada rebelión. 
Desde la terminación de la guerra se han establecido en 
aquellas regiones, sociedades secretas poderosísimas con di- 
versos nombres, y todas para el mismo fin de suprimir la 
influencia política de los nuevos ciudadanos que fueron es- 
clavos, y cuyo número iguala y á veces sobrepasa al de sus 
antiguos amos. Los más odiosos atentados, en la forma de 
centenares de asesinatos y de los más horribles tratamientos, 
han sido instituidos por aquellas sociedades llamadas Ku- 
Klux-Clubs, White-leage, y últimamente Rife-Clubs, con el 
designio, casi siempre alcanzado en proporciones increíbles, 
de esparcir y entretener el terror en las poblaciones de co- 
lor para alejarlas de las urnas ú obligarlas á rendirles el 
voto. El terrorismo en esas formas espantosas se exacerba- 
ba siempre en las épocas electorales, y más de una vez los 
gobiernos republicanos de aquellos Estados, impotentes é 
incapaces para reprimir aquellos crímenes, tenían que 
pedir el auxilio ^ de las armas federales, tan fácilmente 
otorgado bajo la presidencia del General Grant, hasta ha- 



LA ELECCIÓN PRESIDENCIAL DE HAYES 345 

cerlo permanente y utilizable para intrigas políticas muy- 
sérias. 

Tratábase, pues, de averiguar si en los tres Estados ante* 
dichos habían tenido lugar aquellas intimidaciones ordina- 
rias contra los negros, y si ellas habían llegado hasta redu- 
cir el voto republicano y aumentar proporcionalmente el 
democrático. La legislación de Estado proveía al remedio; 
pero, como legislación partidista, ponía en manos de una, 
junta escrutadora de partidistas corrompidos, el derecho de 
eliminar en el escrutinio aquellos sufragios que, á juicio de 
ella y con las pruebas que juzgara suficientes, eran votos 
impuestos por la violencia, por el terror ó por el fraude. 
Desde luego, era fácil prever el resultado del escrutinio 
realizado por esas juntas, precisamente cuando los electores 
de los tres Estados bastaban para integrar los 185 votos es- 
trictamente requeridos para dar mayoría á Hayes, mientras 
que uno solo de aquellos colegios, uno solo de aquellos 
electores era suficiente para que Tilden agregase á los 184, 
que ya tenía seguros, y no disputados, el uno que le faltaba 
para su mayoría. Tan estrechos eran los términos de la 
contienda, tan inminente se presentaba la posibilidad de la. 
falsificación de registros con todo su cortejo, que el Presi- 
dente Grant, por su parte, y cada una de las Cámaras nacio- 
nales por la suya, mandaron comisiones respetabilísimas por 
su composición, para presenciar el trabajo de las juntas es- 
crutadoras y para proceder á directas investigaciones testi- 
moniales sobre todo el proceso electoral. Con todo, y á pe- 
sar de semejantes precauciones, el escrutinio se verificó y 
el resultado previsto tuvo lugar, dando al candidato repu- 
blicano los 185 electores que se necesitaban. 

44. 



346 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

Todos estos procedimientos son interesantísimos hasta en 
sus mínimos detalles. La acción del escrutinio en los Esta- 
dos sospechosos no dejaba lugar á duda de su carácter fraudu- 
lento. Así lo declaraban algunas de las comisiones, así lo 
afirmaba la masa entera del partido perjudicado, y así lo 
creían también muchos de los republicanos independientes. 
De todos modos, el escrutinio estaba consumado por las 
juntas establecidas; los electores fueron proclamados, y en 
el día señalado por la Ley, los colegios se reunieron en to- 
dos los Estados, y los registros de sus actas se remitieron al 
Presidente del Senado, como de costumbre, incluyendo entre 
éstos los de los Estados llamados dudosos, y los del Estado de 
Oregon, donde una grosera falsificación de los demócratas 
se había verificado para asegurar á su candidato, el único 
elector que le faltaba, aún en el caso de prevalecer como 
aceptables los resultados electorales de Sud- Carolina, Loui- 
siana y Florida. 

El Congreso estaba en sesiones desde el primer lunes de 
Diciembre. No solo habían mandado las dos cámaras las 
comisiones investigadoras, sino que también ambas se ocu- 
paban exclusivamente de discutirla materia electoral y de 
investigar directamente cuanto con ella se .relacionaba. Res- 
pecto de los hechos y de su significado legal, las opiniones 
eran diametralmente opuestas en los dos partidos; y en 
cuanto á la manera de resolver, ya que no de conciliar esas 
opiniones encontradas, nuevas discusiones de opinión se 
presentaban. El caso era imprevisto en la Constitución y en 
las leyes existentes. La Constitución americana prevé que 
el Presidente del Senado, en presencia de las dos Cámaras 
• reunidas, abrirá y contará los votos de los colegios electo- 



LA ELECCIÓN PRESIDENCIAL DE HAYES 347 

rales. Cuando no se ofrece duda sobre la legitimidad de los 
votos, la función es puramente mecánica ó ministerial; el 
Presidente del Senado abre y cuenta los votos ante las Cá- 
maras y proclama el electo, cuando una mayoría de sufra- 
gios lo favorece. Si la mayoría constitucional no existe en 
favor de uno, no hay elección en la forma ordinaria, y en 
ese caso la Cámara de Representantes elige el Presidente y 
el Senado por su parte el Vice-presidente. Pero cuando se 
suscita discusión sobre la validez de alguno ó algunos regis- 
tros, la Constitución no prevé quien ha de decidir la cues- 
tión; si, como algunos creen, el Presidente del Senado ha de 
decidir con su propio criterio y eliminar los votos que con- 
sidere fraudulentos ó ilegales, ó si el Congreso, como otros 
piensan, resolverá esta duda en sus formas ordinarias. 

Conviene recordar aquí que la Constitución argentina 
atribuye indisputablemente al Congreso, reunido en con- 
vención, la facultad de hacer el escrutinio y la rectificación 
de los votos de los electores, y que la americana no contiene 
semejantes términos en la cláusula respectiva. 

Tal era el estado de la lucha. Las comisiones investigado- 
ras mandadas al Sud habían preparado, presentado é impre- 
so sus informes, en el sentido de su color político respectivo. 
Se había tomado el testimonio de más de 3 200 testigos en 
los lugares mismos que habían sido el teatro de los hechos; 
las comisiones permanentes de las Cámaras proseguían al 
mismo tiempo investigaciones análogas, cuyo conjunto, uni- 
do al de las otras, formará una masa impresa de más de dos mil 
páginas; la prensa discutía con ardor creciente y en destem- 
plado acento; la opinión general se inflamaba cada vez más 
en toda la vasta extensión del territorio; y sin que se divisa- 



348 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

ra un camino para salir del conflicto, ni se atinara con un 
juez aceptable para resolverlo, se veía asomar la anarquía, 
la guerra civil con todas sus horribles consecuencias, ó ef 
despotismo militar amenazante, siempre ante motivos ó pre- 
textos que no faltarían en la ocasión. Si las dificultades del 
escrutinio no daban un Presidente para el 4 de Marzo, en 
que terminaba el período del actual, la Cámara de Repre- 
sentantes intentaría nombrar, y nombraría, uno; pero el po- 
der existente no lo reconocería. Se hablaba ya de cien mil 
demócratas que asistirían á Washington armados para apo- 
yar la decisión de la Cámara en aquel caso, y Grant, por su 
parte, ordenó la reunión de fuerzas de línea en la capital* 
para prevenir las consecuencias, ó más bien, para evitar la 
realización de aquellas amenazas. 

En estas circunstancias, se propuso en el Senado que se 
nombrara por ambas Cámaras una comisión especial para 
que se ocupara del conflicto, y aconsejara las medidas le- 
gislativas que pudieran facilitar su solución satisfactoria 
La comisión fué organizada por las dos Cámaras, y después 
de algunos días presentó un proyecto de ley, que fué sancio- 
nado con pocas modificaciones, creando una comisión ó tri- 
bunal compuesto de cinco senadores, cinco representantes 
y cinco de los jueces de la Corte Suprema, según lo verá 
usted por la hoja impresa que le incluyo. 

La ley fué calurosamente sostenida en su discusión por la 
gran mayoría de los demócratas que la sancionaron con su 
voto casi exclusivo, y fué combatida por la generalidad y 
los más prominentes republicanos. Esta ley fué acogida 
con entusiasmo por el país entero, aunque la prensa repu- 
blicana en general le negaba su aprobación. La formación de 



LA ELECCIÓN PRESIDENCIAL DE HATES 349 

la comisión se hizo en consideración equitativa de los parti- 
dos; tres senadores republicanos y dos demócratas; tres re- 
presentantes demócratas y dos republicanos; dos jueces co- 
nocidamente republicanos y dos demócratas, debiendo com- 
pletarse el tribunal con el juez que los cuatro nombrados 
designarían, y que en efecto designaron. Si la cuestión había 
de resolverse con el criterio de partido, los catorce miem- 
bros nombrados estaban perfectamente equilibrados, no solo 
por sus opiniones conocidas, sino por su capacidad y ener- 
gía; el décimo quinto era en realidad el verdadero y final 
juez de todas las cuestiones sometidas á la comisión, y ese 
arbitro, por decirlo así, de la más gigantesca contienda origi- 
nada en esta Nación de 42 millones de habitantes, resultó 
también ser republicano.. 

Desde este punto comienza la faz más dramática de la 
lucha. 

El Congreso comenzó el procedimiento de la cuenta de 
los votos, conforme á la ley, el I o de Febrero; y desde ese 
día no ha tenido descanso de un momento. La comisión, 
compuesta, como dije, de los hombres más notables del 
Congreso y de la Corte, recibía además la audiencia de otros 
miembros del Congreso delegados ante ella para la discu- 
sión por sus copartidistas; y no satisfechos con ésto, los par- 
tidos llamaron como consejo, ó como abogados, á los más 
distinguidos juristas de la Unión, como Evarts Mathews, 
O' Connor, Carpenter y varios otros, que fueron oportuna- 
mente oídos en su carácter de defensores acusadores en ca- 
da uno de los diversos casos sometidos sucesivamente á la 
comisión. 

No puedo entrar en detalles sobre este admirable debate 



350 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

ante el Tribunal, en el que toda la ciencia del derecho fué 
puesta á contribución por los más distinguidos profesores y 
distinguidos ciudadanos. La franqueza de los debates, la 
energía de la exposición, la erudición en las referencias, to- 
do era digno de contemplarse; cada palabra, puedo decir, 
era para mí una lección. Algún día le he de mandar la 
colección de estas solemnes sesiones, en las que la suerte de 
dos grandes partidos, la suerte de la patria y la severidad de 
los principios, estaban estrechamente comprometidos. 

Tsn fin, la cuestión dominante era aquélla que se derivaba 
de la omisión de la Constitución en asignar atribuciones al 
Congreso para el discernimiento del valor legal de los votos. 
La comisión tenía las facultades del Congreso, hasta donde 
ellas avanzaban según la Constitución; y la mayoría repu- 
blicana de ocho contra siete demócratas decidió que ni el 
Tribunal ni el Congreso podían ir más allá de lo declarado 
como voto de cada Estado por sus autoridades competentes, 
y que no se admitían pruebas de fraudes anteriores á los es- 
crutinios de las juntas de Estado, cuyos actos venían auten- 
ticados por los gobernadores respectivos. 

Esta teoría se apoyaba en que la Constitución atribuye á 
los Estados en su capacidad política el nombramiento de 
electores presidenciales, en la forma que cada uno de ellos 
disponga, y que el Gobierno Federal no tiene poder para 
revisar ó corregir lo que se reputa consumado por el Esta- 
do, según su expresión oficial. Por supuesto que semejante 
decisión aplicada á cada uno de los casos denunciados como 
fraudulentos, acababa con toda esperanza de rectificación. 
En las Cámaras, principalmente en la de Representantes, 
donde la mayoría era democrática, las decisiones del Tribu- 



LA ELECCIÓN PRESIDENCIAL DE HAYES 35 1 

nal fueron discutidas con una vehemencia terrible, con los 
términos y calificativos más violentos; y todas ellas fueron 
rechazadas en esta Cámara; pero, como según la ley, la de- 
cisión de la comisión se hará efectiva siempre que una de las 
Cámaras la apoye, todas ellas prevalecieron con la votación 
del Senado, y después de treinta días de continuas sesiones, 
algunas de las cuales duró 17 horas sin interrupción, los 185 
votos de Hayes fueron contados, y él proclamado Presiden- 
te de los Estados Unidos el día 2 de Marzo, á las 4 1/2 de la 
mañana. 

He seguido todos estos debates con interés vivísimo y con 
pasión. Jamás he de olvidar las escenas que allí he presen- 
ciado y que tan hondamente me han conmovido. 

Las primeras palabras del Presidente al inaugurar su 
mandato, han sido un bálsamo para este país tan agitado, 
tan dolorido por este tremendo sacudimiento. Hayes, can- 
didato del partido republicano, anuncia una política díame- 
tralmente opuesta á la de su predecesor, en los puntos más 
vitales y exigentes, como la reforma en el servicio civil y la 
pacificación del Sud, devolviendo á los Estados sometidos á 
la presión militar, su derecho de gobernarse por sí mismos 
sin la intervención federal. 

El nombramiento de su gabinete es una clara manifesta- 
ción de la seriedad de sus miras, y todos confían en el rena- 
cimiento de las instituciones americanas tan deprimidas, 
tan desacreditadas por los hombres prácticos que disponen 
de la bolsa y de la espada. 

Esta carta se ha prolongado mucho. Llega la hora de ce- 
rrarla y me falta mucho que decirle en esta forma confiden- 
cial. La terminaré después como me sea posible. 



552 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DCCTOR G. RAWSOM 

Le ruego que no me olvide. Yo le escribiré de cuando en 
cuando; y si no lo hiciere con frecuencia, no será porque 
olvide un momento al amigo noble y afectuoso á quien tan 
gratos recuerdos me ligan. 

Mis memorias á los amigos que me recuerden. 

Su afectísimo amigo. 

G. Rawson. 



Señor General Bartolomé Mitre. 



<^ 



DERECHO CONSTITUCIONAL 



(carta dirigida A un caballero de los estados unidos) 



Nueva York, 6 de abril de 1877. 

Mi estimado amigo: 

No puedo agradecerle lo bastante su bondadosa indicación 
de anoche, á consecuencia de la cual fui sorprendido con la 
honra de que el señor Presidente de la «Asociación de Cien- 
cias Políticas» me pidiera algunas palabras. La falta com- 
pleta de dominio de la lengua inglesa me hace difíciles aún 
las más simples conversaciones é imposible el formular un dis- 
curso público, por breve y sencillo que sea. No obstante, y 
muy á pesar mió, tuve que balbucear las pocas palabras mal 
dichas y mal coordinadas que Vd. oyó. 

Pero, el hecho de una organización de la naturaleza de 
aquella sociedad, me ha parecido tan importante, y las opi- 
niones allí vertidas me han hecho tan extraña impresión, 
que me ocurre ahora decirle por escrito, rápidamente y en 
mi propio idioma, lo que hubiera expresado en la reunión de 
anoche para corresponder al honor de la invitación con que 
fui favorecido. 

Desde luego, estoy muy de acuerdo con las palabras del 

45 



354 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

señor Presidente al abrir la sesión: necesitamos mucho, ur- 
gentemente, cultivar con actividad las ciencias políticas y 
difundir por todos los medios sanos, conocimientos sobre esa 
materia en la masa del pueblo. Así lo reclama por su natu- 
raleza nuestra forma de gobierno popular, que espero no 
será revocada en muchos siglos; y lo que se llama la vida 
práctica y cuotidiana tiene y ha tenido exigencias tan pe- 
rentorias, que no ha dado espacio para el estudio analítico 
de nuestras instituciones, aunque pocas naciones han podi- 
do ostentar maestros como los que entre nosotros han flore- 
cido. La verdad es que las ciencias políticas ni son estudia- 
das en sus fuentes naturales, ni menos enseñadas como im- 
plemento indispensable para la educación del ciudadano. 

Anoche, por ejemplo, oía de boca del joven que leyó su 
memoria á la asociación, una crítica al sistema americano 
comparándolo con el gobierno parlamentario inglés. Él 
echaba de menos la presencia de los secretarios del Presi- 
dente en las sesiones del Congreso, no solo para facilitar los 
informes administrativos que han de servir de base á la le- 
gislación, sino como representantes responsables del Poder 
Ejecutivo, susceptibles de ser sostenidos en sus puestos ó 
removidos según la eficacia de las mayorías del Parlamento: 
es decir, el sistema inglés completo, porque no admite ate- 
nuación una vez instituido. Yo creía que esta cuestión teó- 
rica estaba ampliamente resuelta en la opinión ameri- 
cana. Crear un ministerio responsable en el sentido de la 
Inglaterra, es abrogar de todo punto las responsabilidades 
del jefe ejecutivo; es hacer innecesaria la elección popular 
directa ó indirecta de este funcionario; es suprimir sus 
funciones más esenciales; es, en fin, desnaturalizar de tal 



DERECHO CONSTITUCIONAL 355 

manera la institución, que la dejaría convertida en una tími- 
da imitación híbrida de las monarquías, que no estuvo ja- 
más en la mente de los fundadores de nuestro gobierno, ni 
sería tolerada por el sentimiento viril de los contemporáneos. 
La constitución de los rebeldes introdujo una modificación 
encaminada en esa dirección: si ella hubiera prevalecido con 
el triunfo de las armas separatistas, quizá habría sido más 
tarde llevada hasta sus últimas consecuencias, dada la ín- 
dole semi-aristocrática de aquella sociedad como conjunto. 

Tuve mucho gusto de escuchar al Dr en su breve é 

interesante discurso. Algunas severas afirmaciones muy 
oportunas despertaron y detuvieron con razón la atención 
general. Si yo hubiera podido hablar suficientemente, habría 
cumplimentado al orador por el honor general y por la forma 
de sus conceptos, aunque me sentía obligado á discutir algu- 
nos de ellos, del punto de vista de la ciencia y de la expe- 
riencia política. 

También pensaba yo que nunca oiría en los Estados-Uni- 
dos la proposición de que las constituciones escritas son un 
estorbo y un inconveniente para el progreso político. Si 
algún principio está fuera de cuestión en el derecho público 
moderno, es el de la conveniencia y la necesidad de leyes 
fundamentales permanentes. Una constitución difiere de una 
carta en que la primera es establecida y consagrada por el 
pueblo en su libre é inteligente capacidad, mientras que la 
segunda es otorgada al pueblo por alguien que presume te- 
ner en incubación cierta masa de derechas que se digna 
otorgar ó conferir al pueblo de cuando en cuando, bajo el 
imperio de circunstancias ocurrentes. Nada tenemos que 
hacer nosotros con las cartas. Dueños de nuestros destinos 



35¿> ESCRITOS Y DISCURSOS DKL t>OCTOR G. RAWSON 

para promover nuestro bienestar y el de futuras generacio- 
nes, nos reunimos un día en asambleas populares, delega- 
mos nuestros escogidos para que discurran y confeccionen 
una forma de gobierno que nos convenga, y ese proyecto 
viene en seguida á las mismas asambleas, cae bajo su estu- 
dio, recibe ó no su aprobación; y en el primer caso aquel 
proyecto se convierte en una constitución, emanada direc- 
tamente de la masa de hombres libres que se suponen inte- 
ligentes; y así consagrada, viene á ser la ley fundamental 
con los atributos de permanencia y de perpetuidad relativa 
que son esenciales á un intrumento de ese género. Y si es 
este el verdadero génesis de las constituciones democráti- 
cas, es claro que deben ser escritas con letras indelebles; 
que su duración debe ser la regla y su modificación la ex- 
cepción rara, á fin de que mantenga su autoridad, imponién- 
dose más y más con el curso de los tiempos y con su práctica 
sincera. 

Una constitución bien concebida —y la de los Estados- 
Unidos ha probado serlo como si procediera de una inspi- 
ración—jamás puede ser una remora para el progreso so- 
cial y político. Al contrario, yo sostengo que el pensamiento 
directo del pueblo ha estado muy atrás de la constitución en 
muchos casos y en materias esenciales al honor y ala paz de 
la nación. Anoche citaba un ejemplo: permítame repetírselo, 
con todos los corolarios que le son relativos. 

La esclavatura existía en las colonias, y estaba de tal ma- 
nera ligada á los intereses de algunas de ellas convertidas 
en Estado cuando se discutía la constitución, que, á fin de 
mantener la unidad nacional, esa institución fué reconocida 

» 

en tales términos, y con tales limitaciones, que es facilísimo 



« 



DERECHO CONSTITUCIONAL 357 

percibir la repugnancia con que se le aceptaba, y el desig- 
nio manifiesto de preparar su abolición. La constitución no 
habla de esclavos, sino de cierta clase de personas; se con- 
cede la introducción de esas personas hasta 1808, pero se 
puede fijar un impuesto á su importación, cuyo límite sería 
diez pesos por persona. Aquellas personas no serán represen- 
tadas en el gobierno, mientras conserven esa calidad, sino 
por 3/5 de su número, etc. 

Estas prescripciones que ahora recuerdo, y tal vez alguna 
otra que se me escapa, no teniendo á la vista la ley funda- 
mental, son un indicio evidente de que los fundadores de la 
constitución solo aceptaban la esclavatura como un com- 
promiso de duración temporal, dejando todo preparado para 
su abolición. En 1789 tuvo lugar la primera sesión del Con- 
greso, elegido conforme á las disposiciones constitucio- 
nales. Discutíase la ley de impuestos y el represen- 
tante Walker, de Virginia, propuso que se estableciera 
uno de diez pesos por cada una de las personas de color que 
se introdujeran. Esta sugestión era el máximum délo que la 
constitución permitía, y en una época en que el valor del 
esclavo era de 200 pesos, el impuesto alcanzaría el doble ob- 
jeto de limitar la importación y sobre todo de dar sentido 
práctico al designio encerrado en la constitución. El im- 
puesto no se sancionó. Mr. Joung,de Georgia, se opuso calu- 
rosamente, diciendo, entre otras cosas, que el proyecto del 
representante de Virginia se comprendía, porque aquel Es- 
tado tenía ya bastantes esclavos y solo necesitaba el cre- 
cimiento natural de su número, mientras que á Georgia y 
á otros Estados les era indispensable introducir muchos 
más para hacer frente á las exigencias de sus industrias. 



358 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

También Madison, el prudente, se opuso á la sanción, ale- 
gando que no era decoroso colocar á los negros en la cate- 
goría de materia imponible, y á la par de las ovejas y las 
vacas. Por una variedad de razones aquella levísima expre- 
sión de antipatía permitida por la constitución contra el 
tráfico vergozoso de carne humana, no fué sancionada, y es 
curioso observar que ni en esa sesión ni en las sucesivas ja- 
más volvió á tratarse sobre la cuestión en esa forma. 

Apenas nacido el gobierno constitucional, ya se tropieza 
con un ejemplo de la superioridad de la ley escrita sobre 
la inteligencia y la moral de los hombres que están encar- 
gados de aplicarla. Y aquí llamo su atención á ese punto de 
partida para contemplar en la historia todas las consecuen- 
cias que de él se han derivado. Los intereses corruptores 
del sentido moral habían frustrado aquel modesto ensayo 
para desacreditar la esclavatura; desde entonces esos inte- 
reses toman su ascendiente con diversas formas y diversos 
nombres. 

En 1797 se dictó la primera ley prohibiendo el tráfico 
africano bajo la bandera nacional; y á pesar de eso el trá- 
fico continuó acrecentándose en la medida de las convenien- 
cias del mercado. En 1807 se sancionó la definitiva prohibi- 
ción de importar esclavos á los Estados-Unidos desde el 1.° 
de Enero de 1808; pero aquellos intereses poderosos preva- 
lecieron en la práctica sobre la prohibición legal. Continuó 
la importación sin disminuir, por la complicidad de los es- 
clavócratas y la incuria culpable de las autoridades federa- 
les, como lo prueba el hecho de que en 1818 se sancionó de 
nuevo la misma ley con insignificantes alteraciones, no 
volviéndose á tratar sobre esta cuestión hasta la- víspera, 



DERECHO CONSTITUCIONAL 359 

por decirlo así, de la guerra civil. La esclavatura ha gober- 
nado á la nación por más de cincuenta aflos. Esta mancha 
repugnante en la bandera de un pueblo libre, este sangrien- 
to anacronismo del siglo, ha producido todos sus funestos 
resultados, y aun después de arrancada la planta de las en- 
trañas de esta tierra bendita donde habían penetrado hon- 
damente sus raíces, la atmósfera ha quedado infectada con 
su veneno, y pasarán muchas generaciones antes que se de- 
pure para la libertad y la justicia. 

Mis afirmaciones no son arbitrarias. Ni Vd. ni yo encon- 
traríamos pruebas documentadas de la violación incesante 
de la ley positiva tal como la denuncio. Los rastros del de- 
lito han sido cuidadosamente borrados. Quedan, sin embar- 
go, los hechos y las leyes naturales á que están sujetos. To- 
mando la estadística de los esclavos en 1808; suponiendo 
que desde entonces no se hubiera introducido alguno; y 
aplicando á esa cifra la ley de crecimiento, no digo de su 
raza ni de su deprimente condición, sino la más favorable 
que las ciencias biológicas reconocen, habría llegado el aflo 
1860 con una población de la mitad del número que el censo 
acusa en ese aflo, y en vez de los cuatro millones que fue- 
ron libertados en 1863, solo dos millones, poco más ó menos, 
habrían sido sacados del envilecimiento de aquella condi- 
ción. 

No es esto solo. La violación de la ley perpetrada por 
unos y consentida por otros, engendra la insolencia y el des- 
precio. No necesitamos imaginarlas, porque hemos visto 
las consecuencias morales de este menosprecio consuetudi- 
nario de las leyes en una sociedad que crece y se desen- 
vuelve, con esa práctica y con ese ejemplo. Esa sociedad 



360 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR O. RAWSON 

necesita gobernarlo todo, so pena de sucumbir, v antes de 
sucumbir, se rebela. Cuando el representante de Sud Caroli- 
na hacía pedazos su bastón, en el recinto del Congreso, so- 
bre la cabeza de C. Sumner, daba una muestra, entre tantas 
otras, de la insolencia de aquellas generaciones educadas 
con la brutalidad del amo, y sin ninguna de las virtudes del 
ciudadano para atenuarla; y el regalo del bastón de oro con 
que sus comitentes le obsequiaron, muestra que no fué aquel 
asalto un movimiento de pasión individual tan solamente. 

Las conspiraciones contra la integridad de Méjico, la pos- 
terior anexión de Texas fueron resultado del gobierno de la 
esclavatura. Los esclavos habían adquirido un valor ex- 
traordinario, con el descubrimiento de las máquinas que 
multiplicaban la demanda de algodón; y era necesario ad- 
quirir terreno para colocar con provecho esos rebaflos hu- 
manos, al paso que el aumento de su número daba por 3/5 
un aumento de poder á sus amos. Parece que todo se corrom- 
pía bajo esa influencia. No sólo se mejicanizó á Méjico con 
la guerra que levantó sus caudillos para hacer imposible 
más tarde todo gobierno civil en aquella desgraciada nación 
americana, no sólo se pretendió la adquisición de Cuba para 
servir al mismo designio, bajo la administración de Polk, 
sino que las fuerzas así organizadas se reflejaron en las 
odiosas resoluciones de Janey, en el caso de Dred. Scott, 
que dá la medida del avasallamiento del gobierno todo por 
aquel predominio impaciente, impetuoso, exigente, sin es 
crúpulo, en que el congreso dictaba la famosa ley de extra- 
dición de esclavos, haciendo carceleros y corchetes á los 
hombres libres del Norte, en donde el poder judicial declara- 
ba que el esclavo no era hombre en el sentido de sus dere- 



DERECHO CONSTITUCIONAL 36 1 

chos naturales más rudimentarios, y en donde el poder eje- 
cutivo conspiraba para llevar á cabo este sistema y para po- 
ner en manos de los interesados los elementos de agresión 
que la nación bajo aquellas influencias les había conce- 
dido. 

Entre tanto, la constitución estaba allí, con su palabra se- 
vera y con su espíritu luminoso, señalando el camino de la 
verdad. La ley escrita no cobijaba estas iniquidades que 
conducían á la deshonra y á la disolución. Eran los hom- 
bres, rebajados por el egoísmo y la pervertida educación, 
los que se apartaban de los preceptos de la ley fundamen- 
tal. Dado ese estado de cosas, si la constitución fuera movi- 
ble como las opiniones y las influencias dominantes, ¿á qué 
extremos no habría llegado aquel impulso? 

Viene la rebelión, hija legítima délos antecedentes que he 
mencionado, heredera de las resoluciones de Virginia y de 
la nulificación de Sud Carolina, viene la guerra formidable, 
la emancipación y el triunfo final de la nación. No quiero 
detenerme en detalles que serían interesantes para probar 
la excelencia de las constituciones escritas, no solo en tiem- 
po de paz, sino principalmente cuando el cañón toma la pa- 
labra; pero llego á las enmiendas y á la reconstrucción. Las 
enmiendas eran sólo la expresión de un hecho irrevocable, 
que convenía consignar en el cuadro. La reconstrucción era 
obra de la prudencia y de la lealtad á los m principios. Otra 
vez se presenta el ejemplo, muchas veces repetido, de la ex- 
celencia de la constitución y de su superioridad sobre las 
nociones y las prácticas populares. 

El negro estaba libre é investido con los derechos civiles 
y políticos del ciudadano. Un día es llamado á dar su voto. 

46 



3Ó2 1ÍSCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR O. RAWSON 

El antiguo amo se encuentra cara á cara con su esclavo en 
frente de la urna. Aquel amo insolente se sorprende de te- 
ner á su lado aquella figura negra, que quizá se ríe sarcásti- 
camente mostrándole sus blancos dientes, que tal vez lleva 
en las espaldas las cicatrices de los azotes recibidos no ha 
mucho, y aquella fantasma aborrecible lo enciende en ira 
impotente. El que nunca reconoció la vida de aquel ser, 
sino para utilizarla como una bestia, se encuentra aparea- 
do ante el derecho, su voto tiene un valor igual al del negro; 
y, en fin, ese negro gobierna también, lo que él no puede 
concebir. Dada la educación del blanco y su insolencia na- 
tiva, se comprende que no se resigne desde luego á su nue- 
va condición, que él mismo se ha preparado con sus dema- 
sías; y vienen entonces las conjuraciones innobles que tan 
sangrientas manifestaciones han producido. 

He aquí el difícil problema cuya solución no se ha alcan- 
zado todavía. Las garantías escritas de la constitución en 
favor del nuevo ciudadano tienen que hacerse efectivas. Se 
ha ensayado para eso el sistema de los carpet bagers con el 
apoyo militar de la nación, y el ensayo ha sido ineficaz; no 
ha protegido á los negros que han continuado siendo vícti- 
timas del asesinato, y ha pervertido la institución del go- 
bierno civil. Los que han ganado son los traficantes; los es- 
tados, los ciudadanos de color, la moral política, la índole 
del gobierno, todos han perdido en el ensayo. El partido que 
dirigió y consumó las victorias militares no ha sabido usar 
de sus ventajas; todo lo ha pervertido, hasta el punto de que 
el partido vencido ha subido en influencia, no por su propio 
mérito ni por sus tendencias ni por la superioridad de sus 
hombres, sino por los errores y por la corrupción de sus 



DERECHO CONSTITUCIONAL 363 

contrarios, y todo ello porque los republicanos estaban más 
abajo de la constitución ó porque no supieron interpretar 
sus prescripciones. 

Se habla de reforma civil, como de una novedad. La cons- 
titución condena el sistema de los despojos para el vencedor. 
Se habla de la pureza administrativa. Allí está la constitu- 
ción para levantarla con disposiciones indudables. Se habla 
de la indebida intervención en el régimen político de los 
estados. La constitución no puede ser más clara y más 
precisa. Volver con sinceridad á las prácticas constitucio- 
nales, es el camino trazado por las enseñanzas de la expe- 
riencia. No inventar una reforma en la constitución para 
cada tropiezo á que los errores ó las pasiones de los hom- 
bres conduzcan, sino hacer una pausa, contemplar los he- 
chos desde las alturas de la ciencia y con el criterio de la 
ley consagrada, y tener el coraje de volver á los principios. 
Todo se facilita cuando hay una buena voluntad. Reaccio- 
nar contra el vicio y los abusos es tanto más practicable, 
cuanto que en ese camino se tendrá siempre la aprobación 
de las grandes mayorías de pueblo que no pueden sino ga- 
nar con el ejercicio de la constitución. 

En el Sud el mal es duradero. La raza negra ha sido de- 
gradada física, intelectual y moralmente durante una serie 
dé generaciones; no debemos sorprendernos de la debilidad, 
de la ignorancia y aun de los vicios de esas grandes masas. 
Seamos fieles á la constitución, expiemos con eficacia el de- 
lito de haber autorizado ó consentido en el desenvolvimien- 
to de la esclavatura; ocurramos con coraje y sobre todo con 
paciencia, al lento, pero seguro remedio que la educación y 
el bienestar han de producir, y seamos severísimos en la 



364 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

disciplina constitucional, que es el derecho. El remedio ha 
de venir, aunque sus pasos sean lentos. 

Todavía desearía hablarle más sobre materias que de li- 
gero se tocaron anoche; entre otras el efecto desmoralizador 
de las grandes aglomeraciones urbanas. Soy decidido ene- 
migo de esas acumulaciones perniciosas bajo muchos puntos 
de vista; pero ya estoy cansado de escribir. Bástame, sobre 
este punto, decirle que una legislación que tienda á forzar 
el capital en industrias fabriles, que son por su naturaleza 
casi urbanas, con depresión y á expensas de las industrias 
rurales nativas, conspira en la dirección del pauperismo en 
las ciudades y del ausentismo irlandés ó inglés en las cam- 
pañas. Dice el proteccionista Carey que cuando Adam 
Smith escribió su «Riqueza de las Naciones» había en Ingla- 
terra 220 000 propietarios de tierras, y que en 1866 solo 
existían 33 000 propietarios; los demás, desposeídos de sus 
lotes por la diversión de las industrias, estaban convertidos 
en proletarios ó en pobres en las ciudades manufactureras. 
Temo que entre nosotros suceda lo mismo; no por que los 
propietarios sean desposeídos; sino por que la atracción de 
las industrias urbanas y de los capitales que ellas reclaman, 
impriman esa dirección al movimiento de la población, con 
detrimento de los sanos intereses rurales que son nuestra 
riqueza actual y nuestro porvenir, en una nación cuya ex- 
tensión territorial es inmensa, y su población reducida. 

Le he escrito así, á toda prisa, para no dejar pasar el día. 
Lea esta larga carta, y devuélvamela para pensar otra vez 
en ella y formularla de una manera más aceptable para mis 
propósitos. 

Si tiene ocasión de ver á alguno de los señores que asistieron 



DERECHO CONSTITUCIONAL 365 

á la sesión de anoche, discúlpeme con ellos. Usted sabe que 
no soy extraño al raciocinio y que en otras circunstancias y 
en otras formas habría sido capaz de decir alguna cosa que 
pudiera oírse sin desdén. 
Su afectísimo amigo, 

G. Rawson. 



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FERRO-CARRIL INTEROCEÁNICO 



(Párrafos de carta dirigida al señor Agote en 1867) 



Por lo demás, el Ferro- carril del Oeste debe ser prolonga- 
do indefinidamente en la dirección de la Cordillera hasta el 
Planchón y extenderse hasta el otro lado de los Andes para 
poner en comunicación ambos océanos. Esta es la obra 
grande que no debe perderse de vista y que tiene que ejecu- 
tarse fatalmente antes de muchos años. Para la República 
Argentina esta obra grandiosa representará la población de 
cuatro mil leguas de desierto y la formación de ciudades y 
de provincias cuyos nombres están todavía por inventarse, 
y que, como los Estados de Illinois, Indiana, Michigan y 
Iowa, en el Oeste de los Estados Unidos, han de mostrar 
una riqueza inmensa y han de afianzar, como aquéllos, la 
democracia americana. 

Para las Repúblicas del Pacífico, el ferro-carril trasandino 
establecería los vínculos más sólidos de sus relaciones de 
amistad y mutua conveniencia con esta sección de la Amé- 



'0 



368 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

rica, y les abriría, además, un camino breve para sus comu- 
nicaciones con Europa. 

Para el comercio universal, para el engrandecimiento de 
esos mundos nuevos que se levantan en los mares del Sud 
con los nombres de Australia, Sandwich, Otahiti, etc., este 
ferro-carril interoceánico ha de ser, sin disputa, el camino 
más eficaz para su desarrollo gigantesco, mil veces preferi- 
ble á todas las vías existentes, á la vuelta del Cabo, al Istmo 
de Panamá, al canal de Suez, y aún al atrevido ferro-carril 
central de los Estados Unidos que, partiendo de las costas 
del Atlántico y recorriendo una distancia de más de mil le- 
guas, vendrá á parar en San Francisco de California, á fines 
del afio de 1868. 

Cuando nosotros hayamos construido las doscientas leguas 
escasas que nos separan de Curicó, una revolución inmensa 
se habrá operado en los rumbos comerciales del mundo. 
Entonces ha de ser preciso ensanchar los caminos y las ca- 
lles de Buenos Aires para que tengan cabida las masas de 
seres humanos formadas de todas las razas y cargadas con 
la variedad infinita de riquezas que buscarán cómodamente 
su mercado, dejando á su paso entre nosotros el rastro de 
oro y de luz que señalará la civilización del siglo en sus es- 
pléndidas manifestaciones. 

Si las previsiones de mi razón y de mi deseo no me son in- 
fieles, esto tiene que suceder antes de veinte afios; y veinte 
afios, mi querido amigo, es minuto de tiempo para pueblos 
como el nuestro, que está oyendo todavía resonar el estruen- 
do producido por la caída de la más sangrienta y odiosa ti- 
ranía que la historia moderna ha presenciado. 



BELLAS ARTES Y CIENCIAS 



El sentimiento estético— Vida retrospectiva— El maestro Douet de San Jüah 
—La Tribuna Pitti— El retrato de la Fornarina y Julio II— La Madonna 
de San Sixto, de Rafael, en Dresde— La escultura y sus tipos— La galería 
de la inmortalidad al aire libre— La gloria y sus visiones— Un estudiante 
de física kn Buenos Aires en 1840— El telégrafo eléctrico adivinado en 
Buenos Aires hace 42 anos— Morse y su invento— Los cóndores de las cordi- 
lleras—El PROBLEMA DE LA NAVEGACIÓN AÉREA— ANATOMÍA Y FISIOLOGÍA DE 

las aves voladoras— Teoría del vuelo— La flotación aérea— Comunicación 
aérea universal— el teléfono presentido en buenos alrbs antes de bell— 
la materia purpurina y la facultad de aplicación— las armonías de la 

PALABRA— LA LAMPARA DE GALILEO— La TORRE DE PlSA— «jE PUR SI MÜOVb!» 

Tal es el sumario de la carta anónima que publicamos á continuación, cuya fir- 
ma leerán todos á la apacible luz que de ella se desprende. 

Hace cuarenta y dos años que su autor, á la sazón estudiante de física en Buenos 
Aires, adivinaba antes de Morse, a la edad de diez y nueve aflos, el telégrafo eléc- 
trico que ha inmortalizado a su inventor. 

Muy niño aún, viendo volar los cóndores de la cordillera, á cuyo pie naciera, pre- 
sintió la posibilidad de la navegación aérea, y tuvo la intuición de su teoría cien- 
tífica, que mañana tal vez será una verdad práctica. 

En la edad viril, tuvo la intuición del teléfono antes de Bell. 

Estos son hechos notorios para todos los maestros, condiscípulos y amigos 
del autor de la carta, cuya fecha de 1878 es, por otra parte, una prueba escrita de 
*us facultades intuitivas en el orden científico y de sus previsiones racionales en el 
-orden de las observaciones de los fenómenos naturales y de sus aplicaciones prác- 
ticas. 

47 



370 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

Mr. Pasteur dice que ha debido la mayor parte de sus descubrimientos, más bien 
a sus intuiciones que á las observaciones directas, que generalmente tenían por 
base una hipótesis presentida. 

Pero como la gloria en el mundo es del que realiza más que del que adivina por 
instinto, por inspiración y aún por inducciones y deducciones lógicas, la navega- 
ción á vapor como la locomotora, el telégrafo eléctrico como el teléfono, llevan el 
nombre de los que dotaron á la humanidad de estos órganos complementarios de la 
vida universal de relación, aún cuando algunos los pudieron imaginar y aún reali- 
zar antes. 

Estas intuiciones precursoras, estas luces crepusculares de los grandes inventos; 
estos presentimientos racionales que se anticipan al hecho práctico, constituyen 
ese proceso del progreso humano de que habla Macaulay, que hace descubrir á Co- 
lón el Nuevo Mundo, cuando el sentido común de la colectividad tenía ya su noción, 
y los adelantos de la navegación hacían no solo posible, sino inminente el descu- 
brimiento de nuevas regiones. 

Al lado de cuantos descubridores ignotos ha pasado la gloría que se vincula á los 
grandes descubrimientos y los grandes inventos, como dice el autor de la carta, mi- 
rándolos de cerca, alejándose, dejándolos envueltos en la oscuridad para verla bri- 
llar poco después, resurgir ciñen do con su corona de luces otras cabezas que reali- 
zaron sus sueños! Pero no todos podrán decir como él, que la vieron alejarse sin 
amargura, y que se gozaron en la obra y en la gloria agena, satisfechos con haber 

tenido la revelación anticipada de la verdad demostrada. 

Pueden consolarse los inventores anónimos, autores de cartas anónimas que no 
necesitan firma para deletrear su nombre en los espacios de la luz; que todas las 
grande6 invenciones que constituyen la potencia humana complementada, son tam- 
bién anónimas desde la aguja hasta la cufia, desde la palanca hasta el martillo, 
desde la balanza hasta la rueda, y desde la moneda, el más maravilloso de todos los 
inventos, hasta la aplicación de todas las fuerzas [naturales que precedieron al 
vapor. 

Hoy todos los descubrimientos llevan su nombre propio, y el arsenal del trabajo 
humano se enriquece cada día con armas bien templadas de combate, que vencen 
el tiempo, las distancias y todas las resistencias físicas, inmortalizando á los que 
aplican y ejecutan concientemente, y reflejando un lejano y tenue rayo de gloria 
sobre las cabezas pensadoras que adivinaron, presintieron y pudieron también ha- 
ber aplicado y ejecutado lo que científicamente comprendieran. 

Tal es la modesta gloría que se refleja sobre la cabeza del precursor anónimo del 
telégrafo eléctrico y del teléfono entre nosotros, y del expositor de la teoría de la» 
flotación aérea, y es un honor para el país, que haya nacido en tierra argentina. 



BELLAS ARTES Y CIENCIAS 37 1 

Esto es lo que nos mueve A publicar la siguiente carta, dirigida á un argentino 
que en su fecha se hallaba en París, carta de que existen varias copias, omitiendo 
la firma porque lleva en si el sello del sabio y del hombre de corazón que la ha es- 
crito.— (La Nación). 



Roma, enero 23 de 1878. 

Mi amigo querido: 

De Florencia le decía que desde Roma le comunicaría las 
impresiones que había recibido en aquella ciudad de las Ar- 
tes. Aprovecho hoy la oportunidad de estar encerrado á 
.causa de una exacerbación de mi tos, para cumplir con mu- 
cho gusto mi promesa. 

Sería inexacto si le dijera que la falta de vista me impide 
gozar de las bellezas artísticas que hacen la gloria de Flo- 
rencia. Carezco por mi organización del sentimiento estéti- 
co en las artes plásticas: he tenido sanos mis ojos por más 
de cincuenta años; he visto con ellos muchas cosas, y á ve- 
ces más de lo conveniente; y, sin embargo, jamás pude apre- 
ciar debidamente el mérito relativo de los trabajos artísti- 
cos, á pesar de tener á mi lado durante esos aflos un artista 
tan querido y lleno de talento. 

No pretendo disculparme por no haber cultivado el gusto 
y la disciplina del Arte, atribuyéndolo á defecto ingénito en 
mí, cuando quizá una aplicación voluntaria y persistente á 
esos estudios habría suplido en gran parte á mi incapaci- 
dad; pero sostendré siempre que el artista, como el poeta, 
nacen y no se hacen. En prueba de esta proposisión, le 
contaré una breve historia que no ha de ser la única que 
esta carta contenga, si logro consignar en ella lo que he 



372 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

sentido y pensado en Florencia y las emociones que allí me 
habían embargado, y que quisiera consignar en estas líneas 
dirigidas al indulgente amigo. 

Cuando la edad avanza, la vida de relación ú objetiva va 
perdiendo progresivamente su interés para nosotros, sin- 
tiéndonos cada día más concentrados, más egoístas, por de- 
cirlo todo; y experimentamos la necesidad de reflejar en el 
sujeto las impresiones recibidas. Por eso los viejos hablan 
mucho de sí mismos, escriben sus memorias si son escrito- 
res, ó las relatan complacidos á sus nietos, si los tienen, ó á 
los amigos que los escuchan con benevolencia. Cuando al- 
guno de los instrumentos de percepción se debilita, princi- 
palmente el de la vista, esa tendencia de concentración se 
acentúa más y más; de manera que yo soy uno de esos vie- 
jos medio ciegos, que se sienten tentados á cada paso y con 
cualquier pretexto á pensar y decir de sí mismos lo mejor 
que saben. Paciencia, puesl 

Mi cuento era este: 

Dos ó tres años antes que V. naciera, pasó por Buenos 
Aires y se internó en las Provincias un agrimensor francés 
llamado Mr. Pierre Douet, llegando á San Juan después de 
algunas vueltas y estableciéndose allí como maestro ¿e es- 
cuela, ya que no podía vivir ventajosamente del ejercicio 
de su profesión. Era esta la mejor escuela de San Juan en 
aquel tiempo, y fuimos colocados en ella mi hermano menor 
y yo. Era nuestro maestro un excelente caballero. Nunca 
recuerdo haberlo visto reírse, aunque lo vi impacientarse 
muchas veces con las impertinencias ó mala crianza de los 
centenares de muchachos que estaban á su cargo; pero esos 
ímpetus inevitables jamás tomaron proporciones violentas, 



BELLAS ARTES Y CIENCIAS 373 

ni dejaron en su ánimo prevenciones duraderas para con 
alguno ó algunos de sus discípulos. 

El seflor Douet enseñaba con paciencia lo que sabía, es 
decir, las primeras letras, con una forma de escritura mag- 
nífica, el francés, la geometría y el dibujo. Mi hermano adqui- 
rió allí una letra sin igual, y sus primeras nociones de dibujo 
y de colorido, que lo prepararon para cultivar el arte con 
éxito notabilísimo. Yo no pude aprender á escribir bien 
con tan buen maestro; y recuerdo que mi padre, reconvi- 
niéndome una vez por mis escasos progresos en la caligra- 
fía me decía: «Los grandes hombres tienen generalmente 
malísima letra; pero no debes olvidar que para ganar el de- 
recho de escribir mal, es necesario primero llegar á ser. 
grande hombre.» 

En cuanto al dibujo y á la pintura, jamás pude adelantar 
un paso, aún habiendo estudiado entonces con aquel maes- 
tro por más de un afio. Nunca pude formarme idea de las 
proporciones, sino cuando ellas podían determinarse con 
el compás; y los colores, las luces, las sombras, los matices, 
etc., eran cosas que me fatigaban hasta la desesperación, 
sin alcanzar á apreciarlas en las obras de los otros, y menos 
en las abominables caricaturas que yo ejecutaba y que re- 
querían una completa corrección del maestro para poderlas 
mirar. 

Este hecho sencillo ha sido ocasión para mí de muchas 
reflexiones más adelante, y he llegado á la conclusión de 
que hay causas fisiológicas, anatómicas é histológicas quizá 
que intervienen en este fenómeno, fijando irrevocablemente 
las aptitudes individuales: tal vez la presencia, la calidad ó 
la distribución en la retina de ese fluido purpurino que se 



374 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

descubre ahora en el fondo del ojo, y que ha dado ocasión 
á tan interesantes investigaciones experimentales, de las 
cuales hablábamos con V. (el doctor Larrosa) y con Crespo 
en París, sea el elemento decisivo que determina aquellas 
aptitudes, y tal vez yo y los que se me parezcan carezca- 
mos de una dotación suficiente de ese fluido en nuestros 
ojos. 

Todo esto es simplemente para decirle que no he podido 
gozar como otros gozan al visitar las riquísimas galerías de 
pintura del palacio de los Oficios, del palacio Pitti y de mu- 
chos otros que hemos visto con interés. 

En la gran galería de los Oficios, donde hemos estado 
tres ó cuatro veces, nos detuvimos siempre por horas 
ante aquel receptáculo central de preciosidades llama- 
do la «Tribuna.» Mi compañera tiene seguramente en 
sus ojos negros mucho más rojo retiniano que yo, porque 
juzga mucho mejor el mérito de un cuadro, y señala con 
excelente criterio la perfección de detalles que yo no acier- 
o á percibir. 

Después de una inspección rápida de la «Tribuna,» tomé 
una posición conveniente para utilizar mi anteojo de teatro, 
sin cuyo auxilio no veo con claridad los objetos á cierta 
distancia. Me detuve media hora contemplando dos obras 
de Rafael que quedaban así bajo mi observación: era la una 
el famoso retrato de la Fornarina, y la otra el retrato de 
Julio II. Di á éste mi preferencia decidida, aunque no me 
acuerdo de haber oído mencionarlo con esa superioridad. 
El retrato acabado de un viejo con sus sienes hundidas, su 
boca sumida, su blanca y larga barba, con un colorido en 
que me parecía ver la circulación morosa de los capilares 



BELLAS ARTES Y CIENCÍAS 375 

cutáneos, con sus manos colocadas en descanso, mostran - 
do en la izquierda con cierta afectación su grande anillo, 
era un objeto atractivo para mí, hasta el extremo de llevar 
á segundo término la bella cabeza y redondeados hombros 
de la Fornarina; y más lejos todavía la Venus del Ticiano 
con sus formas contorneadas, que pueden servir de modelo 
perenne á los amantes del arte. 

Esta reducidísima relación de lo que he visto en la «Tri- 
buna», le bastará para comprender cuan escasos han sido 
mis triunfos como aficionado. Recordar el número de ar- 
tistas representados allí por sus mejores obras, es para mí 
trabajo casi tan difícil como acordarme del número mucho 
mayor todavía de sus variadas y selectas producciones. Mi 
preferencia por el cuadro de Julio II tal vez dependa más 
de sus analogías con el retrato de mi padre, que es la obra 
maestra de mi hermano, por su admirable semejanza y por 
la naturalidad de todos sus detalles. Mi sensibilidad artís- 
tica es obtusa sin duda; pero es susceptible de despertarse 
en cierto grado ante la imitación fiel de la naturaleza. Cuan- 
do vi en Dresde la Madonna de San Sixto de Rafael, experi- 
menté por primera vez de mi vida esa emoción profunda, 
casi extática, que gozan los aficionados, á menudo, delante 
de las obras notables; pero mi impresión en aquella ocasión 
no procedía del dibujo, ni del colorido, ni de las proporcio- 
nes, sino de que veía en aquella Madonna un trasunto per- 
fecto del natural, y en aquellos dos angelitos que aparecen 
á los pies de la Virgen, con sus caritas risueñas y radiantes, 
dos cabecitas encantadoras que yo había visto en alguna 
parte, ó que había de ver más tarde, porque ellas están en 
la naturaleza. Nada he hallado hasta ahora como aquel 



376 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

cuadro, cuyo solo recuerdo evocado me conmueve mil 
veces. 

Lo que le refiero de la pintura se aplica con igual exacti- 
tud á la escultura. La noción de proporciones es también 
muy oscura en mí, siendo solo capaz de apreciar el conjun- 
to, y ésto también en relación á la representación de la na- 
turaleza. Las más preciosas obras del cincel, salidas de las 
manos de los más grandes y sublimes artistas, no me estre- 
mecen con su exquisita perfección, y solo las aprecio como 
imitaciones visibles del natural. Tan hermosas y afamadas 
como son las famosas estatuas de Miguel Ángel que están 
en la Capilla de los Médici, no han sido bastante para con- 
moverme, á causa de mi incapacidad artística. 

Pero en el pórtico del palacio de los Oficios y en las mu- 
rallas que le hacen frente, está colocada una colección de 
estatuas de mármol, ejecutadas por escultores de diversos 
méritos, representando los hombres más eminentes de Tos- 
cana en las ciencias y en las artes. No sé cuál será el valor 
de estas estatuas como obras de arte ó por su semejanza 
con los originales respectivos, ni me interesa saberlo. Sin 
embargo, es allí en presencia de esa doble galería, al aire 
libre, al cielo descubierto, donde yo me he sentido conmo- 
vido hasta los últimos límites de mi sensibilidad. Aquél es 
el verdadero templo de la inmortalidad; allí me he descu- 
bierto la cabeza con respeto, y así me he deslizado silencio- 
so é impregnado de veneración por delante de aquella do- 
ble falange cuya sola presencia me ha hecho gozar como 
pocas veces en mi vida. ¿Por qué? V. lo comprenderá per- 
fectamente, mi querido amigo, si piensa en lo que es la glo- 
ria, lo que son las coronas triunfales, lo que es la satisfac- 



BELLAS ARTES Y CIENCIAS 377 

ción de ese precioso instinto de inmortalidad que está en él 
fondo de la naturaleza humana, y que con diversos nombres 
y en diversas formas concurre á determinar las grandes ac- 
ciones de los hombres y los grandes progresos sociales. En 
aquella galería está el Dante, Miguel Ángel, Petrarca, Gali- 
leo y aún el picante Boccaccio con sus alegres cuentos j al 
lado de los purísimos sonetos del adorador de la casta Lau- 
ra; allí están cincuenta otros nombres consignados en la 
historia; allí está, en fin, esa falange de ilustraciones eternas 
que dan luz en aquel espacio, como han iluminado la tierra - 
entera con los productos de su genio. 

Yo he buscado la gloria. La he deseado mil veces con ar- 
dor pero sin impaciencia, y la he visto pasar á mi lado mi- 
rándome y alejándose sin enviar sobre mi frente uno solo • 
de sus divinos destellos; y la he visto alejarse así sin amar- 
gura. Muchas veces he comprendido la verdad de aquellos 
lindos versos de Zorrilla que terminan: 

Que más vale morir como mendigo 
Por morir como Píndaro y Homero 

y asimismo, mi vida ha pasado, no como la de un mendigo, . 
y menos llegará á su término como la de Píndaro. 

Por lo que voy á decirle ha de ver V. que no han sido del • 
todo insensatos mis anhelos por dejar mi nombre escrito en 
la historia de mi país y en la de la ciencia, aunque nunca 
acerté á traducir en hechos duraderos esas legítimas ambi- 
ciones. 

Estudiaba yo la física en 1840 bajo la dirección del sabio - 
jesuíta, el Padre Gomila. Un día en que ei padre nos en- 
señaba experimentalmente la acción de la pila voltaica y la- 

48 



3/8 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

celeridad de la corriente eléctrica, yo tomé con deliberación 
un alambre atado á uno de los polos de la pila, salí con el 
alambre al patio del colegio, y lo llevé hasta su término, 
encargando á uno de mis compañeros que hiciera descargas 
sucesivas sobre mi alambre, acercándolo y alejándolo alter- 
nativamente del otro polo, según nos lo había enseñado el 
profesor. Llamé entonces al Padre Gomila, que me dispen- 
saba mucha confianza, y entablé con él el diálogo siguiente: 
—«Aquí recibo, sefior, instantáneamente las descargas su- 
cesivas de la pila: si este alambre se extendiera hasta la Pla- 
za de la Victoria, ¿no recibiríamos allí las descargas con la 
misma celeridad?— Seguramente que sí, respondió el padre. 
— Y si el alambre mismo alcanzara hasta la ciudad de San 
Juan, ¿no se produciría en aquella estremidad el mismo 
efecto de las descargas?— Creo que sí, contestó él, si el con- 
ductor pudiera mantenerse aislado hasta allí: y ¿qué deduce 
V. de esto? -Me ocurre, señor, que si se diera un significado 
convencional á las descargas, según su número, se podrían 
trasmitir palabras á larga distancia, y que yo podría con- 
versar con mi padre, que está en San Juan. —No me había 
ocurrido eso,» fué la contestación del profesor, y yo no ha- 
ble más del asunto en aquel día. Al siguiente día, el Padre 
Gomila se paseaba en los claustros del colegio como de cos- 
tumbre; cuando acerté á pasar por allí cerca, el Padre me 
llamó y me dijo estas palabras:— «Anoche he pensado mu- 
cho en sus observaciones de ayer: creo que eso es más 
serio de lo que parece, y que es preciso no echarlo en 
olvido.» 

Cinco años más tarde el Congreso de los Estados-Unidos 
votaba con gran dificultad y sin fe alguna en los resultados, 



BELLAS ARTES Y CIENCIAS 379 

una suma pedida por el pintor Morse para ensayar un nue- 
vo sistema de comunicación eléctrica entre Washington y 
Baltimore. El ensayo, muy laborioso, hubo de abandonarse 
más de una vez, y prevaleció, al fin, con el nombre de «Te- 
légrafo eléctrico», constituyendo uno de los descubrimien- 
tos más maravillosos de la edad presente, cuyas bené- 
ficas y prodigiosas aplicaciones cubren la tierra y la en- 
vuelven en una corriente animada de simpatía humanitaria. 
Morse es un nombre glorioso que no se borrará de las pá- 
ginas más brillantes de la historia. El mismo principio se- 
ñalado por mí en el modesto recinto de mi escuela en 1840, 
había sido aplicado con alguna modificación práctica en 
1846; la gloria se me había aparecido por un momento; no 
supe utilizar sus inspiraciones, y ella tendió su vuelo al otro 
extremo de la América para incorporarse en quien mejor 
que yo la merecía. «Este es tu telégrafo», me dijo mi padre 
en San Juan cuando leyó en los periódicos la primera no- 
ticia dei invento; y con esas palabras me quedé candorosa- 
mente satisfecho, prometiéndome seguir, gozando en ellos, 
todos los progresos y desenvolvimientos de mi telégrafo. 

Otro cuento, y no será el último. 

He nacido en uno de esos valles formado por las cadenas 
secundarias de los Andes, donde he pasado mi infancia y 
mi primera juventud. El cóndor que forma su nido en las 
cavernas de aquellas elevadas montañas, no desdeña el ba- 
jar á los valles en busca de su presa. Desde niño he visto 
millares de estas aves, sea asentadas al rededor de su 
sangriento banquete, sea levantando su vuelo hasta las 
nubes y describiendo en las alturas sus majestuosos 
círculos. 



3&0 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

Después de terminados mis estudios, volví á ver el cón- 
dor de mi niñez, y con esa tendencia irresistible que me in- 
duce á buscar el sentido de los fenómenos más simples, me 
detuve muchas veces á contemplar aquella ave majestuo- 
sa, no con la vivacidad del poeta, sino con la obstinada 
curiosidad del fisiologista. 

Veía levantarse al negro buitre de su mesa de granito, 
arrastrarse penosamente en una breve carrera para darse 
un impulso, alzarse del suelo batiendo con rapidez, sus alas, 
moviéndose en círculos sobrepuestos, y acabando por al- 
canzar las altas regiones de la atmósfera donde mi vista le 
seguía aún, y donde sus alas extendidas en su totalidad de- 
jaban de agitarse, ó se movían quizá muy levemente para 
imprimir al conjunto la dirección en giro circular. Más de 
una vez he presenciado que aquel rey de las montañas y 
de las nubes, percibiendo con su vista aquilina desde las 
alturas una presa cualquiera, recogía sus alas, dando á su 
cuerpo total la forma de una quilla y reduciéndolo en volu- 
men á menos de la mitad, y se lanzaba así en línea recta, para 
caer en pocos instantes sobre el sitio preciso de su de- 
signio. 

Todo esto he visto muchas veces, y me he preguntado 
cuáles son las condiciones anatómicas y fisiológicas que 
permiten la realización de aquellos fenómenos, y si no sería 
posible que la mecánica tradujera, imitándolas, esas condi- 
ciones para resolver el problema imposible de la navega- 
ción aérea. 

Las disposiciones anatómicas comunes á todas las aves, 
aunque más acentuadas en las grandes aves voladoras, son 
sencillísimas. Los huesos y las plumas están dispuestos 



BELLAS ARTES Y CIENCIAS 38 1 

para contener en ellos, puesto que son huecos y ligeros, 
una cantidad de aire á la alta temperatura propia de su es- 
pecie, y este aire dilatado y sutil, formando parte del volu- 
men mismo del ave donde está encerrado, da á ésta la lige- 
reza relativa para la flotación. Dada esta circunstancia, en 
virtud de la cual el cuerpo flotante pesa menos que el volu- 
men de aire atmosférico desalojado, si se agrega la acción 
mecánica de las alas, procedente de su musculatura y de 
sus articulaciones, se consigue á la vez la ascensión y la 
dirección del movimiento. 

Desde 1854 yo he pensado que el problema aerostático 
tiene que resolverse con la imitación del cóndor. Empezan- 
do por la forma del conjunto, debe abandonarse completa- 
mente la forma de globo, y adoptarse sin vacilar la del ave, 
cuyas funciones se pretende representar. Si los buques que 
atraviesan los mares no hubieran adoptado desde el origen 
la figura de un pescado, y se hubiera pretendido surcar las 
aguas en globos, aunque fueran movidos enérgicamente 
con la fuerza poderosa del vapor, las naves así construidas 
habrían obedecido siempre á las corrientes ó al soplo ca- 
prichoso de los vientos. 

Por lo demás, la imitación se hará con un sistema de tu- 
bos comunicantes y ligeros, dispuestos á la manera en que 
se hallan los huesos y las plumas del ave modelo; un siste- 
ma de articulaciones de fácil extensión y contracción, con 
sus músculos mecánicos para determinar esas flexiones con 
la energía y en la dirección conveniente; y para mantener, 
intensificar ó disminuir la aptitud flotante del buque aéreo, 
la disponibilidad de un foco de calor incorporado que repre- 
sente la acción del pulmón del cóndor, á fin de mantener 



382 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

los tubos y el conjunto con una masa gaseosa sutilísima que 
entretenga su capacidad flotante, y permita que las alas 
mecánicas impriman la dirección deseada. 

Me parecía entonces que la electricidad podía servir á los 
fines de la calorificación y de la impulsión. Un amigo mío 
fué á París en 1857 y tuvo la bondad de investigar allí, ex- 
perimentalmente, lo que se podría conseguir en este sentido 
de la fuerza eléctrica; pero nada pudo adelantar entonces 
y nada se habló después de mi idea. 

Como quiera que sea, no pierdo la esperanza de que mi 
pensamiento se realice más tarde ó más temprano, porque él 
está fundado en las leyes naturales. Si como lo espero 
y lo deseo, Vd. vive siquiera hasta el fin del siglo presente, 
tal vez verá un día un cóndor gigantesco girando lentamen- 
te y descendiendo para atar sus anclas en la torre del Ca- 
bildo de Buenos Aires. Ese cóndor bajará allí para deposi- 
tar la correspondencia y los pasajeros conducidos desde 
París en 10 ó 12 días al través del espacio aéreo, contrarres- 
tando los vientos adversos y venciendo los violentos ciclo- 
nes que lo habrán asaltado quizá en el camino. El cóndor 
viajero llevará el nombre de otro Morse ó de otro Bell; pe- 
ro mi amigo Santiago se acordará de mí en ese día con los 
contemporáneos que sobrevivan todavía. 

La historia del teléfono Vd. la conoce. Tomé de los niños 
en las calles de Buenos Aires un juguete acústico; lo estu- 
dié como de costumbre y me pareció que era el punto de 
partida de un gran descubrimiento. Introduje en aquel ele- 
mento algunas adiciones que extendían su eficacia hasta un 
punto cuatro veces más dilatado que el ordinario: y lo llevé 
conmigo á los Estados-Unidos, donde encontré que se eje- 



BELLAS ARTES Y CIENCIAS 383 

cutaban experimentos para el mismo fin, con la interven- 
ción de la electricidad. 

Estos experimentos han dado hasta ahora resultados sa- 
tisfactorios, mientras que los míos no adelantaron más, tal 
vez por falta de la materia purpurina, cuyo defecto me 
impide dar formas prácticas á mis sugestiones. No dejaré 
de trabajar, sin embargo, en la demostración de que el fe- 
nómeno de la telefonía es esencial y exclusivamente acús- 
tico y de que la electricidad solo viene á ser un auxilio en 
su producción: tengo la evidencia teórica de esta propo- 
sición. 

Pero sea como fuere, el descubrimiento del teléfono es de 
una infinita trascendencia, y mis ardientes simpatías lo si- 
guen en todos sus desenvolvimientos progresivos. Trasmi- 
tir la voz á la distancial al través de los desiertos y por las 
profundidades de los mares tempestuosos, oir á lo lejos la 
palabra, es una bendición infinita que no tiene igual entre 
los dones con que la ciencia ha enriquecido al hombre. Co- 
nozco todas las armonías y las más exquisitas melodías 
que la naturaleza produce en sus variadas formas; he oido 
y gozado de las obras del arte musical interpretadas por 
los mejores ejecutantes; me imagino todavía esos coros di- 
vinos de ángeles que entonan himnos incesantes en el cielo . 
para los escogidos; pero esas melodiosas producciones no . 
se parecen á la voz dulcísima de la amada, del hijo, del ami- 
go, cuando llega suave y cariñosa á nuestros oídos y hace 
temblar de gozo el corazón. 

Pensar que un día no distante, desde estas remotas co- 
marcas yo podría dirigir á mi hijo la palabra discreta y 
amorosa, y que el timbre de su voz me llegaría íntegro co— 



384 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR Q. RAWSON 

mo para reconocerlo entre millones; imaginarme que con 
mi acento conmovido podré decirle un día: «Acércate hijo 
mío para besar tu frente y bendecirte»; y que á mi vez oiré 
su respuesta diciéndome: «Estoy pensando en tí y amán- 
dote», y pensar que esta felicidad que parece un milagro 
estará al alcance del más rico como del más pobre, es pen- 
sar en un verdadero acontecimiento humanitario, en un 
consuelo inefable de la ausencia, en un vínculo aéreo y 
misterioso para estrechar las almas separadas. 

En fin, mi amigo: doy mil gracias y muy fervientes á 
Dios, porque las puertas de mi alma estén siempre abiertas 
de par en par para las grandes emociones, y porque si no 
me ha sido posible crear y gozar de mi propia gloria, goce 
con ardiente entusiasmo en la de los otros. En la Catedral 
de Pisa hice oscilar con mi mano la famosa lámpara de co- 
bre, me coloqué con los brazos cruzados en el sitio precisa- 
mente de donde Galileo observó las oscilaciones que lo 
condujeron á establecer el isocronismo del péndulo, ascen- 
dí á la célebre torre inclinada que le sirvió para sus expe- 
rimentos sobre la ley del movimiento uniformemente ace- 
lerado en la caída de los cuerpos; aquí en Roma he de bus- 
car el sitio donde el mismo grande hombre, delante de sus 
inicuos jueces, y alzándose de su genuflexión, pronunció 
en voz baja la palabra histórica: «¿ pur si tnuove.» Y allí 
como aquí, he de extasiarme con religioso respeto delante 
de aquella gran figura que vivirá en la memoria de los 
hombres mientras siga rodando sobre su eje este globo cu- 
yo secreto descubrió Galileo. Ya que mi insuficiencia para 
las artes me priva del placer que otros disfrutan, gracias, 
Dios mío, porque me conserváis este poder de absorber en 



BELLAS ARTES Y CIENCIAS 365 

el corazón los tesoros de luz y de gloria que me cir- 
cundan! 

Perdone, amigo, esta carta, egoísta y larga como el egoís- 
mo. Léala y guárdela para cuando el cóndor susodicho va- 
ya á visitarlo á Buenos Aires. 

Yo me despido de Vd. con un abrazo, encargándole mu- 
chas expresiones para los amigos. 

G. Rawson. 

Señor Doctor Santiago Larrosa. 



-<$>- 



49 



CUESTIONES DEMOGRÁFICAS 



Buenos Aires, agosto 8 de 1883. 

Señor Alberto B. Martines. 

Mi estimado amigo : 

Recibí con agradecimiento el interesante trabajo del señor 
Latzina que Vd. tuvo la bondad de enviarme. He leido con 
gusto y con decidida atención estas «Consideraciones demo- 
gráficas sobre los resultados del Censo de la Provincia,» y 
si hubiera la oportunidad, la aprovecharía para felicitar al 
autor por su paciente y erudito trabajo. 

En prueba del interés con que he estudiado esta Memoria, 
voy á hacerle algunas observaciones ; y si Vd. lo conside- 
ra oportuno y tiene la ocasión de hacerlo, puede comuni- 
cárselas al autor. . 

Desde luego, debo decirle que délas dos fórmulas expues- 
tas en la nota de la primera página, aceptóla segunda, que 
es la que yo empleo siempre en mis cálculos de esta natu- 
raleza. La cifra de 43 por mil en el caso presente es la verda- 
dera, como raaón de la progresión anual de la población, 
puesto que aumentada ésta en esa proporción cada afio, pa- 



388 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

ra el siguiente hay que calcular sobre esa suma; y así suce- 
sivamente apreciando el aumento en cada una de esas uni- 
dades de tiempo sobre la suma del periodo precedente, al 
cual se agrega lar a son, ó el 43 por mil en nuestro caso. Si se 
empléasela fórmula primera, ese 54 por 1000 calculado sobre 
la población originaria daria un total fijo, que sería preciso 
multiplicar por el número de años transcurridos, como si en 
cada año el aumento fuera siempre el mismo del primero. 

Luego viene otra observación aplicable á alguna de las 
comparaciones que el Sr. Latzina establece entre la ley de 
crecimiento de la provincia de Buenos Aires y la que se 
hace sentir' en otras agrupaciones nacionales, de las cuales 
resulta la superioridad de nuestro acrecentamiento en los 
años que median entre los censos de 1869 y 1881. 

Conviene notar que el desarrollo de nuestra población 
se hace sentir en gran parte por la creciente inmigración 
que nos favorece, lo mismo que sucede en los Estados-Uni- 
dos y en las colonias inglesas que el autor menciona. Ahora 
bien, cuando un número colectivo se adiciona con elemen- 
tos extraños que se le incorporan, es claro que cuanto más 
reducido sea el número originario, más sensible ha de ser 
su progresión relativa. Si á un grupo de ¿0 se agregan 5, el 
aumento se expresará por la razón, de 25 por 100; pero si 
aquel número fuera 50, la razón de la acumulación de 5 se- 
ria tan solo 10 %. De suerte que cuando se analiza el creci- 
miento de una población de 300000 habitantes, ocasionado 
del punto de vista de la inmigración, no se la puede com- 
parar con otra gran población de muchos millones, siempre 
que el factor importante y comparable sea el de la ir. mi- 
gración. 



CUESTIONES DEMOGRÁFICAS 389 

No no- poc\mt\: pivi ¡ar, puc: , de l..^i : .. -/cíioisdad evo- 
lucionaría porque la provincia de iacia^ Aires i.; y;- . ;1 i- 
do en población en !a medida de l'A ; <*r nil iTiiia-c.;, cuanc"-» 
los Estados-Unidos cuíi Sriis ñv ;"■ í " de paliación solo 
la haya aumentado á ra>:t de Mi ] <t r i!, á j c'rr ele W 
3 500 000 inmigrante <ra.; ^e ;ucor cri-rcr. dirantc la nhima 
década. 

Como c; tai importante } ; -;. 7 ve ín? de tino y p. ra 
loa fines mi: iros do la i m"' n eiór, ' •. « . trá .-:civ; re: uno 
de los principare." elemento de m;t- lio j icgi^o, c. t Lidiar 
con serenidad lar leyes :ocieló;úcas de esos movimientos 
migratorios, no dtK-mos equivocarlo, en la interpretación 
de los hechos, so rva de intupir en trrorc* que no.> pre- 
senten eminentísimos á nuestro : propio- ojos, y nos induz- 
can á dtve.\ timar lo que pasa en otras partes, por conside- 
rar que sus re vitado- >on mieiiorc •: los nuestros. 

Respecto de lo.- Estado— Unido-' voy á mencionar algunos 
preciosos detalles que con más propiedad que el conjunto 
referido por el Sr. Latxina, pueden .servirnos de compara- 
ción y de estímulo. lié aqi í una Y, 1a de algunos, de le.. Es- 
tados de la Union. e:>n mención de \. ]~ Marión q;e tenían 

seí'ún el cení o dv- IS7-\ v de ai .. o a. ''as ': crim el de 

lÑs n . í\o I a -v, fiy,i*rar i '.-a o , vomoe. de \ i. ,Oí>¡.i, que 
icer^ocido can-, tal e ". 1 >. , c-'i ^n-ás) 's'oH.nstcs, alcanzó 
en 18 i. 1 á 1 ::!5s'. : '\ Ta-n ar o c : ';o 'o.- pio;;ra os a c:rdsr<\-os 
de oíri). en ai os a..Vav ■. • , ■ t . a; •. : «a si c v *a II:-:-- ss á mi- 
llore-", en e\y..s circ 1 . a.. . '.,. e! .* i\ . : Varíe, d- relat-\o 
di-rioi ái uas;v< '-* > , r :• «/ vi-- '\ Lo se- .:ía avmen- 
tando p-.ir las, mi ma. cas, ..s. üe 'imito ahora á presentar- 
le U o.- catorce Estadi cva. una \ t Mae ion total de li \\r.-\í\l 



39° ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

en 1880, y á calcular el tanto por mil de esa progresión en 
el decenio: 



ESTADOS 


1810 


1880 


Aumento 
por 1000 


California 


484 471 

560 247 

39*864 

187 748 

X 194 020 

1 184 059 

439 706 

364 399 

827 922 

122 993 

42 491 

90 923 

818 579 

442 014 


802 264 
864 686 
194 649 
267 351 

1 624 620 

1636 301 
780 806 
955 966 

1 131 592 

452 433 

62 265 

174 767 

1 592 574 
618 443 


636 
543 


Florida 


3882 
423 


Michigan 


360 
381 


Minesota 


775 


Mississipi 


1731 
366 


Nebraska 


2 678 


Nevada 


465 


Tejas 


922 
945 


Nueva Virginia 


399 






Totales.... 


6 799 745 


11199 217 





De este cuadro resulta que los catorce Estados consigna- 
dos han ganado 4399745 habitantes en el último decenio, lo 
que equivale á 647 por mil en. el decenio, ó 64,5 por mil por 
año, según la fórmula número 1 del Sr. Latzina, es decir, 10 
por mil m£s en esa suma de millones que lo ganado por los 
317320 de la Provincia de Buenos Aires. 

Si de este cuadro entresacamos los Estados de menor po- 
blación, encontraremos que el Colorado, por ejemplo, ha 
ganado en el mismo período de tiempo 3 882 por 1000, Kan- 
sas 1 731 por mil, Nebraska 2678 por mil y Tejas 945 por mü, 
y sumando estos cuatro hallaremos que de 1 415 835 habitan- 



CUESTIONES DEMOGRÁFICAS 39 1 

tes que ellos juntos tenían en 1870, subieron á 3235622 en 
J880, con una ganancia total de 1 285 por mil en los diez 
años. 

Estamos, pues, muy lejos de alcanzar aqueila proporción 
de crecimiento maravilloso, con la prosperidad, la riqueza, 
la ilustración y el progreso en todas las esferas de la acti- 
vidad social; y es de suma importancia que estudiemos con 
particular consagración cuales son las causas de tan ex- 
traordinarios resultados. No es esta la oportunidad de en- 
trar en el análisis de esas causas; pero no está de más se- 
ñalar aquí la paz, la libertad civil, política y religiosa, el 
espíritu de asociación, como uno de los resortes atractivos 
que llaman la inmigración y la inducen á naturaliaarse en 
la proporción de 80 á 100 mil cada año para participar de 
las ventajas del propio gobierno y fecundar con el trabajo 
la tierra que se les brinda en condiciones liberales y equi- 
tativas. 

Otra de mis observaciones se refiere á la manera como 
está calculada la inmigración total á la provincia durante 
los 12 años transcurridos de censo á censo. 

En 1869 se contaron en Buenos Aires, con excepción de 
la ciudad, 63 155 extranjeros, y en 1881 el censo da 133 099, 
representando un aumento de 69 984 en este elemento de 
población. El Sr. Latzina, con mucha razón, reconoce que 
para que este acrecentamiento se haya producido, no basta 
que hayan entrado y establecido esos 69 984 que aparecen 
adicionales en el censo que se estudia; puesto que del nú- 
mero encontrado en 1869 muchos han muerto seguramente 
y no figuran por eso en la última enumeración, y de los que 
anualmente han inmigrado algunos también, por la ley na- 



39¿ ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

tural, han de haber fallecido y tampoco se cuentan entre los 

l'>3099. Entonces, es claro que el número de extranjeros in- 
corporados á la población en el curso de los 12 años, ha si- 
do ¡vnperior á la simple diferencia de las cifras censales. 

Para el cálculo de e a mortalidad en los extranjeros, y de 
la cifra de la i "imigrneió.:!, ueenaría para Henar aquel va- 
ciase funda el Sr. Lalzina en un dato que no es exacf, 
puesto que estima la mortalidad en uno para cada 3?, es 
decir, 33 1 '3 por mil de la población á que se refiere. 
De ahí deduce matemáticamente que en los doce años 
mtereensales han muerto 41 813 inmigrantes y que, por 
'o tanto, la incorporación de este elemento externo ha esia- 
-lo representada por 111797 individuos para producir el 
aumento real, que el último censo consigna. 

El índice de la mortalidad general de 33 1/3 e excesivo 
en sí mismo, como lo veremos inmediatamente; y >i se trata 
de apreciar esa mortalidad entre los inmigrante^, es toda- 
vía más exagerado, si se toma en cuenta que entre estos no 
figuran sino por excepción los niños, que son los que dan 
la mayor suma de defunciones en todas partes. 

Quiero emplear en la demostración de este error algunos 
datos, tomados del estudio demográfico de la población de 
la Provincia que no.: ocupa. 

Para e-to, he calculado ia cifra de habitantes, tomando 
por punto de par!.' "la lo ; re ! d!". : os de ios censor del 69 y M, 
y la razón de la pro ■/•>: V> i v L-rivr la de la fornr/la r.ún:ero 
2, es decir, 43 por mil ac-.n-ula-ivos. Por e-íe sistema se 
pueden obtener con .i;»ro..!*.vici '• ¡. \a- cifras correspondien- 
tes á los años mteri'iLniario.,; 3-, dadas las publicaciones 
oficiales del movimiento de la .^oblación en esos años suce- 



CUESTIONES DEMOGRÁFICAS 



393 



sivos, se puede apreciar casi con exactitud cuáles han sido 
la natalidad y la mortalidad respectivas. 



AÑOS 


Población 
calculada 


Nacimientos 


Nacimientos 
por 1000 


De/unciones 

1 


Mortalidad 
por 1000 


1869 


317 320 


13 262 


41.8 


6563 


20.6 


1870 


330 974 


14 730 


44.4 


6 925 


20.9 


1871 


345 205 


15 516 


44.9 


11 110 


32.3 


1872 


359 048 


15 257 


42.4 


10 803 


30.0 


1873 


374 487 


16 538 


44.1 


9 152 


24.4 


1874 


890589 


16 410 


• 42.0 


9143 


23.4 


1875 


407 384 


19 137 


46.9 


9 829 


24.1 


1876 


424 901 


18 514 


43.5 


9308 


21.9 


1877 


443171 


19 734 


44.5 


9 109 


20.5 


1878 


462 227 


19 035 


41.1 


.8478 


18.3 



Como el Registro Estadístico solo está publicado hasta 
1878, tengo que limitar á esta fecha mi demostración. Son 
diez años consecutivos, en los cuales se presentan como da- 
to constante la elevadísima natalidad que nunca ha ba- 
jado de 41, 1 por mil, y ha subido hasta la más alta propor- 
ción conocida. En cuanto á la mortalidad, se nota que, con 
excepción de 1871 y 1872, en que á causa de epidemias de 
viruela y fiebre tifoidea llegó á 32 y 3 ', respectivamente, en 
los otros ocho años varió entre 24 por mil en 1873, y 18, 3 
en 1878, dejando en la totalidad del periodo una diferencia 
favorable entre nacidos y muertos de 774C6, como acumu- 
lación puramente vegetativa. 

El promedio de la mortalidad general resulta ser de 
23,6 por mil, que tiende á disminuir, puesto que en los dos 
últimos años apreciados, ha sido sensiblemente menor; de 
manera que aún así considerado, este índice mortuorio es 
10 por 1 000 más bajo que el señalado por el Sr. Latzina, lo 

50 



394 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

que dá una idea favorable de las condiciones climatéricas 
y sanitarias de la región. 

Pero si esto es así cuando se estudia la mortalidad gene- 
ral de la población tomada en sus elementos complejos, 
analicemos lo que sucede con relación especial de la po- 
blación inmigrante. 

La mortalidad infantil es muy considerable. Los niños de 
á 1 año contribuyen con un 35 % de la mortalidad general, 
hasta la edad de 8 años con un 51 %. Entre tanto, como lo 
reconoce el mismo Sr.Latzina, y por las razones enunciadas 
por él, el elemento infantil entra por muy poco y casi por 
excepción, en la población extranjera, de donde se puede 
deducir teóricamente, sin temor de equivocarse, que las de- 
funciones en ésta serán mucho más reducidas proporcional- 
mente que las que hemos señalado en la general. En todas 
partes es un hecho invariable que la población adulta 
contribuye la mitad menos que la general á la mortalidad. 

Ahora bien, la prueba matemática de esta teoría en nues- 
tro caso, se deriva de lo consignado en los Registros Esta- 
dísticos de la Provincia. No tengo á la mano esta publica- 
ción completa, y solo puedo compulsar la de los años de 73 
á 78; y en ella encuentro que murieron en esos seis años e 1 
número de extranjeros designados, á saber: 

1873 981 

1874 1 181 

1875 « 1067 

1876 1000 

1877 1 034 

1878., 1031 

Total 6 2*1 



I 

V 



CUESTIONES DEMOGRÁFICAS 395 

Con estas cifras se puede inducir cuál ha sido la mortalidad 
anual y total entre los extranjeros en esos aflos, calculando 
por la fórmula número 2, dados los extremos censales, cuan- 
tos inmigrantes figuraban en la población para comparar- 
los con los que de entre ellos han muerto cada aflo. De este 
cálculo prolijo resulta que la mortalidad media entre los ex- 
tranjeros ha sido solo de 11,4 por mil, es decir, una tercera 
parte de la calculada por el Sr. Latzina; y que en vez de 
los 41 813 inmigrantes muertos durante los doce años, solo 
habrán fallecido 12 620. 

Me parece que estas observaciones valen la pena de ser 
atendidas, si son exactas como lo creo. La inmigración no 
acudiría á poblar una región donde estuviese segura de 
que 33,3 por mil de su número, formado en su mayoría de 
adultos vigorosos, estaban destinados á perecer cada año, 
con el agregado de las enfermedades y de la depresión vi- 
tal que semejante mansión mortífera traería consigo: mien- 
tras que, si ese tributo se limita á 11,4 por mil, como es en 
realidad, esa circunstancia propicia sería más bien un 
atractivo añadido á tantos otros que inducen ese movimien- 
to de traslación hacia nuestra patria, como un factor im- 
pulsivo de nuestra prosperidad. 

Limito á lo que precede cuanto deseaba decirle con rela- 
ción al interesantísimo estudio que Vd. se ha servido man- 
darme. Por lo demás, él es una juiciosa y oportuna compi- 
lación de apreciaciones demográficas que ha de serme úti- 
lísima para mis estudios ulteriores. 

Me cuesta tanto leer mi mala letra, y esta carta se ha pro- 
longado tanto, que no me atrevo á revisarla. Se la escribo 
como á un discípulo de cinco años de Higiene, y como 



396 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G RAWSON 

una muestra de cuanto le agradezco su deferente dedica- 
ción á su maestro viejo. 

Si le parece conveniente, y tiene la oportunidad de ha- 
cerlo, puede leérsela al Sr. Latzina, presentándole al propio 
tiempo la expresión de mi distinguida consideración. 

Su affmo. maestro y amigo, 

G. Rawson- 



Buenos Aires, noviembre 29 de 1883. 

Señor don Alberto Martines. 

Estimado señor mío: 

Devuelvo á Vd. con mis agradecimientos sinceros, la 
científica carta que el sabio Dr. Rawson le ha escrito á us- 
ted con motivo de mi trabajo demográfico que forma parte 
del Censo de la Provincia. 

Puedo decirle á Vd., sin que* mi amor propio sufra nada 
en ello, que en los dos puntos que el Dr. Rawson ha ilumi- 
nado con su espíritu analítico, propio del conocedor pro- 
fundo de la materia que estudia, tiene la más perfecta ra- 
zón, sin que esto implique que yo deba confesar, que haya 
sufrido ilusiones cuando escribí aquello mismo que el doc- 
tor Rawson critica. 

El primer punto es de suyo evidente si se considera un 
mismo crecimiento absoluto en relación con dos poblacio- 
nes muy distintas en número, porque equivale á decir, que 
una pulgada más ó menos en la distancia que separa al sol 
de la tierra es lo mismo que nada, mientras que en el largo 
de mi nariz sería muy mucho. Perdone la broma. 



\ 
\ 



CUESTIONES DEMOGRÁFICAS 39'/ 

Y el segundo punto, donde empleo un índice de mortal i 
dad, efectivamente demasiado grande, si el cálculo se toma 
á lo serio, como lo muestra muy bien el Dr. Rawson, ha si- 
do tratado por mí con la ligereza que creí admisible en un 
cálculo puramente hipotético, al que no he dado mayor im- 
portancia que la que daría en cualquier otra á un ejemplo 
meramente ilustrativo. 

Pero, repito que la crítica del Dr. Rawson me ha gustado, 
porque es de entendido en el asunto, y porque la crítica 
bondadosa de un sabio, vale más que el elogio inconsciente 
de 100 zonzos. 

Mis respetos al Dr. Rawson, y á Vd. mis gracias y mis 
atentos saludos. 

F. Latzina. 



RAWSON Y BERTILLÓN (1 > 



París, 31 de mayo de 1886 

Señor Alberto B. Martines, 

Mi querido discípulo y amigo: 

Con mucho gusto recibí su amable carta del 9 del pasado, 
y los dos números de La Nación que me envía, conteniendo 
su estudio de la memoria premiada del doctor Coni sobre 
la morbilidad y la mortalidad infantil en Buenos Aires. 

Después de agradecerle, como siempre, los honrosos con- 
ceptos con que me menciona, quiero decirle, confidencial- 
mente, que, en las condiciones desfavorables en que me 
encuentro, me causa pena toda vez que veo figurar mi 
nombre en los periódicos de mi país. Por lo general, me 
abstengo de leer cuanto me concierne, y prefiero vivir en 
la oscuridad y en el silencio, mientras no logre llevar á 
cabo los estudios que me ocupan, para servir con ellos los 
intereses intelectuales y sanitarios de aquella patria querida, 
y corresponder así, en la medida modesta de mi capacidad, 

(1) Véase la carta de la pág. 279. 



40O 



ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 



á los honores con que he sido distinguido por mis conciu- 
dadanos. Le ruego, pues, que me complazca en lo sucesivo, 
eliminando toda mención de mi nombre destinada á la 
publicidad. 

Aprovecho esta ocasión para hacerle dos ó tres observa- 
ciones relacionadas con el trabajo que me envía. 

En primer lugar, quiero hacerle notar que en mis Obser- 
vaciones sobre higiene internacional, y á propósito de la 
influencia de la guerra en la mortalidad de la primera 
iníancia en Buenos Aires, consigno algunas cifras muy 
diferentes de las que usted señala. Según usted, la mortali- 
dad de niños de á 1 año, por cada mil nacidos en el año, 
ha sido de 195 en 1875; 151 en 1876: 171 en 1877; 159 en 1878; 
etc. La proporción que yo encuentro en la estadística y 
menciono en mi opúsculo, es mucho mayor en la serie de 
años que tomo en consideración, siendo la base de esta 
apreciación los datos de los anuarios estadísticos corres- 
pondientes. Según los documentos que tengo á la vista, 
resulta que la proporción ha sido : 



En 1873 de 254,3 por cada mil nacidos 

1874 » 240,8 

1875 » 231,4 

1876 » 203,9 

1877 » 210,1 

1878 > 199 



Verdad es que en estos años no están anotados los nacidos 
muertos; pero es muy fácil estimarlos tomando en conside- 
ración las causas de las defunciones que figuran en la 
primera columna y formando un cómputo de esos fallecidos 
al nacer, antes de nacer é inmediatamente después, dedu- 



RAWSON Y BERTILLÓN 4OI 

ciéndolos del total de defunciones en ese período, y supri- 
miendo, por consiguiente, un número igual de nacimientos. 
Por este sistema, resultan cifras casi iguales en la proporción; 
aunque prefiero atenerme á la ya mencionada, en la que 
figuran como nacidos y como muertos los nacidos muertos. 

La dificultad de definir satisfactoriamente y con aceptación 
internacional esta categoría de defunciones, ha hecho que 
en algunas naciones como la Inglaterra y los Estados Unidos 
se emplee en la estadística mortuoria un* método semejante 
al que entre nosotros se seguía, es decir, que figuran entre 
las defunciones de á 1 año los nacidos muertos, contándose 
también entre los nacidos. 

Me refiero, pues, á mi folleto sobre higiene internacional 
para hacer constar las diferencias de las cifras proporcio- 
nales, y me permito atribuir mayor exactitud á mis cálculos 
que á los de mi querido discípulo Martínez en este punto. 

Lo mismo sucede con las cifras derivadas de la estadística 
de otras naciones como la Francia, la Italia y la Inglaterra, 
que también he necesitado estudiar detenidamente en el 
curso de mis afanes demográficos, y que en parte están 
apuntadas en mi folleto mencionado que usted ha visto 
muchas veces. 

Otra observación quiero hacerle también, á propósito de 
la causa de la mayor mortalidad masculina en la primera 
infancia. Usted atribuye á Mr. Bertillón la única explicación 
satisfactoria de ese interesante fenómeno fisiológico y de- 
mográfico; y en este punto también se equivoca, ya porque 
la sugestión del viejo maestro es insuficiente é ineficaz, ya 
porque en realidad soy yo el primero que haya formulado 
una teoría, basada sobre el estudio anatómico é histológico 

51 



402 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

de ciertos centros nerviosos, como lo insinúo igualmente en 
el citado trabajo de higiene internacional. 

Pero, ya que estoy escribiéndole á toda prisa acerca de 
cuestiones que se relacionan personalmente conmigo, voy á 
referirle brevemente como empezaron y como se cultivaron 
mis relaciones con el viejo sabio y amigo mío, el doctor 
Bertillón. 

Durante la exposición de 1878 se celebró en París, en el 
Trocadero, un congreso internacional de demografía, al 
cual fui invitado por algunos de susfmiembros que conocían 
la memoria sobre estadística vital de Buenos Aires que yo 
había presentado al Congreso de Medicina en Filadelfia. En 
la primera reunión se procedió á la elección de presidente y 
demás funcionarios del congreso. El doctor Bertillón fué 
proclamado presidente de honor, y por indicación del se- 
cretario Mr. Chevrin y del doctor Pietra-Santa , yo fui 
elejido vice-presidente, lo que acepté como manifestación 
de cortesía, de parte de aquella distinguida asociación. Mi 
nombramiento no procedía de que yo fuera delegado de mi 
gobierno ó de alguna sociedad científica, porque, en efecto, 
nunca tuve ni pude tener ese carácter, sino por deferencia 
benévola hacia un* aspirante sud - americano que era el 
primero que en aquellas regiones se había ocupado ante un 
congreso, de cuestiones demográficas. Tuve el honor, pues, 
de acompañar al doctor Bertillón en todas las sesiones del 
congreso, y nos separamos cuando este terminó. 

Poco tiempo después, en un baile oficial dado en el ministe- 
rio de hacienda, me encontré con el joven J. Bertillón, hijo del 
viejo, y sucesor de él, después de su muerte, en la dirección 
de la estadística de París, el cual me había conocido en el 



RAWSON Y BERTILLÓN 403 

congreso; y tuvo la bondad de expresarme el deseo que su 
padre tenía de verme, y me dio la dirección de la casa, como 
era necesario. 

Al día siguiente fui sin demora á visitar al sabio, que me 
recibió con singular benevolencia, mostrándome su biblio- 
teca particular, y obsequiándome con una colección de 
todos sus artículos sobre demografía publicados en el gran 
diccionario de las ciencias médicas, señalando con su propia 
letra el nombre y la dirección de cada folleto. Conservo 
religiosamente esta colección entre mis libros. 

Pero una cosa muy interesante ocurrió durante esa visita. 
Hablábamos de unos hermosos cuadros demográficos que él 
había exhibido en la Exposición, y delante de los cuales, yo 
me había detenido con admiración. Entonces Bertillón se 
levantó de su asiento, se acercó á una puerta de su escrito- 
rio, y llamó á una persona de nombre femenino. Se presentó 
al llamado, una señorita como de 25 años de edad, esbelta, 
un poco pálida, á quien el viejo me introdujo diciéndome 
que era su hija Matilde, que era á la vez su secretaria y la 
autora de aquellos grandes cuadros que tanto me habían 
admirado por su limpieza y su exactitud. Conversamos los 
tres algunos minutos sobre la ciencia que nos ocupaba, y yo 
me despedí llevando en mi ánimo la grata impresión de 
aquel espectáculo doméstico, sicológico y científico, tan 
nuevo para mí. 

Pasaron los tiempos; yo tuve que ir á Biarritz, para ser 
operado de mi catarata, y poco después emprendimos el 
viaje á Buenos Aires, no habiendo podido despedirme del 
viejo amigo, sino por una tarjeta, porque él también habla 
salido á tomar campo. 



404 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

Volví á París en 1881 y me encontré con la noticia de que 
Bertillón estaba seriamente enfermo, y que permanecía en 
el campo desde algún tiempo. 

Entretanto, yo venía preocupado con un problema fisioló- 
gico de la mayor importancia. Con mis estudios tenaces de 
estadística demográfica, y con la evidencia derivada de la 
observación cosmopolita, de que la mortalidad es mayor en 
el sexo masculino, y que esta diferencia era mucho más 
acentuada en la primera infancia, yo creía que ciertas con- 
diciones anatómicas é histológicas peculiares en cada sexo, 
darían la explicación del fenómeno; y que sería posible de- 
mostrarlo, si se fijara con acierto el sitio ó los sitios del or- 
ganismo donde tales peculiaridades tienen lugar. Pensé, co- 
mo cosa segura, que ciertos centros cerebrales que tienen, 
por decirlo así, el gobierno de las funciones prominentes de 
la vida orgánica, son el asiento de las diferencias anatómi- 
cas que yo buscaba. 

Me puse en relación con Brown Sequard, el digno sucesor 
de Claude Bernard, en el curso de Fisiología experimental, 
en el «Colegio de Francia». Me acogió con bondad y prestó 
benévola atención á mi teoría, que aceptaba como probable, 
y me alentó á continuar mis investigaciones. Vi á Mr. Topi- 
nard, el discípulo y amigo de Broca, y director de la Re- 
vista de Antropología, quien puso á mi disposición todos 
los elementos que poseía y que podían contribuir á ilus- 
trarme en mis estudios. Procuré, finalmente, llevar á ca- 
bo la investigación anatómico-histológica con la coopera- 
ción de algunos de mis discípulos, que estudiaban entonces 
en París, y que desgraciadamente, ó no tuvieron la opor- 
tunidad, ó no tomaron bastante interés en el desempeño 



RAWSON Y BERTILLÓN 405 

de mi encargo. De todos modos, aquella oportunidad se 
perdió. 

En estas circunstancias, supe que Mr. Bertillón había ve- 
nido á París, y corrí á saludarlo con el respeto y el cariño 
que le profesaba. Le hablé de mis propósitos; y cuando le 
hube expuesto mi modo de ver en la cuestión de la mortali- 
dad de la primera infancia, según los sexos, se animó el po- 
bre viejo de tal manera, que me estrechó la mano con efusión 
y me aseguró que era esa la primera noción satisfactoria que 
hubiese oído para la explicación del hecho. Entonces, levan- 
tando la voz, llamó á su hija, la hizo sentar cerca de noso- 
tros, me pidió que la expusiera mi teoría y la señalara los 
estudios anatómicos necesarios para mi demostración. Me 
dijo entonces, que la señorita estaba empeñada en esos mo- 
mentos, bajo la dirección del Dr. Parrot, en algunos trabajos 
análogos, para probar la relación existente entre el volumen 
del cerebro y la longitud del fémur, lo cual la obligaba á 
ejecutar disecciones, y la familiarizaba así con la anatomía 
cerebral. 

La señorita tomó nota de los puntos que se referían á mi 
problema, y me prometió con mucha bondad que se ocupa- 
ría de esa investigación, cuando la salud de su padre y sus 
propios estudios se lo permitieran. 

Todavía en esta ocasión tuve la pena de que la enferme- 
dad de mi amigo se agravara más y más y de que al fin la 
ciencia tuviera que perderlo. Tampoco entonces mis exá- 
menes pudieron llevarse á cabo. 

Tras de esta serie de contrariedades, volvía Buenos Aires; 
y al fin logré que el joven distinguido anatomista Dr. A. Llo- 
vet, se encargara de realizar algunas disecciones con los 



40Ó ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

respectivos pesos y medidas comparativos, en número de 
quince, ocho masculinos y siete femeninos, resultando del 
conjunto, sin una sola contradicción, que mis previsiones 
eran exactas, y que yo había previsto en realidad, la expli- 
cación del fenómeno fisiológico y demográfico del que por 
tanto tiempo y con tanta dedicación me había ocupado. 

Hé aquí una historia larga, en la que me he complacido 
en dejar correr la pluma, por el recuerdo de mi sabio maes- 
tro, y para satisfacción de un discípulo como Vd., que con 
tanta constancia y fidelidad me ha seguido desde tantos 
años en las luchas de la ciencia. Quiero que conste, pues, 
para Vd. solo, sí, para Vd. solo, que yo he sido el primero y 
el último hasta ahora, que ha ideado y demostrado una teo- 
ría satisfactoria para explicar la diversa mortalidad en la 
primera infancia, según los sexos, y que espero completar 
mis estudios sobre este problema, para darles la debida pu- 
blicidad. 

Como se lo digo al empezar esta larga carta, le ruego y se 
lo impongo con la severidad del maestro y del amigo, que 
no haga conocer de nadie, ni menos de la prensa, estas 
confidencias, que son para Vd. solo; y que conserve _ estos 
renglones, como una muestra segura de la estimación que 
le profesa 

Su maestro y amigo, 

G. Rawson. 



IMPRESIONES EN LOS ESTADOS UNIDOS 



Nueva York, diciembre 29 de 1876. 

Mi querida amiga : 

Cumplo con mucho gusto mi promesa de escribirle, des- 
cribiéndole algo de lo que hubiere visto en este país, y 
que se asociara con la grata memoria de Vd. Escribir una 
carta no es difícil, porque el corazón tiene siempre senti- 
mientos para los que nos son queridos; describir lo que se 
ve en las regiones visitadas por el viajero, ya requiere cali- 
dades que no todos los que viajan, ven y oyen, suelen 
poseer; pero escribir á una amiga inteligente y sensible, aso- 
ciando su recuerdo á las maravillas que caen bajo la obser- 
vación, esa ya es obra más delicada y menos fácil. 

Para mí todo es objeto de interés y admiración en este 
país; y cada una de las bellezas naturales, tan nuevas para 
mí, tan sorprendentes; cada una de las obras del hombre, 
tan portentosas en sí mismas, y más todavía por lo profundo 
de su filiación, era una ocasión de recordar á nuestra que- 
rida amiga, á punto que no acertaba con la elección prefe- 
rible para que fuera motivo de mi primera carta. Cuando 
puse mis pies en este suelo bendecido, cuando contemplaba 



/ 



408 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

sus mares, sus ríos, sus bosques, sus colinas pobladas de 
verdura, su cielo como el nuestro y todo ese conjunto de 
riqueza seductora que la naturaleza ha amontonado aquí 
para beneficio de los hombres de buena voluntad, ¿cómo no 
me había de venir á , la memoria la imagen viva de mis 
g migos, y cómo no había de recordar entre los más queridos 
á Delfina, cuyos ojos azules se abrirían en toda su hermo- 
sura en la contemplación entusiasta, y cuya fisonomía se ani- 
maría con su exquisita vitalidad en presencia de estas gran- 
dezas ? 

Y cuando de la naturaleza pasábamos al arte y al trabajo 
acumulado de los hombres, ¿ cómo no había de asociar á 
mis impresiones todos aquellos objetos caros á mi alma, que 
habíamos dejado en Buenos Aires, todos aquellos rostros 
amigos que saludaban en el muelle nuestra despedida, y 
entre los primeros de este cuadro estereotipado para siem- 
pre en mi espíritu, aquella buena amiga cuya mano fué una 
de las últimas que estrechamos al dejar la patria ? 

Así ha sucedido en efecto: en cada nueva escena me pa- 
recía llegada la ocasión de detenerme allí y de mandarla 
fotografiada en una carta prometida, y sin embargo, de esa 
pasaba á otra y á otra más mteresante todavía, y la pluma 
de su viejo amigo quedaba npapada en la tinta, y las líneas 
de mi cuadro quedabar >m. trazar. Ahora mismo, después 
de tantos viajes y de tan solícito estudio, desisto de man- 
darle narraciones pálidas y que serían indignas de Vd. y 
me dejarían descontento de mí mismo: no falta la escena, 
ni el papel, ni la pluma; lo que falta es el poeta que no h: 
venido dentro de mi pecho. 

Emprendimos un viaje en setiembre, después de haber 



IMPRESIONES EN LOS ESTADOS UNIDOS 409 

visitado mucho la Exposición y de haber asistido al Con- 
greso Médico. En el curso de este viaje y en presencia de 
algunas de las maravillas que se nos presentaban, más de 
una vez mi compañera me ha dicho que ese era un objeto 
digno de describirlo para Vd. Ella tenía razón, la asocia- 
ción era legítima y natural; yo lo había sentido así, pero tras 
de esa venía volando otra escena más "cumplida aún, en la 
que Vd. habría gozado más, y así se iba pasando la ocasión 
deseada. 

Hemos navegado por el Hudson con sus encantadoras 
riberas, hemos visitado á Saratoga, hemos llegado y con- 
templado el Niágara sublime y nos hemos bañado, por de- 
cirlo así, en aquellas magnificencias sin igual sobre la 
tierra. Hemos cruzado el río Niágara por el puente sus- 
pendido á una elevación de 96 metros sobre el nivel del 
agua, en un tren de ferro-carril de veinte coches de pasa- 
jeros, mirando hacia la izquierda el polvo iluminado de las 
aguas de la catarata, á la derecha los rápidos formados en 
la garganta de granito por donde corren como un torrente 
más impetuoso todavía las aguas de la catarata para pasar 
al Lago Ontario; hemos corrido después sobre la hermosa 
tierra del Canadá, por entrfe bosques indescriptibles, y al 
través de los matices infinitan9cv té^ variados, de las hojas 
teñidas con los colores del otoño, 'jr^on una velocidad me- 
dia de diez leguas por hora; hemos encontrado, de día como 
de noche, por los mismos caminos y circulando con la mis- 
ma velocidad, multitud de otros trenes, de los que conducen 
sobre toda la extensión de este vasto suelo y sobre 80 mil 
millas de ferro-carril, 298 millones de pasajeros al año, es 
decir, 8 millones por día, 30 mil por hora, percibiendo su 

53 



4ÍO ESCRltÓS Y DISCURSOS DEL DOCtOR G. RAWSOif 

paso al lado nuestro, más por el soplo peculiar que llegaba 
á nuestro oído, que por la figura ó la forma, que casi siem- 
pre escapaba á nuestra vista en medio de la luz del día y á 
la distancia de pocas pulgadas de nosotros. 

Arrastrados en esa corriente vertiginosa, sin más demora 
que la brevísima reclamada por las estaciones, y sin atenuar 
un punto la velocidad de la locomoción, hemos tenido una 
mesa opípara en uno de los coches del tren habilitado para 
comedor. Corriendo á razón de treinta millas por hora y 
algo más, nos hemos sentado á la mesa y hemos sido servi- 
dos como en los mejores hoteles de Nueva York, con man- 
jares exquisitos y variados, todo ello sin apuro y con todas 
las comodidades que el más exigente sibaritismo podría 
desear. Todo esto, al mismo tiempo que el tren volaba, y 
pudiendo nosotros desde la mesa en que se nos servía, gozar 
de las bellas perspectivas que á uno y otro lado se des. iza- 
ban para saludarnos, sin más interrupción que aquel soplo 
súbito é instantáneo que nos anunciaba el encuentro de 
otro tren, tan veloz como el nuestro, y que cuando alzába- 
mos la vista para mirarlo, apenas si alcanzábamos el extre- 
mo del último coche del conjunto. 

Era preciso viajar toda la noche. Para esto hay coches- 
palacios, que se llaman coches de dormir, donde se preparan 
camas mucho más anchas y cómodas que las de los mejores 
uques de vapor. En cada uno de esos coches hay además 
darle nárt^separado con cuatro camas, con c6modos sofás, 
me dejarían descona y con todas las regalías, que ni po- 
ní el papel, ni la pluma; tren. Nosotros tomamos uno de 
venido dentro de mi pecly en él pasamos aquella primera 
Emprendimos un viaje ¿e octubre, la noche era serena, 



Impresiones en los estados unidos 41! 

templada, y la luna con todo su esplendor, iluminaba aquel 
conjunto. El tren seguía corriendo; mi esposa y mi hija se 
habían retirado ya á su aposento y acomodádose en sus ca- 
mas; yo me quedé fuera todavía por una hora, entregado al 
éxtasis en aquella visión que parecía sobrenatural y fantás- 
tica. El tren seguía corriendo, pasaba debajo de los árboles 
que aparecían como gigantes, saludando en su paso aquel 
monarca poderoso que gozaba en su triunfo sobre el espacio, 
sobre la tierra, sobre los aires, sobre las aguas. A poco nos 
acercamos á las márgenes de un lago: era el pequeño Saint- 
Claire, y pude seguir todavía con mi mirada solitaria la su* 
perficie bruñida y rielante de aquella masa de agua si- 
lenciosa. ¡Oh! esto es sublime: la noche, la luna, los bos- 
ques, el lago, el vuelo de la masa, por la agencia miste- 
riosa de un poco de vapor, corriendo más que el viento: y el 
alma humana, absorbiendo el místico perfume de aquellas 
producciones de la mano de Dios: esto es sublime, le repito, 
amiga, y hace al hombre mejor de lo que era, si tiene un 
átomo de virtud para comprenderlo. 

Fui á mi turno al aposento encantado y tomé pacífica po- 
sesión de mi cama para descansar. A poco, el tren había 
llegado á una estación, donde se detuvo como de costum- 
bre. Parecía, sin embargo, que buscaba algún cambio de 
vía por los movimientos parciales que ejecutaba. Al fin, esos 
movimientos variados cesaron, los quejidos del vapor habían 
terminado, y todo era silencio alrededor. Entonces comenza- 
mos á experimentar una extraña oscilación: no era el desli- 
zarse del tren sobre los rieles, ni había vuelto á sonar el so- 
plo anhelante de las válvulas, y, sin embargo, tampoco era el 
reposo absoluto. Mi esposa me llamó la atención sobre esta 



412 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSOÑ 

novedad: yo levanté la cortina de mi ventana, y después de 
algún esfuerzo, pude comprender lo que pasaba. El tren con 
su locomotora, con sus fogones encendidos, con sus veinte 
coches, había encontrado una dificultad: había tropezado 
con el río Detroit, cerca de su desembocadura én el lago 
Saint-Claire,yno teniendo puente para cruzar las dos millas 
de su anchura, había decidido embarcarse todo entero, con 
todos sus pertrechos y sus gentes, en un gran lanchón á 
vapor que lo esperaba allí y que lo conducía á la opuesta 
ribera, como si se tratara de una carga cualquiera. 

Yo no estaba preparado para este espectáculo. Había leído 
algo parecido, pero lo había olvidado ya: de suerte que reci- 
bí una sorpresa indescriptible cuando me encontré como 
testigo y como actor sin saberlo, en aquella portentosa aven- 
tura, cuyo encanto subía de punto para nosotros por las mil 
circunstancias que la habían precedido y que la acompa- 
ñaban. 



-3>^ 



UNA SESIÓN 



DEL 



SENADO NORTE-AMERICANO 



N ueva York, abril 1° de 1877 

Señor Doctor José B. Gorosttaga- 

Después de haber pasado una larga temporada en esta 
ciudad, sufriendo la reclusión á que nos condenaba un in- 
vierno excesivamente riguroso, nos fuimos á Washington 
en febrero, y hemos pasado allí cinco semanas. El atractivo 
principal para mí eran las sesiones del congreso en los ar- 
dientes debates á que daba lugar la elección presidencial 
más disputada que se conoce en la historia de la República. 
Yo había seguido con vivo interés y paso por paso el Con- 
vax desde que se inició, y participado naturalmente de las 
ansiedades y zozobras de tan tremenda lucha; deseaba mu- 
cho, por consiguiente, contemplarla de cerca en sus últimas 
manifestaciones, y lo he conseguido á mi entera satisfac- 
ción. 

Bien quisiera referirte cuanto he visto y oído dentro del 



414 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

Capitolio, sea en el senado, en la cámara de representantes 
ó en la corte suprema, donde se reunía y funcionaba la co- 
misión electoral, constituida en enero por Ley, para decidir 
las cuestiones trascendentales, cuya naturaleza y difícil so- 
lución amenazaba la paz pública y aún la subsistencia de las 
instituciones populares. Pero falta el tiempo para una na- 
rración que debe ser completa para que sea clara; y los ma- 
teriales son de tal extensión é importancia, que merecen la 
consagración de un libro para asignarles su valor. Figúrate 
que ayer he empezado á recibir de la secretaría del senado 
los informes impresos de las diversas comisiones que fueron 
mandadas por cada una dé las cámaras á investigar los he- 
chos relativos á la elección de 7 de noviembre en los Esta- 
dos de Sud-Carolina, Florida y Louisiana; tengo sobre mi 
mesa la masa de volúmenes en que tales informes se contie- 
nen; y habiendo suspendido esta carta para contar las 
páginas de que constan, he tenido la curiosidad de sumar 
10378 páginas impresas en un tipo como lo verás por la 
hoja que te incluyo, arrancada al acaso de uno de los volú- 
menes. Todavía me falta recibir los informes tomados por 
comisiones ordinarias en cada cámara, que ocupan por lo 
menos la mitad de la materia impresa que ya tengo; y toda- 
vía necesito completar la colección del Congressional 
Record, en lo relativo al mismo asunto, que aguardo ma- 
ñana, lo que aumentará tres mil páginas más, y finalmente, 
las sesiones del tribunal electoral, todavía no publicadas in 
extenso, pero que lo serán y las recibiré antes, de quince 
días. 

Calculo que el total de material impreso como trabajo par- 
lamentario referente á la elección, no bajará de 25000 



BNADO NORTE-AMERICANO 415 

paginas, es decir, cincuenta buenos volúmenes de 500 pági- 
nas cada uno, sin tomar en cuenta los millares de discursos 
hechos en todos los rincones de la Unión, durante los ocho 
meses de la lucha, que se han publicado también en su 
tiempo, y los cientos de miles ó los millones de columnas de 
periódicos ocupadas en la misma discusión. El resultado de 
todo es la proclamación del señor Hayes como presidente 
délos Esl:;dos Unidos, candidato republicano; y el resultado 
moral, er dio de tantas dudas y peligros, es que una na- 
ción que se rige por instituciones libres y populares, con 
una población de 42 millones de habitantes, que ha deposita- 
do tranquilamente en las urnas, el 7 de noviembre, ocho mi- 
llones y medio de votos para elegir su primer magistrado, y 
en la que en el mismo día asistieron á sus escuelas públicas 
nueve millones de niños, está destinada á prevalecer contra 
sus propias pasiones y aún contra la corrupción indescrip- 
tible de sus administraciones y de la masa social que se 
contamina con el ejemplo. 

El presidente electo ha iniciado su política con una con- 
denación solemne de la de sus propios copartidistas. Por 
una parte comienz-t enérgicamente la obra de la reforma 
civil haciendo práctico el principio de que los empleos no 
son despojos destinados al vencedor, como lo dijo Jackson, 
y como estaba admitido sin discusión, durante más de cin- 
cuenta años, y que en la^ preferencia para los oficios públicos, 
en igualdad de circunstancias, los parientes y los amigos 
íntimos son postergados deliberadamente. Y por lo que hace 
á los gobiernos militares ó la intervención federal en los 
estados, ella es incompatible con los principios de la cons- 
titución, y ha comenzado por retirar las tropas de línea de 



4l6 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

Sud-Carolina, donde estaban desde largo tiempo sosteniendo 
y custodiando el gobierno local del partido mismo que ha 
dado su voto al presidente, debiendo seguir á esta medida 
una idéntica en Louisiana que se halla en iguales circuns- 
tancias, etc. 

Mucho me habría gustado decirte algo de las sesiones de 
la corte suprema; pero como éstas estaban suspendidas á 
causa de que cinco de sus miembros estaban incorporados 
por la ley á la comisión electoral, la corte no se reunió 
como tal sino una vez antes de mi partida de Washington. 
El presidente, con quien contraje relación, (es decir, el de la 
corte), me avisó el día de la sesión y me invitó á asistir, co- 
mo lo hice. 

Én cambio, no he perdido un día de las discusiones del 
congreso, en ambas cámaras. Dos ó tres veces estuve con 
mi familia en el palco diplomático; después fuimos, ó fui yo 
solo, á las galerías ordinarias. Pero te voy á referir una 
sesión del senado, por la circunstancia de haberla presen- 
ciado más de cerca. 

Un senador por Nebraska, amigo mío, me había ofrecido 
su asiento en el senado, y acepté el ofrecimiento con gusto 
por la novedad del hecho. Entré con él al recinto cuando 
empezaba la sesión, tomé el asiento del senador y él trajo 
una silla y se sentó á mi lado, después de haberme presen- 
tado á los senadores vecinos, dándome el título de senador 
de la República Argentina. Delante de la cómoda poltrona 
hay un escritorio magnífico para cada senador, donde se 
encuentra en abundancia recado de escribir y algunos 
libros que tengan relación con el asunto de que se trata. Mi 
intención era de permanecer algunos minutos en aquel 



SENADO NORTE-AMERICANO 4*7 

sitio, y aprovecharlos en escribir algunas líneas para Adolfo 
ó alguno de mis amigos en Buenos Aires,' á fin dé hacer 
constar el hecho singular de estar allí instalado; en casa 
ajena, por la cortesía de sus propietarios, en la hora misma 
de la sesión, etc.; pero este primer designio no pudo reali- 
zarse, como vas á verlo. 

Después de pasados los saludos y cambió de cumplidos 
con los vecinos á quienes había sido presentado, traté de 
darme cuenta dé mi colocación, y me encontré con él hecho 
casual de que mi asiento estaba en la primera fila, á la de- 
recha del presidente, y era el quinto en el orden, y recordé, 
no sin emoción, que ese era precisamente el qué yo oéupo 
desde muchos años en él Congreso de mi país, donde estaba 
primero el señor Villánueva, en seguida Sarmiento, después 
Uladislao, tras de él Echagüe, y yo en el quinto lugar. Esta 
rara coincidencia me llamó mucho la atención. 

Cuando yo había entrado, el senado estaba ya éñ sesión; 
pero no era sino la continuación de la que comenzaba á las 
doce de cada día, entendiéndose ser continua hasta la mis- 
ma hora del día siguiente. Llegada ésta, el presidente, con 
su golpe de maza, anunció que iba á abrirse la nueva sesión 
y que el capellán del senado iba á presentarse para hacer 
la oración de apertura, que jamás, jamás sé omite en cada 
día. Entró el capellán con su traje ó túnica blanca, con la 
Biblia en la mano, y se adelantó hasta la mesa del secreta- 
rio, donde depositó su libro. Instantáneamente todos los 
senadores se pusieron de pie, y yo con ellos; cruzaron todos 
los brazos é inclinaron la cabeza para escuchar. Aquel es- 
pectáculo era hermoso y digno de contemplarse. Cada uno 
de aquellos hombres, cualquiera que fuera su procedencia, 

55 



4» 3 ESCRITOS Y DISCURSOS DEL DOCTOR G. RAWSON 

su opinión política, su filosofía ó su religión, cada uno de 
ellos, de elevada inteligencia, de voluntad enérgica y disci- 
plinada en las luchas de la vida, viejos muchos, valetudina- 
rios otros, y todos encendidos en la pasión de la contienda, 
cada uno se levanto y se inclinó como para prestar atento 
oído á aquella palabra consuetudinaria, miles de veces repe- 
tidas. Yo también estaba de pie, con mis brazos cruzados y 
observando, como extraño, aquel conjunto. Pero cuando la 
voz sonora y trémula del sacerdote leyó algunos versículos 
del libro santo, y cuando en seguida levantó sus ojos y sus 
manos al cielo y comenzó su plegaria de dos minutos, me 
sentí profundamente conmovido. Bien sabes que no soy 
muy devoto, pero no olvidaré nunca aquella oración. No 
era el tono de la declamación, era el acento sincero de la pie- 
dad. «Señor, Señor! decía: tú que has mirado siempre con 
divino favor á este tu pueblo, que lo has hecho crecer y 
prosperar por cien años bajo tu santa bendición, no apartes 
tu rostro de nosotros en esta hora de pasión y de conflicto ! 
Inspira á los legisladores con la luz de la verdad, de la jus- 
ticia y del amor; haced que la paz vuelva á las almas, que 
prevalezcan los consejos de la virtud y que continúe ampa- 
rándonos la protección del Cielo, sin la cual las naciones 
más poderosas se derrumban y se hacen polvo!!» etc. 

Siento mucho no poder transcribirte en todos sus térmi- 
nos aquella hermosa y patética oración. Todos la escu- 
charon con recogimiento, y después que el capellán dijo la 
última palabra y se retiró, los senadores tomaron sus asien- 
tos, y guardaron profundo silencio por uno ó dos minutos. 
Yo me sentía hondamente conmovido. ¡Amaba y amo tanto 
á los Estados Unidos ! Y luego transportaba mi corazón 



SENADO NORTE-AMERiCAKO 4¡9 

arrobado á mi patria nativa, al través de tantos millares de 
leguas, y me parecía que la ferviente oración que acababa 
de oir nos alcanzaba á nosotros, que tanto necesitamos de la 
verdad, de la justicia, del amor, de la libertad y de la paz! 

Comenzó entonces la discusión sobre la decisión del tri- 
bunal electoral, relativo al voto de Louisiana, uno de los 
más controvertidos. Dos horas no más podía durar este 
debate, según la ley, y solo diez minutos tenía cada orador 
para su palabra, de suerte que aquello era una condensa- 
ción asombrosa de lo que cada uno tenía que decir, vinien- 
do á ser cada discurso una rápida y ardiente exposición que 
daba un interés vivísimo al debate. Oí á los mejores ora- 
dores del senado, así de cerca y cara á cara, aunque desde 
la barra los había oído ya varias veces: Blaine, Morton, 
Bayard, Bogy, Logan 3 r s>eis ó siete más hasta llenar las dos 
horas deotinadas. El general Logan, de Illinois, me llamó 
mucho la atención. Era la primera ocasión que conocía á 
éste. Su voz me recordó mucho la tuya. Su estilo era 
brusco, rápido, correcto y tan agresivo como pocos en esta 
cámara. 

No es el caso de entrar en otros detalles acerca de esta 
sesión memorable para mí. Te he escrito mucho y tengo la 
mano cansada hasta el punto de no poder continuar. 






AL SALIR DE UNA PRISIÓN 



San Juan, diciembre|9 de 1858. 

Señor Don Damián Hudson. 

Amigo muy querido: 

Nuestra frecuente correspondencia, tan interesante para 
mí, fué interrumpida por la amabilidad del señor Benavides 
y C a .; quiso tenerme tan cerca de sí, tan exclusivamente 
ocupado de su cariño, que me hizo trasportar á San Cle- 
mente y asegurarme allí con una arroba de hierro puesta 
en mis pobres piernas. Eso pasó, estoy ya libre, después 
de quince días de reclusión y de tortura; y lo primero que 
afectó mi corazón al volver á la luz, fué la noticia de los 
esfuerzos fervientes de mi excelente amigo Hudson en favor 
de esta pobre víctima. No puede Vd. imaginar cuan hon- 
damente me ha conmovido su solícito empeño, y la amiga- 
ble deferencia con que el señor Segura, y mi estimado 
compañero el doctor García se han prestado á secundar sus 
conatos. Prescindiendo de la utilidad ó conveniencia de 
este paso, y de que Benavides no tiene en cuenta jamás ni 



422 escritos V Discursos del doctor o. RÁWsotf 

las recomendaciones de su madre, el interés manifestado 
por los señores Segura y García, en mi favor, no puede 
menos de herir á estos miserables que tanto trabajan por 
mi ruina. 

Quisiera hablarle ahora de mis propósitos para en ade- 
lante.— ¿Iré á Mendoza á buscar un asilo contra las pasiones 
brutales de mis verdugos? ¿Abandonaré, por temor de 
nuevas vejaciones y de la muerte, el puesto de mártir en 
que mi destino ha querido colocarme? Cuestión es esta 
que, mirada bajo este solo aspecto, no me tendría perplejo 
un solo instante, pues que cuando regresé á San Juan, vine 
ya con la resignación del que se prepara al sacrificio. Ni me 
ocurre otro motivo que pueda justificar mi deserción, desde 
que los insultos seguros y el probable degüello que me 
espera, viviendo entre estos bárbaros, no me hacen volver 
la cara. Más adelante hablaremos acerca de ésto. No qui- 
siera yo que mis amigos de Mendoza tomen por una teme- 
raria obstinación mi constancia en vivir aquí. No, mi 
querido; yo busco, sin pasión, el lugar sobre la tierra donde 
puedo servir mejor á los intereses de la humanidad y de la 
causa santa que es la religión de mi alma, y no veo otro que 
este pedazo de tierra idolatrado, donde están sepultadas 
para siempre las esperanzas de mi vida. Si Dios envía 
alguna vez sobre este pueblo las bendiciones de la libertad 
y de la paz, otros hombres más á propósito vendrán aquí 
para hacer germinar los elementos de prosperidad que están 
dormidos; pero yo, que tengo la vocación del sacrificio y del 
martirio, debo inmolarme en el altar como una víctima 
expiatoria. En fin, después hablaremos sobre ésto, porque 
quiero que Vd. me encuentre razón y me justifique. 



■\ 



AL SAI-ÍR Dfe UNA PRISIÓN 42¿ 

El señor Soto lleva el retrato de mi padre. Es un pre- 
sente de nuestra amistad, que será valioso para Vd., estoy 
seguro. Si me matan, encargo á Franklin que le envié 
también mi retrato para que lo coloque al lado del de mi 
padre. 

G. Rawson. 



.'1N DEL TOMO PRIMERO 



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AN OVEROUE FEE IF THI8 BOOK IS 
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